AUTOBIOGRAFIA

20ABRIL19

 

147. El Torreón de los Cincuentas

 

 

Las gallinas eran fieles. Ponían huevos todos los días. Cluequeaban por las mañanas y ahí iba yo, canasta en mano, a rescatar el desayuno de la familia. El corral de la casa hospedaba el caballo bronco del tío Jesús, dos chivos aguardando la Navidad para ser degollados por el caporal del rancho, un cerdo enorme que pronto venderíamos a los vecinos andaluces, y las aves de corral que estaban bajo mi responsabilidad.  La abuela me daba cada mañana un bote de maíz. Maréalo durante el día, no sea que me las empaches.

 

Eran tiempos cuando Torreón era ciudad y rancho a un tiempo. Por las calles transitaban Chevrolets último modelo, tractores y carros de mulas. En mi salón de clases había niños ricos de zapatos de charol y pastores de chivos, descalzos y cenizos que se desmayaban con frecuencia por falta de desayuno. En casa yo traía copete a la Elvis y el abuelo sombrero ancho, paliacate al cuello y espuelas. Mis primas vestían minifaldas y la abuela chal negro y faldas largas. Por las noches la televisión era motivo de discusión: la abuela quería ver películas de Sara García, mi madre a Hitchcock, las tías El premio de los 64 mil pesos, y yo el especial de Los Locos del Ritmo.

 

Había dinero en La Laguna, pero mal distribuido; colas kilométricas de campesinos aguardaban turno para solicitar, inútilmente, préstamos para maquinaria, semilla o tierra. Los veía cuando iba al colegio: callados, sufridos, hombres de maíz de huarache y guaripa, personajes de Rulfo. Las divisiones sociales hacían crisis, sobre todo durante la canícula, cuando los saltamontes invadían los algodonales, durante el día, y los mosquitos, entusiasmados, chupaban sangre, ancha es Castilla, por las noches. Sin aire acondicionado, —carísimo el aparato, la instalación y la electricidad que chupaba—, tenías suerte si dormías de un tirón. Había que levantarse varias veces, bañado en sudor, a tomar un litro de agua para evitar deshidratación.

 

Los terratenientes esclavizaban a los campesinos, el gobierno los ahorcaba con impuestos, la Iglesia predicaba paciencia y fe, y el pueblo parecía vivir en babia, ocupado en su propia lucha por la supervivencia: de la casa al trabajo, durante la semana, y a la lucha libre o el beisbol sábados y domingos. Eran tiempos de irse al otro lado, a la tierra bendita del dólar. No había familia, en mi barrio, que no tuviera un pariente trabajando en fábricas o sembradíos gringos. Regresaban apochados, fumando Camels, vistiendo camisas Pennies de botoncitos en el cuello y pantalones Lee. Manejaban automóviles grandes con placas de Texas que impresionaban al vecindario.

 

 

Justicia social era una expresión desconocida en la tierra del venado y el coyote. Comunismo era mala palabra.  Los únicos que tenían conciencia social eran los estudiantes de la escuela del gobierno, la Preparatoria Venustiano Carranza. Subían las tarifas del transporte público y las calles se llenaban de jóvenes furiosos que volteaban y quemaban autobuses, se enfrentaban a la policía en batallas campales y lograban bajar los precios. Ascenso de precio de agua, luz, huevo, tortilla o frijol, producían el mismo efecto. Defendían sus derechos, los de obreros y campesinos con varias huelgas al año. Bola de flojos y malvivientes, despotricaba la abuela. Pero a mi me caían bien y ya se me quemaban las habas para salir de la primaria y quemar autobuses; cosa que no sucedió gracias a mi señora madre quien se emperró en mandarme con los jesuitas de la Preparatoria Carlos Pereyra. ¿Con qué ojos, divina tuerta? Sueñas, jefa. Esos curas burgueses son unos ladrones que cobran colegiaturas de miedo.

 

—Trabajaré turnos extras en la oficina, lavaré ajeno, limpiaré pisos, todo lo que sea necesario para que tengas buena educación y se te quite lo ateo.

 


 

13ABRIL2019

 

 

146. LA CALDERA

 

El cruce de caminos, la emboscada, la descarga eléctrica de lo inesperado, el vuelo del halcón bajo las nubes y el descenso súbito, alas cerradas, flecha, concentrado en la presa. La concatenación repentina de eventos como rayo de tempestad que le madruga al trueno, funde fusibles, trae el apagón, la mentada de madre, los tropezones, las velas y cerillos, las sombras de Vincent Price y la espera inútil, porque los idiotas de la Compañía de Luz tardan eternidades en llegar.

 

Como conjunción planetaria que se se ha ido preparando pacientemente a través de millones de años y que al llegar produce cataclismo solar y hecatombe astrológica, el destino menea la sopa cósmica en la caldera donde hierve todo lo que existe: perros, gatos, gentes, ciudades, sistemas planetarios, todo. Se chupa los dedos, añade sal y pimienta al gusto y deja asentar el guiso al sereno de la madrugada de los tiempos.

 

No vi venir el golpe. Quitado de la pena miraba el túnel, las vías, la pareja besándose al otro lado, el barrendero trabajando la escoba al extremo de la estación. Era temprano. Los vendedores de Las Ramblas apenas armaban sus puestos de monos, flores y libros; los de castañas atizaban los braseros con la boina. Yo traía la casa a la espalda: guitarra, poetas y garras. Dejaba la ratonera, el departamento junto a la fábrica de chocolates -pestilencia eterna- y la Plaza España, -gozo de los domingos-. Tiempo de ponerse las botas y caminar.

 

El andaluz y los dos catalanes se enfurecieron. Expliqué mis razones, pero en vano. Me extendí en el argumento de causas de fuerza mayor, mi futuro, el contrato a punto de firmar con el grupo musical y la gira de un año alrededor del mundo. En vano, la amistad había terminado y yo podía irme a tomar por el culo. No pude dormir en toda la noche. Me escurrí en la madrugada, de puntitas, no fuera a ser que el sevillano sacara la navaja. Era gitano de pura cepa salido de un poema de Lorca.

 

Barcelona de madrugada con luna tan llena que parecía globo sonda. París, dijo Hemingway, es una fiesta en movimiento, Barcelona es intimidad. Después de media hora de caminar me sentí más tranquilo. El año había sido carambola constante de eventos: el menisco roto en la autopista Madrid-Barcelona, el reposo obligado en la pensión, el grupo de rock, las guitarreadas en las tascas de las Ramblas, el pleito con la doña y la huída de los cuatro al departamento de la Plaza España. El viaje a la India ya era cosa del pasado, sueño hippie de adolescente.

 

No era tonto. Entendía que el plan del Viva la Gente me sacaba del hoyo. Punto. Había visto al grupo en el DF en el Auditorio Nacional y me causaron náusea. Las traducciones de las canciones al español eran terribles, pochas, vacías y sin poesía. Buenos músicos, eso sí. Técnicamente pasaban con diez. Pero el mensaje era demasiado simple, bobo, gringo, sin alma. Entonces, ¿por qué el entusiasmo de incorporarte a las filas de los pecosos?  La respuesta es sencilla: me sacaban del hoyo, me daban un respiro, me enseñarían inglés y al año los mandaría al carajo. Pues sí, no eras tonto. Más bien un Judas vendiendo el alma por treinta monedas. Nooo, tampoco, no jodas. Ah cómo chingaos que no...

 

La mitad de mi conciencia me acusaba. La otra me justificaba. Lo cierto es que era un desarraigado que una vez salido de los jesuitas no encontraba su lugar. Alaska había sido pasatiempo absurdo, el trabajo de editor en la revista El Mundo del Salto, breve pero necesario, me había dado sopa y techo. La loquera de la India para meditar había sido el colmo. Me acordé de aquella vez, en el corral de mi casa, cuando tomé del hormiguero una hormiga y la puse sobre la mesa del patio mientras comía mi merienda. Corría en pánico, en círculos, buscando el grupo, sus amigos, el hoyo de su casa. En vano. El destino me había sacado de mi hormiguero y mientras tomaba su merienda se carcajeaba viéndome correr en círculos.

 

El aire frío corría por los túneles de la estación de trenes. Faltaban dos horas para la cita en la Plaza Cataluña. Me entretendría dándoles migajas a las palomas, o caminando por las Ramblas. Después de todo, en una semana me uniría al tour europeo con escalas en Australia, Nueva Zelanda y México. Gratis y con sueldo. Qué suerte teníamos los que no nos bañábamos.

 

El ciego de yo, no veía lo que tenía que ver. Me distraía viendo los amantes de enfrente, los trenes que pasaban en ambas direcciones y el barrendero que se hacía tonto avanzando paso gallo-gallina meneando una escoba de tiempos de la guerra del 37. Después de un bostezo de hipopótamo, mis ojos aterrizaron por accidente en la imagen del póster: Montserrat... y los engranajes del tiempo rechinaron al detener el tren de mi vida. El guardavías de Wichita cambiaba el rumbo de las agujas y en lugar de melón me iría con sandía, en lugar de tocar la tambora al oso bailarín o limpiarle las botas al Tío Sam, el viaje a la India se haría realidad, incluyendo gurús de la orden de San Benito y viajes astrales por las noches. Dios escribía derecho con renglones chuecos y el destino gustaba el guiso de la caldera que estaba en su punto.