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46. El Genio de la Lámpara (de baterías)

 

Cuando abrí la botella y salió el genio, me concedió, sin que se los pidiera, tres deseos, tres caminos, tres vidas.

 

-¡Ah cómo serás mametas!

 

No eran caminos sencillos. El genio de zapatos de me las pagas, dorados y picudos, con turbante y camisa de mangas bombachas, me concedió lo que quise pero me dejó sin libro de instrucciones.

 

-Oh, plis, ¡puta madre! Me cai que el padre Valenzuela te agarraría a madrazos, mazo en mano y te rompería las patas por simplón.

 

Y como quien corta un pastel, lo hizo en tres rebanadas. Tres deseos, tres decisiones, tres dados rodando sobre la mesa.

 

—Tres cochinitos cagándose en la cama. Muchos madrazos les dio su mamá...

 

Ahora veo todo más claro. Sobre la montaña de la vejez todo se divisa mejor:  rutas, caminos, murallas, ríos, sueños, puentes de cuota, ciudades, barrios, amores y decepciones... Sin el manto del orgullo, supongo que empiezo a ver las cosas como son y no como aparecen. Los errores ya no causan insomnio y me dejan roncar a gusto.

 

El genio tomó las de Villadiego como alma que se lleva el diablo y desapareció de mi vida. A los dieciséis me dejó el paquete de la primer decisión. A través de la distancia puedo ver claramente a Fito tratando de salir del atolladero. El chico Esperaba venir a este mundo con papá, mamá y casita donde vivirían felices y colorín colorado. Vaya que le jugaron chueco. El papá no salió parrandero ni jugador. Solo borracho. Cuando Fito apenas gateaba, el señor hizo de la vida de doña Guille un verdadero infierno. Vino la abuela con las uñas de fuera al rescate, y como en Misión Imposible salimos de noche, sin avisar y de prisa, de Monterrey a Torreón

 

Y fue con esa botella, no la del genio, la del infle, donde la burra torció el rabo y la torre de naipes de la niñez se desplomó en cámara lenta hasta llevar el momento en que Fito deshojaba la margarita descifrando el me quiere o no me quiere o sepa la chingada. Inventó que lo querían y se fue de jesuita.

 

Las decisiones de la juventud son como burbujas. Mientras vamos dentro de ellas todo es seriedad y compromiso. Parecemos la pura verdad. Cerramos los ojos y hacemos contratos personales a largo plazo que en ese momento tenemos la certeza moral que son correctos, y nos lanzamos a la alberca sin llanta salvavidas. Pero la vida no es un mapa dibujado sobre papel. La vida es un ente orgánico que evoluciona, da vueltas, echa piruetas y su esencia es el cambio, la metamórfosis.

 

—Ah cómo te encanta el pedo y el olor a caca.

 

—Déjalo, Hampón, está rumiando su vida.

 

—¡Rumiando! No seas güey, Piolín, el tipo está justificando sus pendejadas, las metidas de pata y consecuencias que sufrimos todos nosotros, los que vamos pegados como pegarropas al suéter de su reputa vida.

 

Dentro de la burbuja de la primera decisión todo parecía lógico. Sinceramente quería ser jesuita, a imagen y semejanza de mis maestros de la Pereyra a quienes tanto admiraba y que me habían casi liberado de la depresión de falta de padre. Pero el subconsciente es como rosca de reyes con varios monitos dentro. No los ves, pero cuando vayas rebanando otras porciones, en el futuro, te pueden tumbar los dientes. Y mientras más ingenuo seas, más dolorosas las consecuencias. Los divorcios, cambios de colegio, de carrera, de casa, de itinerario o de país, son inevitables cuando se ve claro que la cosa no es por ahí. Es cierto que la mitad del género humano rompe contratos personales por cansancio o cobardía;  pero la otra mitad cambia de rumbo después de pensarlo bien, sopesando pros y contras. La lección que aprendemos en la mayoría de las decisiones y compromisos rotos, no es que lo bailado nadie nos lo quita, sino que Dios escribe derecho con renglones chuecos.

 

Y entonces aterrizó el segundo deseo o decisión de vida, fue dejar la orden, arrendarme, detener el proceso ignaciano de siete años. El síndrome de las carreras truncadas. Frank Lloyd Wright abandonó la carrera de arquitecto,  Pedro la de pescador,  Arrupe la de médico, Pablo la de Fariseo, Javier Solís la de carnicero...

 

-...Tongolele la de monja, Ghandi la de criminal, Trump la de payaso...

 

Ya no tenía diecisiete. Ya era adulto de veinticuatro. La formación jesuita me había dado herramientas para armar y desarmar problemas y soluciones, lo cual me quitaba, irremediablemente, la cómoda miopía de la ignorancia, la del me apendejé y no supe lo que hacía. Una vez fuera de la estructura espiritual de La Compañía de Jesùs, me lancé al caos. Decisión correcta que me trajo de por greñas durante tres años.  Me lancé al libertinaje, a las chicas, las fiestas, al desmadre total. La puesta al corriente me llevó a Alaska, Madrid y el resto de Europa, hasta aterrizar en Montserrat, donde recuperé la cordura y la paz.

 

De regreso a México me asenté diez años en artesanía, pintura y teatro.

 

La tercera decisión importante en mi vida, fue cambiar de país. Más que personal era asunto familiar. Glenys y yo nos casamos en 1980. Emilio nació en el ochenta y dos.  En esos tiempos López Portillo era el presidente, el que defendería el peso mexicano como un perro, sabiendo que la devaluación era inminente. Antes de este cabrón habíamos tenido a Echeverría y su folclórica esposa, la Adelita. Mucho antes reinó el pozole -trompa y oreja-, Diaz Ordáz y granaderos que lo acompañaban. La nefasta hormiga atómica, arriera y ladrona, vendría poco después de Portillo. Vaya tropa. May you live in interesting times.

 

 

 

El General Madruga era teatro de denuncia. Basada en La Sombra del Caudillo de Martín Luis Guzman. Luis puso en escena las tretas del gobierno para continuar en el poder, que culminaron en la carnicería de Huitzilac, donde asesinaron a Francisco R. Serrano. No sólo el tema, sino la forma, los soldados bailaban charlestón y los diputados se iban de putas, provocó que la universidad detuviera nuestros sueldos. Luis nos dio la noticia y añadió nos liberaba del compromiso. Que entendía que eran condiciones de trabajo imposibles. Nadie desertó.  El proyecto denunciaba no sólo el gobierno corrupto del pasado, sino también el presente. Queríamos participarc en la denuncia. Hubo que apretarse el cinturón por un año. Además nos vigilaban. Después de medianoche al salir del teatro, en automóviles negros estacionados a cierta distancia. Para colmo, El grupo Cúcara y Mácara, en julio del mismo año, había sido agredido, con garrotes y barras de metal, en plena representación, en el Teatro Juan Ruíz de Alarcón.

 

 

A los treinta y cinco me harté de la corrupción gubernamental, de los dictadores, de las primeras damas, de la contaminación, la burocracia y los narcos que empezaban su larga y exitosa carrera. La reina de las artes en México era la señora Lopez Portillo, quién decidía gustos y presupuestos. Bajo su égida íbamos nosotros, los teatreros, músicos y bufones de su corte.

 

Para colmo de males el camión de la basura no pasaba en nuestra calle, en Cuernavaca. Los vecinos de la colonia tiraban desperdicios a la orilla del río y la pestilencia trajo las moscas verdes y espantosas.

 

Una lista larga de pros y contras, discernimiento de espíritus, comenzó el proceso de decisión. Incluía razones familiares, sociales, políticas e hipocondríacas. Si el camión de basura no pasaba en Canadá, emigraríamos a Noruega, era nuestra broma.

 

 

Canadá tenía, y tiene todavía, un sistema parlamentario que impide acumulación de poder en el primer ministro (me equivoqué con Harper pero Justin Trudeau vino a darme la razón una vez más).

 

La devaluación del ochenta y dos me dio el último empujón. Tomamos la decisión juntos, aunque inicialmente era bronca personal. Viviríamos en Canadá con la idea de regresar a México en el futuro.

 

Nos establecimos en Toronto, en la calle Shuter, esquina con Sherbourne, casi a las orillas del Lago Ontario.



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