AUTOBIOGRAFIA

Rafael Fuentes©2019

se vale saludar o corregir gazapos: soundtrack@sympatico.ca


 

14.12.2019

 

 Capítulo 181. H1H1 y Estalactitas

 

La Estactita

me espanta

el sueño,

¡cara-

Jo!

Fl

op

Fl

op

.

.

.

 

Ambos son culpables: el termómetro y el hielo.

Uno frente al otro en el subibaja del invierno

nos hacen la vida de cuadritos

a ambos lados del balancín

yinyangeánonos

Como a sus

Pendejos

Flipflop

Flip

Fl

op

.

.

.

 

Cuelga la estalactita de la parte superior de la ventana

como un cono de nieve al revés, absurdo.

Nunca pongas la lengua en ella

Porque te quedas pegado

Aconsejan las mamás

En estas tierras

Salvajes de

Latitud

Norte

 

 

 

 

Tampoco puedes tumbarlas con la escoba porque

Se puede desprender la madera de los dinteles.

Hay que esperar que el estúpido sol ascienda

y la sangre roja del termómetro

sobrepase el cero y el flop

Flop flop del insomnio de

monos de nieve

 haga de las

Suyas

 

 

En las grandes ciudades, Toronto o Vancouver

Se forman estalactitas descomunales en

Los rascacielos. Dios te salve de

Caminar a lo tonto por Bloor st.

en marzo, y te sorprenda el

 Golpazo en la cabezota

y te regresen a México

En caja de zapatos

y por paquetería.

Líbrete

Dios.

 

 

Ya en abril, depende qué tan al

norte vivas, se va

derritiendo

La nieve.

Los

Arroyos

atiborran los ríos

Las calefacciones se apagan,

los abrigos, gorros y botas se van al desván;

las parvadas de gansos regresan del sur a las orillas de los grandes lagos, seguidos por las mariposas monarcas, gorriones, cuervos, petirrojos y los cobardes canadienses que invernan en Florida entre noviembre y marzo.

 

Los vientos y tormentas glaciales dejan ramas, basura, fango y hojas secas enterradas por meses bajo las capas de nieve. Ciudades y pueblos resucitan del marasmo invernal y, con escobas y rastrillos en mano se lanzan a parques y jardines a restaurar a la atarantada madre naturaleza que apenas puede balbucear la palabra primavera.

 

Reaparecen los cuerpos de esquiadores engullidos por avalanchas en las áreas montañosas; recuperan pescadores congelados bajo el hielo de lagos y ríos, lo mismo que exploradores extraviados en los bosques, quienes al perder brújula y rumbo caminaron en círculos, durante tormentas de nieve, hasta caer exhaustos en el sueño de la llamada white death, o muerte por congelamiento.

 

Pero no todo fue naufragar.

 

En diciembre vino Santa Claus, atiborró de regalos los arbolitos de Navidad y las pistas de patinaje se llenaron de cientos de niños y adultos que raspando hielo graciosamente al ritmo de alegres villancicos. El pavo, en carrera de relevos, salió de la granja al supermercado, al refri de la casa, al horno y finalmente a la mesa de Navidad donde fue el centro de atención rodeado de risas, aplausos y vinos europeos. El Christmas Spirit se apoderó de pueblos y ciudades como un virus de dicha y felicidad, flauta mágica que los medios de comunicación soplaron hábilmente para infectar a la ratoniza que se lanzó a las computadoras en un clickear frenético que devastó tarjetas de crédito con transacciones en Amazon y puntos intermedios. La cruda moral llegaría en enero, con los arbolitos de navidad en la banqueta, aguardando el camión de la basura y la llegada del cartero con la carta y cuenta de MasterCard.

 

Junto con Santa vino la Catrina a Canadá, a su visita anual, con nombres pomposos y crípticos: influenza A, B y C., o denominaciones de laboratorio, como H1, H2 y H3, que en cristiano significan simplemente gripas de marrano, pájaros o gripa asiática. La influenza extermina alrededor de doce mil canadienses al año. Ancianos y niños son los más vulnerables a la infección. Las vacunas anuales son erráticas, con un porcentaje bajísimo de protección gracias a los imbéciles laboratoristas que basan sus fórmulas en el invierno australiano, que al llegar al continente americano, seis meses después,  cambia de forma, transmuta, se alía con otros virus y se convierte casi en un super-bug. Las reuniones navideñas- -Jingle Bells y demás- son perfectas circunstancias para la transmisión de la influenza. Peor aún, los malls, centros comerciales, clubes e iglesias son perfectos sitios para contraer la H1N1.

 

Pensándolo bien, prefiero morir es un estalactitazo –¡cuaz! y se acabó el asunto-, que escupiendo los pulmones en un pato de hospital.