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a u t o b i o g r a f í a

 

 

Enero.16.2021

 

337. La Búsqueda

 

Cuando cumplí los 15 supe que la vida me estaba pisando los talones, picándome las corvas, carrereándome. Hasta entonces todo había transcurrido en un plano de despreocupación infantil, adolescente, sin motivo de alarma, sin prisa porque no había ningún sitio a donde llegar, todo era coser y cantar y seguir la vereda como burro sin mecate. Lo cual me hace recordar la anécdota que contaba mi abuelo. Tenía un coche Ford 1900 que manejaba de la hacienda al pueblo, con tanta frecuencia que en temporada de lluvias las llantas hacían carriles tan profundos que no había necesidad de maniobrar el volante: el carrito seguía la vereda por sí solo. Cuando se le pasaban las copas al señor, regresaba a casa dormido en el asiento de atrás mientras el Ford seguía su camino hasta chocar contra la puerta de la caballeriza. El golpe lo despertaba y se iba a dormir.

 

Desgraciadamente el destino no tiene la misma lógica, aunque conozco casos, -Chilo, Nikaye, Constantino- donde la persona sencillamente siguió las huellas de la familia, con negocio y mesa puesta, cuenta de banco llena y los carriles suficientemente profundos como para navegar sin tocar el volante.

 

Ese no fue mi caso. Tuve que arañar paredes para encontrar la salida. No había ayudas. La familia tenía a la mano la lista de oficios que yo debería seguir. El barrio estaba lleno de mecánicos, agentes de viaje, agricultores y un médico. Ni esperanzas de tener esperanza en semejante ambiente. Al principio tuve que fingir que quería ser arquitecto, lo cual complació a mi madre. El gusto le duró medio año, cuando opté por la carrera de medicina. Absurdo, dado que cuando veía sangre me desmayaba... Mmm, entonces....¡dentista! Así improvisaba opciones para complacer a los demás. Corría el año 1962 cuando terminé la secundaria y buscaba, o más mi madre lo hacía, un nuevo colegio para el bachillerato. El famoso Instituto Mexicano de Estudio Superiores había resultado un fracaso, pura faramalla, propaganda de trompeta y platillo que se tragaron los torreonenses de clase media baja, yo incluido.

 

Los Jesuitas le entraron al quite, doña Guille urdió que trabajaría doble para sacar las colegiaturas y a regañadientes comencé el bachillerato en la Carlos Pereyra. Hasta entonces un cura, para mi, era un tipo cerrado, mocho, molesto, latoso y aburrido, con eterno sermón de quejas y consejos, miedos infernales y esperanzas paradisíacas. Tipos cuadrados, metidos en un molde de cemento a donde querían meter también a sus feligreses. Ídolos de la abuela, quien desde que Dios fue Dios, pertenecía a la congregación de la iglesia, junto con todas sus amigas mojigatas y chismosas. Fui monaguillo porque la abuela lo impuso. Me lavaron los pies cada Jueves Santo porque la costumbre de la parroquia era que todos los ayudantes de sacristía, incluyendo campaneros y monaguillos la hiciéramos de apóstoles

 

Por eso, cuando llegó el primer día de clases y llegué a la escuela Carlos Pereyra y me encontré con Luis González Morfín y Ignacio Ochoa, vi clara la diferencia entre los jesuitas y los curas diocesanos. Estos último solían venir a mi pueblo a organizar la leva de niños con promesas de albercas, vacaciones y tres comidas al día en el supuestamente paradisíaco seminario de Saltillo. Como el flautista de Hamelín se llevaban a cuanto chiquillo se dejaba. Me echaron el anzuelo varias veces pero nunca piqué... Aguardé a los hijos de Ignacio quienes me abrieron los ojos y las entendederas

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

09.enero.2021

 

336. La Primer Vocación.

 

Mi carrera musical comenzó a los 10 años, cuando memorizaba los temas de cuantas películas veía. Las contaba después a mis amigos bajo las lilas de la banqueta durante las noches frescas de verano.

 

Mi obra maestra, la más popular que les conté varias veces, fue la película Los Diez Mandamientos. La música desde Cecil B. De Mille me mandó como de rayo, de la redoba norteña al mundo de orquesta sinfónica. Me alucinaron los efectos especiales del mar partido, la vara convertida en serpiente y los mandamientos clavados con fuego en los riscos del Sinaí. Yo narraba la trama, actuaba los caracteres, mimaba y eructaba efectos especiales e imitaba cornos, trompetas, timbales y violines. Fue mi edad de oro de músico-actor. Cada noche el grupillo de amigos me rogaba que les contara otra película. Mi repertorio era amplio: ciencia ficción, caballeros medievales, horror y, mi especialidad, las de vaqueros.

 

Aprendí este arte de mi madre, quien hacía lo mismo en la sala frente al nutrido y ávido público de amigas que tomaban limonada y mordisqueaban galletas y polvorones. Su especialidad eran las películas románticas de Montgomery Clift, Clark Gable, Liz Taylor y los demás famosos de la época de oro de Hollywood.

 

Picado y por la mosca de la música le pedí a mi madre que me comprara una guitarra; me vio con ojos de estás loco y entendí que había pedido demasiado. En su lugar tuve una armónica de plástico, la cual dominé en dos semanas. La primer canción que me aprendí fue Fascinación, que era favorita de mi madre. La mano izquierda sostenía la armónica y la derecha palomeaba los efectos de trémolo mientras Doña Guille me miraba fascinada.

 

Tuve la idea de estudiar música pero en tierras bravas de Coahuila los músicos eran supuestamente poco hombres. Mis amigos Raymundo el pianista, Pepe el bailarín de ballet y Constantino que tomaba clases de pintura, sufrieron un calvario durante la prepa.

 

 

 


 

2 de enero 2021

 

335. Continúan las Vocaciones...

 

Después de mi salida de jesuita vino una temporada caótica de aterrizaje en el mundo real. Sin el apoyo de la institución de pronto me encontré con que ya todo dependía de mí y que ya era tiempo de conseguir trabajo y agarrar al toro de la vida real por los cuernos.

 

A través del tiempo he pensado que quizás, aunque la decisión de salir fue la correcta, tengo todavía  vocación de jesuita y en cierta forma lo sigo siendo: llevo siempre un horario estricto, practico el examen particular y el de conciencia, aplico el agere contra y medito todas las mañanas, creo en la disciplina militar estilo Ignacio como modo de vida, y no descanso hasta lograr lo que quiero.

 

Después del caos de tantos viajes, erráticos pero interesantes, por Europa y Oriente, el espíritu se fue asentando, o me harté de tanto rodar y rodar, whichever comes first, regrese a México, me casé, puse un taller de artesanías en León Guanajuato --breve vocación que había aprendido en los bosques del sur del Barcelona y que me dio de comer durante varios años--, y jugué a hacerme hombre de negocios. Veinte tejedores, dos agentes de ventas viajando por pueblos y ciudades y un consejo administrativo compuesto de parientes y amigos. Pero poco duró el gusto, dos años para ser concretos, pues la piel que venía de Estados Unidos, limpia de garrapatas, virgen y sin químicas, el único tipo que iba con mi proyecto de bolsa pirograbada en piel suave y natural, se atoró en la frontera definitivamente por broncas políticas de importación, y lamentablemente todo se fue al carajo. Acompañando este acontecimiento –éramos pocos y parió la abuela-,  sobrevino la ya esperada y terrible muerte de mi madre, cáncer en los huesos...Entonces mi corazón se partió en mil partes desiguales y las cabras tiraron al monte. Enrollé las Díez pieles de toro, las magníficas e impecables, me divorcié de mi señora y me largué a la capital al borrón y cuenta nueva.

 

 

 


 

 

 

Dic.26.2020

 

334. Oficios y Vocaciones.

 

Nunca le pedí demasiado a la vida. Ella me lo fue dando todo a medida que avanzaba. Antes de los diecisiete aguardaba la luz, el llamado, el regalo, la voz... Iba a tientas en la oscuridad sin saber que quería ni dónde encontrarlo pero tenía la vaga certeza que algo me aguardaba en la curva, recta o bajada del camino.

 

El qué vas a ser cuando seas grande me pareció siempre latoso y estúpido, sobre todo porque sabía que a esos imbéciles adultos les valía un soberano comino mi respuesta. Todo lo medían en dinero, en oficio que escupiera pesos y centavos, cosa que la mayoría de ellos no había logrado. Y había que responderles en el momento, como si ya tuviera resuelto ahí mismo el crucigrama de mi vida: doctor, ingeniero, abogado, plomero, vendedor...

 

La mayoría de mis amigos tenían resuelto el problema. Serían como sus papás: Beto abogado, Cachis mecánico, Nikaye dentista, Emilio gerente, Chilo millonario. Del grupo, el único que fue como su padre fue Nikaye, uno de los mejores dentistas de Torreón. Beto terminó vendiendo zapatos, Emilio aduanero y Cachis contador. Chilo se mató en un accidente en la carretera Saltillo-Torreón en su Mercedes-Benz deportivo. Agarró la curva a alta velocidad y salió volando bajo el cielo estrellado coahuilense sin luna y sin deus ex machina que lo salvara, mientras repasaba su vida: su nacimiento en la flamante hacienda Los Caporales, los cuatro años en la escuela jesuita Carlos Pereyra donde fue siempre el primero de la clase, y su último oficio de pianista en Saltillo y Monterrey en bares de hoteles elegantes. El impacto pulverizó chofer y automóvil.

 

Mi abuelo era agricultor, jinete de montes y campos, pistola y cuchillo al cinto, de constitución fuerte, salud de hierro, sólido como un toro, experto en ganado y cosechas de algodón, con intuición certera para predecir lluvias o sequías. Hubiera querido ser como él pero mi constitución física no llenaba los requerimientos del oficio. Una cosa era jugar a los vaqueros, otra andar bajo el sol criminal de verano encima de un equino recorriendo los algodonales.

 

Nunca quise ser nada. Como gallina en el corral fui picando el maíz que se me lanzaba. Me hice jesuita porque el Cristo de la capilla me lo sugirió. Yo no buscaba esa vocación, sencillamente me cayó del cielo y atendí al llamado.

 

Continuará...

 

 


 

Dic.20.2020

 

333. La Octava Plaga.

 

1. En silencio y encerrados, viéndonos unos a otros, escuchando al ángel exterminador haciendo chilar y medio fuera de la casa

 

2. Todo comenzaba en el horizonte, al atardecer. Si arribaba al salir del colegio tenía que correr a casa y prevenir a la familia. Las tías, la abuela y yo sabíamos el protocolo a seguir. Cada quien tenía asignada una tarea de emergencia.

 

3. Sin Moisés ni Araón llegaba la octava plaga de Egipto: El Terregal, nube negra que se tragaba lentamente el horizonte en volutas inmensas dignas de ciencia ficción.

 

4. Quédate en casa, era el consejo.

 

5. Quédate en casa, sigue siéndolo.

 

6. Si no obedeces te envuelven las tinieblas, te quitan el oxígeno y haces mutis de la escena.

 

7. El protocolo de la familia era simple: yo a destender la ropa, La Bibi a cerrar las ventanas de la sala, Irma las de la recámara de la abuela, Rebeca la cocina y comedor, y mi madre el resto de los cuartos.

 

8. El nuevo protocolo es el cubrebocas, el gel y la sana distancia. Este terregal es más terrible y no termina con el típico aguacero que limpia la noche y trae un cielo estrellado de verano.

 


 

12.dic.2020

 

332. El Que no Trabaja no Come

 

1. De niño nunca entendí por qué la gente trabajaba. Esa obsesión absurda de levantarse temprano e irse a la oficina, al taller, al rancho, a la tienda, para regresar hechos toda una piltrafa, comer e irse a la cama y al día siguiente repetir lo mismo.

 

2. El tío Edgardo era el más rico de la familia. Una noche de invierno abrió la llave del gas. La parentela no dijo ni pío sobre el suicidio para que el cura no le negara la bendición antes del último viaje al cementerio. Se fue tal como había venido al mundo: sin un quinto.

 

3. La tía política, Elena, heredó millones del gobierno de España como compensación por la muerte de su esposo, mi tío, que al regresar de Madrid murió en un accidente de la compañía Iberia. Era la mujer más miserable y cruel que he conocido. Ni los hijos ni nueras, sirvientas y choferes se salvaron de su rabia.

 

4. Pero me tenía que llegar la hora, y a los 10 años, al llegar las vacaciones de verano mi madre me hizo saber que empezaría a trabajar todo Julio y Agosto. Grrrrrr. Me consiguió trabajo con Chucho, el mecánico de la esquina, quien me puso a limpiar fierros con gasolina durante ocho semanas. Todavía traigo en la nariz el espantoso olor a petróleo. Sus primos Tacho y Evaristo trabajaban con él. Los tres compartían conmigo sus  revistas e historias pornográficas.

 

5. A los 11 años me mandaron a la fábrica de básculas que don Rafael, el vecino andaluz que era el dueño. Ahí me hice experto en limpiar refacciones viejas con un rodillo de estopa motorizado que después de vuelta en vuelta dejaba los metales brillantes y como nuevos.

 

6. A los trece metía mercancías a bolsas de papel junto a la cajera del Puerto de Liverpool.

 

7. A los catorce, quince y dieciséis metía difuntos a féretros.

 

8. A los 17 me escapé al noviciado jesuita

 

 

 


 

 

Dic.05.2020

 

331. El Limonero

 

Años después de mi partida a Puente Grande regrese a Torreón, a la boda de un amigo, y aproveché para darle una vuelta a mi antigua casa. Ahí estaba todavía, paredes cuarteadas, el jardín lleno de yerbas, nido lleno de recuerdos, silencioso, cansado... Todo parecía tan pequeño: la calle, que era privada con las avenidas Escobedo y Bravo a ambos lados, en realidad era un corto callejón que de niño me parecía larguísimo. Me detuve un momento tras de la barda de metal oxidado que dividía el jardín y la calle a ver entre las hierbas el sueño imposible de la abuela: el limonero, todavía vivo, increíble, y tan frágil como en aquellos días, vano de frutos. El muy desagradecido jamás había parido ni un solo limón a pesar de todos los chiqueos y cuidados maternales de la señora.

 

El rosal ya no existía, el otro capricho de la Doña Trini que tampoco había dado ningún brote. Rosal y limonero habían sido la pequeña ilusión de una mujer que ahogó sus sueños en un mar de hijos y nietos, en una tierra de machos donde la mujer era casi esclava y la cocina su única alternativa en medio del inmenso desierto.

 


 

 

Nov.28.2020

 

330. La Locura de los Sueños

 

Fui niño muy soñador. Por supuesto que mi primer ilusión fue un árbol de Navidad lleno de juguetes. Aunque era deseo cumplido siempre a la mitad por la eterna excusa anual de que Santa Claus estaba muy pobre ese diciembre. Al encontrarme con la verdadera identidad del famoso gordo, gracias a Cachis el vecino,  pedí desde entonces juguetes más económicos.

 

Cuando la abuela no me dejaba salir a jugar soñaba que yo era rey y la mandaba decapitar. Soñar despierto fue una de mis habilidades más valiosas de aquella época. Me despache también a mi madre y una que otra tía. El encierro desarrollaba mi imaginación a niveles casi patológicos.

 

A los 13 soñaba en manejar una motocicleta con una rubia en el asiento de atrás abrazada a mi cintura. La rubia llegó un día, la motocicleta, nunca. Roberto, uno de mis mejores amigos del salón de clases en la secundaria se había matado en una Islo. Mi primo Carlos, en el taller de trabajo de la funeraria me mostró el cuerpo hecho papilla antes de reconstruirle la cara y embalsamarlo. Juré no subirme a una motocicleta en los días de mi vida.

 

Descubrí el cine a los siete años de edad, cuando ya me dejaban ir solo al Nazas, Martínez o Cinelandia. Entonces vinieron los sueños de caballeros medievales, reyes y princesas. Afortunadamente mi amigo Emilio Herrera tenía fascinación por los soldados cruzados, y juntos hacíamos guerras en el cuarto de juegos de su casa, cada quien armado con su propio ejército de soldaditos de plástico. Esa navidad le pedía a Santa Claus un traje de príncipe valiente que sabía que era barato y no quebraría su presupuesto

 

A los 17 me soñé misionero, bautizando almas esquimales en Alaska. Entré al noviciado jesuita en 1964 y el sueño fue agarrando aire mientras leía las aventuras del jesuita Segundo Llorente, en el Polo Norte.

 

Cuándo cumplí 24 abandoné la Compañía de Jesús yel próximo sueño era ir a la india a meditar con un gurú, con música de cítara de fondo y un cigarro de hashish. Me hice hippie y volé a Madrid, de ahí a Barcelona a contactar un tal Marcel Pinot que organizaba la caravana que cruzaba el Mediterráneo rumbo a Estambul, posteriormente en autobús rentado a través de Irán, Pakistán, Afganistán y finalmente a la India.

 

Antes de zarpar del puerto de Barcelona, ése mismo día tuve una visión en la estación de trenes, la cual cambió los planes y tomé el tren a la montaña de Monserrat a encontrar mi destino. Un año y medio en el monasterio benedictino, aprendiendo meditación zen de los santos y videntes ermitaños, de cueva en cueva, me tranquilizó el acelere... por fin encontré la paz espiritual que buscaba en esos tiempos.