AUTOBIOGRAFIA

 

13OCT2018

122. El Negro Jesús.

Mi niñez en casa de las mujeres, como la llamaba el abuelo, tuvo otro apoyo masculino, otra figura paterna, el Negro Jesús, hermano menor de mi madre. El día que llegamos a Torreón, después del divorcio, cumplía yo un año, Jesús tenía dieciocho. Me adoptó como sobrino, hermano, casi hijo.

Nunca terminó la preparatoria. Decidió trabajar con su amigo Jorge Ibarra, quien tenía un rancho en Ceballos, Durango. Desde mi cuarto oí la discusión en la cocina: que tienes que estudiar para que se te quite lo cerril; que no mamá, que mi papá no estudió y es el mejor algodonero de la región; que eran otros tiempos, que si no estudias... ¡te vas de la casa! El Negro se salió con la suya, pero no se fue de la casa. De hecho, era el consentido de la abuela, el hijo del milagro, el que había regresado del más allá, de las garras de la muerte.

Todo había sucedido en la hacienda Cleto, durante la época de oro de la familia, donde la mayoría de los hijos habían nacido. Tiempos de nanas, cocineras, caporales, tierra fértil de algodón y cosechas históricas.

A los diez años se le infectó un riñón a Jesús. El doctor de la familia, Justino Hernandez, después de dos semanas de intentar lo imposible, aconsejó que lo llevaran al hospital de Torreón, único sitio donde le podrían salvar la vida. El nosocomio de San Pedro no sirve pa pura chingada, explicó el galeno. El niño pasó dos días en Torreón; los doctores diagnosticaron que la infección estaba muy avanzada, que lo mejor sería que regresaran a casa. Que no había remedio.

Ya en la hacienda, Justino Hernandez fue a visitarlos por la noche. Traía unas ampolletas, antibióticos potentes, todavía experimentales y sin patente que había comprado en una conferencia médica en los Estados Unidos. Dadas las circunstancias, propuso someterlo a un tratamiento de tres días, una inyección diaria. Los abuelos aceptaron.

Esa misma noche le aplicó la primera. Cualquier Novedad, mala o buena, manden de inmediato un propio a avisarme. Justino era buen amigo del abuelo. Compañero de aguas y aventuras de juventud. Su rancho, a dos kilómetros de Cleto, era granja lechera. Quinientas cabezas que proporcionaban leche y queso a la región.

Rosario en mano, la abuela no se despegaba del niño. El abuelo mandó traer danzantes, chamanes, brujos, videntes, curas. Bailaban de sol a sol, echaban suertes, rezaban a todos los santos...

A la tercer inyección el niño despertó y pidió de comer. El propio salió a galope tendido a notificar al doctor. La abuela atribuyó el milagro a la Virgen de Guadalupe, el abuelo a San Antonio, Justino a las inyecciones.

Cuando dejó la preparatoria, Jesús tomó diferentes trabajillos en la ciudad. Después de un año, su amigo Jorge Ibarra lo invitó a trabajar en su rancho de Ceballos. Recuerdo la estampa de mi tío: Stenson, paliacate al cuello, mezclilla, botas vaqueras, pistola al cinto, fajada con hebilla de herradura de plata. Fumaba Marlboro, por supuesto, y era buen cantante de regadera. Moreno, fornido, cara ancha, labios gruesos, ojos inteligentes y amables que usaba para engatuzar hembras. Era mi héroe.

Cuando el negocio del rancho se fue al traste, el Negro pensó que era tiempo de ampliar horizontes y decidió cruzar la frontera, a ganar dólares. Juan Gutierrez, caporal del rancho del abuelo, lo acompañó en la aventura. Toda la familia los despedimos en la terminal Transportes del Norte. Parecían gitanos; equipaje de costales y maletas viejas amarradas con mecates. La abuela en un mar de lágrimas, colgada del cuello del hijo, repitiéndole que se cuidara mucho, que no buscara pleitos, que escribiera seguido y que si no le gustaban los gringos que regresara a casa.

Y así fue el Negro me dejó solo a lidiar con las mujeres. Bueno para escribir, mandaba dos cartas al mes, con su letra elegante, decisiva y clara, como la del abuelo. Juan, contaba, se había quedado en El Paso, en calidad de boxeador, peso welter. El vivía en Beaumont, Texas, con la prima de la abuela, Carmelita y familia. Jesús trabajaba como albañil y aprendía inglés.

Todos extrañamos a Jesús: El Hijo Desobediente en la regadera, temprano en la mañana; jaripeando caballos broncos en el corral; contando chistes de cuerpo entero y carcajada durante las comidas. Fue mi intercesor, en muchas ocasiones, ante la abuela.

El cambio a los Estado Unidos fue buena decisión. Al año firmó contrato como albañil en una compañía de construcción. A los dos, tomó un curso de instalación de mosaicos, mismo que le valió otro contrato en una compañía de construcción especializada en diseño interior de rascacielos. Tuvo casa propia, cuatro coches, una caminoneta, tres esposas, tres niños y al final, su propio negocio: Orduña % Sons.

 

 

 

 

 

 

 


 

You are visitor number: 699