07.11.20

 

310. El Nombre de la Rosa

 

Antes de irte al colegio riega los rosales.

 

—¿Cuáles?—hubiera sido la pregunta lógica, pero de hacerla me hubiera roto el hocico porque su sueño superaba la realidad y ni modo de bajarla de su nube. En nuestra casa cada quien tenía la suya y la de ella flotaba en el jardín. Regaba el limonero que jamás de los jamases dio ningún fruto, y el rosal, palo seco con espinas, era su planta preferida.

 

Los sueños necios comen aparte, merecen atención, respeto, alabanza y compasión. Por naturaleza son insoñables, no existen en la teoría ni en la práctica y son más absurdos que el círculo cuadrado o la línea recta ondulada. Anidan en el alma de gentes tozudas, necias, tercas, por qué no, tiernas.

 

Como Pedrito Páramo me acostumbré al sí abuela...y me hice partícipe de un juego irreal que jugábamos los dos antes de irme al colegio. La tierra caliente del desierto se engullía el agua en un santiamén y aunque repitiera la acción varias veces con la regadera, lo seco, seco se quedaba. Qué tierra más dura, más terca, cruel, indomable, tierra digna de beduinos y camellos que terminó con burros, coyotes, chivos y liebres saltarinas. Tierra de gente brava, de caballos y pistolas, cerros blancos y pelones, terregales bíblicos, ríos sin agua y sueños imposibles. Maldita cigüeña que me escupió en tierra bruta y revuelto con el ganado.

 

Se negaba a comprar rosas en el mercado porque estaban muy caras y además porque ella quería las suyas propias. Plantaba y replantaba rosales como personaje del Principito, con aplicación obsesiva e inútil. Plante ocotillo, verdolaga, guayuba o gobernadora, eso sí se le da, abuelita, son flores humildes pero bonitas, le sugerían las hijas del tío Mundo. Nada.

 

El día de los muertos íbamos al panteón de San Pedro de las Colonias en un camión de redilas que mandaba el abuelo, siempre con el mismo chofer: un gordo prieto y malhumorado llamado Higinio que fumaba de hoja y se pasaba los semáforos en rojo. La familia entera se armaba de escobas, cepillos y sacudidores para limpiar las tumbas de nuestros antepasados. Los niños jugábamos futbol con cráneos que las lluvias escupían de fosas olvidadas.  Antes de salir de la ciudad íbamos al mercado a comprar flores. Mano de león, margaritas silvestres, palmas, cunas de Moisés y para la tumba de su hijo Rafael: rosas. Había fallecido cuando niño y la abuela hablaba poco de él. Tema sensible que nadie se atrevió nunca a tocar; ni yo, que siempre tuve la impresión que mi  nombre había transmigrado de aquel infante dormido en el cementerio de San Pedro hasta mi pila bautismal.

 

Termino con un trozo de poema de su poeta favorito, Salvador Díaz Mirón:

 

¡Confórmate mujer! Hemos venido

A este valle de lágrimas que abate

Tú, como la paloma para el nido

Y yo, como el león para el combate

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jul.4.20

 

309. Las Siete Plagas

 

La vida que viví fue interesante.

El zigzag fue la constante.

Ondular no era lo mío:

Fantasear de niño,

babosear de adolescente,

resolver acertijos de adulto

y meditar de viejo.

 

Las plagas del desierto atraídas por los campos de algodón fueron variantes necesarias para no enloquecer. La región entera entraba en un remolino de actividad y dinamismo buscando soluciones a los odiosos visitantes: ratas, chapulines, moscas verdes, gusano rosado y demás sabandijas. No nos hizo falta Moisés ni la vara de Aarón y los primogénitos se morían de tétanos, asma, insolación y demás achaques del yermo.

 

No teníamos rutina ni descanso. Las avionetas surcaban los cielos en busca de algodonales para esparcir las nubes de DDT que vientos y terregales traían a la ciudad e inflamaban pulmones, ardor en los ojos y sabor amargo en la boca.

 

Durante la plaga de saltamontes un grupo de entomólogos de la capital urdieron una solución que pareció original e inteligente, que desgraciadamente tuvo doble efecto. Reprodujeron en probetas huevos de moscas bravas chinas que invadieron los campos y dieron cuenta de los chapulines. Desgraciadamente

se también engulleron la población de libélulas y mariposas. Hubo que traer las avionetas de nuevo y polvorear los campos para exterminar el mosquero. La ventaja del DDT es que todo lo mata.

 

Aunque usted no lo crea uno de los peores enemigos de las cosechas era el agua de lluvia. Escasa o excesiva, temprana o tardía, los efectos eran de lamentar. Y es que hablamos de agua de temporal, algo así como la ruleta vaticana de la agricultura de aquellos tiempos cuando las nubes eran el único método de riego. Falta de lluvia durante la germinación producía algodón enclenque. Tormentas al final del proceso ensuciaban los capullos y bajaba considerablemente su precio en el mercado.

 

Malas o buenas cosechas no impedían la celebración anual de la feria del algodón. La Alameda se llenaba de puestos de comida, juegos mecánicos, payasos y cirqueros, bares de cerveza y antojitos, mariachis y desfiles. La ciudad se volcaba con entusiasmo, si había tenido éxito, o directo al sotol si las cosas no habían funcionado; se olvidaban las penas morales y económicas durante la feria famosa.

 

Por un noche la plaza de toros transformaba en teatro al aire libre y hospedaba cantantes y grupos famosos de la época: Pedro Infante, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, el charro Avitia, el Piporro, Sarita Montiel, María Victoria y docenas de celebridades más  aquella época de oro. Una semana después se vaciaba la plaza de escenarios y bocinas de sonido y se preparaba la arena para la corrida de toros. Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Paco Camino, Jaime Ostos, Diego Puerta, El Cordobés, Paquirri...Todos ellos vinieron a lanzar verónicas a mi pueblo. Como no soy aficionado a los toros seguramente olvido a muchos.

 

Una vez terminada la feria...vuelta la burra al trigo, en este caso al algodón. La eterna y mitológica lucha del ser humano contra los insectos. O ellos o nosotros, duelo de titanes, del quítate tu pa poneme yo. Hubiera sido más fácil matar toros miura con estoque y capote, que lidiar con las nubes de mosquitos y saltamontes que causaron tanta destrucción en La Laguna.

 


 

junio.27.2020

 

308. A Propósito de Escobas

 

Por regla general donde no llega la escoba, el polvo no desaparece solo. Mao Tse Tung

 

 

Si Las brujas piensan que tuvieron buena idea con el uso de la escoba que no canten victoria. Los torreonenses tuvimos la mejor. La usamos, no para volar, que vuelen los pájaros y la mierda en los terregales, sino como auténtico modus operandi y vivendi. Quién iba a imaginar que un palo con fibras de sorgo atadas a una punta iban a servir para limpiar la conciencia, las calles, el orgullo regional y las banquetas.

 

Así como las brujas deben tener diferentes estilos de vuelos y de escobas, y se critican o admiran entre ellas por la forma en que negocian corrientes de aires y nubes, así también en mi ciudad había diferentes formas de barrer que implicaban muchas más  cualidades que simplemente elevarse en el aire como pendejas.

 

Barrer no es cosa fácil. Mover la escoba tiene su arte si lo que te importa es dejar el piso limpio y flamante. Mi tío Ramiro era abarrotero y era experto en entrenar dependientes y mozos del negocio en la limpiada de suelos. No toleraba empleados flojos ni a media mañana cuando escaseaban las amas de casa y los chiquillos mandaderos.

 

—Agarre la escoba y póngase a barrer huevón hijo de mierda.

 

Y la víctima salía a la banqueta a cumplir la orden. Si era nuevo en el negocio le esperaban momentos difíciles.

 

—¡Así no, pendejales, ¿qué nunca ha barrido cabrón?

 

Y en seguida le administraba una clase con pelos y señales y lujo de detalles que el alumno jamás olvidaría. No se trataba de agarrar la escoba con manos de trapo, no señor, había que apretar los puños, mantener las muñecas ligeras y girar el palo con gracia y decisión. Que no se le ocurriera alargar los brazos mientras barría o terminaría con tortícolis; tampoco acercar demasiado la escoba al pecho porque producía barriditas pendejas e inútiles. Había arte torero en el asunto, casi de verónica o pase de pecho; ¿Nunca había ido a los toros? ¿Sí? Pues órale, lerdo. Era menester menear el bote y brazos a un ritmo estable que mantuviera la escoba arañando el piso a buen paso. Si era polvo solamente había que barrer con suavidad o se ahogaría en su propio terregal. Si había restos de comida y demás basura entonces había que empujar con más energía para mover el mugrero. Maniobrar recogedor y escoba, acto final del dramático acto de la barrida, era algo que tomaba arte casi coreográfico: La mano derecha rodeaba la escoba, manipulándola por la parte inferior mientras la otra ofrecía el recogedor frente a la basura, la cual se empujaba en pequeños movimientos.

 

El desempleo no existía en mi pueblo si tenías escoba. Tocabas de puerta en puerta ofreciendo limpiar banquetas, o mejor aún, pero tenía sus riesgos, la barrías primero y luego tocabas pidiendo la paga. Los mercados eran buen sitio para el barrendero self employed. Eso sí, el enmierdadero de vegetales y pellejos dejaban la escoba apestosa y en estado lamentable. La ventaja era que además de dinero te daban frutas, tacos de sesos o birria. Negocio sucio pero redituable.

 

Una mañana de verano mi madre regresaba de misa de siete. Caminaba por la Avenida Bravo cuando le pareció familiar aquel viejito larguirucho que barría la banqueta de enfrente. Se detuvo para cerciorarse. En efecto, era el abuelo. Al terminar de barrer tocó a la puerta y una señora sonriente le ofreció un plato de antojitos y otro de tortillas y lo invitó a sentarse en el escalón de la puerta a tomar la merienda. Ella le hacía conversación de pie bajo el umbral. Mi madre al punto del desmayo.

 

Por la noche vino la discusión:

 

—Papá, por favor, ¡tú no tienes ninguna necesidad de andar barriendo banquetas! Es como pedir limosna. Tienes tu cheque de jubilación cada mes y además tus tres hijas trabajamos y no nos falta nada. ¿Pues qué es eso de andar pidiendo frías de puerta en puerta?

 

—¡Creo que ya le patina! —gritó la abuela.

 

El resto de las tías callaban. Yo me divertía. Sabía del oficio del abuelo, inclusive había compartido frijoles y albóndigas en una de sus casas.

 

—No, no confundan —contestó tranquilamente—, yo no puedo ser desempleado ni estar de huevón sentado toda mi vida bajo el limonero—. Tengo que contribuir a la economía de la casa. No importa la cantidad ni el oficio. Sin campos de algodón, caballos, caporales ni tierras no me queda de otra.

 

—¡Te vamos a esconder la escoba!—gritó la abuela .

 

A lo cual el patrón soltó la carcajada y salió a la calle, silbando como si nada.

 

Yo aprendí el arte de barrendero en la funeraria de mi tío Jesús Cepeda. La carpintería del negocio era un mar de aserrines y virutas que mis primos y yo teníamos que mantener siempre limpia. Los días de velorio nos concentrábamos en la banqueta y pisos de  capillas ardientes.

 

Al llegar al noviciado jesuita la escoba me aguardaba, por supuesto, lo mismo que historias absurdas de obediencia, como barrer escaleras de abajo para arriba.

 

La aspiradora no borró del mapa a nuestra amiga. Ahora viene vestida de plástico y con etiqueta de Made in China. Supongo que las brujas milenials se han modernizado también. La mayoría de los negocios que usan aspiradora, tienen en el clóset una escoba. Son fáciles, livianas, prácticas y no ocupan mucho espacio.

 

 


 

20.jun.2020

 

307. Hielo Negro

 

Como si despegaras de la tierra y te elevaras a los cielos, libre de la ley de la gravedad, el corazón se paraliza y la garganta se cierra. Todos los músculos se contraen y la mente queda en blanco tratando de encontrar una respuesta lógica a una situación absurda, ajena a éste mundo.

 

Era una mañana soleada de invierno. El paisaje era magnífico: bosques nevados, cielo azul marino sin nubes, tan solo una parvada de gansos cruzando los cielos de Alberta. Una tarjeta postal auténtica.

 

Mi segundo año en Canadá. El inglés seguía atorado en mi lengua de trapo castellana. Habíamos sido felices en Toronto los primeros doce meses pero se agotaron las reservas debido a la cruel recesión económica del 82 y hubo que cruzar tres mil kilómetros para sobrevivir dos años en Edmonton.

 

El hielo negro es invisible, sólido pero invisible. Una contradicción lógica. Lo puedes tocar pero no verlo. Es transparente como el agua. No puedo decir que es inocente porque ha cobrado muchas vidas. En realidad es criminal silencioso, callado y calculador. Las carambolas de docenas de coches hechos chatarra, exhalando fuego y humo en las autopistas canadienses son prueba terrible de su habilidad devastadora.

 

El diccionario lo trata bien:

 

Black ice.

Noun

A transparent coating of ice, found especially on a road or other paved surface.

 

El hombre del sueño se parecía a Ramón Navarro, decía que yo había compuesto una muy buena canción, que si no tenía otra. De qué canción hablaba? No era la primera vez que soñaba a Navarro. Otra vez había visto caminando sobre la Vía Láctea muy quitado de la pena jugando a ser ángel. En el último sueño me traducía una vez más A Whiter Shade of Pale, cosa que había hecho en el 68, cuando conversábamos en los estacionamientos del Instituto libre de filosofía a las tres de la mañana. En el mismo sitio, otra madrugada, escuchamos juntos y a todo volumen In a Gada da Vida a de los Iron Butterfly a través de los amplificadores de guitarra eléctrica que traía yo en el asiento de atrás del Datsun. Ramón y yo fuimos amigos de ocasión. Pero bajo la superficialidad de los encuentros hubo un gran afecto.

 

A la una de la tarde al tráfico de la autopista era decente, poblada pero tolerable. Todos conducíamos a la misma velocidad, 120 Kms. por hora. Las tormentas de nieve tomaban un descanso y daban paso a días soleados, sí: soleados pero a -35 centígrados bajo cero. Por el cristal retrovisor veía a Emilio, metido en su chamarra y gorro de invierno, en su silla de bebé, señalando los gansos y gritando atata, atata, aaaaah.

 

Sí, Milo ¡Los gansos!

 

De pronto, sin saber cómo ni cuándo perdí el control del volante, el automóvil decidió seguir su propio camino y como trompo de fantasía giró sobre sí mismo en vueltas de rotación lentas pero a más de cien kilómetros en línea de traslación. No recuerdo qué tanto duró la experiencia pero pareció una eternidad. El instinto de conservación despierta en una milésima de segundo, pero la mente no puede, se paraliza, se atora, permanece atónita. ¿Realidad o sueño? Atata, atata, aaaaah.. El niño y los gansos hacían más sentido. En cada vuelta veía una barrera de automóviles detrás de mi, y en el horizonte la parvada de pajarracos desapareciendo.

 

Cuando finalmente terminó el remolino, el coche quedó inmóvil, en sentido contrario, frente al tráfico embotellado de cinco carriles y docenas de ojos viéndome, a la canadiense, pacientes y comprensivos, con expresión de a todos nos ha pasado, don't worry, everything is going to be all right.

 

En México había derrapado en carreteras, calles, caminos, en grava y asfalto, me había atascado en arenales y lodazales, pero nunca había patinado a cuatro llantas sobre hielo invisible. Le llaman negro porque el color oscuro del asfalto disfraza el agua compacta y transparente.

 

—¿Todo bien? —preguntó Glenys al subir al Ford Pinto.

—¿Por qué la pregunta?

—Te veo un poco pálido.

—Traigo un catarrillo, es todo.