AUTOBIOGRAFIA

17FEB19

 

139. Otoño

 

Regresaba del colegio una tarde de otoño. No hubo terregales ese día. La Escobedo circulaba el ganado de camiones de redilas, ruleteros, uno que otro carro de mulas y niños recién salidos de clases. Era la hora cuando, previo al violeta y púrpura, el cielo se tornaba rojizo, misterioso. El atardecer en el desierto es momento íntimo, mágico. Imaginaba que a esa hora los alacranes no picaban, las tarántulas meditaban, los coyotes se tornaban pacíficos y el ciempiés dormía tranquilamente bajo su piedra. Había visto docenas de atardeceres como éste durante las excursiones con los scouts. Rojo pastel la superficie de las nubes, violeta de acero corrugado los cerros rodeando la ciudad. El desierto es madrastra estricta que se transforma en dulce hada madrina al atardecer.

 

Al dar vuelta a la esquina me pareció ver una figura familiar a media cuadra, en la casa verde de los rosales. Barría la banqueta. Caminé hacia ella por la acera de enfrente, ocultándome tras los árboles, y sí, efectivamente, era mi abuelo dándole duro a la escoba y tirando basuras. Primera vez en mi vida que lo veía en el trajín de aseos de banqueta. Experto en dominar la tierra, adivinar las lluvias, manejar riendas, pistolas, arreos de yeguas y mulas...  ahora limpiaba banquetas.

 

 

Cuando terminó, tocó a la puerta y la dueña, a quien yo conocía de vista, una señora elegante, madura y guapa, le alcanzó un plato con comida caliente y una limonada. Don Trini se sentó en los escalones a tomar su merienda. Si se entera la abuela lo mata, pensé.

 

El abuelo se había jubilado en 1960. Más bien, lo jubilaron los abogados la Casa Purcell. Razón: edad. A pesar de que las cosechas de los últimos años habían superado los records. El hombre estaba en el punto óptimo de su carrera. Adivinar si llovería pronto, cuándo sembrar, cuando piscar el algodón, cuántos piscadores contrataría ese año, cómo proteger las cosechas del gusano rosado, los chapulines, las ratas... Su intuición se había agudizado con la edad. La razón del despido, la edad, a la familia, nos pareció absurda.

 

Cuando joven, había tenido su propia tierra de siembra, La Hacienda Cleto, lugar fantástico y mítico donde habían crecido mi madre y sus hermanos. Buena tierra de cultivo y ganado, plena de leyendas, tesoros, cuentos de aparecidos e historias de la revolución.

 

Los abuelos admitieron, al paso de los años, que el cambio a la ciudad no había sido buena decisión, pero, necesaria, ya que sin colegios en la región los hijos hubieran crecido cerriles.

 

 

La familia Purcell era concepto abstracto, entes invisibles. Nunca los vi, nunca nos visitaron. O quizás lo hicieron mientras estaba yo en el colegio. Seguro, dado que el muchachillo inquieto que era yo no era pieza para reuniones de negocios. Seguramente tenían estricta relación de trabajo y se reunían en el rancho Santa Mónica, el centro de operaciones. Eso sí, cada navidad mandaban una canasta enorme repleta de buenos vinos, turrones españoles, chocolates suizos y mazapanes de Toledo. Y, para su crédito, el Señor Purcell  le había pagado la carrera de medicina a mi primo Javier Orduña, el cual sacó la casta, cada año, con puros dieces, por lo que le aumentó la beca. Cuando el primo se recibió, mandó una carta a los abuelos, elogiando al nuevo galeno. Era la carta magna de la abuela, nos la leía a los nietos todos los  días. La bola de burros teníamos que emular a Javier o nos moriríamos de hambre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

You are visitor number: 900