26.sep.2020

 

321.Recuerdos de Montserrat

 

El Comedor.

 

Es enorme, con capacidad para doscientas personas. Ahí comen los monjes de la abadía pero también los peregrinos en busca de cobijo, según ordena la regla de San Benito. La comida es sencilla pero deliciosa y variada. La especialidad son las sopas, tipo abuelita, abundantes en verduras, pollo, res o venado. Sirven también extensa variedad de pescado, en especial bacalao. Abunda el vino de la casa, joven y generoso, refrescante y con buena patada . Todo en absoluto y benedictino silencio.

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Los Caminos

 

Las veredas de la montaña van y vienen inquietas, se entrecruzan como telarañas entre rocas y arbustos buscando caminos, rumbos, salidas. Se han ido creando desde tiempo inmemorable. Sandalias, zapatos, botas y pies descalzos han navegado Montserrat en busca de pueblos, alimento, aventura y sobre todo de paz espiritual.

 

Nacen en las faldas de la montaña rodeando riscos y barrancos, en ascenso, buscando las cimas, las ermitas, las plantas medicinales, o el lugar perfecto de meditación. Algunos caminitos solamente rodean la montaña y desembocan en el campo, otros desaparecen de pronto, como si los hubiera borrado repentinamente el capricho del tiempo.

 

Conocí solo algunos, sobre todo los que iban del monasterio a las ermitas dado que era yo, en el invierno del 1972, encargado de llevar legumbres a los ermitaños. En la primavera y verano ellos dependían de sus hortalizas, pero en invierno había que abastecerlos desde el convento.

 

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Los monjes

 

El Abad era organista virtuoso. Hombre santo que se transfiguraba en éxtasis cada vez que interpretaba a Bach, exactamente como el padre jesuita Enrique María del Valle en Puente Grande, Jalisco. Ambos fueron no solamente mis padres espirituales, guías sabios, diestros en discernir espíritus, sino también consejeros y amigos. Sin ellos me hubiera extraviado sin remedio en la serpiente y escaleras que era mi vida en aquellos días.

 

Hace tiempo que dejaron el planeta, pero los llevo dentro de mi y continúan guiándome.

 

 


 

 

 

Sep.19.2020

 

320. Ángeles y Serruchos

 

La montaña de Monserrat es una obra de arte de tiempo y mar según los geólogos, trabajo de serruchos y ángeles, según la leyenda popular. Los monjes del Tibet la catalogan como uno de los cinco puntos del planeta con especial energía espiritual. En el siglo IX la Virgen Moreneta se aparece a los pastorcillos. Los monjes benedictinos emprenden la construcción del monasterio en el siglo XI. En 1811 los franchutos semi destruyen el edificio durante las guerras napoleónicas.

 

Hoy en día el lugar atrae todo tipo de visitantes: Místicos, turistas, alpinistas, enfermos anhelando un milagro, catalanes en busca de identidad, peregrinos de paso a Compostela, y en los setentas: jóvenes anti franquistas pidiendo refugio y hippies, yo incluido. Alma perdida diría yo, porque de hippie tenía solamente la fachada. Iba quesque a la India en busca de un gurú que enderezara mis rumbos. Vaya tierna, por no decir estúpida misión. Pero la desesperación era rampante y en caso de incendio se busca la puerta de salida. Me encontraba en uno de esos dibujos de Escher caminando en círculos como roedor regresando una y otra vez al punto de partida.

 

Azar o destino, casualidad o divina providencia, el hecho es que acudí al llamado de los serruchos y los ángeles. Imposible resistir. En forma de póster y en la pared de un túnel de tren, la montaña me atrajo. Por supuesto que sabía de su existencia, Ignacio había velado armas en la capilla del monasterio y a los pies de la montaña, en una cueva de Manresa sentó las bases espirituales para crear sus Ejercicios. Vela armas en la capilla de Montserrat antes de lanzarse a la aventura jesuita, cuya primer meta sería visitar Tierra Santa. Qué tipazo.

 

Llegué al sitio sagrado al final de la temporada de turismo, en otoño. Terrible timing, pero las circunstancias no eran las mejores. No hay lugar en la hospedería, todo lleno, me espetó el hermano hospedero, un monje flaco con voz de sargento, pelo blanco y lentes redondos de carey que le quedaban ridículamente grandes. Ni modo de protestar. Regresé a la tienda de campaña frente al monasterio. Atizé el fuego, calenté manos y cociné una de mis sopas espantosas -la cocina nunca se me dio-, misma que engullí de un bocado para evitar el asco y el vómito.

 

Después de unos días, cuando el termómetro descendía y las nubes plumeaban copitos diminutos de nieve, ya no tuve que regresar al convento, el hospedero mismo caminó alrededor del peñazco en forma de herradura y vino al camping a despertarme temprano en la mañana: Que el Abad quiere hablar contigo, meshicano. Me causó un gozo enorme la noticia. El Abad había recibido el mensaje escrito que le mandé por medio del monje: Vengo de México, fui jesuita, acabo de dejar la orden, estoy confuso y necesito aterrizar, recobrar la paz espiritual y seguir mi camino.

 

Esa noche tuve una sopa caliente, pan conventual recién horneado y un vaso generoso de vino tinto. Me asignaron un cuarto en la hospedería, con calefacción y ventana al sur, desde donde, por las noches, se vislumbraban en el horizonte las luces de Barcelona.

 


 

12.Sept.2020

 

319. La Ley de Herodes

 

 

1. El gene hambriento de la ambición brinca de sangre en sangre conquistando tierras, quemando aldeas, diezmando poblaciones, ejecutando enemigos, violando, robando, hasta llegar a la cima donde se declara dios omnipotente.

 

2. El populista se creé demócrata y se lanza a la campaña de salvar pobres solapando ricos. Adulado por la masa toma el arpa y salpicando el aire con notas desafinadas contempla Roma perecer bajo las llamas. Falso mesías, mente obtusa, alma muerta.

 

San Jorge afila su lanza

el caballo piafa

el pueblo trabaja

las mujeres hilan

 los hombres cosechan

 los niños cantan

las estrellas guiñan

el volcán eructa

 la luna coquetea

 el sol abrasa

 la liebre brinca

el alacrán dormita

el banquero cuenta

el cura reza

El enfermo agoniza

 el ladrón asalta

el místico contempla

el torero capotea

el viento agita

el estómago gruñe

el bufón se burla

 la reina se enfada

la menina canta

el Ángel saca la espada

 Demóstenes la lengua

Platón sale de la cueva

 Jonás de la ballena

Pitágoras de la hipotenusa

 

Y

 

Aparece el Destino

 

El Fatum

 

El hasta aquí llegaste

 

Y despanzurra al populista

con el matamoscas infalible

 de la muerte.

 


 

 

5 de sept. 2020

 

318. Las Canciones

 

 

Siempre fui compositor incidental, ¿accidental?. Nunca, excepto en el teatro, hice ningún plan previo de música. Como niño a la orilla del arrollo aguardo todavía las piezas como si fueran barquitos de papel. La falta de planeación fue una ayuda estupenda a la creatividad musical. La musa atacaba por la espalda, con dulce puñal de melodías. Yo me dejaba sangrar y daba forma de canción a sus deseos. Así hemos sobrevivido toda una vida.

 

Eso sí, las canciones a veces se retrasan días, meses, y en cierta ocasión, años. Veinte largos años ¿Por qué callaron tanto tiempo? La única explicación lógica que pude encontrar fue la del shock cultural canadiense de 1982. El proceso de aprender otro idioma me trastabilló la lengua, me atarantó, me hizo tartamudo y espantó las canciones como zorra en gallinero.

 

Qué silencio tan largo...La guitarra, empolvada y con araña tejedora en su vientre, se negó a seguir dando a luz. Nos divorciamos. Fue separación gradual: falta de interés, demasiadas ocupaciones, conferencias educacionales y cientos de cambios de pañales... No la toqué en toda esa época. Recobró su virginidad de árbol soñador remembrando canciones de aves, vientos y grillos nocturnos.

 

No me suicidé porque me topé con el sintetizador. Un Korg espantoso y monofónico fue mi primer instrumento del mundo digital. Bueno, no tan digital, que el chisme era análogo, parecía máquina portátil de coser, pero fue buena introducción al mundo cibernético que eliminó al transistor definitivamente. Y así como había ingresado al nuevo mundo canadiense, entré también al de los genios del sintetizador, Vangelis, Kitaro, Wendy Carlos, Tangerime Dream.

 

Extrañé entonces mi edad de oro–DF 1968-1972—, cuando las canciones llovían como monzón caribeño. Una tras otra, una tras otra, todas escritas en casetes, trozos de papel, servilletas, notas, papel sanitario o simplemente garabateadas y borradas en la palma de la mano.

 

Hasta la fecha no se qué son las canciones... vienen cuando quieren, se van cuando les da la gana y no me han hecho rico. ¿O será que como ganado hay que pastorearlas al río de la marmaja? Nunca me interesó el dinero. Me conformo hasta la fecha con la frugalidad. Techo, amor y comida.

 

Yo vengo del desierto y ahí regreso. Juan el Bautista me guía y los alacranes me acompañan.

 

 


 

 

30.agosto.2020

 

317. Encierro Menor

 

La pandemia se asemeja a una tormenta de nieve, la llamada blizzard que desciende como pesadilla metereológica de las cuevas del Ártico.

 

Termina la cena, se prende la tele y el locutor en plena verborrea espeta la noticia: A major winter storm is about reaching Ontario.

 

¡Que la chingada!

 

 Te toma con los pantalones bajaos y por sorpresa, destruye tus planes del siguiente y consiguientes días, te lanza al supermercado a comprar provisiones y a la gasolinera a llenar el tanque. Sacas la pala grande, el costal de sal de grano para esparcir la banqueta y evitar resbalones de vecinos y demandas legales, abres el iPad, ves la página del mapa del satélite y te vas para atrás ante la vista del monstruo que avanza sobre el Lago Superior y amenaza y ya le pisa las corvas al Ontario. Si la nube negra es grande y progresa con lentitud, los vientos serán leves y la nevada larga. Si se mueve rápido la ventolera tumbará alambres de electricidad y la calefacción se irá al carajo. Tiempo de chimenea y si no tienes leña, de rezar.

 

Comienza con una nevadita ingenua de copitos tiernos y juguetones. Se antoja chocolatito caliente, la mecedora y un libro. Pero conforme avanza la noche la cosa se peluda. La luz del poste de la calle parpadea y los últimos automóviles se atreven a ir por cigarros o cerveza porque que el encierro será largo.

 

Toda la madrugada se oyen las limpianieves raspando calles y avenidas o de lo contrario seremos ciudad sitiada por varios días. En cuarenta años sólo una vez fui testigo de ésta parálisis urbana. Fue en el 28 de febrero de 1982. No fue nevada, fue huracán invernal de 80 kilómetros por hora que trajo nieve por toneladas durante toda la noche. Acumulaciones de tres metros de altura que cerraron puertas, aislaron casas, cancelaron colegios, oficinas, supermercados y gasolineras durante una semana.

 

Una mini pandemia

 


 

22.Agosto.2020

 

316. Madrugada

 

Madrugada invadida  de estrellas. Cazuela inmensa de sueños. Arenal eterno. Sobre él vamos los tres: el caballo, el abuelo y yo. El aire fresco del desierto y el ladrido de perros lejanos le dan ambiente de teatro al paseo. Yo, azorado por la inmensidad, en ancas, aferrado al hombre que canturrea valses añejos acompasados por el trote. La madrugada huele a mezquite y verdolaga. Los murciélagos zumban las últimas rondas y el Orión domina el centro del universo. Mi vida es perfecta. El mundo un paraíso.

 

El mar atrapado en la caracola aguarda al oído. El sombrero de copa al conejo blanco. El Principito a la rosa. Moisés a la zarza. La abeja a la miel. La miel al oso. Y el oso al bendito invierno.

 

Odio el verano y sus mosquitos, el sudor y la jaqueca. Para mi: el invierno, el lago congelado y la ventisca.

 

 


Agosto 15 2020

 

315. Corrido

 

 

Alguien ponía señales de tráfico en el camino de mi vida. Curva, alto, cuidado con el ganado, camino sinuoso, bifurcación, paso de peatones, hombres trabajando... ¿O era el subconsciente corrigiéndome la plana? En tiempos de parálisis no me quedaban muchas cartas bajo la manga y había que improvisar tres eventos fueron la constante en mi peregrinación por el mundo: la visión, la sorpresa y el deus ex máquina.

 

Durante el cambio de vías, a los quince, cuando decidí entrar al prepa del gobierno se me atravesó la madre, más brava que nunca, decidida, portando arsenal de guerra, estandartes y mañas de batalla que yo desconocía. El divorcio en Monterrey y el regreso a la casa paterna, cuando yo era un bebé de apenas ocho meses, la había transformado en una mujer dócil y sacrificada que ahora sacaba las uñas contra la Venustiano Carranza, la prepa del gobierno famosa por sus huelgas eternas y protestas ante alza de precios de autobuses o alimentos en mercados. ¡Comunistas! Gritaba la abuela, flojos, insistía  mi madre. Para mí era cuestión de economía: Los colegios de paga eran caros y la Venus barata. La injusticia social en la región era lamentable. Todo mundo se rascaba con las uñas de la necesidad y les importaba un comino el prójimo. El único dios de la región era la marmaja, la pasta, el billete... Pobres y ricos eran la ecuación del sube y baja. Los curas sermoneaban a las sirvientas para que fueran obedientes a los patrones.  La policía activaba redadas, los rancheritos bailes y borracheras,  los cadeneros: asaltos y desmadres. ¿Cómo chingaos no me iba a hacer comunista con éste zoológico norteño-abusivo?

 

Tierra brava.

 

La mujer ganó la partida y fui a la prepa jesuita. Cedí. No me quedó otra. El monigote de mi padre la había hecho sufrir tanto que la compasión me puso un cuatro y me fui de hocico...de por vida.

 

Sin ésa señal de tráfico todo hubiera sido diferente completamente. En el corrido de mi vida hice lo que nunca hacían los héroes trágicos del folklore: escuchar a su madre. Me ahorraron los tres tiros de Rosita, las puñaladas traperas a Lucio Vázquez, el paredón de Benjamín Argumedo, y la ráfaga dantesca de Zapata.

 

La decisión inicial no reportó ninguna ventaja. Me sentí lobo en piel de oveja. Niño bonito. Marica.