AUTOBIOGRAFIA

 

10.12.19

 

172. JUEGO DE ESPEJOS

 

El baño tiene espejos en las cuatro paredes. En el de enfrente estoy yo, lavándome los dientes. Al fondo, veo también la reflexión, como en un túnel repetitivo, de innumerables Gatos haciendo lo mismo. Los de los lados me multiplican también ad infinitum. Trucos del espacio imaginario. No en balde los conquistadores cambiaban espejos por oro y los nativos quedaban satisfechos (hombre blanco no sólo feo, también estúpido.)

 

Un espejo muestra la hora correcta:  las 8:00. Los de atrás opinan lo mismo; pero las manecillas de los laterales declaran que son las 4:00.  La zorra dorada del poster se multiplica mirando a la derecha, en unos, a la izquierda, en otros. El título de la foto es SIERRA CLUB o BULC ARREIS, dependiendo en qué espejo lo ves.

 

Durante la niñez solamente veía pelo y frente en el espejo. Tenía que ponerme de puntillas para verme la cara. En la adolescencia, cejas, ojos y boca ganaron terreno;  pasaba horas exprimiendo espinillas, luchando con goma y pelo hasta lograr el copete Elvis, o simplemente posando para chicas imaginarias, sonriendo, haciendo caras interesantes o imitando a Charles Atlas, luciendo mi musculatura imaginaria.

 

—¡Rafael: Otra vez hay gotas de pasta de dientes en el espejo!

 

Usando el de mano me veía de perfil. Pensaba que tenía demasiada nariz y nuca hundida. Las orejas estaban bien, aunque de por sí son horribles; suponía que el enredijo de pellejos tenían que ver con ventajas auditivas. La manzana de Adán me parecía enorme y me hacía verme tonto, entonces decidí abrocharme el botón del cuello de la camisa lo cual empeoró mi aspecto.

 

En el noviciado escaseaban los espejos. Aunque no había mucho qué admirar: pelo de sardo que me hacía más orejón, ojos siniestros producto de mis ojeras draculinas heredadas de mi señora madre. Al menos ella había tenido la ventaja del maquillaje.

 

Los espejos de la pensión Belén, en el barrio gótico de Barcelona eran espantosos, sobre todo el del baño común del segundo piso: cacarizo, sucio de siglos, rajado y mentiroso. Lo último porque mostraba el rostro ondulado y había que encontrar el ángulo correcto para verse  como Dios manda. A veces éramos varios frente al espejo: hippies americanos, trabajadores andaluces, marroquíes, orientales, nórdicos, peinándonos, cepillando  dientes o lavando caras. ¡Coño, pero qué atiborro de moros y cristianos! En mi pueblo andaluz hasta el hotel más rascuache tiene mejores cagaderos.

 

Hoy en día me quedan 38 años de mala suerte. A los diez Hice añicos el espejo de mano de la abuela. Una pieza de antigüedad de la que siempre se había sentido orgullosa. Herencia familiar donde docenas de doncellas de apellido Jacquez habían admirado su belleza. Ovalado, estilo barroco, con dos manitas abriendo cortinas de plata en el frente, y querubines volando en cielo de metal bruñido en la parte posterior. El mango terminaba en una mano delicada y femenina.

 

—Dijo mi abuelita que estás frito porque quien rompe un espejo tiene cien años de mala suerte.

 

La prima Teresa lo dijo con tono lúgubre para molestarme. No supe qué decir. Me encogí de hombros y simplemente dije: me vale. Era cierto, porque después de una semana lo olvidé. Hoy en día tampoco le doy importancia. Además, hubo ocasiones más catastróficas que enfurecieron a la abuela más que el maldito espejo. Como la ocasión de los macetones chinos de helechos exuberantes que rompí al estrellarme con la bicicleta. O los quince canarios que olvidé meter a la sombra del patio y perecieron de insolación en el corral. O la vomitada sobre la alfombra nueva de la sala durante la cena de Navidad cuando me receté la primer borrachera. Otra ocasión, quizás la peor, se dio el día que la abuela me sorprendió jugando al doctor con la vecinita. Ésta ameritaba no cien, sino mil años de mala suerte. Vas a tener que quitarte la ropa, Hermelinda, para poder analizar tu cuerpo. Creo que tienes cáncer en el ombligo.

 

El espejo más terrible que recuerdo fue el retrovisor de mi Datsun cuando vi al autobús, abalanzarse sobre la retaguardia del carro. El impacto nos lanzó en el aire varios metros y aterrizamos de golpe contra el cordón. Baste decir que en lugar de llevarlo al taller, lo vendí como fierro viejo. ¡Lo hizo mierda, jovenazo!

 

Ahora aguardo mi 110 aniversario para librarme de la mala suerte. Treinta y ocho años se pasan rápido si te haces el distraído. Los setenta y dos  se me han ido tan como de rayo que francamente me siento para reclamar y pedir indemnización. No hay derecho: te avientan al mundo, le dan vueltas una y otra vez hasta alcanzar velocidad vertiginosa, lo paran, te lanzan al panteón y asunto terminado.

 

Son chingaderas

 


 

10.05.19

 

171. El Padrino 4.b

 

Cuando la cuenta de banco de Eddy subió a medio millón, su manera de vestir siguió siendo la misma: camisa, pantalón y corbata caqui, zapatos de gamusa barata, sombrero de fieltro tipo Mike Hammer, hebilla de cinturón con una H de plata y un llavero con pata de conejo siempre asomando de la bolsa delantera del pantalón. Combinación entre  pachuco y militar.

 

Hablaba perfecto inglés y viajaba a Dallas cada año a visitar al tío rico, Ben, quien al buscar agua en su rancho, encontró yacimientos petroleros y ahora manejaba un Cadillac adornado con cuernos de toro barnizados de oro puro. Como el sobrino, era también solterón empedernido, aunque dado a la fiesta y el despilfarro.

 

—Su problema es que tuvo suerte. La suerte es como la marihuana, te apendeja y saca lo peor de ti.

 

Eddy era gran amigo de mi tío Jesús, hermano menor de mi madre. Tipos opuestos:

 

Jesús, cowboy; Eddy, boy scout;

 

 El Negro de cheve y tequila, Eddy de limonada.

 

Uno, mujeriego, fiestero y macho,

 

el otro callado, dormido a las diez, levantado a las cinco

 

y a las siete plantado en la zapatería.

 

 Conversaban largo a la vuelta de la casa, en la cantina El Satélite. Chuy sorbiendo Don Quijotes y Eddy duro y dale con las limonadas. Solo uno conversaba, con voz grave, ademanes norteños y carcajadas de barbaján. El otro no soltaba prenda, sonriendo con sus dos dientes de conejo y asintiendo constantemente.

 

—Que dice mi abuelita que dejen de tomar, que la comida ya está lista.

 

—¡Jaras! tráele una limonada a mi sobrino. ¿O Quieres una cheve, cabrón? Ja ja.

 

En mil novecientos cincuenta y nueve tenía yo doce años. En agosto se concertó el día de bautizo de Rogelio, el bebé de una de mis tías, en la Iglesia del Carmen. Emperifollaron la criatura en sedas blancas y un gorrito absurdo que le daba aspecto de cuáquero. Se compraron flores para la iglesia y la casa, cocinaron una olla de mole, otra de arroz y otra más de frijoles. De bebidas: tepache, limonada y un tanque de Tecates flotando en hielo picado. Todo listo y a tiempo...excepto el padrino, Eddy, que no aparecía.

 

—Orita le llamo al cabrón—dijo Jesús, teléfono en mano.

 

Imposible que hubiera olvidado la fecha, dada su puntualidad obsesiva y disciplina de sargento.

 

Al cuarto para las diez cundió el pánico. No había forma de aplazar la ceremonia. Mis tías, mi madre y la abuela se cuchicheaban en una esquina de la sala, lanzándome miradas furtivas que me inquietaban. Al final de la asamblea  la abuela me llamó. Con voz de hada madrina y toda sonrisas me notificó que yo sería el nuevo padrino, que era fácil, que no me preocupara, solo tenía que contestar si a todas las preguntas del cura, durante la ceremonia.

 

Me pusieron el uniforme del colegio

 

Me peinaron con harto jugo de limón

 

Me atiborraron las bolsas de morralla

 

Y salimos todos a la iglesia en dos taxis.

 

El padre Rizo, el que manoseaba niños durante la confesión, fue el oficiante. Las oraciones preparatorias me aburrieron. Al empezar el interrogatorio la primer pregunta me puso los pelos de punta:

 

—¿Renuncias a satanás y todas sus pompas?

 

—¿Eh?

 

—Dí que sí —me susurró la tía

 

—Este....sí.

 

Me sentí para agarrar a Eddy a patadas voladoras. Lo imaginé rumbo a Texas a bordo de un avión, limonada en mano mientras yo me debatía entre infierno y paraíso. Ojalá y se caiga el avión, pensaba.

 

Lo de las pompas y satanás fue lo de menos. A la salida del templo me aguardaba el linchamiento. Docenas de niños histéricos se avalanzaron hacia nosotros al grito de batalla de ¡bolo padrino!

 

—¡Fito! Tu eres el padrino. Lánzales el cambio, pronto.

 

Daban terror. ¡Y de mi edad! Para quitármelos de encima lancé el primer puño, lejos y sobre sus cabezas. El segundo en dirección opuesta para poder subirme al taxi.

 

—¿Tu eres el padrino?—preguntó el chofer.

 

—Sí—contestó mi madre—. Ya tiene doce años.

 

Excepto por Jesús, la familia le quitó el habla, permanentemente, a Eddy, quien inventó la excusa de un ataque de gota que lo había mandado al hospital.

 

—¿Gota?

 

—Es una enfermedad muy fea que les da a los borrachos.

 

—Pero si Eddy no toma.

 

—Pues ya lo dudo. Lo cierto es que ése infeliz no se para en ésta casa jamás.

 

Lo cierto es que meses después se le levantó el castigo gracias a su generosidad. Zapatos gratis para toda la familia fue el regalo de navidad con el que olvidamos su cobardía.

 

 


 

 

 

 

 

28.09.19

170. El Padrino 4

Eddy, el tío político, era idéntico al monito de Mad Magazine. Cara de chiste. Pero de tonto no tenía un pelo.

 

Malo para los estudios, ni siquiera terminó la secundaria. Desde la primaria su especialidad fueron seises y cincos en todas las materias, excepto en conducta y puntualidad, en las que siempre sacó diez. Una vez fuera de las aulas sobrevivió vendiendo zapatos en banquetas y mercados: pantuflas, sandalias de hule, huaraches de suela de Firestone y botas mata-víboras. Al año puso una pequeña tienda, El Caminante, en el centro de la ciudad. Su plan fueron siempre los pobres: Es donde está la lana, Fito. Y la razón es que hay más pobres que ricos. Pregúntale a tus parientes los funerarios dónde está la feria...¡con los jodidos!

 

Compraba zapatos baratos al mayoreo en bodegas de la capital y Monterrey. Su casa apestaba a ule y cuero. Todos los ciartos, incluyendo la cochera, estaban atiborrados de calzado.

 

Tres años después contrató a dos amigos de la niñez y los puso al frente de sucursales El Caminante, en Chávez y San Pedro de las Colonias. Después vinieron Gómez Palacios, Freznillo y San Luis Potosí, además de una tropa de agentes de ventas viajando por toda la república.

 

Abstemio:

 

Ni trago ni cigarro

 

Ni esposa ni mocosos

 

Solo y su alma

 

Solo.

 

Fito: no se te vaya a ocurrir casarte. El casorio es para los pendejos. Si es bonita te hará de chivo los tamales; si es fea tendrás hijos con caras de sapo. Y todos darán al traste con la fortuna que amasaste a sangre y sudor.

 

Venía cada sábado a desayunar a la casa: huevos motuleños, frijoles de la olla, salsa de chile de árbol y arroz chino. Comía metódicamente. Quince masticadas por bocado, Fito, o le pones una tarea canija al estómago.

 

La abuela lo quería mucho, casi como hijo, y siempre que me salía con la cantaleta de Deberias aprender de tu tío, es un lanza para los negocios, yo contestaba que entonces, como él, debería dejar el colegio y dedicarme a los negocios. Venía después un largo silencio y la señora cambiaba de tema.

 

Aunque la cuenta de banco de Eddy andaba en el medio millón, su manera de vestir fue siempre la misma: camisa, pantalón y corbata caqui, zapatos bostonianos, sombrero de fieltro tipo Mike Hamer, hebilla de cinturón con una H de plata y un llavero con pata de conejo  siempre asomando de la bolsa delantera del pantalón.

 

 

Hablaba perfecto inglés y viajaba a Dallas cada año a visitar al tío rico, quien al buscar agua en su rancho, había encontrado petróleo y ahora manejaba un Cadillac adornado con cuernos de toro barnizados de oro puro.

 

(en cuanto al título, El Padrino 4, se aclarará la semana que entra. Ésta fue llena de problemas, viajes, sustos y atarantamientos)

 

 


 

21.09.19

169. Ovni

Como abanico de ilusiones doradas, milagro del maíz, visión celestial de Centéotl, las tortillas viajaban en el aire, alegres, entusiastas y en todas direcciones, como pequeños ovnis. Yo iba con ellas, retando la fuerza de gravedad, el sentido común y la lógica. Mis pies descalzos y el fondo de nubes eran un cuadro de Magritte. ¿No querían Ícaro, Leonardo y Santos Dumont imitar el vuelo de las aves usando diferentes métodos y teorías?

 

No hacen falta alas para volar. Suerte, más bien, sorpresa. En mi caso la fórmula fue sencilla: diez años de edad, un kilo de tortillas y mucha prisa. La niñez es fuente de milagros, compendio entusiasta de realidad y fantasía, y una fe ciega en la existencia de Dios, Batman y el Pato Pascual. La duda existencial duerme en el capullo aguardando la adolescencia, para hacer chilar y medio de los sueños infantiles.

 

El cielo era azul, las nubes blancas y el asfalto hirviente. Era casi la hora de comer y la abuela me aguardaba impaciente sin imaginar que yo volaba, como divinidad hindú rodeado de tortillas mágicas y visiones fantásticas.

 

 Mientras me elevaba pude ver los cerros de la metalúrgica, los techos de los automóviles, las copas de las jacarandas y las gentes, pequeñitas e indefensas, aguardando el autobús o caminando por la Escobedo, que me miraban, sorprendidos e incrédulos.

 

Dos avionetas fumigadoras pasaban sobre mí, rumbo a los algodonales. A esa hora, mi abuelo seguramente estaba en el rancho, en la casa mayor, comiendo su platillo favorito: carne adobada, arroz, jalapeños, frijoles refritos y limonada. Cuando comía, sus mandíbulas movían los músculos de la cara y yo siempre lo miraba atentamente. Tenía una salud de hierro y una dentadura perfecta. Jamás fue a un dentista. Después de comer tomaba una paja de la escoba y limpiaba sus encías. Tres veces al día, religiosamente, cepillaba sus dientes, dientes Orduña, blancos, fuertes y relucientes que no heredé. El odioso genoma Fuentes me dio una dentadura valemadres de dientes pequeñitos y separados, como mazorca de milpa mal cuidada, buenos para nada; de modo que fui, y hasta la fecha soy, víctima de los sinvergüenzas dentistas que me sacaron más muelas que pelos tiene un gato, durante la niñez, y ahora en la vejez me cobran cien dólares por una miserable limpieza.

 

—Jefe—se defendía el chofer—, el chamaco salió volado de la tortillería y no me dio tiempo de frenar.

 

No le faltaba razón. Los niños de barrio, durante la canícula, andábamos de pantalón corto, sin camisa, descalzos, y había que cruzar las calles a toda velocidad para no quemarse los pies en el asfalto. Y ahí estaba yo, atarantado por el impacto, chillando, no por el brazo roto, sino porque me  rostizaba la espalda el pavimento.

 

—¡Los hombres no lloran!—gritó una de las tortilleras entre la multitud de curiosos.

 

Nadie me ayudaba por miedo a dañarme. La ley de tránsito era conocida, al atropellado no se le toca. Todos me miraban con caras bobas, estúpidas, como si observaran un mico de zoológico. Por fin escuché la sirena de la ambulancia seguida del llanto dramático de la abuela cruzando la calle, brazos en alto, gritando su jaculatoria preferida: ¡Jesús nazareno rey de los judíos!

 

Un brazo roto y tres meses de yeso fue el precio del milagro de piruetas de tortillas y el niño que no libró llegar a la banqueta.

 

Hoy en día mi brazo es mágico, pronostica nevadas y tornados, aunque también trae reuma y artritis.

 


 

14.09.19

 

168. Letanía de la Y griega

 

La división del camino

 

La indecisión

 

La incertidumbre

 

El cálculo de probabilidades

 

La muchedumbre de dudas

 

Las escasas certezas

 

La oración

 

La súplica

 

La manada de venados subiendo la colina

 

El carretero de Sayula

 

Las hormigas arrieras en la zarzamora

 

El vals Dios nunca Muere

 

La caravana de beduinos

 

El acorde de La

 

La pataleta y el entierro

 

El guardavías de Wichita

 

El panal lamido por osos y mariposas

 

La luna ahogada entre nubes

 

La estrella de la mañana

 

Manolete y el paso de pecho

 

El Hotel Condesa y el Mundo Raro

 

La veintidós bajo la almohada

 

La cuarenta y cinco a la cintura

 

El hueso de pollo en el cogote

 

El torniquete de piernas del Viudo

 

El rock de la cárcel

 

Los cerros colorados

 

El Camarón de la Isla

 

Las abuelas de mayo

 

La Luna de octubre

 

Las alucinaciones del bisabuelo

 

El cigarro enamorado de los labios

 

El Blue Parrot

 

La espalda de San Cristóbal

 

Las pesadillas del Moro

 

La corcholata en la Pepsi

 

La Vida Inútil de Pito Perez

 

Los bigotes de Villa

 

Y yo: en la Y griega,

 

sin pros ni cons porque no tengo idea a dónde conducen las dos veredas. Fork, le llaman los gringos. Melón o sandía, los niños.

 

—¿Quiere café o té?

 

—¿Vamos al cine o a los toros?

 

—¿Revueltos o estrellados?

 

—¿Primera o segunda clase?

 

—¿Con boquilla o sin boquilla?

 

¡Tan poca cabeza y tanto qué decidir! Y el estúpido diccionario que nunca me saca de dudas como de costumbre y ahora confunde el culo con las cuatro témporas:

 

Decisión, 1: resolución o determinación acerca de algo dudoso. 2: firmeza de carácter.

 

O sea que la misma palabra implica duda y firmeza. ¡Esos sabihondos de la RAE! De qué me sirve la definición si no me ayuda en la decisión. Dijo Mr. Kempis: prefiero sentir que definir. En la Y griega, el sentimiento -la latida- ayuda más que el raciocinio, sobre todo si no vislumbras nada y los horizontes te tapan el futuro.

 

Dame la luz o la antorcha aunque me queme la vista

 

Y el Manco de Lepanto me dio la mano

 

Santa Cecilia sus ojos

 

Ignacio su rodilla

 

Pedro sus Lágrimas

 

Rocinante el trote

 

Bucéfalo el relincho

 

La Gioconda su escote

 

Carranza sus anteojos

 

Y Huerta su cognac.

 

Y no sé si voy o vengo porque traigo los ojos en la nuca, las palabras atoradas en el pecho, el sentimiento hecho trombosis en las venas y la brújula al fondo de la alforja completamente oxidada.

 

Las gárgolas de Notre Dame tienen hipo

 

El Pípila alondiguitis

 

Jesse James parkinson

 

La Venus del Milo, un resfriado

 

El Charro Avitia, afonía

 

Y yo:

 

Sigo en la Y griega.

 

 

 


 

09.07.19

 

167. Verano del 86

 

Noche luminosa

Grillos cegatones protestando en masa al reflector criminal de la luna llena

Sapos y ranas hacen gárgaras de antes de ir a la cama

El murciélago es una estalactita colgando del árbol

La garza duerme en una pierna

El tecolote en dos.

 

Desde la tienda de campaña escuchamos al millón de grillos frotando alas

Magia de sonido

Coro angelical

Polvo de estrellas.

 

El Lago Superior posee una energía especial, mágica

Especialmente de noche

Bajo la luna que esparce su reflejo de plata sobre el agua, y alborota la gallada de insectos y mamíferos.

 

Be aware of wolfs, decía el letrero a la puerta del campamento.

No solo los lobos eran visitantes nocturnos, también castores, coyotes, alces y osos negros.

 

En el mapamundi del colegio los Grandes Lagos eran azules, dispuestos a capricho y en diferentes direcciones. Superior, Michigan y Hurón coincidían en un punto y parecían un reguilete. Al sureste Ontario y Erie eran dos pescaditos intentando besarse.

 

—¡Fuentes! Nombra los grandes lagos de Canadá.

—Este... Superior... Burrón.

—¡Hurón!

—Hurón...Michi...Michi...

—¡Michigan!

 

Noche mágica de luna llena, maravillosa... si descontamos los trillones de mosquitos que, viajando por las orillas del lago en nubes densas, zumbando como endemoniados y  chupando sangre a placer echaban a perder la magia de la noche de verano.

 

Por fortuna los tres estábamos tan cansados del itinerario intenso:

 

Edmonton

Vegreville

Lloydminster

Prince Albert

Saskatoon

Dauphin

Minnedosa

Brandon (una semana de visita con los abuelos)

Winnipeg

Kenora

Y, todavía a la mitad de la expedición: Thunderbay, Ontario.

 

Emilio tenía tres años y nueve meses. Sobrevivió el brinco de cuatro mil kilómetros a través de Alberta, Manitoba y Ontario, la mitad del territorio canadiense.

 

No era viaje de placer

Era cambio de casa.

 


 

08.31.19

166. Ay Rata no te Revientes

 

1955 Fue año memorable:

 

Muere Einstein

El Ratón Macías gana el campeonato en Tailandia

Descubren en el Mar Muerto trozos de la Biblia

Egipto e Israel casi en estado de guerra

Churchill se jubila y deja el puesto de primer ministro

Dan luz verde a la vacuna Salk y empieza el inyectadero

Perú permite que voten las mujeres

Y nosotras cruzamos la frontera de USA-México hacia La Comarca Lagunera.

 

Aventura estilo Indiana Jones, viaje histórico, éxodo bíblico. Superábamos en número a los israelitas de Moisés: miles, miles, quizás un millón. Las condiciones lamentables en que vivíamos  en tierra americana nos forzaron al desplazamiento, el cual pasó desapercibido a los medios de comunicación al principio...pero después, after the fact, fuimos materia de titulares de primera plana.

 

Aproximadamente un diez por ciento cruzó por MacAllen y Del Río. Otro veinte por el El Paso y El Porvenir; y el grueso de la población se infiltró por Piedras Negras, cruzando a nado el Bravo, a pecho tierra el puente, de noche; o trepadas en camiones de carga y techos de autobuses foráneos.

 

Una vez en la tierra de Dios, Coahuila, ancha fue Castilla. Bajamos a El Fuste, luego al suroeste donde tomamos una pausa y refrigerio en la Sierra Mojada y la Reserva de la Biosfera de Mapimí. Brincamos a  Bermejillo y....por fin arribamos al paraíso terrenal: los algodonales de La Laguna. Imposible controlar las hordas hambrientas: nos lanzamos sobre la región como los bárbaros sobre Roma, Hitler sobre Polonia, Bush sobre Afganistan,Villa sobre Columbus o los japoneses sobre Pearl Harbor. El factor sorpresa es definitivo: paraliza al enemigo. Una rata en la cocina trepa a la señora gritona a la silla; pero un millón de ratas frunce el culo de miles.

 

Nos lanzamos

al banquete,

la manducada

la tragazón

el chomp chomp

la gula

.

.

.

 

Mi tropa, alrededor de dos mil, nos ocupamos de los campos de Santa Mónica, entre San Pedro y Torreón: algodón de primera, capullos generosos, tallos de altura, hojas verdes sin mancha ni insectos: bocatto di cardinale.

 

No todo fue coser y cantar... cada paraíso tiene serpiente. En este caso fue la inesperada competencia, establecida desde años en la región con la que hubo que luchar a diente pelón, a muerte:

 

El gusano bellotero,

el rosado

el picudo,

la mosca blanca,

la chinche manchadora

la araña roja

la bacteria

los saltamontes

las sequías...

 

Eso sin contar a los humanos y sus avionetas criminales rociando insecticidas sobre las cosechas. Las alcaldías recompensaban con diez pesos el botín de diez ratas muertas, llamada a la que acudieron los vagos, flojos y desempleados. Hijos de puta.

 

El Siglo y la Opinión nos bautizaron como la nueva peste bubónica. Exageración.  Cierto que le dimos en la madre a la economía del algodón ese año, y que no hubo pacas de exportación y arruinamos el balance de las siembras, pero una emergencia es una emergencia. La ley de la supervivencia es instintiva.

 

Además:

 

No éramos ratas común y corrientes,

No las horribles de Camus en Orán

Ni las de la película El Norte

No las del cine Martínez

No las de la Alianza

No las del Bronx en NY

No las del metro del DF (¡no jodan con CDMX!)

No las panteoneras

No las de trasatlánticos

No las mártires de laboratorio

Ni las apachurradas por peseros...

 

No.

 

Éramos raza de titanes, con harto anhelo de vivir, fuerza de voluntad, físicamente enormes, tanto, que aterrorizábamos gatos, perros, burros, mulas y caballos. Algunas medíamos hasta ochenta centímetros, cola incluida. Dentadura a prueba de tuercas del 14.

 

Nada como causar respeto.

O terror,

Que es lo mismo,

-Atila, Trump o el virus ebola lo atestiguan.-

 

Los agricultores llamaron a los expertos en la materia, pero ya era tarde; nos habíamos engullido la mitad de las cosechas lo cual nos hizo no solo más fuertes, sino prolíficas. Aumentamos la población roedora a una velocidad frenética. Ni los hippies de Frisco, California, ni las pirujas del Pigale, ni las de los aparadores de Amsterdam, ni las del Cielito Lindo de Torreón nos hicieron competencia en el arte de hacer el amor. El amor de rata es salvaje porque tiene prisa, dado que constantemente nos persiguen con malas intenciones, saña, rabia, asco, y hay que besuquearse y llegar al orgasmo sobre la marcha....oh l'amour.

 

 


 

08.24.19

Para Memo

 

165.Aquí y Ahora

 

Cuando las líneas se cruzan aparece la magia.

El mago de bigotes puntiagudos y sombrero de copa

gira la varita en el aire, pronuncia el abracadabra

y los planetas guiñen sus ojos de colores,

la luna se mece en la cuna creciente,

saturno juega al ula-ula con sus aros

marte se ruboriza

y urano se pone la camiseta de rallas.

 

Cruce de líneas

punto de convergencia

unión de contrarios

insight.

 

El tiempo oprime el botón de pausa pero la música continúa; el compás, congelado, repite las notas en diferentes escalas y la inmovilidad móvil trae nuevas sinfonías:

 

Las vacas pastan estrellas

los ancianos juegan vencidas

llega a tiempo la carta con el cheque de la herencia,

las tórtolas esquivan la escopeta

y llueve sobre los algodonales.

 

Mira:

El cruce de líneas es la vida

la muerte

la esperanza

el paraíso,

todo.

 

Lo escuché con atención pero no entendí,

—fingí entender—.

La juventud es limitada.

 

He navegado desde entonces por varios mares, vidas, múltiples peligros, encuentros, éxodos, ascensos y caídas:

 

El Gordo sigue jugando a las canicas,

Tere a la matatena,

yo a las escondidas,

todavía y...

para siempre,

—una y otra vez—.

 

El eterno retorno de Nietzche no era cuento ni Zaratustra un charlatán.

 

El aquí y ahora me abrió la puerta a la luz.

El milagro del tiempo detenido alimenta la fe perdida y recuperada, gracias al jalisquillo.

 

La cortina del terregal cierra el telón del día,

revuelca la ciudad en jadeos brutales de toro bravo

y remata la suerte con una tormenta bíblica

que lava calles, casas y conciencias.

Nada como un diluvio para testerear el status quo,

y restablecer la visión del Causa Causarum.

 

La palabra recórcholis agoniza en medio de la calle

y en el proceso pierde el acento y fallece como falta de ortografía.

Sambomba pierde la zeta

el vurro la b grande

la doncella los tres fierros

y  la cigüeña el bebé.

 

Si el paraíso cabe en la punta de un alfiler

Y seis elefantes en un Wolkswagen

Sin duda puedo colarme al cielo

a pesar de mis barrabasadas.

Si crucé a nado los tajos de Tlahualilo y Hormiguero,

a pie el desierto de San Pedro,

A gatas los túneles del hotel Gamiochipi,

de rodillas el Zócalo hasta la catedral,

en burro el cerro de Santiago...

bien puedo colarme por el la red del pescador.

 

Respira, uno

expira, dos

respira, tres

Expira, cuatro...

Hasta diez y luego empiezas de nuevo.

Como jugar a los resuellos, contar borregos, gritar las barajas de la lotería...

Relax, is just a game, dijo Thich Nhat Hanh

 

¡La sirena!

¡El valiente!

¡El cantarito!

¡La garza!

¡La araña!

¡La dama!

¡La bota!

¡El catrín!

¡La mano!

¡El borracho!

 

 

¡LOTERÍA!!!

 


 

08.19.19

 

164. Alma Llanera

 

Entre nieve y terregales, lobos y coyotes, hamburguesas y tamales, trigo y algodón, maples y huizaches, decidí tomar sopa de las dos ollas... Los dos mundos convergieron en mí,

mezclados en la coctelera de mi cerebro.

Suish suish suish suish suish,

Directo al vaso, cabrón,

¡y zúmbatelo de un trago!

 

 

Yo,

tan Marco Polo,

aventurero,

piporresque,

explorador,

después de Europa me sentía la divina garza en tenis Converse.

 

Nada se me atoraba.

 

Al brincar de la barda al ruedo, capa en mano y de espontáneo baboso no esperaba ese toro, uf, qué digo toro, Minotauro, Asterión, fuerza cretense que no respetaba ningún grado. Yo tenía de Teseo lo que Canfinflas de James Bond. Gracias Dios la plaza estaba vacía.

 

Mis apodos previos al Gato: Fito, Hampón, Piolín, regresaron de la niñez y adolescencia para hacerme compañía en el exilio; me transformé en un cancerbero de cuatro cabezas: parte locura, parte poesía, parte teatro. Uno de ellos me quiere, otro me odia y el tercero es un pendejo. Vaya compañeros de aventura.

 

El primer año en Edmonton, Alberta, en medio de una tempestad de nieve y temperatura de 45 centígrados con factor viento, los tres avatares, payasos de mierda, le pusieron nueva letra a la canción Alma Llanera y mientras caminaba entre viento y nieve, me la cantaron a tres voces y a todo pulmón:

 

No naciste en una ribera ni en el Arauca vibrador

naciste en tierra de terregales,

coyotes,

cucarachas en la cocina,

ratas en el patio,

alacranes en la funeraria

colas de campesinos en el Banco Agrícola

bailes y balaceras

cadenas y pandillas

 redoba y acordeón en el Cielito Lindo

pasteleadas en el cine Martinez

puñetazos en las vías de tren

guajolotes descabezados

chivos degollados

cadáveres reventando féretros en la canícula

Chevrolets sin llantas ni radiador

circos y cirqueros

Danzantes y peregrinaciones entre los algodonales,

 plagas de saltamontes y gusano rosado

 bodas de rancho con ollas de mole y carne adobada,

espuelas y chaparreras,

Cobradores tocando a la puerta,

Pelìculas de vaqueros

De caballeros medievales

Temas bíblicos

Piñatas y pastel en el patio

Villancicos y rosarios en Navidad

Reprobadas en aritmética

Piquetes de hormiga

Trepadas y caídas del árbol de moras

La Marcha de Zacatecas

El corrido de Benjamín Argumedo

Las tías cantando boleros en la sala

Bailando la Jota Aragonesa

Las sequías

Las lluvias tardías

La explosión del tren pollero

Las libélulas zumbado en los canales

Vita, mi primera novia

Borbón mi primer enemigo

El limonero sin limones

El rosal sin rosas

Tampico y los camarones

La luna de miel en Acapulco

La Feria del Algodón

La madriza

La policía...

 

 

 

 

 

 


 

08.10.19

 

163. De Puente a Montserrat

 

Como pelota de tenis

Reboté en las dos raquetas del Señor:

A los diecisiete en Puente Grande,

a los veinticuatro en Montserrat.

 

De comecuras a novicio.

Mi madre tuvo la culpa.

Yo, la fortuna.

 

Con insistencia canina me atrinchiló por meses:

 

—Arf arf, vas a ir a estudiar con los jesuitas, ¿oíste?

—Miau miau, ¡ni de pedo!

—Arf arf, la Pereyra es el mejor colegio de la ciudad

—Miau miau, la Venustiano es la más barata, esos curas jesuitas son una bola de ladrones.

—Arf arf, ¡Fito! No seas grosero.

—Miau miau, ¡FFFTTT!

 

 

1964

 

Puente Grande me recibió a tijeretazos

snap snap, al piso mi copete a la Elvis

levantadas a las seis de la mañana

avena con gorupos en el desayuno

prepucios de filisteo los viernes

chicotazos por la noche

cilicio en muslos, deambulando de punto y coma

de rodillas en el comedor pidiendo perdón por alguna falta

limpiando excusados por faltar a la regla del silencio.

 

El latín estaba griego

El griego, críptico

La disciplina estricta.

 

—¡Répetas!—gritaba el cura de ojos dulces y boquita amarga.

—Péreme seño—el mocoso del autobús.

—¡Me saqué la verde!—el cuajo con cabeza de chirimoya.

—Jesus natus es nobis—cantaba el Gusa con la comparsa navideña.

 

Mi imagen física del primer año de noviciado era divina:

Corte de pelo de pelón de hospicio, mordidas incluidas

pantalones bombachos de payaso

Zapatos boludos con suelas gruesas de retrasado mental:

 

Un portento de humildad.

 

Pero el entusiasmo con el que todos, los treinta, tomamos el tercio, y vaya que el toro era de Miura, fue increíble. No nos importó la disciplina militar, el horario abrumador, ni barrer escaleras de abajo para arriba. Todos nos lanzamos al AMDG con entusiasmo adolescente con la certeza que hacíamos la voluntad de Dios. No hubo cerro que se nos empinara ni cuaco que se atorara. Bello.

 

Hoy en día extraño aquella fuerza de voluntad, devoción, entrega...

 

 

1973

 

Me extravíe al cambiar de continente.

Me había resistido a la chamba de nueve a cinco,

Al traje y los bostonianos,

Al señor Fuentes y las formalidades.

 

Tuve oferta de grabar disco en La Orfeón,

Pero había que dar las nalgas...la rechacé:

 

—Ah cómo serás pendejo, Gato, éstos cabrones te pueden hacer famoso. Ahí hay lana. No seas güey,  hay que dar las nalgas ahorita, pero después vendrá lo bueno. ¿A poco creías que ibas a empezar cantando tus rolas? Noooo, tienes que cantar primero la del Perro que ladra no muerde, y más tarde las tuyas. Así es como se asciende la cima mi cabrón.

 

Ignacio me había proveído de un detector de mierda. La conciencia no estaba en venta ni renta. Mejor muerto que aparecer como idiota en Siempre en Domingo. Ya en la vejez me siento orgulloso del Gato aquel, rejego, corajudo pero consecuente. Que conste, la conciencia la heredé de mi abuelo y mi madre. La espiritualidad me la dio el vasco, el santo de Dios.

 

Y me fui a correr mundo....sin rumbo y a lo güey, pero con la conciencia tranquila.

 

Cuando en el camino me asaltaron (las dudas, el abandono y la soledad) y me dejaron medio muerto a la orilla de la vereda, Maria Cassia, abad de Montserrat, samaritano venerable, me curó las heridas y me dio cobijo. Antes, Enrique María del Valle, jesuita santo y sabio, me había salvado del abismo. Puntual en su providencia, Dios mandaba siempre la remuda en mi camino.

 

A mis dos gurús los quise

y me quisieron.

Ambos músicos,

organistas virtuosos,

Bondadosos,

Santos.

 

 

Guadalajara en un llano....

Puente Grande en la colina

Montserrat en la montaña

Manresa a tiro de piedra

Qué más podía hacerme falta

En la vida.

 

Acerté la decisión

En el cruce de caminos

—golpe de suerte—

Coincidencia en la estación de trenes

Aleteo de palomas

volado.

 

Las lbélulas zumbaban sobre el agua cristalina

el jinete a todo galope levantando polvareda

el eclipse de sol durmió gallinas, vacas, zopilotes, el ciempiés y el alacrán.

El limosnero tiró el taco en el piso

los niños rompían la piñata.

 

Montserrat era feria y sardana en la plaza

Gregoriano en la basílica

Silencio en el convento

Y meditación trascendental en la cima.