AUTOBIOGRAFIA
©2018.RafaelGatoFuentes
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11Agosto2018

 

114. El Niño Funerario

texto en proceso de corrección

 

Cuando Emilio terminó la carrera de comunicaciones decidió tomar seis meses de vacaciones antes de empezar a buscar trabajo. Coincidió que en esos días vinieron de México mi primo Alberto Castillejos y familia a pasar unos días en Canadá. Se juntó el hambre con las ganas de comer y después de dos semanas Emilio voló con ellos a Torreón Coahuila. Emilio conocía el DF. A los diez años fuimos los tres a Teotihuacán a recargar energía prehispánica. Vimos el valle desde la cumbre de la pirámide de sol. Ahora tenía veintiuno y quería rehacer lazos familiares, contactar primos, visitar la región de la que tanto me había oído hablar a través de los años.

 

Preparó su maleta, empacó la guitarra eléctrica, dijo adiós a novia y amigos y los despedimos a todos en el aeropuerto de Toronto. Decisión un tanto precipitada, pero dado que el chico estaba en cruce de caminos Glenys y yo lo entendimos. Alberto, ofreció hospedarlo en su casa lo cual simplificó nuestras preocupaciones.

 

Duró una semana con los Castillejos, familia tranquila donde el tipo se aburrió por falta de acción. Cruzó la frontera de Coahuila y Durango y se instaló en Gomez Palacio, en la casa-funeraria de mi primo Carlos Cepeda. De inmediato hizo buena amistad con Carlitos, el primogénito, quien además de ser buen enterrador, hablaba inglés y era fanático de Guns and Roses, el grupo de rock preferido de Milo. Además, a unas cuantas cuadras vivían otros dos primos funerarios, Ángel y Luis.

 

—Aquí te lo cuido, Gato -dijo mi primo Carlos- no te apures. No hay lugar más seguro en el mundo que una funeraria. Se mueren los demás, nosotros nunca. Lo voy a poner a chambear en serio. Va a empezar a trabajar desde abajo.

 

Me inquietó la última frase pero no dije nada para no complicar el asunto, dado que él era el anfitrión. Ya habría tiempo de aclararlo la próxima semana.

 

Carlos y yo fuimos siempre como hermanos. Su padre era primo del mío, y su madre hermana de mi madre. Casi hermanos. Habíamos crecido en hogares completamente diferentes. Yo en la ciudad grande, Torreón, y él en San Pedro De Las Colonias que en ese entonces era pueblo donde los Cepeda habían fundado la primer funeraria. Yo era un niño de colegio y casa. Ellos eran siete niños y niñas que, además del colegio trabajaban en el negocio, cobraban notas, hacían depósitos de banco, y ayudaban en todo el aspecto práctico de los entierros. Al llegar a la edad adulta, Momo, el mayor puso funeraria en León Guanajuato, Carlos y Ángel en Torreón y Gómez Palacio respectivamente.

 

Jamás imaginé que mi hijo reviviera, treinta años después, como yo, la experiencia de velorios y entierros. Los tiempos eran otros. La caja fúnebre de pino y sin pintar ya no era la más popular. En los cincuentas, cada lunes, después de los bailes y balaceras del domingo llegaban clientes a la funeraria con un mecatito que era la medida de  la estatura del difunto y compraban su féretro económico. Era tierra brava de campesinos, caballos y pistolas. Baile, alcohol y fuscas se traducían en broncas y muertos.

 

En los tiempos modernos las cajas metálicas se pusieron de moda, ovaladas como ovnis, adornadas con Cristos berninescos de plata, con superficie similar a carrocería de coches nuevos, en colores serios por supuesto. Los entierros de cuatro candelabros de metal y velas chorreando eran cosa del pasado. Los velorios de rebozo, llanto y cafecito, tan folclóricos, se habían esfumado. Como cualquier otra industria las funerarias eran parte de progreso: carrozas de super lujo, europeas y americanas, se estacionaban frente al negocio para impresionar clientes; el incinerador, a pesar de las protestas de curas que argüían que sin huesos no había resurrección, era el último grito de la moda, caro, pero práctico, que ahorraba el gasto de féretro, carroza, panteón y entierro. Las capillas ardientes de los velorios a domicilio eran entonces armables, como piezas de Lego con velas electrónicas que simulaban llamas reales. Para bajar el sarcófago a la fosa había elegantes y silenciosos sistemas de descenso.

 

—Emilio es muertero natural. Es de nuestra raza.

 

No entiendo.

 

Lo tuve dos semanas trayendo cadáveres del hospital, en bolsas de plástico para que fuera agarrando práctica en lidiar con muertos. Pensé que el chavo se quebraría ¡pero no! , tiene agallas, siguió mis instrucciones al pie de la letra... y tan campante. Y eso que algunos de los muertitos ya estaban en proceso de descomposición.

 

Ahora entendía la expresión trabajando desde abajo. No protesté por no aparecer papá cuervo, pero la tarea de embolsar cadáveres me pareció salvaje. Hablaba de Milo como un chico fantástico y alegre que había hecho amistad con todos, familia y empleados; bueno para el trabajo y para el desmadre; que lo apodaban Cánada y ya tenía varias novias en ambos lados del río Nazas.

 

De las bolsas de plástico pasó a la funeraria embrujada. Una casa antigua construída en mil novecientos que mi tío había renovado para entierros elegants. Famosa en la ciudad por su metamorfosis: hospital, casa de locos, cuartel de soldados durante la revolución, escuela de inglés, restaurante, hotel, bodega y biblioteca. La sala, en el centro de la planta baja, estaba adornada por dos cuadros enormes, enmarcados en estilo barroco que representaban imágenes de la Divina Comedia. El techo era alto, con vigas de cedro, candelabro de bronce estilo Luis XIV y pisos de madera de laurel. Al lado había una capilla;  al fondo, un pequeño teatro de títeres con ventanales al jardín.

 

Dado que el funerario, como los doctores, debe estar disponible las veinticuatro horas, se solicitaba un propio para dormir todos las noches en la casa encantada. Los trabajadores que habían pasado la noche en el sitio, contaban historias de espantos, cadenas, voces y llantos.

 


 

08.AGOSTO.2018

113. WAYNE'S WORLD

Nunca le pegué al chamaco. Ni una nalgada. Parte porque no creo en el castigo corporal, parte porque quizás no quise repetir el pasado de palizas de la abuela. Los libros sobre la paternidad que había leído desaprobaban la costumbre por contraproducente.

 

Emilio era una tromba de energía que zumbaba por cuartos, banquetas, colegios y campos de fútbol. Nuestro barrio, Old Glenridge, era una isla bordeada por las vías del tren, la autopista 406 y el bosque Burgoine Woods. La tropa de niños iba de casa en casa jugando a los vaqueros, romanos, marcianos, exploradores, caracteres de Star Wars o Star Trek.

 

A los ocho años quiso aprender a tocar guitarra. Le sugerí tomar clases de clásica con el profesor de la academia de música. Aceptó, pero sólo duró una semana. Argüía que el maestro era una aburrición, que quería tocar canciones de rock con guitarra eléctrica. Glenys y yo siempre le habíamos dado luz verde a cuanta opción creativa, deportiva o educativa proponía. Había tomado clases de karate por un año, violín un mes, las de piano cuatro. Pero guitarra eléctrica era algo diferente: costaba dinero y temíamos que, después de un mes, cambiaría a otra actividad. Le propusimos un plan: tendría que aprender, en mi guitarra, varias canciones, veinticinco nos pareció número razonable, alto por supuesto, para tantear su seriedad y consistencia. Entonces le compraríamos una Fender. Pensamos que tardaría un año y pico en el aprendizaje.

 

Se aplicó a la misión con método y concentración. Todos los días, después del colegio, se sentaba en la sala a guitarrear . Let it Be fue la primera. Le dibujé las pisadas, le di consejos de técnica básica para acomodar los dedos, tan pequeños que apenas alcanzaban a tocar las cuerdas de Sol y Do. La cejilla era tormento para su dedo índice.

 

En un mes Aprendió a tocar y cantar, cinco: Dust in the Wind, Black Magic Woman, Pot of Gold, Jingle Bells y Silent Night... Glenys y yo boquiaberitos. Después de ocho semanas comencé a investigar precios de guitarras eléctricas.

 

Es increíble la herencia genética. Como su madre y yo, tenía, relativo a su edad, sentido de responsabilidad. De mi había sacado lo terco y sangre caliente; la sociabilidad y amor al teléfono, de su madre. Y ahora emergía de la sangre mi gene cancionero. Nunca lo empujé a la música. Desde el principio tuve la certeza absoluta que engatusar a un niño a ser esto o aquello era pecado mortal. Él decidiría su futuro, no yo.  Mi madre siempre quizo que yo fuera médico o arquitecto. Me fui de jesuita. Le costó mucho pero se fue acostumbrando a la idea, tanto, que se entusiasmó, se ilusionó, me soñaba diciendo misa, confesando, de misionero en Alaska, de monseñor, obispo... pero al séptimo año le salí con la batea de babas que dejaría la orden. Fue golpe devastador para ella. Yo había seguido mi conciencia. Lo había consultado con el Padre Enrique María del Valle, viajé a Dinamarca para que elmpadre Jorge Manzano me diera luz. Hice dos semanas de ejercicios espirituales con Enrique Ponce de León. Pedí las dimisorias.

 

Tuvo su guitarra eléctrica: Fender Stratocastor Wayne's World. La habían bautizado así en honor de la estúpida película del mismo nombre. Pero era Fender y la más barata. Hubo que comprar estuche, amplificador, conexiones, cuerdas, capotrasto. Salió caro el chiste pero fue la mejor compra que le hicimos.

 

La guitarra fue su eterna compañera, paño lágrimas, confidente y psicóloga. Pasó las crisis de la adolescencia en el sótano, con el amplificador a todo volumen echando el alma en estridencias melódicas o abstractas, tipo Henrix.  Organizó varios grupos de rock con sus amiguillos. Más tarde, en la adolescencia, aprendió blues con músicos afroamericanos de Buffalo NY. Después vinieron los  amigos rappers, locos de heavy metal, grunge.

 

Hoy en día, en su casa al este de Toronto, tiene colección de guitarras, alineadas en su estudio de grabación: Les Paul, Ibañez, Gybson... en el centro, presidiendo el altar de liras, la antigua y humilde Fender aparece como recuerdo de otros tiempos, cuando el gene cancionero le metió zancadilla a los ocho años de edad, y le salvó la vida

 


 

28JULIO2018

112. LA PRIMERA COMUNION

En la ciudad de Santa Catalina, los feligreses se dividían en protestantes y católicos. Los últimos eran franca minoría que acudían a iglesias de curas diocesanos chapados a la antigua, cerrados, cerriles. Ni un jesuita a la vista...frustrante. Había un convento franciscano en Niagara Falls, pero la monjiza resultó más retrógrada todavía. De todos modos me lancé al confesionario de una iglesia y hablé con un italiano de barba tan cerrada que asustaba, quien promulgó que tenía que dejar a la mujer con la que ahora vivía y regresar a mi verdadera esposa, la única que reconocía la Iglesia, que era la ley de Dios respecto al divorcio y no había de otra. Sin absolución, de todos modos no me la hubiera dado, lo dejé hablando solo y me retiré definitivamente y para siempre de la burocracia eclesiástica.

Emilio no pagaría los platos rotos. Le fui contando la historia de Jesús, le enseñé el Padre Nuestro, le hablé de la Iglesia, y a los diez años, cuando ya distinguía entre el bien y el mal, le dije que si quería hacer la primera comunión, era su decisión. Contestó que si y a los pocos meses, en la Catedral de Santa Catalina de Alejandría, hizo la primera comunión, sin traje, corbata o vela encendida. Glenys horneó un pastel de betún blanco y celebramos los tres en casa.

La fe es un proceso, metamorfosis más complicada que la de Kafka. Es renacuajo que evoluciona a rana, pez espada, tiburón, ballena, dinosaurio, estrella, cometa... Hablo de mi experiencia, por supuesto. 

La fe de mi abuelita era de carbonero. Su por la señal y Padre Nuestro la llevaron en lancha y sin remos por los mares turbulentos de crisis y broncas en tierras de machos algodoneros de Coahuila. 

La de mi abuelo era similar, aunque yo la llamaría fe de tierno carbonero. No creo que incluía infierno, purgatorio, Santísima Trinidad o ángeles. Creía en Dios como todo buen norteño del campo, pero su héroe era San Antonio de Padua, quien lo había librado de la muerte en más de una ocasión. Su San Antonio ¡sálvame! era la jaculatoria mágica que lo protegía en situaciones límite. Mi madre, que en varias ocasiones lo había visto entrar a la catedral y dirigirse de inmediato al nicho de San Antonio, le explicó numerosas veces que primero se visitaba a Dios en el altar mayor y después a los santos. En balde.

Muchos años antes, cuando vivían en la Hacienda Cleto, al norte de San Pedro de las Colonias, se había comprado una estatua del santo, de un metro de alto, cargando al niño JesúS. Al emigrar a Torreón la entronizó en el buró frente a la cama matrimonial, al lado del ropero. Cada sábado, al regresar del rancho, antes de saludar a la familia, se iba al altar y cubría con el sombrero ancho la breve oración que cuchicheaba al Santo. 

No creo que mi fe es mejor que la de ellos. Me refiero al aspecto de carbonero. Ha cambiado de vestuario en varias ocasiones; otras, ha desaparecido por largas temporadas, pero regresa siempre, como perrito fiel, a enroscarse En un Rincón del Alma, como dice la canción. El Causa Causarum es mi Dios básico, el que después de las broncas y trifulcas de la vida permanece incólume, indestructible, real, energía pura, Big Bang. Le rezo todos los días la oración que Cicerón berreó antes de ser asesinado: Causa Causarum miserere mei. Es mi mantra favorito.

El terrible Dios del día del juicio no está en mi lista. He decretado que no existe en mi vida.

Jesús, el de los Evangelios, es mi Dios personal. Cuando me asalta la duda de su resurrección, recito aquella oración anónima, noble y bella, que termina diciendo: ...Aunque no hubiera cielo yo te amara... Y pienso: si el orante duda del cielo pone en tela de juicio la existencia de Dios, lo cual significa que recita la plegaria en el aire, sin base, en la nada. Lanza su corazón a la hoguera de la fe, donde se consume la duda y Jesús resucita de nuevo. Y entonces, como buen carbonero, creo de nuevo. 


21JULIO2018

111.EMILIO 3

De las diferentes etapas de la vida, niñez, adolescencia, juventud y vejez, la paternidad fue la más fantástica. Una enorme aventura, novela de varios capítulos que escribimos Glenys y yo todos los días y hasta la fecha no termina. Trasciende tiempo y espacio.  Comienza con nueve meses de espera, ilusiones, planes. ¿Será niño o niña, tendrá mi carácter o el tuyo?. Hice numerosos viajes nocturnos a restaurantes y taquerías para satisfacer los antojos de la señora; también para evitar que la criatura viniera con cara de enchilada.

Después llegó el maravilloso impacto del nacimiento, la aparición de la vida, cuando el bebé que hace su debut en el mundo. Aun después de nueve meses de espera la sorpresa es enorme. Ni el ojo vio ni el oído oyó. Los milagros son acontecimientos sobrehumanos que el cerebro no alcanza a descifrar. El nacimiento de un ser humano es uno de ellos.

Siempre concebí el proceso familiar como capullo de flor que va abriendo gradualmente sus pétalos. Como en espejo, el niño nos reflejaba a los dos, nos re descubríamos una vez más, y el afecto de los tres se transformaba en triángulo dinámico, musical, galáctico. Cambió la rutina diaria por completo y se improvisaba todo porque todo era nuevo.

En 1984 se llevaron a cabo las Olimpíadas de verano en los Ángeles, California. Emilio, casi de dos años y medio de edad, se declaró atleta multidisciplinario. Quería jugar todos los deportes. El pasillo que iba de las recámaras a la sala se declaró pista de carreras. Un brazo del sofá era la plataforma de clavados de diez metros. El otro brazo servía de salto de garrocha (una escoba) y colchoneta de aterrizaje. El lanzamiento de disco era un plato de cartón, la jabalina el bat de beisbol de ule espuma. Glenys y yo diseñamos el estadio, las diferentes áreas deportivas en la sala.

Los juegos se llevaban a cabo los fines de semana. El chiquillo era el atleta, nosotros los locutores, jueces de línea, público gritando en masa, yo el cantante  de himnos nacionales y Glenys la que ascendía la bandera de México, único país ganador en cada disciplina. Fue, como lo dice el título de la película: The Long Hot Summer. Nosotros amanecíamos el lunes hechos una piltrafa. Milo, fresco como lechuga.

La publicación médica Frontiers in Physiology, publicó hace tiempo un artículo sobre la energía y resistencia de los niños en comparación con atletas profesionales de triatlón. No solo los infantes queman más energía y tienen más aguante, sino que también se recuperan con más rapidez: duermen como troncos y se levantan como nuevos. Un deportista entre dieciocho y veinte años de edad, necesita al menos tres días para recuperar energía y masa muscular. 

Tuvo varios amiguitos en Edmonton. Christie y Lee eran vecinos del mismo piso. Emilio odiaba la niña. Varias veces le arañó la cara, con una rabia inexplicable que nos preocupaba. Rabia a primera vista. Ella no se defendía ni lloraba. A veces ella misma se ponía frente a él, viéndolo fijamente, con mirada neutra, estoica, sin brizna de sentimiento, cara a cara por un segundo y...  comenzaban los razguños y pellizcos. Glenys y yo deteníamos el abuso de inmediato y varias veces lo castigamos. Es que me odia, se excusaba. Siempre invitábamos, exclusivamente, al niño, pero la mamá nos endilgaba a Christie. Y cómo no, la mujer necesitaba un respiro a la mitad del día. El esposo era chofer de trailers que transportaban petróleo a Estados Unidos; ella seguramente sufría de soledad y claustrofobia. Tenía ojeras draculinas. El pelo largo y encanecido prematuramente, brotaba por todos lados como triste fuente de fantasía.

Lee era inteligente, de ojos vivos y temperamento tranquilo; seguía cuanta iniciativa de juego proponía Emilio. La mayor parte del tiempo se entretenían rodando carritos por la sala, con interrupciones esporádicas de beisbol de pelota de hule espuma. Christie se la pasaba viendo caricaturas, con expresión obsesiva, neutra, como las gemelas de El Resplandor de Kubrick.

En una ocasión, durante una tormenta de nieve, vimos desde la ventana a Lee, caminando en pijamas por los jardines. Lo rescaté, lo devolví a su madre, quien dijo Thank you, en voz baja, sin mirarme a los ojos.

Roberto y Cuca eran un poco mayores que Emilio; ambos simpáticos, inteligentes y adaptables a cuanto juego propusiera el maestro. Eran hijos de Élfego y Alicia, originarios de Zacatecas. Cuando nos visitaban, Cuca insistía siempre jugar a la tiendita. Emilio accedía, a condición que él y Roberto fueran asaltantes y le robaran mercancía. Sí, pero no al principio. Serán clientes por un buen rato y después me roban. Cuando los visitábamos -tenían casa con jardín-, la niña jugaba a regar las plantas y cuidar flores. Los monstruos jugaban futbol. Si me pisan los tomates los mato, cabrones, los amenazaba Élfego.  Mantenía hortaliza de tomates, chiles, yerbabuena, tomillo y papa en una esquina del jardín. Acérrimo mexicano, el mismo hervía cada semana, una olla enorme de frijoles y molía sus jalapeños en molcajete. Tenía el tequila a la mano y odiaba a los canadienses por mamones. Él y Alicia trabajaban como dependientes de una farmacia en el West Edmonton Mall.

En el edificio había muchas familias con niños, pero, dado que yo era stay-at-home mom, y en esos tiempos era mal visto que el papá se quedara en casa a cuidar de los peques, me veían con desdén y me evitaban. Además, la melena hasta la cintura y bigote a la Zapata no eran buenas tarjetas de presentación. Simplemente los ignoraba.

 


 

14JULIO2018

110. EMILIO 2.

El primer año en Toronto fue avalancha de pañales y biberones. Los dos siguientes, en Edmonton, al noroeste de Canadá, de papillas. Emilio ya caminaba y balbuceaba palabras: Gako y Glen éramos nosotros; bmm bmm, comida; tala, guitarra; tii, televisión; konkin, Kingkong;  rogongo, McDonalds; cocolo, pañal; kiki, pegajoso; Meski: Gretzky, el jugador de hockey. Un diccionario interminable de sonidos surrealistas y guturales que solamente su madre y yo entendíamos. Después vinieron frases de dos palabras: bmm bmm rogongo (vayamos al McDonalds a comer), o, tii Meski (veamos a Gretsky en la televisión). 

Eran frecuentes las llamadas telefónicas de maestras del kinder, con preguntas de qué significaba tal o cual expresión de Milo que no se entendía. Las chicas del personal eran jóvenes y simpáticas que tenían métodos e ideas innovadoras que estimulaban creatividad y aprendizaje. Llamaron en una ocasión preguntando si la imagen del centro de la bandera mexicana era un ratón. Águila, contesté a punto de soltar la carcajada. Es que la imagen de la enciclopedia era diminuta, se excusaron.

Privado de fútbol, sol, mariachis y tacos, el niño creció en un Egipto de cebollas, ajos y gentiles: hockey y patinaje sobre hielo, curling, trineos, esquí, lacrosse, hamburguesas y nevadas glaciales a cuarenta bajo cero. En diciembre le poníamos su abrigo de esquimal y lo llevábamos  a la colina del parque, que era alta y concurrida por niños y adolescentes del barrio. Uno de nosotros ascendía la cuesta, jalando el trineo y el otro aguardaba al pie de la loma; una vez arriba se le soltaba, ante la mirada incrédula de todos que veían al bebé descender a gran velocidad sobre la nieve, feliz, gritando de contento. Era su juego favorito.

El contrato de Glenys en la Universidad de Alberta, nos había traído al oeste del país. Nos salvó la vida. Yo cantaba La Bamba en bares  y restaurantes. Escribí música para un dramaturgo de la facultad de teatro que ponía en escena sus propias creaciones, con quien hice buenas migas; tuvimos largas conversaciones sobre el mundo y sus problemas, lo arreglamos varias veces quitando y poniendo presidentes como en juego de Monopoly. Era bueno para el vodka, porque, según decía, es lo mejor para las alergias.

Con el arcaico, monofónico y espantoso sintetizador Korg, produje pequeños proyectos de música para teatro, en casetes. Los vendía en bibliotecas y colegios. Gracias a Glenys, la universidad tenía toda mi colección: cinco. Tierno. Pero ya empezaba a concebir, en embrión, el proyecto de vida.

La ciudad contaba con una comunidad latinoamericana extensa, que incluía muchos mexicanos, gracias a la política del gobierno que fletaba migrantes con menos recursos, y en masa, a las provincias frías del norte, donde no pasaba nada y los inviernos era eternos. Los que traían alcancía tenían el privilegio de vivir en Quebec, Ontario o Vancouver. En las noches glaciales y oscuras, nos reuníamos los mexicas a tomar tequila, comer enchiladas, sopes y chiles rellenos, frente a la chimenea, a revivir memorias de nuestro México lindo y querido. Cooperábamos todos para ver buenas peleas de box en la televisión, en corto circuito, como decía Xochitl, la esposa de Alberto. Si uno de los pugilistas era mexicano el ambiente era eléctrico y la vena patriótica se hinchaba de pasión y cerveza y éramos, por un momento, inmortales y todo mundo nos la pellizcaba.

Todos odiábamos la ciudad por aburrida. Deadmonton, era el nombre que le dimos. Vivíamos en ella por necesidad. La provincia de Alberta era famosa por dos cosas: el hockey sobre hielo y el petróleo. Cuatro décadas antes había sido paraíso de fiebre de oro negro que atrajo mano de obra y busca-fortunas de todo el mundo. Edmonton apareció en el mapa mundi como un sitio donde llovía marmaja y la gente era feliz. Como la otra capital del chapopote, Texas, en Edmonton las cosas se hicieron estilo monumental. Construyeron su torre de babel: el centro comercial más grande del mundo, con cientos de tiendas y restaurantes, rueda de la fortuna, caballitos, tiviri-tavara, pista de hockey donde Gretzky y The Oilers practicaban los fines de semana; además, le pusieron también un lago con barcos y submarinos reales, y un acuario con peces de todo el mundo incluyendo tiburones... y una ballena. En invierno, a cuarenta centígrados bajo cero, entre tempestades de nieve y hielo, el West Edmonton Mall era el oasis, el orgullo de la ciudad, que atraía turismo del Europa y Norte América.

Pero el zopilote de la recesión de los ochentas derrumbó los precios del petróleo y se acabó lo que se daba. La bolsa de valores se desinfló rápidamente, hubo ataques de corazón, embolias y suicidios y se vació la ciudad cuando la mano de obra y busca-fortunas emigraron en masa al este del país: Toronto, Ottawa, Quebec, Montreal, Hamilton. Lo único que permaneció incólume y triunfante, a pesar de la tragedia petrolera, fue el hockey. En plena debacle económica, arrasaron en tres temporadas consecutivas, a los Maple Leaves de Toronto, los Canadiens de Montreal, Rangers de NY, Blackhawks de Chicago, Flyers de Philadelphia, Red Wings de Detroit, Flames de Calgary, Devils de New Jersey y sus vecinos los Jets de Winnipeg. Fue época de pan y circo. La ciudad en llamas, Nerón cantando y todo mundo feliz porque eran campeones del puck sobre hielo.

Cuando llegaron los Fuentes a la ciudad, en plena crisis, las rentas de condominios y departamentos eran tan bajas que rayaban en lo absurdo. Los dueños pedían inquilinos a gritos. Ofrecían gratis el primer y segundo mes, que incluía cable, calefacción, boletos para el hockey y pase anual de autobús. ¡Gratis!  

Tomamos un departamento enorme, baratísimo, con hartas ventanas, sala monumental, cocina de lujo y baños de mármol. 

Me empezaba a cuadrar la recesión.

 


07JULIO2018

109. EMILIO

Nació de color azul y cara seria. Tras el cristal, sostenido en manos del galeno, creía nadar todavía en el líquido amniótico. Nadaba, nadaba. Me veía a fondo, profundo, con mirada filosófica. Nunca había visto un bebé recién nacido. Experiencia imponente, espiritual, definitiva. Me sentí pequeño ante aquel milagro de la vida, como si viera un ángel recién llegado del más allá, de lo desconocido, de lo eterno. 

Glenys, exhausta por la labor intensa de 24 horas de parto natural que terminó en la, no tan natural, intervención médica. Noche intensa. No en balde los guerreros aztecas muertos en batalla y las mujeres durante el parto,  viajaban directamente al paraíso de Tlaloc. Dar a luz es una batalla. Madre y criatura lucharon entre las tinieblas y la luz, hasta que, doce minutos después de la medianoche, el niño aterrizó en el planeta tierra. Lagartija, de acuerdo con el calendario Maya. 

No era el quinto, como dicen los toreros, sino el cuarto de la tarde. Los anteriores no se habían asido a la madre como Dios mandaba. Se distrajeron, se quedaron dormidos o simplemente, como buenos mileniales, no tomaron en serio el asunto y se quedaron del otro lado, en el limbo, brincando en nubes de algodón. O quizás fue el trajín del teatro, los viajes de Cuernavaca a la capital, ensayos, discusiones y demás gajes del oficio. El ginecólogo le había dicho que no se apurara, que era una mujer sana y fuerte, que podía seguir su vida normal y que todo saldría bien. El animal se equivocó tres veces. O fue cosa del destino... Haiga sido lo que haiga sido, como dijo el bruto, el caso es que se nos fueron tres.

Un mes antes de la llegada de Milo, al empezar el noveno mes de embarazo, en medio de los malabarismos de ensayos entre La Sombra del Caudillo de Luis, y El Cíclope la Sirena y el Arco de Glenys, comenzamos el cambio de casa de Cuernavaca a la capital, gradualmente, en la combi, poco a poquito para no testerear el balance familiar.  Alberto Aziz y Lidia Pico, bellos amigos, nos hospedaron en su casa de Caballo Calco 340, a espaldas de la plaza Coyoacán, donde los bronces de la iglesia San Juan Bautista comenzaban a sonar desde las cinco y media de la mañana y no dejaban dormir como Dios manda.

Dejamos la ciudad de Cuernavaca el cinco de marzo, cuando la naturaleza explotaba en orquídeas, nochebuenas, bugambilias, rosas, jacarandas, ciruelos, amates, guayabos y demás milagros de la naturaleza de la ciudad de la eterna primavera. El día anterior tuvimos banquete íntimo en nuestro restaurante preferido, Los Tabachines, con vista espectacular a los volcanes. Era una tarde apacible y mágica que jamás olvidamos. A la mañana siguiente, furgoneta a reventar, desayunamos en Las Mañanitas, rodeados de plantas y pavo reales. 

Al cumplirse el noveno mes, a la medianoche, le llegó la hora a Glenys. Lidia nos prestó su Beatle WV y salimos los dos, nerviosos, navegando por calles y avenidas, directo al Hospital Metropolitano.

Habíamos pagado por un cuarto pequeño, pero dado que el hospital estaba lleno esa madrugada, tuvimos suerte y nos acomodaron una suite de lujo, por el mismo precio, donde parían las señoras elegantes. Parecía hotel, con televisión Sony gigante y camas ajustables a control remoto. El WiFi no existía en esos tiempos.

Una vez llegado al mundo, azul y serio, el bebé durmió en la guardería, entamalado por enfermeras, confuso todavía entre los dos mundos, el galáctico y el ruidoso. 

Por la mañana lo trajeron, aprisionado en cobijitas azules. Ya no azul, había cambiado a rosado, sonreía y olía a talco Mennen. Tenía pelo, melena negra azabache, todo un hippie. Su madre lo cargó primero, orgullosa y bella, con esa mirada de dulzura que tiene una mujer cuando es madre por primera vez. Después vino mi turno y una tierna descarga eléctrica me estremeció la espalda. Experiencia indescriptible. Lo habían peinado de partido y toda la cosa. Parecía un pequeño Buda en profunda meditación.

El Chato y Lidia llegaron temprano, antes de irse a trabajar, con flores y una botella de Dom Pérignon. Agradecimos, una vez más, su hospitalidad y atenciones. Una vez que se fueron,  eché un vistazo al menú del restaurante y ordené una carne asada a la tampiqueña, misma que llegó en media hora, abundante, calientita, deliciosa. Después de las veinticuatro horas de adrenalina, de espera y emociones, tenía apetito voraz. La engullí en un minuto, como troglodita, acompañada del champán elegante que vacié en tres tragos. Rematé con un eructo monumental que despertó al bebé. La pobre Glenys, bajo el efecto de los antibióticos, me veía con envidia mientras comía gelatina, consomé y fruta. Después de todo lo que pasé en las últimas veinticuatro horas, yo debería estar comiendo lo que estás comiendo, Gato.

Más tarde llegaron Luis de Tavira y Rosa, los Palacios, varios actores y músicos de las dos obras y el resto de los amigos. Todos trajeron flores. Parecía entierro.

Al día siguiente regresamos a casa de los Chatos. Pasamos una semana inolvidable, de paseos en carriola entre fuentes y jardines. Coyoacán es un sitio mágico. A veces deambulamos la calle Centenario hasta el Museo de Frida, donde el niño sonreía a las calaveras y monigotes de papel maché.

Ann livingston, gran amiga de Glenys, psicóloga y artista, insistió en que pásaramos los últimas dos semanas, antes de partir a Canadá, en su residencia de Polanco. Pensamos que sería justo darles un brake a los Aziz-Pico y una vez más cambiamos de casa, aunque solamente por tres días, dado que Ann contrajo hepatitis. El pediatra puso el grito en el cielo y salimos volados a casa de otras entrañables amigas, las monjas adoratrices, "Las Jalisquillas", donde al bebé le sobraron brazos y chiqueos. Las madres lo llevaban a la capilla todas las mañanas. Los vitrales multicolores le llamaban la atención y se quedaba viéndolos largo rato.

Lo bautizaron los jesuitas Alberto El Viudo Navarro y Carlos La Güera Espinoza, en casa de Jorge y Cristina Palacios, los padrinos. Asistieron al festejo Luis de Tavira, Rosa María Bianchi, y los Aziz-Pico. Emilio aguantó pacientemente oraciones, unciones y agua bendita. Sería nuestra última reunión con amigos.

Al mes, volamos los tres a Brandon, Manitoba, Canadá, a casa de los suegros, donde los acompañé dos semanas y luego volé a París, a reunirme con la compañía teatral y emprender la gira de las cuatro ciudades. Glenys, con el corazón partío: por un lado me extrañaría a mí, pero también la obra y su colaboración de máscaras y movimiento. Durante el año anterior, en cada una de las cien presentaciones de La Sombra del Caudillo, antes que se levantara el telón, corregía la expresión corporal, movimientos de grupo y coreografía de los actores. Como una liga tensa, el movimiento da credibilidad al actor. Cuando se afloja, todo se cae. Era su mantra.

 


 

30JUNIO2018

108. FANDANGOS Y SEGUIDILLAS

El cangrejo salió como bala hacia la parte opuesta de la sala. Yo a punto de gritarle que era broma pero ya iba a diez, quince, veinte, treinta metros de distancia, con su ráfaga de pasitos de enano de cuento. Finalmente se detuvo en un grupo de azafatas y pilotos de Air Canada. Mi presión arterial ascendía. Sabe Dios qué historias contaba pero lo escuchaban con interés. De pronto, todos voltearon a verme. Ufff... chin...fuck...

Años más tarde, con la llegada de Google, busqué por arriba y abajo, por un lado y por otro, al guitarrista flamenco con mi nombre. Usé todo tipo de combinaciones de palabras claves pero en vano. Eso sí, encontré a toda la palomilla: Paco de Lucía, Tomatito, Manolo Sanlúcar, Vicente Amigo, Sabicas, Niño Ricardo, Pepe Habichuela, Ramón Montoya, Paco Peña, Moraito Chico, Gerardo Nuñez, Camarón de la Isla, Diego Carrasco,  Paco Cepero, Manitas de Plata, Diego del Gastor, Ramón de Algeciras, Melchor de Merchena, Juan Habichuela, Juan Gómez, Niño Josele, Andrés Batista, Agustín Carbonell, Amir John Haddad, Pepe justicia, Esteban Sanlúcar,Juan Martín, y el único llamado Rafael era un tal Riqueni. Ni rastro de un Fuentes. O el ojos de cangrejo era un mentiroso, o tenía imaginación creativa. Seguro que ni tenía idea de la música flamenca. Los canadienses y gringos, cuando oyen a Paul Mauriat o Glen Miller gritan ¡olé! Confunden el tango con el paso doble, al gaucho con el charro y el culo con las cuatro témporas.

Ahí venía el zotaco, más apresurado que antes, con sonrisa de a millón, viendo siempre al piso y meneando la cabeza como guajolote. Dos azafatas lo seguían. Mala señal. 

—Are you Mr.Fuentes? —preguntó la rubia.

No, mi nombre es Mozart de Torreón, Beethoven de Tlahualilo, Malher de Cochabamba y Bach de Ciudad Acuña. Todo había sido broma, niña, chiste de mal gusto, puntada para salvar el pellejo de mi lira de los maleteros toscos. Pero ya era demasiado tarde, el genio fuera de la botella y la caja de Pandora abierta. Conste, no me había quedado de otra mas que mentir...no mucho, pero suficiente para darme un dolor de cabeza. Lo de famoso había sido el asunto que había dado al traste con todo. Solo de pensar que se regara la sopa me daba dolor de estómago.

—Yes, I am—contesté—. Nos saludamos. Mano delgada, tibia y aguada, como gatito recién nacido. No de malos bigotes la chamaca. Las curvas, todas, en su lugar.

—My name is Liza —dijo con voz melodiosa. 

Era la jefa de azafatas de mi vuelo y se puso a la orden para lo que se me ofreciera. Fantástico. El capitán había dado permiso que la guitarra viajara en el locker de la tripulación. Mientras hablábamos, el cangrejo cuchicheaba con la otra chica. Very famous, alcancé a oír. No se callaba la boca.

Ni siquiera hice cola para abordar el avión. Robert, finalmente me dio su nombre, me pasó, como Virgilio  a Dante, por todos los infiernos burocráticos de ventanillas y aduanas, directo hasta la sala de abordaje, donde pidió mi autógrafo. 

Gracias por apreciar mi música y por todos los favores recibidos,

Tu amigo

Rafael Fuentes.

—Sorry, Rafael, could you write it in English, please, so I can show it to my friends?—.Ni modo de negarme.

Liza me aguardaba al final de la escalinata, en la puerta del avión. Yo era el primer pasajero en abordar. Tomó la guitarra como si fuera objeto sagrado, la metió al compartimento de la tripulación, cerró con llave y dijo que el capitán quería saludarme. Vaya usted a saber qué tantos milagritos me había colgado. El piloto se presentó como Bob Netherway, originario de Vancouver. Había sido piloto de Aeromexico y conocía el DF a la perfección. Le encantaban el tacos y las Corronas. Después me echó, que conste, amablemente, a la canadiense, varios toritos: que si venía a Canadá a dar conciertos, que si conocía a Charles Dutoit el director de la sinfónica de Montreal, que si en España prefería tocar en el Palau de Barcelona o el Cofidis Alcázar de Madrid, que si mi estilo a la guitarra tenía influencias de Andrés Segovia.... Me las arreglé como pude para contestar y no meter patas grandes. Terminamos el interrogatorio con apretón de manos y deseos de buena suerte.

Mientras volábamos sobre el Lago Superior, gradualmente se iban borrando las imágenes de la gira de La Sombra del Caudillo... De la balacera de Huitzilac. La banda de música tocaba Hilario Jiménez vencedor, porque lo grita el pueblo entero, donde los actores desfilaban con pancartas y gritaban a todo pulmón, con ruido de tambora y juegos de luces: artimañas tavirescas que los músicos apoyábamos a saxofonazo pelón y estruendo de batería que cimbraba la bóveda del teatro. Escuchaba todavía la voz pausada del Caudillo, grave y con aliento a coñac: mira Hilario, no seas pendejo, los rifles los tengo yo. 

Mi despedida del teatro y de México había sido toda una clase de historia, de política, la más importante de mi vida que narraba escénicamente la clavada de estaca al inocente corazón del pueblo a manos del partido único, el corrupto, el futuro PRI que nos sacaría la caca cada seis años, con dedazos y madrugadas, cuando de Bozo pasáramos a Cepillín, Resortes, Vitola, Tin Tan, Marcelo, Madaleno y y el resto de la ensalada de presidentes chuecos. La abuela mentaba madres a Luis Cortinez y a Lopez paseos; el abuelo despotricaba contra los rateros de la presidencia que nunca habían compensado a los veteranos de la revolución;  mi jefa, atada a una silla de oficina, tecleando su condena en el infierno de Recursos Hidráulicos, con sueldo de hambre y promesas eternas de aumento. Mis cuates y yo nunca votamos porque si todo era chanchullo, que todos chingaran a su madre.

Recordé la escena de la cámara de diputados, cuando  yo cantaba el bolero que había compuesto en honor de la bella política: 

Sobre tus pechos descansan los senadores. 

Los diputados se abrazan de amor febril. 

Hasta el humilde romance de los delegados 

Sueña tus besos ardientes de rojo carmín... 

Eres la Bella Políticaaaa

Eres, un murmullo de amoooor.

 

Cuando me preguntan mis amigos por qué me quedé tanto tiempo a vivir en Canadá, contesto: 

Porque la troca de la basura pasa siempre puntual: día y hora.

 


 

23JUNIO2018

107. AEROPUERTO

En el verano de 1982 aterricé en Toronto, temprano por la mañana. Venía de la gira europea de la obra El General Madruga, de Luis de Tavira. Por la noche tomaría otro vuelo al centro de Canadá a reunirme con Glenys y Emilio, en Brandon, Manitoba. El bebé tenía ya dos meses de nacido.

Tenía que matar el tiempo todo un día. Aunque me gustaban los aeropuertos, ésta vez no estaba de humor para ver televisión en el bar o caminar por los largos pasillos durante doce horas. Busqué en mi libreta de direcciones y encontré un número telefónico: Tom y Jackie Bonic, Brunswick street 2456. amigos de Glenys. Dado que planeábamos establecernos en Toronto en dos mes, pensé que sería buena idea echarles un telefonazo y hacer contacto. 

Contestó Tom. Ya habían hablado con Glenys y esperaban mi llegada. Mi inglés era tan elemental que a duras penas se entendía, pero el ex jesuita  tenía intuición y me adivinaba las palabras.

Glenys y Jackie habían sido estudiantes en la universidad de McGill, en Montreal, en los sesentas, y eran buenas amigas. Glen terminó la carrera de teatro y se reclutó en la escuela de movimiento de Jacques Lecoq, en París. Jackie se graduó de diseñadora y entonces trabajaba en Toronto. Tom era maestro del Catholic Board of Education y era maestro en una escuela primaria.

Quedamos que me recogería en una hora en el aeropuerto e iríamos a un restaurante especializado en langosta y cangrejo de Alaska. The owner is Greek, a very good friend of mine and the place is very chic and elegant, but don´t worry, we are allowed to dress like hippies, ha ha ha ha. Sepa Dios que decía. Lo único que entendí es iríamos a un restaurante, lo cual me pareció perfecto.

Mientras lo aguardaba, regresó el avispero de imágenes e impresiones de la gira. Fue intensa, agotadora pero había dejado una honda satisfacción de arte bien hecho, trabajo bien cumplido. La gira había sido un limbo, línea de frontera que separó los únicos dos mundos que habitaría en mi vida: Mex y Can. Durante el día todo era turismo por museos y parques: Van Gogh, Durero, Rembrandt, Bruegel. Un banquete visual extraordinario. Las noches eran de trabajo intenso. La disciplina de Luis es jesuita, de Ad Majorem, de concentración y entrega incansable. Antes de la obra se meditaba. Después de la tercera llamada, músicos y actores nos entregábamos por completo al arte de la comunicación escénica. Era ritual, ceremonia

¡Vaya experiencia la de los años de teatro! Trabajar con Luis fue una aventura creativa, de aprendizaje y trabajo intenso, de darlo todo, alma y corazón por el teatro social y político. Era su época brechtiana. Trabajo serio de equipo, arte comunitario.

Tom era originario de Saskatchewan, provincia al oeste de Canadá, tierra de cowboys, granjas de trigo y ganado. Croata, extrovertido y divertido, intelectual, profeta y loco que sería, y es todavía, mi mejor amigo en el exilio.  Alto, ojos azules, mirada de visionario, optimista de hueso colorado, jesuita de alma y corazón, defensor de los débiles y enemigo de Regan y los Contras. Me dio un fuerte abrazo que casi me sacó el aire y nos fuimos al restaurante Olympus, donde Dimitrius, el dueño, nos recibió con grandes ademanes y sonrisas. La especialidad de la casa, el cangrejo de Alaska, era un montón de huesos rosados y picudos que había que destripar con pinzas y pica hielos. Tuve que pedir una orden de camarones gigantes para quedar satisfecho. Hablamos de todo y sin parar: los jesuitas, la nueva computadora Commodore 64, la idiota Margaret Thatcher, la guerra de Líbano, el cerdo argentino Leopoldo Galtieri y las travesuras de Jagger y Margaret Trudeau. 

Nos despedimos por la tarde y me reiteró que cuando regresáramos a Toronto, en dos meses, nos quedaríamos en su casa hasta que tuviéramos donde vivir. Muy generoso de su parte, dado que Brunswick street 2456, casa de cuatro pisos y buhardilla, hospedaba a los Bonics y a cuatro inquilinos más que ayudaban con la renta. Una tribu. Tom renovaba el sótano para añadir baño y recámara para las niñas: Alyssa de cinco y Stephanie de tres años de edad. 

Ya en el aeropuerto, me presenté con mi boleto a Brandon y me expidieron el pase de abordar. El empleado de Air Canada, un flaquito de ojos de cangrejo, inquietos e inquietantes, despachaba rápidamente. Cuando estaba a punto de poner la etiqueta al estuche de la guitarra, le dije:

—Perdón, no quiero la guitarra en el equipaje, es nueva, clásica, española y la acabo de comprar en París.

Contestó que era rutina que las guitarras fueran en el equipaje; regla de la aerolínea. Le dije que Air France me lo había permitido sin problemas. Son aviones más grandes, dijo muy serio. Leyó una vez más mi nombre en el boleto, después levantó la mirada lentamente, sonrió, me vio fijamente, y con voz pausada y expresión amable me pregunto:

—Are you the famous Rafael Fuentes, the musician?

Perdí el habla por unos segundos. Sí, pensé, me llamo Rafael Fuentes, pero y, ¿lo de famoso, de dónde lo habría inventado? Imposible que hubiera oído de la gira europea. ¿La Fauna? Más improbable todavía. Definitivamente el boletero me confundía con alguien; ahora que, si quería salvar la guitarra de la paquetería y maleteros salvajes tendría que echar una mentira, bueno, mentirita blanca. Era una flamenca de la firma gachupina Prudencio Sáez. Me había costado un ojo de la cara. Una pequeña falta al octavo mandamiento no era para tanto. Después me subiría al aeroplano y no vería más al cangrejo por el resto de mis días.

—Sí, contesté, soy yo..

—Tengo todos sus discos en mi casa. Nadie toca el flamenco como usted. 

—Gulp.

 


 

16JUNIO2018

106. CLAUSTROFOBIA

Toña era nueva en la ciudad. Jamás había salido del rancho San Lorenzo, municipio de Hormiguero. La inocente se sentía extraviada y frágil en el mundo de asfalto y cemento. Lupe, la sirvienta anterior, había decepcionado a la abuela. El trailer que se estacionaba a la vuelta no era accidente sino intención. No en balde la muchacha tardaba siglos en ir a los mandados. Las tortillas llegaban frías y los tomates despanzurrados por el calor. La abuela decidió que yo la acompañara para saber dónde diablos se mete.  Antes de llegar a la tienda se detuvo frente al trailer y me dijo: tengo que ir arriba a tratar un asunto, no tardo, siéntate en la banqueta. Si rajas leña te mato. Imaginé que seguramente planeaban el robo de un banco o algo parecido. En todo caso nunca rajé leña. Quince minutos en la cabina. Seguramente discutían mucho pues Lupe salió bufando y sudorosa. 

Toña recibió entrenamiento exhaustivo en los asuntos de la vida citadina; al tercer día terminó en cama víctima de una migraña criminal. Le tenía miedo al refrigerador, al tocadiscos, al tostador y a la olla express. A todo se fue acostumbrando menos al teléfono, el cual le parecía cosa del diablo y le resultó problema insuperable. Las tías la instruyeron en cómo contestar: Mira Toña, es fácil, suena, vienes, descuelgas y dices: Casa de la familia Orduña, y esperas a que te digan quién es y tomas el recado. La pobre chica miraba aterrorizada al monstruo de plástico. Bajita, bizca, ágil e inteligente, la pobrecilla se mordía las uñas mientras escuchaba las instrucciones.

Parte de mi aversión telefónica sin duda se remonta a los tiempos de Toña. Nunca había visto semejante reacción a lo desconocido. No era el brinco instintivo frente a cucaracha, ratón o alacrán. Era terror teológico, existencial, de algo que era definitivamente contra natura. Esa cosa negra que hablaba era el absurdo de Camus, la náusea de Sartre, el anticristo. El día que lo contestó por primera vez, al sonar el segundo ring, las tías le dieron la señal de contestarlo. Toña extendió la mano, insegura, boca abierta, ojos atónitos, el alma en vilo. Descolgó y lentamente acercó el aparato al oído. La chica soltó un grito espantoso, un chillido de angustia estilo Bates Motel y salió disparada hacia la calle, fuera de sí, como loca. Córrele Fito, alcánzala antes que la atropelle un coche!

Por la noche, más tranquila, explicó que lo que había oído no era una voz, sino un sonido horrible, como chicharra, algo que no era humano. La abuela borró esa actividad de la lista de obligaciones y Toña se concentró en su especialidad: lavado y cocina. Ignorábamos que era una gourmet del menú norteño:  carne adobada, mole, barbacoa, camarón en aguachile, pollo en pipián, tamales, jabalí asado, liebre a la naranja... Toña era una hada madrina del arte culinario. Decepción de Graham Bell, milagro de Epicuro.

De niño, nunca hice llamadas telefónicas. Todos mis amigos vivían en la privada y no había necesidad. Me limitaba a contestarlo. Odiaba que me confundieran, dada mi voz de niño, con mis tías. Peor aun, que me llamaran señorita. Para colmo de males escribir recados no era mi especialidad. Nadie entendía mi letra y mis faltas de ortografía irritaba a las abuela y las tías.

Usar el teléfono para cosas prácticas me parecía lógico, pero no para estar noviando o baboseando, hablando pendejada y media. En la funeraria de los tíos, el aparato estaba reservado exclusivamente para el negocio, lo cual me parecía lo correcto. MI tío Jesús hubiera desollado vivo a quien abusara de la regla.

El abuelo, una vez jubilado y en casa, tenía su estilo personal de contestar: ¡No hay nadie, estoy sordo y las mujeres regresan más tarde!  Al grano, breve y efectivo. 

Entre los cinco y los diez años le agarré amor al teléfono... de cartón. Los botecitos de polvo para hornear, marca Royal, eran auriculares y bocinas de primera. Hice toda una red de comunicaciones entre las casas de mis amigos del barrio. Los Herrera vivían a treinta o cuarenta metros de mi domicilio y apenas los oía. Miguel el andaluz a dos casas y la recepción era perfecta. Cachis y Mundis de enfrente, se oían bien pero tuvimos problemas de cordones enredados en antenas de coches pasando.

Fue el verano de la comunicación alámbrica. Sin centros comerciales ni Internet, durante julio y agosto había que buscar formas de matar el tiempo: trompo, yoyo, canicas, balero, patín del diablo, chinchilaguas, arrimados, caballazos, etc. La etapa del teléfono fue una de las mejores. Cierto que cambiamos de ubicación ya la policía de tránsito atendió las quejas de choferes y deshicieron la red de comunicaciones. Cambiamos el centro de operaciones al parque La Alameda. Inventamos el super-teléfono, con botes de avena y cordón más grueso que se escuchaba a una cuadra de distancia. Los policías no dejaron jugar con tal que no pisáramos los jardines. Absurdo, dado que durante la canícula no crecían ni césped ni flores. Puros matorrales del desierto. 

Me hubiera reconciliado con el teléfono durante la adolescencia, pero con un solo aparato en la sala, donde la familia transitaba todo el día, era imposible hablar con mis novias. Además, sabía que la abuela espiaba mis conversaciones desde la cocina, haciéndose la dormida.  

En el noviciado y juniorado no lo usamos jamás. Teníamos comunicación directa con Dios desde la capilla. 

Llegué a la capital con aversión absoluta al teléfono. Solo breves llamadas, de hola y adiós. La misma ley de Herodes la apliqué a los autobuses: ambos me producían la sensación de estar atrapado en una lata de sardinas: claustrofobia pura.

Jamás me hicieron falta ni la tripa ni el cascarón de fierro. Nunca he entendido cómo Emilio y Glenys son ratas esclavas del teléfono. Se pasan horas calentando oreja, monosilabeando en tono recto... absurdo.

Tampoco entiendo a los borregos, que en fila india se meten a las latas de sardinas de Transportes del Norte, Greyhound o Niagara Air Bus. Si es por necesidad, mis respetos. Si por gusto, mi sacada de lengua.

En la niñez me mandaban al rancho en una Paloma, línea de autobuses Torreón-San Pedro. A los diez años me mandaron por primera vez. Un panzón sudoroso con aliento a Tecate era el chofer. Tomaba las curvas a derrapada limpia, con rodadero de gallinas y canastas y mentadas de pasajeros. Un olor a diesel y humanidad flotaba en el vehículo. Las ventanas solo se podían abrir un poco, supongo que para evitar suicidios, pero el hervidero de panzas y cerebros era peor que la lanzada. 

Me gustan los trenes. Lentos pero seguros, divertidos. El carro observador y el restaurante son mis vagones preferidos. Los norteamericanos son casi centros de diversión: WiFi, pantallas de cine, gimnasio, bar y ventanas panorámicas. En el tren, de primera o quinta, no te sientes atrapado. Los pasillos son anchos, la gente más amable, quizás porque no tienen prisa.

Y así me he liberado de la claustrofobia. Me salió barato. Por un lado evitar el teléfono me ha quitado estrés y el caer en la tentación de pecado capital de la gula verbal. Si cada palabra ocia te será tomada en cuenta a la hora de la muerte, estaré libre de polvo y paja. Por otro, me he ahorrado el gasto de autobuses urbanos y foráneos. Caminar y andar en bicicleta mantienen mi corazón sano, los trenes me dan paz y la vida tiene más sentido.

He ahorrado también en sicólogos. Es mejor, y más efectiva, la terapia de ignorar traumas. Sigues con ellos pero no los pelas. Gradualmente dejan de molestarte. Es increíble el precio de cada sesión. Como las putas, con expertos en el sofá, te hacen acostarte, te hurgan y restriegan el pasado, te manda a casita sin orgasmo y turulato. Todo el dinero que he ahorrado en evitar estos hijos de perra está en mi cuenta de cheques.

Karen, mi psicóloga de cabecera, tiene permiso de remover partes de mi materia gris, pero cuando viene al teléfono y los autobuses la paro en seco. Oops I´m sorry Gato, I forgot, se excusa, sonríe y cambia de tema. Es buena para escarbar subconscientes. Su abuela era amiga y colaboradora de Jung y enemiga acérrima del macho de Freud. Karen y su abuela fueron sicólogas feministas desde antes que se inventara el concepto.


 

09JUNIO2018

105. AIR FRANCE

No extraño la juventud. Me siento cómodo en la vejez, con todo y achaques, arrugas y noches en vela. Concibo la vida como principio y fin, entrar y salir cuando te toca, sin prórrogas ni lloriqueos. Aferrarse a la vida cuando la muerte llama a la puerta, es actitud necia, vanidosa. Sí, hay que poner los medios para seguir resollando: vida sana, vitaminas, meditación y medicinas; pero no estoy de acuerdo en invertir todos los ahorros, asaltar parientes y amigos con préstamos, quedarte con una mano adelante y otra atrás con tal de seguirla rolando en la vida aun en estado vegetal. Yo no jugaría al ajedrez con la muerte como mister Blovk. No, ¡qué hueva! Al mal paso darle prisa y a otra cosa, mariposa.

No extraño la niñez ni la adolescencia. Tampoco la juventud, quizás porque la viví intensamente: abrí y cerré todas las puertas posibles, crucé fronteras, viví el arte, la pasión y el vino. Todo en exceso. 

La madurez llegó con la paternidad y la familia. El día que crucé la frontera canadiense, julio de 1982, pasé a otra dimensión, similar al otro julio, dieciocho años antes, al entrar al noviciado. Cuando aterricé en Toronto, venía aturdido, lleno de voces y viajes, ensayos y teatro, telones y aplausos. Recién desempacado de la gira de teatro, Alemania-Suiza-Holanda-París, con la obra de Luis de Tavira, El General Madruga, invitados por el festival alemán Horizonte82. Diferente a las giras de la Fauna, de cuatro gatos en furgoneta, la compañía Teatro Épico era un pueblo: actores, director y asistentes, técnicos y tramoyistas, músicos, instrumentos y una tonelada de utilería, incluyendo armas de fuego –Mausers-, para la última escena en Huitzilac. La crítica europea nos trató bien. Y así fue que me despedí de México, en Europa. Eché mi lagrimita al despedirme de los dos Luises: Márquez, galeno ilustre y De Tavira, mecenas, promotor, protector, a quien le debo tanto. Sin el teatro mi vida se hubiera perdido la aventura más loca y fantástica: el arte de grupo. Y, por supuesto, sin el teatro no hubiera conocido a Glenys. Como dicen boxeadores de Tepito: Todos se lo debo a mi manager y a la Virgencita de Guadalupe.

Crucé la frontera y se inauguró el gran y enorme silencio. Noviciado y exilio, Puente Grande y Toronto, fueron estaciones similares de transformación espiritual, cuando el século había quedado tras la puerta y dentro todo era casa de oración. Los ejercicios de Ignacio me habían equipado, de por vida, con un machete filudo para cruzar la jungla de tiempos y espacios, leones y serpientes, crisis y depresiones, y preservar alma y corazón. 

Después del run run del vuelo, bajé la escalinata del Air France, y cuando el oficial de aduanas selló el  pasaporte con mi foto de cara asustada, ¡pum!, crucé el Rubicón y el velo de Maya a un tiempo. Las cosas ya no eran como aparecían, sino como eran: la devaluación del peso, la recesión económica canadiense, la búsqueda de casa y los pañales. No hubo tiempo de ensayos, había que improvisar, sin texto ni dirección. 

El entusiasmo del noviciado reapareció al principio de esta etapa. La semilla de Ignacio germinaba una vez más. El Ad Majorem Dei Gloriam es llanta salvavidas que te rescata de cualquier naufragio. Los ejercicios de mes, la oración y la disciplina, como cubo rubik, nos habían rediseñado alma y mente a los dieciséis, y 18 años después, en tierra de hurones, todavía podía sacar riatas del mismo cuero.

Una vez instalados en la calle Shuter, en Toronto, nuestro mundo se centró en el niño nuevo que ya gateaba y hablaba garabatos. Salomónicamente dividimos su cuidado exactamente a la mitad. El primer año, compartimos botellas de leche y noches de desvelo. Ella lo cuidaba por la mañana mientras yo ensayaba. Se iba a trabajar al mediodía y yo entraba al quite. Por la noche me iba a cantar a restaurantes y ella me suplía. En el verano lo llevábamos al parque, a los columpios; en el otoño a ver las hojas volar entre los árboles; en invierno a paseos en trineo. 

Había que aprender nuevas mañas: el idioma inglés, tomar autobuses, trolebuses y metro, preparar papillas, tocar guitarra en bares y acostumbrarme a mi nuevo estatus de inmigrante. El Gato de la Fauna y teatro desapareció, para siempre, en la guarapeta. México se fue diluyendo, gradualmente, en recuerdos. Digo, lo mexica no se quita ni aunque quieras y como México no hay dos, pero, como a los camaleones, el cuero te va cambiado de color en la tierra nueva; evolucionas, pierdes alas pero te crecen uñas, no aullas, ahora gruñes. Básicamente es un cambio de coyote a castor

Sin internet, el correo era el medio de comunicación con parientes y amigos. Malo para la correspondencia, flojo al escribir a mano, mi brevedad de estilo, tipo telegrama, no tuvo éxito. Al año, compramos computadora, pero no impresor. Tampoco había internet. Faltaban todavía cinco años para que fuera popular y se desparramara por el mundo como incendio en ventolera.

Yo cuidaba un niño, Glenys, dos. El primer año pasé las crisis mayores del shock cultural, de niño perdido, de Gato añorando música, músicos y giras. Gracias a ella no me volví loco. Siempre he pensado que las mujeres son más fuertes que nosotros en tiempos de crisis... Por eso Dios decidió que ellas tuvieran los niños. De lo contrario el mundo estaría vacío.

 


2JUNIO2018

104. NEGOCIO FAMILIAR


El exilio y la familia cambiaron no solo el rumbo, sino el tempo de mi vida. Un alud de pañales estaba escrito en mi carta astrológica. Emilio nació hambriento. Los ángeles lo mandaron sin desayuno. Despertaba cada quince minutos: biberón, cólico y pañal era la secuencia nocturna. Lo cargábamos, palmeábamos su espaldita: eructo y a dormir. Los tres lucimos, por varios meses, ojeras draculinas.

Tuvimos solo un vástago por problemas de embarazo. Una cadena de abortos espontáneos casi nos convenció que nunca tendríamos hijos, pero se nos concedió el milagro y Emilio vino al mundo el primer día de la primavera de 1982.

Sin darme cuenta, la vida familiar me fue cambiando de piel. De fiestero a ermitaño, de mujeriego a perro fiel y de importamadrista a responsable padre de familia. Todo había cambiado en mi nueva vida, como borrón y cuenta nueva. Mi identidad era diferente: espalda mojada, inmigrante. Casi era volver a nacer,  empezar de cero: idioma, costumbres, trabajo, amistades, todo.

En cierta forma los tres éramos extranjeros. Glenys, después de pasar quince años entre París y México regresaba a un país diferente y en recesión económica. Amigos y contactos, como piezas de ajedrez, habían cambiado de posición, universidad, ciudad, país. Sus mejores amigas no estaban a la mano, una vivía en Vancouver a 3,500 kilómetros de distancia de Ontario; la otra en Bermudas. 

Hubo que trabajar horas extras, los dos primeros años, para librar renta y comida. Nunca perdimos ni el humor ni el sentido de aventura. 

Emilio, una vez que pudo hablar, se declaró mi defensor de la discreta discriminación canadiense, que era de estilo británico, indirecta y educada. Si alguien criticaba mi acento o mi origen latino, el chico se ponía al tú por tú, con tanta vehemencia que en varias ocasiones tuve que pararlo en seco. En la primaria se hizo defensor de las causas étnicas. En más de una ocasión se trompeó con otros por defender al negrito o al chinito del salón. Tuvo broncas, en la primaria, con el maestro de historia, quien hacía un baturrillo de la conquista de México. Moctezuma había matado o Cortez, los mayas habían inventado la cerveza Corona y las pirámides eran hoteles para los conquistadores. Tuve que ir al colegio, con frecuencia, y hablar con el profe, quien aceptó mis sugerencias y me obsequió con un paquete de seis Coronas. Ja ja. Buena bestia el hijo de puta, ignorante pero noble. ¡Hic!

DramaSound emergió como negocio familiar.  Los tres colaboramos en planear, crear, promover y vender discos compactos. Yo había aprendido el arte del negocio en casa de mis tíos y primos, los Cepeda. Cada funeraria era negocio familiar, todos trabajaban para la causa, había amor a la camiseta, dedicación y trabajo serio. Toda mi niñez los vi sobarse el lomo en su chamba, que hasta la fecha es su modus vivendi.

Después de la era de los pañales vino el kinder, la primaria, secundaria, bachillerato y la universidad. A los diez limpiaba el estudio, a los catorce preparaba paquetes de discos para el correo, a los dieciocho colaboraba en grabaciones y era vendedor en conferencias. 


 

26MAYO2018

103. Sigue de Amor la Llama.

Los divorcios son heridas que tardan en cicatrizar. El impacto moral es tremendo. En mi caso, los trámites fueron un fastidio de citas y sermones de la juez en turno, mojigata chapada a la antigua que defendía el matrimonio como una institución eterna, inconmovible. Para colmo de males la ley requería tres firmas de la pareja, durante un año, en tres fechas diferentes. Ojalá que esos requerimientos fueran obligatorios para expedir el acta de matrimonio. Habría menos divorcios.

Entre la segunda y última firma, Luis de Tavira me presentó a Glenys McQueen, canadiense experta en movimiento que trabaja para el Centro Universitario de Teatro y forma parte del equipo de la obra.  Tuve un ataque de amor a primera vista, flechazo al corazón. La mujer me causó un terremoto interior...en cambio ella ni me notó. Me dio la mano, dijo nice to meet you y regreso a su trabajo. Como yo, la chica andaba en trámites de divorcio, precisamente entre la segunda y tercera firma. Vaya coincidencia. 

Dado que no fui correspondido en el encuentro inicial me concentré en el trabajo. Hubo muchos ensayos en los que ella y yo colaboramos juntos en coreografías, música y movimiento. Fue entonces cuando empezaron las miradas y sonrisas. Está siendo amable nada más, no te vueles, pendejo. Y no me volé, pensaba en el dicho popular que no hay mujer imposible sino mal trabajada. Por primera vez en mi vida calmé los perros del amor y comencé una conquista táctica, cerebral.

Poco a poco fui captando el término experta en máscaras y movimiento. Al imbuirse el actor en el personaje que representa, gradualmente se da una transformación mental, psicológica, una apropiación de la otra personalidad. Supongo que tiene que haber un distanciamiento, una frontera que impida la absorción total del personaje, de lo contrario habría una esquizofrenia. El director incita, promueve y ensaya una y otra vez las escenas para que los actores se identifiquen mentalmente con el personaje.  

El trabajo de Glenys era ayudar al actor a traducir el proceso mental al cuerpo, al gesto y movimiento. El teatro no es cine, no hay close-ups ni trucos de cámara. Escenografía e iluminación son las únicas ayudas visuales. El cuerpo tiene una tarea importante a realizar. Una actriz joven que personifica a una anciana, un actor en el papel de un militar, empresario, político o sacerdote, tienen que entrenar el cuerpo de acuerdo con el carácter. 

La parte más fascinante del trabajo de Glenys era el uso de la máscara. Objeto casi esotérico, éste objeto requiere actitud de reverencia y respeto, similar al del chamán o el guerrero tribal de las culturas antiguas que se pintaban el cuerpo y cubrían la cara para el ritual o la guerra.  El actor escénico, inicialmente, debe tomar la máscara en sus manos, observarla, descifrarla, beber su energía. Al ponérsela, la máscara guía, conduce y define al personaje. Hay que dejarse llevar por ella. Fascinante disciplina de teatro que ha viajado desde la China Antigua, los trágicos griegos, los Mayas y Aztecas, los Haidas de Vancouver, Kabuki de Japón, la Commedia dell'arte italiana, hasta llegar a la Honesta Persona de Sechuán en la Ciudad de México, en los setentas.

Una noche de verano, después del ensayo, Luis preguntó si alguien podía darle un rait a Glenys al sur de la ciudad. Levanté la mano...y sellé mi destino. Era la oportunidad que por semanas había estado esperando. Por lo visto el amor era el único chicote que mantenía controlaba mis aceleres. Durante el viaje hablamos de la obra, único tema de conversación que teníamos en común. Manejaba un Datsun standard, de palanca de velocidades. En el cruce de Universidad y Taxqueña metí segunda y por accidente rocé el envés de mi mano con la suya. Una descarga eléctrica me bajo del cuello al espinazo, pero lo despisté estoicamente.

Ambos veníamos de tierra plana y sin montañas. Yo, del desierto de Coahuila, tierra de algodón. Ella de las llanuras de Manitoba, ganado y trigo. Su abuelo era granjero, el mío también.  Entablamos un diálogo amable, tranquilo, una identidad de visión del mundo, del arte, teatro y justicia social, por horas, meses, años; cuarenta, para ser específicos.

Nos casamos en Brandon, Manitoba, en diciembre de 1980, en una capilla de madera de cedro, en medio de una tormenta de nieve, a cuarenta grados centígrados bajo cero. 

Dos años después, al principio de la primavera, nació Emilio. Lo vi pateando al aire en brazos del galeno, morado como Huitzilopchtli a través de la ventana de la sala del hospital. Me clavó una mirada muy seria el chamaquito. No, no,  los recién nacidos no distinguen nada, no pueden ver. Pinche médico ignorante, ¡por supuesto que me vio!


 

19Mayo2018

 

102. La Felicidad es un Arma Caliente. 3

El método teatral de Luis de Tavira me enseñó una forma diferente de hacer arte. Yo era cancionero, de una sola herramienta de seis cuerdas, versos y estribillos. El tema de la canción era siempre casual: una noticia en el periódico, una sonrisa en la calle, una mujer bella, un niño llorando; estímulos cotidianos para mi obra de arte de tres minutos. Si yo era Gepetto haciendo títeres musicales, Luis era Zeus armando la gran bronca de la creación: quemadero de pestañas en libros, libretos y argumentos; telefonazos a actores, diseñadores, iluminadores, escenógrafos, costureras y compositores; análisis de texto con los actores, noche tras noche, bostezo tras bostezo en un remolino de exégesis teatral que mareaba. Finalmente, los ensayos, la repetición eterna de escenas, frases y movimientos, una y otra y otra vez, una y otra vez. Lo que para mí, al escribir una canción, era borroncito y cambio de palabra, en el teatro era un repetir, repetir, repetir y ensayar la escena hasta el aturdimiento. Trabajo de locos.

El loco no es el director sino los actores que aceptan el contrato cuasi-militar de entrega total a la causa de Tespis. A la una de la mañana, exhaustos al punto agónico, después de horas de trabajo, repetían la escena una vez más, llenos de energía y creencia escénica. Practicaban el agere contra en forma absolutamente jesuita. Desgaste mental y corporal que rayaba en la tortura. Mejor ser plomero destapa-caños, blanco de proyectiles en puesto de feria, limpiabotas, padrote, tragafuegos en Insurgentes, lambiscón de políticos, víctima de tortura china... que  ser actor. Además, eso de vestirse diferentes personalidades una y otra vez, obra tras obra, suena a complicación sicológica que puede conducir a un on toy del que quizás no regresas.

En el teatro aprendí a componer música sobre la marcha, improvisar durante las escenas, entrenar actores a cantar, clavar los ojos en la acción para producir efectos especiales con la batería, guitarra, acordeón o flauta. 

El compositor de una obra de teatro hace su trabajo y se va. No así en aquella etapa de Luis, cuando sin decir agua va, me echó a la olla de la sopa escénica con todo y músicos. Éramos parte del arrabal más grande del mundo: Sechuán, vestidos de instrumentistas callejeros, cantantes de autobús, de esquina, de tasca de quinta.

Mi trabajo estaba dividido en tres partes: componer música y canciones, ensayar cada noche antes del estreno, y tocar con el grupo musical durante las presentaciones. La primera parte era siempre la más interesante porque era mi territorio, enhebrar notas y palabras. Nunca había compuesto por encargo. De hecho siempre había resistido sugerencias e imposiciones. Pero me había entregado al teatro en cuerpo y alma, como el esclavito indigno de Ignacio. Además, el trabajo en equipo con aquella paella de

Actores, carpinteros, diseñadores de escena y demás raza de carpa y el director genio, era tarea fascinante.

Metí toda la carne al asador y compuse la mayoría de la música en un día, encerrado en una casa en Cuernavaca, con alberca, jardines y cocinero, cortesía de una buena amiga, y me empaché de canciones, oberturas y temas musicales

Ensayar con los músicos lo aprendí en La Fauna. Terreno conocido. Las sesiones de trabajo eran intensas pero divertidas. Los hermanos Memo y Erik, Bob, Patricio y mi buen amigo Luis Márquez, fueron fieles a la causa, con harta disciplina y entusiasmo. Después de aprendernos la música y canciones a la perfección, nos injertamos a la trama de Brecht y empezamos ensayos con los actores. 

Mi rol, durante las funciones, era similar al de los tramoyistas que subían y bajaban telones y cambiaban utilería. Ellos y yo seguíamos el guión, en la oscuridad, iluminados por una lamparita, aguardando el momento exacto para intervenir entrar en acción: efecto, canción, obertura...

Trepados en el tapanco, envueltos en harapos, máscaras y sombreros, los músicos gozamos de aquel extraño y fascinante universo de actores y público. Desde arriba, éramos testigos del flujo y reflujo de energía que iba y venía del escenario al respetable y viceversa. Cada noche, la obra repetía las mismas acciones y palabras, pero cada vez era completamente diferente. No era cine. También el público cambiaba: los había bobos, inteligentes, tontos, fríos y, los más terribles, los indiferentes. 

Desde nuestro pequeño andamio de dos por dos metros y uno y medio de altura, inmóviles para no distraer, atentos para intervenir, cada músico tenía su dotación de agua, galletas y tacos, dado que los actos eran largos, casi de una hora. Que me perdone Luis pero es demasiado tarde: en mi mochila de provisiones cargaba siempre una botellita de tequila para los ratos de crisis; y que no me cuenten que el famoso Sófocles no estimulaba su inspiración con un sorbidito de ouzo, come on, escribir tragedias no era cosa fácil.

Trabajé en más obras de teatro, con el mismo grupo musical, con diferentes atavíos para cada ocasión: campesinos, militares, banda norteña, locos de manicomio, etc.

Época de felicidad intensa.


12MAYO2018

101. La Felicidad Es un Arma Caliente. 2

El año en Montserrat iluminó aún más mi concepto de felicidad. Trabajé de jardinero, ayudante de orfebrería y cerámica, chofer y repartidor de vegetales a ermitas . El abad, en el monasterio, me asignó un padre espiritual y un maestro de música, pero de los ermitaños, arriba en la punta, vendría la luz que necesitaba para continuar mi camino.

La salida de la orden jesuita había pasado por varias etapas. Un año antes hice un viaje a Dinamarca a consultar el oráculo de Delfos: mi ex padre espiritual, Jorge Manzano. Aterricé en Copenhagen la mañana del 20 de agosto de 1971. Tomé un cuarto en el hotel Nyhavn, y corrí al bar Ostrossen donde habíamos quedado de vernos, a las doce del día, en las mesas al aire libre que miraban al parque. Ví al maestro a lo lejos, con dos vasos de cerveza alemana, Dunkel. Le encantaba la ceremonia casual, sin abrazos ni histerias. Me senté y le dije:

—¿Quiubo?

—Nada.  Aquí nomás.

Hacía dos años que no nos veíamos. Tendríamos  un encuentro similar en la Plaza Trafalgar, en Londres, dos años después, al pie del león izquierdo de la columnata de Nelson, tal como lo habia ordenado.

Copenhagen era ciudad tranquila. Famosa por sus  inviernos terribles, pero en verano era soleada y fresca, los mercados al aire libre muy activos y las plazas llenas de palomas y niños.

—Mi amiga Mette te espera en su casa, en el pueblito de Dragor, a 45 minutos de aquí, donde te conseguí hospedaje por diez días.

—Gracias, qué buena onda. Espero que esa Mette está guapa e interesante.

—Tiene noventa años

—No la chingues.

Pasé diez días en Dinamarca. Jorge daba clases en la universidad, por la mañana. Las tardes las ocupábamos en pasear por sitios históricos y museos;  las noches en charlar en su cuarto, en casa del filósofo Soren Kierkegaard, donde vivía con tres ancianos que mantenían y cuidaban el sitio histórico.

La última noche me dio su opinión sobre mi situación: En conclusión, querido Gato si quieres dejar la Compañía tendría que ser en igualdad de circunstancias.

—¿Igualdad de circunstancias?

—¿No eres feliz en la orden?

—Algo hay de ello.

—Qué fácil es dejar un sitio porque no eres feliz.

—¿Cuándo puedo salir, entonces?

—Cuando seas feliz en ella, completamente. No dejas un sitio porque eres desdichado y buscas otro para   ser feliz. En este mundo no vivimos para ser felices... la felicidad es el punto de partida, no la meta. Si la infelicidad fuera el termómetro para cambiar de sitio, la pasaríamos, en el baile de la vida, cambiando de sillas. Sé feliz ahora, mañana, siempre, en cualquier sitio, en cualquier situación. El mundo es un sitio maravilloso.

Guardamos silencio. Sacó una botella de tequila que tenía escondida al fondo del closet de Sören y dos copas-caballitos. Después de servirlas generosamente, brindamos por la vida, brazos enganchados, miradas empupiladas y dos gulps hasta el fondo.

Jorge era un renaissance man, complejo, impenetrable, un Harry Haller, lobo estepario fascinante y misterioso. Filósofo y maestro brillante que había traído a mi generación jesuita un ingrediente nuevo en nuestra formación: Celebración y misterio. Era un bello enigma de ser humano. La última vez que lo vi, años después, fue en Guadalajara, en casa del Cervantes, donde libamos, los tres, la misma receta de agave.

Sentados, ya en silencio, en el cuarto donde Kierkegaard había escrito Temor y Temblor, en la calle Bredgade número ochenta, escuchamos el tamborcillo y flauta del cambio de guardia del castillo Rosenborg y nos despedimos de abrazo fuerte. Era la media noche.

En Cataluña, el canto gregoriano y la meditación zen fueron el valium que tranquilizaron mi espíritu después de que abandoné, felizmente, la Compañía de Jesús. No era precisamente el voto de castidad, como siempre pensaron mis amigos, sino el de obediencia el que había torcido el rabo de la burra.

Las noches en la montaña de Montserrat fueron experiencias sublimes, espirituales, místicas. A mil quinientos metros de altura, bajo un cielo vibrante de constelaciones y estrellas, la montaña navegaba en silencio como un trasatlántico sobre el mar de niebla que se extendía desde el río Llobregat hasta el Mediterráneo. El gregoriano vibraba en gargantas benedictinas en la basílica, y acariciaba el alma en un manto de consolación espiritual, lágrimas de San Pedro, urgencia de tres tiendas y sed insaciable de infinito. 

Al regreso de Europa me aguardaban varias sorpresas, algunos amores, dos matrimonios, el pirograbado en piel y el teatro de Tavira. Todo un paquete de felicidad envuelto para regalo.

Los amores fueron intensos, todos bellos, relativamente breves como los europeos; hasta que un día, caí en la primera trampa del matrimonio. Después de cuatro años vino el divorcio. 

Fue cuando decidí, burrada de burradas, dejar la música y transformarme en pintor de caballete. Pasé dos meses copiando figuras de yeso en la Academia San Carlos hasta que me harté del escolasticismo plástico de esos maestros anquilosados y me enrolé en clases privadas con el pintor Teodoro Campesino. Buena bestia, buen maestro, medio año. 

Varios amigos, pintores jóvenes, me habían hablado del artista Robin Bond, quien tenía fama de genio y enseñaba como maestro zen. Era cierto. Pasé varios meses aprendiendo su filosofía y técnicas. Tenía visión amplia, sin convenciones ni poses. Me abrió la puerta de la creatividad del color, respetando siempre la espontaneidad; más que enseñar, seguía los pasos del alumno. Su visión era, no guiar, sino liberar la creatividad.

Para ganarme el pan puse un taller de artesanía en una cabaña de Acopilco, donde mi amigo Memo Sánchez el artesano, no el músico, fue socio y compañero de aguas. Traíamos piel virgen de León Guanajuato, semi procesada, porque me gustaba la textura café clara del cuero de vaca sin tintes ni químicas que era ideal para el pirograbado. Pasábamos noches y días cortando, pirograbando y cosiendo, viendo a Scooby-Doo y la Ensalada de Locos, en una tele de antena de conejo, en blanco y negro, que se ponía los moños y transmitía imágenes sólo cuando le daba la gana o la agarrábamos a madrazos.

Luis de Tavira aterrizó un día en mi estudio de pintura, para invitarme a escribir la música de su nueva obra, La Honesta Persona de Sechuán. Me excusé, ya no era músico, ahora era pintor, lo sentía mucho pero era mi nueva realidad y ya había colgado, hacía tiempo, la guitarra. De hecho ya había expuesto una colectiva y otra personal, que mil perdones y mil gracias pero el caso y legajo estaban cerrados. Guardó un silencio inquietante, encendió un cigarrillo y luego hizo un trabajo de bordado verbal de casi media hora, tan magistral e increíble, que al terminar concluí que, o yo era un pendejo fácil de convencer, o él era un Demóstenes lengua de oro, hábil ex jesuita que lograba lo que quería y dejaba felices a sus víctimas.

Nunca me había gustado el teatro. Me parecía horrible y contra natura que esas gentes, arriba en el escenario, fueran de carne y hueso, hablando,  tosiendo, sudando, entrando y saliendo. Temía que uno de los actores me brincara como chango o me regañara. Peor aun, si la actuación era mala y me quitaran el tiempo con sus pendejadas, ellos corrían el riesgo que los abucheara o me subiera el escenario a madrearlos y pedir la devolución de mi dinero. Ya lo había hecho en una peña, en el DF y me habían puesto de patitas en la calle.

Rata del cine desde la niñez, el filme era mi espectáculo de actuación preferido. No había otra diversión en mi pueblo. Me gustaba la distancia temporal, social y anímica que existía entre los actores y yo. Juntos pero no revueltos. 

Nunca tomé parte en las obras de teatro de la secundaria y bachillerato. A lo más que había llegado fue a bailar un vals holandés en la fiesta de primero de primaria, con suecos y atavío del siglo XVII. Fue experiencia terrible que me hizo odiar las tablas de por vida. El taconeo de suecos no dejaba escuchar la música y todas las parejas bailamos a destiempo. El público muerto de la risa. 


 

5 de Mayo 2018

100. La Felicidad es un Arma Caliente*1

Me preguntaba hace días un amigo que si había sido feliz en mi vida. Contesté: ¡Coño, que no estoy muerto todavía, cabrón! Nos reímos. 

De todos modos me dejó pensando.

La Real Academia define la felicidad como Estado de grata satisfacción espiritual y física. De acuerdo con lo espiritual. ¿Grata? Esta palabrita no me cuadra. Y lo de física: qué pasa si  tienes dolor de estómago, un resfriado o cáncer, ¿no puedes ser feliz? La segunda definición es tan vaga como la primera: Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. Mi familia es mi felicidad. Cursi. Además, incluye lo definido en la definición, lo cual es una burrada.

La tercera es la peor: Ausencia de inconvenientes o tropiezos. Viajar con felicidad. ¿Guat? ¿Ausencia de inconvenientes o tropiezos? ¿Deveras? Pues qué infelices tuvieron que haber sido Ignacio de Loyola, Teresa de Lisseux, Mandela, Hawkins, Francisco de Asís y muchos más que tuvieron tantos inconvenientes y tropiezos en sus caminos.

De acuerdo que es difícil definir la felicidad. Es palabra acuática que se escapa de las manos de la definición y varía de acuerdo con diferentes culturas y épocas. La felicidad para un tuareg del norte de África, un indio del Amazonas o un millonario en NY, es concepto completamente diferente. 

El diccionario Merrian-Webster ofrece la misma definición que la Real Academia Española. Mmmmm. Dicen los italianos que el dinero no da la felicidad pero es mejor llorar en un Ferrari. Wikipedia dice que La felicidad es una emoción que se produce en un ser vivo cuando cree haber alcanzado una meta deseada. No está mal, aunque lo de emoción me parece un concepto pasajero que limita el concepto.

Hay una gran diferencia entre ser feliz y estar contento. Estoy contento al zamparme un plato de enchiladas suizas y dos cervezas; contento de tener la panza destapada al sol en las playas de Cancún; contento con mi nueva tele Sony de cincuenta pulgadas viendo el final de futbol. Hedonismo puro.

La comercialización de las masas por los medios de comunicación, con la promesa de felicidad al efectuar tu poder de compra -a más cantidad de pesos, mayor la felicidad que recibes-, ha ido infectando a la raza humana desde que la revolución industrial trajo sus maquinitas de manofactura y escupieron todo lo necesario para hacer la vida más sabrosa:  Lavadoras de platos, tostadoras, aspiradoras, artículos de belleza, cámaras fotográficas, computadoras, relojes, automóviles, cortadoras de césped, sistemas de sonido y... para de contar. Todo convenientemente listo y empaquetado en tiendas y centros comerciales. ¡Carajo! deberíamos de ser una cultura super feliz si hemos invertido tanto en serlo; pero nos ha salido el tiro el tiro por la culata. Sabemos que la marmaja no produce felicidad, pero nos vale, seguimos metiendo la pata en el mismo hoyo, bebiendo agua imaginaria del mismo oasis comercial y participando en la carrera de las ratas tras el billete con estampa de Washington, Morelos o Juárez. Imaginaos: el suicidio ha pasado a ser la segunda causa principal de muerte en el planeta. No cambiamos, no escarmentamos: Los pobres siguen intentando el quitate tú pa poneme yo, y los ricos el quítame si puedes.

Después de siete años de jesuita, si algo aprendí, es que la felicidad, cuando se tiene, es un estado de paz espiritual que nace de hacer lo que tu conciencia te dicta. Erasmo lo expresa bien: Felicidad es querer ser lo que uno es. No tiene nada qué hacer con el sentimiento, la euforia ni el Ferrari; tampoco con los finales de cuentos o películas de Hollywood donde todos terminan viviendo muy felices. 

Rapasando cronológicamente mi vida, hubo en mi niñez momentos intensos de felicidad: sentado en ancas del tordillo, abrazando al abuelo para no caerme, bajo el cielo estrellado de madrugada escuchando el coro de los grillos y el agua de las acequias. Era felicidad, seguridad e identidad. Era la única persona de la familia que me quería incondicionalmente, como sucede siempre con los abuelos, sólo que éste era también mi padre. No tuve otro. Como Dijo Lafarga, años después, al terminar una semana intensa de sesiones y pruebas psicológicas: Tu sensibilidad es femenina, metida en una masculinidad completamente normal. Sin tu abuelo todo hubiera sido diferente. Había tíos y amigos de la familia que fueron figuras masculinas pasajeras; pero el abuelo, espuelas, pistola, caballo y corazón de paloma incluidos, fue el foco de identidad y felicidad más fuerte de mi niñez.

Las vacaciones en la funeraria de mis primos, los Cepeda, en San Pedro de Las Colonias, era felicidad asociada con libertad. Fuera la autoridad de la abuela y el odiado colegio, pasaba julio y agosto con ellos y sus amigos, cobrando notas en la ciudad y ranchos aledaños, haciendo espadas y carritos de madera en la carpintería, correteando cóconos y jaripeando chivos en el corral, jugando vencidas y carreras, cruzando a nado ríos y tajos, buscando puntas de flecha en el desierto. Una aventura anual e inolvidable donde me sentía libre y feliz.

La etapa jesuita no empezó en el noviciado, en el sesenta y cuatro, sino dos años atrás, cuando entré a la Carlos Pereyra. Mis maestros, jóvenes jesuitas, me mostraron la senda de Ignacio, misma que seguí y jamás he dejado. El sello, fierro jesuita, JHS, queda impreso en el alma para siempre. Los Morfines, Martínez, Varelas y Ochoas, no sólo me enseñaron matemáticas o química, también me ayudaron a resolver crisis personales y me iniciaron en el camino de la vida espiritual. Eran maestros, amigos e inspiradores. Un mundo completamente desconocido para mi.

El noviciado y juniorado fueron etapas mágicas, no fáciles, que me equiparon para comenzar la ascención de la montaña de mi vida. Todo lo aprendido en esos cuatro años ha sido vital en mi aventura por el mundo. El concepto de felicidad jesuita es muy diferente a la de la RAE. Un viaje fantástico que empiezó con los Ejercicios Espirituales y que nunca terminó; un tira y afloja que te salva de abismos, noches oscuras, depresiones y dudas. Así fue como aprendí que la felicidad no es una meta sino un proceso.  

La Fauna fue sin duda otra etapa de felicidad, eléctrica, no solamente por las guitarras, sino también por la amistad, ensayos, conciertos y giras por todo México, Nuevo México, Arizona y California. No solamente éramos roqueros, sino también jesuitas que exploraban, gracias a Pedro Arrupe, una nueva forma de apostolado. Para mí fue una experiencia nueva como compositor. Las canciones brotaban como geisers, en ritmo frenético, hipnotizante y maravilloso. Una etapa de fertilidad creativa que brotaba en gasolineras, restaurantes, en la van, en los hoteles, antes y después de los conciertos.  Hoy en día me moriría de un ataque al corazón con semejante ritmo de vida y tanta felicidad eléctrica. Pero a los 23 el dinamo creativo no tenía llenadera.

 

(Título de canción de Lennon–McCartney)  

 


 

28ABRIL2018

99. ¡Lotería!

El mundo no es de los audaces sino de los mañosos y oportunistas. Toda esa faramalla de lánzate y no tengas miedo son mamadas. Entre el valiente y el borracho de la lotería prefiero al ebrio. El Catrín que chingue a su madre, la Maceta que se rompa, el Violoncelo a la leña, La Dama al salón de belleza y el Arpa a tocar la Varsoviana...¿capeas?

No había dejado de hablar desde que dejamos los jacales. Se curaba la cruda con un una botella de sotol que traía en la alforja. Según él, los tesoros se buscaban en estado cuete, por aquello de las buenas energías. Tienes que tener una pata de este lado y otra del otro para poder cachar los mensajes de ultramundo, ¿capeas?. Su madre, como mi abuela, había sido curandera y chamana; le había enseñado cualquier cantidad de cosas para aliviar, sanar o echar la sal a cualquiera. Que se cuidara el mundo porque él lo podía parar con un dedo.

Montaba a caballo, yo en uno los burros, harto del brincoteo que ya me había dado un dolor de cabeza monumental. Cabalgábamos al noroeste, bordeando la famosa y temida Zona del Silencio. El tío Mundo y su equipo iban al oeste, donde ya tenían localizado un manantial de agua. Me habían mandado con el borrachito para que no fuera solo. Tu te encargas que no le entre al chupe, Fito, que el tipo se pone imposible. ¿Imposible? No, sólo excéntrico y necio. De loco no tenía nada y no comía lumbre. Eso sí, era fanático del soyate.  También se cabeceaba los Faros sin necesidad de cerillos, uno tras otro, uno tras otro. Era buena bestia. Siempre me han simpatizado los locos más que los cuerdos. Los cuerdos viven de la mente, todo lo tienen planeado y no existe en sus vidas el elemento sorpresa. Claro que tengo amigos así, muy valiosos y sabios consejeros. Sin ellos estaría frito.  Nada como un cuerdo para aclarar confusiones. Pero los gitanos, los que guían su vida por un volado y suben y bajan como papalotes sin hilo, guiados por la electricidad, la chanza o la vibra, son realmente mi raza. ¿Son excéntricos o locos? Difícil saberlo. La frontera entre la excentricidad y la locura es imperceptible. El genio unificador de mi familia era el abuelo. Tenía sangre gitana y era prudente a un tiempo. Qué tipazo. Cuánto lo extraño.

Habíamos salido todos, a las cinco, para evitar el sol y regresar antes del mediodía, antes del ataque, la insolación y la vomitada. El horizonte de cerros era ya línea rosada, tersa, mágica. El amanecer en el desierto es casi visión divina. Después del primer resplandor aparecen tonos violetas que cambian lentamente a púrpura, después a dorado. Un abanico visual que se abre por la mañana y se cierra por la tarde. Ambos momentos son pausas de tiempo que parecen detener flora y fauna, azorados ante la belleza de esta tierra brava que es bella y generosa, pero que te educa a cabronazos.  Antes de llegar a nuestro destino apareció el sol con su molesta antorcha de fuego. A sudar la gota gorda.

Tierra de alacranes, víboras de cascabel, chirrioneras, coyotes, gatos salvajes, ardillas, venados, liebres, guajolotes, águilas, zopilotes y hasta tortugas. La fauna no se queda atrás: tenemos arbustos de gobernadora, lechuguilla, yucas y mezquites. Tierra de cárceles famosas, minas de oro y plata, tribus indígenas guerreras e innumerables historias y leyendas de conquistadores, guerreros, cuatreros y revolucionarios.

La Rana te brinca la suerte, el Cantarito de agua fresca pal desierto, el soldado me la pela, el Cotorro está mudo... ¿Sabías que en estas tierras vivieron cualquier cantidad de indios llamados tobosos? ¿No? ¿Pos qué diablos te enseñan en la escuela? Los gachupines los llamaban ladinos porque eran duros de conquistar. Ni curas ni soldados los dominaron. Son nuestros ancestros, sobrino... nunca te dejes dominar por el hombre blanco. Es abusivo por naturaleza. La Garza pal caldo, El Pescado al mojo de ajo, El Corazón para robarlo... ¿Ves el cerrito y el grupo de mezquites a la izquierda? Ahí mero está el tesoro. Nos vamos a hacer tan ricos, Fito, que no vas a tener necesidad de trabajar por el resto de tus días.  Anoche soñé a mi madre y me dijo que ésta era la buena.

La verdad es que Cuco ya había agarrado otro cuete y deliraba. La noche anterior habíamos tenido fogata con cantada y toda la cosa. Doña Enedina preparó una cena al aire libre de tacos de carne adobada y cerveza, cortesía de Mundo y Recursos Hidráulicos que pagaban generosamente la hospitalidad. Una vez que dejamos de mover mandíbula nos sentamos alrededor del fuego a escuchar la voz quebradiza y débil de Lucas, el vecino, que luchaba por sacarle sonido a una guitarra oxidada que sólo emitía rechinidos. Nunca he oído interpretación más triste y deprimente de La Negra Noche. Una vez que cerró el pico el grupo entró en conversación. Cuco era el centro de atención: se sabía todos los chistes léperos del diccionario y los contaba de bulto, con perfecto timing, presentación, nudo y desenlace. Todo un actor.

Después de un rato, don Tiburcio, envuelto en cobija blanca, decorada con motivos huicholes, carraspeó e hizo ademán de empezar su plática. Los tíos me habían advertido que el anciano era la tradición oral con patas, enciclopedia cultural y folclórica de historias de espantos, amoríos, revoluciones, expediciones y catástrofes. Lió un cigarrito de hoja, lo encendió e iluminó su cara arrugada y correosa, el escaso bigote blanco, la melena blanca de algodón de azúcar y sus orejas de murciélago. Viejito, sí, pero imponía con su voz grave y pausada.

Su compadre  Beto Rodríguez era cantinero del Cielito Lindo, en San Pedro de las Colonias. Casado con Justina Pérez, originaria de El Salto, Durango, se quisieron mucho pero nunca tuvieron descendencia. Eran pobres pero decentes. Ella hacía piñatas y pasteles para festejos y juntos la iban pasando más o menos bien. La  sobrina, Tina, venía los fines de semana a hacer el aseo de la casa. Después de barrer, la muy floja ocultaba la basura en una esquina de la sala, detrás de una cortina. Un día se hartó de su decidia y desempolvó el sitio. Notó una grieta en la madera del piso y algo que brillaba al fondo. Levantó la tira y exclamó en voz baja: Ave María Purísima, ¡cuánta moneda de oro!  La muy tonta corrió a contarle todo a la tía, que astuta y zorra respondió que por supuesto, que era el dinero que el abuelo les había heredado, que lo tenía ahí, bien guardadito para emergencias.

Una semana después le compraron a Tina, vestido y zapatos nuevos y la despidieron. Vendieron la casita y se fueron a vivir a Saltillo donde un año después murieron de asfixia a causa de una fuga de gas. Don Tiburcio inhaló a fondo el humo del cigarrillo, hizo una pausa larga y terminó su historia estilo Esopo: Todo se paga en este mundo, muchachos, todo. No hay cabrón que salga de aquí sano y salvo sin pagar las cuentas. Haces mal y te rebota. Se hizo un largo silencio.

El Gallo pal caldo, La Sirena pa la cama, El Músico a la cantina, chupas El Pajarito, La Bota pa patear culos, el Alacrán pal piquete del ponche, el Nopal pa los pendejos y el Melón para el me lames... Mira mi ampolleta, Fito, parece inyección, ¿verdad? Pues es el aparatito más exacto para descubrir tesoros bajo tierra. Lo copié de un revista gringa. Hay un chisguete de mercurio dentro que por cuestiones de magnetismo detecta metales, especialmente el oro.

No le creía nada. Ya había agarrado la segunda borrachera y deliraba. Me hizo una demostración con la ampolleta, que colgada de un hilito oscilaba por sí misma al acercarla a la tierra, justo donde estaba la estaca que había clavado hace meses.

—Traite la palas y el pico que esto se va a poner bueno.

El sol ya mordía.  Cuco picaba, yo paleaba y comenzó el duro y dale, duro y dale y la sudada de miedo. Era Tiempo de sequía y la tierra estaba dura como cemento. Las reservas de agua disminuían y el hoyo ya se veía de medio metro, pero ni una señal de oro, plata o fierro viejo. En mala hora había aceptado venir a esta aventura absurda. Lo había hecho solo porque Mundo me había invitado. Pensé que los dos tíos trabajarían juntos, pero me había tocado bailar con la más fea, que seguía su barajeo mental de lotería y su monólogo eterno

Le dije que me preocupaba que los burros y caballo se pudieran morir de sed. Me echó otra filípica sobre la constitución física de equinos y burráceos que era idéntica a la de los camellos. ¿Pues qué no me enseñaban nada en el colegio? Me contó que en una ocasión había cruzado todo el desierto, sin parar, dos días y dos noches, sin darle una sola gota de agua al caballo. Burros, caballos y camellos tienen reservas de agua en el triperío. Realmente no te enseñan nada en el puto colegio. Yo nunca he estado en un salón de clases, y mírame: lo sé todo, cabrón. ¿Capeas?


 

21ABRIL2018

98. El Mapa del Tesoro

 

Los buscadores de tesoros abundaban en el desierto. Gente sin quehacer jugando a la suerte, a la lotería. Venían de diferentes partes del país, de los Estados Unidos o Europa, vestidos de boy scouts recorriendo la región en furgonetas cargadas de tiendas de campaña, provisiones y aparatos magnéticos que supuestamente detectaban metales bajo tierra. 

Los únicos tesoros que se encuentran en la laguna, están escondidos en haciendas o casas viejas, nunca en campo abierto. Ni que fuera película de vaqueros, opinaba mi tío Cuco, guía de éstas expediciones. Conocía el desierto como la palma de su mano, era hábil cazador de liebres y hablaba inglés, por lo que era popular con los aventureros. Se ganaba la vida guiando exploradores o contratando extras para películas de  vaqueros de Hollywood que se filmaban en la región.

Era cierto que los hacendados, al huir de los revolucionarios, escondían su riqueza en letrinas, caballerizas, pozos de agua o cuevas con la vaga e incierta esperanza de recuperarla algún día. Villa también dejaba armas y dinero sepultado en sierras y desiertos, mismos que rescataba después, para abastecer sus tropas. Ciertamente hay tesoros escondidos

El tío me enseñaba mapas de los tiempos de la revolución, amarillos, casi ilegibles que se deshacían al tocarlos. Me explicaba los símbolos y dibujos, los nombres abreviados de pueblos, ríos, ruinas y cerros. Una cruz marcaba el sitio del tesoro. Pon cuidao, era su muletilla al iniciar historias: Mira este mapa: éstos son Los Jacales, ahí vive una amiga mía que es excelente cocinera. Te vas de gilo a Mapimí, después Bermejillo ,Tlahualilo y antes de llegar al rancho El Porvenir, tomas la izquierda.  Mira como la rayita da vuelta ahí mismo, justo en el pozo de agua  que ya está seco. La equis está entre la Zona del Silencio y el rancho. Por supuesto que sabes cuál es la zona del silencio, ¿noooo, cabrón? Frunció su cara de ratón triste, negó con la cabeza varias veces y dijo: ya ni chingas, Fito, ¿pos a dónde diablos vas con tus boycatuts, o como se llamen, ¿a Raymundo, a la Alameda, al Parque de los Venados? No seas culo, un día de estos te llevo a la Zona del Silencio pa que se te frunza de a devis.

Durante el invierno, cuando no había demanda por sus servicios, se asociaba con mi tío Mundo, ingeniero civil, quien trabajaba para Recursos Hidráulicos explorando la región en camioneta, con cuatro o cinco peones en busca de yacimientos de agua. Ambos tíos hacían pareja cómica: Edmundo era alto, fornido, rubio y de ojos azules. Cuco: flaco y prieto, de brazos larguísimos, manos huesudas y uñas de bruja. Su cara afligida y ratonil daba lástima, pero tenía voz de locutor y era buen conversador.  Los dos primos recorrían La Laguna con sus aparatos magnéticos, uno en busca de tesoros, el otro de agua. Dos o tres veces por mes llegaban, sin anunciarse, a casa. La abuela, encantada siempre de ver a Mundo, preparaba de inmediato bocadillos para todos. 

Mundo era hijo de la rubia doña Evarista, primera esposa del abuelo que había fallecido por causas que nunca supe. Mi abuela siempre tuvo un cariño especial por él, quien vivía con su familia en Lerdo, Durango, a 17 kilómetros de Torreón. Nos visitaba con frecuencia y nunca olvidaba traer flores para su madre. Un tipo muy agradable y alegre. 

Los acompañé una vez a una de sus correrías. Tenía 13 años. Me recogieron a las seis de la mañana. Llené mi mochila de Boy Scout con mis aparejos de campamento y me trepé en la camioneta, atrás, con los muchachos, respirando y tragando polvo y mierda del desierto. Adelante iban el chofer, Cuco y Mundo. El calor era insoportable. Cruzamos el puente, entramos al estado de Durango, pasamos Gómez y Lerdo y en una hora llegamos a Bermejillo. Desayunamos huevos con chorizo y frijoles refritos en un restaurante rascuache y folclórico con rocola vieja y desgastada que tocaba música norteña: Tu retratito lo traigo en mi cartera, donde se guarda el tesoro más querido. Y puedo verlo a la hora que yo quiera, aunque tu amor para mí esté perdido. La mesera, cocinera y dueña, morena clara, medio guapa y rejega, era una señora trenzuda que lucía un delantal blanco con dibujo de Mickey Mouse que rezaba: Visit Disneyland. Conocía a mis tíos, les hablaba de tú e intercalaba malas palabras y risotadas en la conversación. Cuando me vio, se cruzó de brazos fingiendo sorpresa y les preguntó de qué congal me habían raptado. Todos soltaron la carcajada. Pinche vieja payasa, pensé. Mundo me presentó como Fito, su sobrino. Yo saludé de mano a la gordita que me dijo con su voz de pito: Petra Godínez a tus órdenes... Y no me peles esos ojos que no te voy a comer!

Salimos del restaurante cuando La Banda del Recodo tocaba De Torreón a Lerdo. El tío Cuco bailaba de cachetito con doña Petra, quien festejaba sus payasadas con sus carcajadas de hiena. Ora que regresen del viajecito no te me escapas, cabrón, le decía al tío.

Faltaba hora y media para llegar a Ceballos. Torcimos a la derecha, hacia una región llamada La Misericordia, donde previamente los tíos habían detectado agua y metales. Nos estacionamos frente a un grupo de jacales de adobe, donde vivía una pareja, campesino bellos y nobles, don Tiburcio y doña Enedina, que ofrecían cobijo y comida por precio razonable. Ahí pasamos la noche.

Tu retratito lo traigo en mi cartera, 

donde se guarda el tesoro más querido. 

Y puedo verlo a la hora que yo quiera, 

aunque tu amor para mí esté perdido. 

No es que te amague, 

solamente te lo advierto, 

aunque no quieras 

yo te he de seguir mirando. 

Pues tu bien sabes que lo nuestro fue muy cierto, 

y tu retrato me lo está justificando. Ajúa!


 

Abril14.2018

97. Payasos y Payasadas

Se dice unooooooo. Se dice dooooos. Se dice treeeeessss...

El payaso brincó del poste a la pista del circo. El público aulló como manada de lobos. No era Garrick ni le habían cambiado la receta, Tampoco el Payaso de las Bofetadas de León Felipe, ni el bufón del rey Lear; no era Julio Cajitas el chimuelo de la canción por un veinte, ni Abularach el tonto del salón que resultó millonario; no era la viejita chimuela de Asturias que pensaba que México estaba cerca de Viet Nam ni la otra venerable anciana que se murió por agacharse en el ISSSTE, frente a la alameda. 

No, éste payaso era de otra cepa. Aristócrata de nacimiento, se había dedicado a echar maromas, al principio por aburrimiento, después por una pasión obsesiva al brinco. Había encontrado en la maroma la respuesta a la incógnita de la vida. Mi reino por una pirinola, era el lema de su padre, Rey de Espadas, que tenía un Ron Castillo y un ejército de amibas en el vientre dispuestas a dar la vida por el reino.

No que el mundo fuera complicado, qué va, al contrario, era tan simple que jugar a la ruleta rusa con la veintidós en la sien era cosa de niños o pasatiempo de monjas. El mundo se había creado cuadrado y a base golpes había terminado redondo. Como los mitos de creación de los  navajos, mayas o australianos, los primeros humanos salieron medio tontos y hubo que re diseñarlos hasta hacerlos cruzar el puente del homo chango al homo sapiens, cosa que les tomó miles de años, lo que hizo sospechar al Creador que eran tan idiotas como los del primer diseño. Los dejó retozar en el mundo por compasión. Si cada minuto nacía un pendejo, unos cuantos más no harían diferencia 

Después vinieron las cuevas de Altamira y Lascaux y la cosa se puso buena. Cobraban un cinco para dejarte entrar a ver toros y cabras rojas sobre las paredes y había trozos de carne cruda gratis por si traías filo. El artista era un flaquillo con taparrabo de piel de hámster, tartamudo y torpe para la cacería. La vergüenza de la tribu. La esposa era una robusta matrona de pechos generosos, corajuda y autoritaria que le administraba palizas terribles cuando se negaba a pintar. Buena para el amor, los domingos por la noche lo zarandeaba como monigote y lo dejaba listo para la semana, cuando el Picasso de las cavernas retomaba los pinceles de colas de rata y continuaba su obra.

El mundo era sencillo, no había impuestos ni maquinitas de estacionamiento. Salía el sol y cantaban los gallos, dormían las vacas y bisontes e instalaban la noche.  Los humanos se acostaban boca arriba en montes y valles a contar estrellas; al llegar al cien ya roncaban. Era un mundo feliz, mejor que el de Huxley, Moro o Agustín. Las gallinas ponían, los caballos relinchaban, La luna crecía y disminuía, Dios miraba su creación desde su balcón y sonreía. Los niños venían de París, las revoluciones del norte, los Jesuitas de Azpeitia y los Papas de Argentina. Mundo ideal donde Freud se hubiera muerto de hambre. 

Los payasos nacían sin nariz ni zapatos enormes, porque el idiota nace, pero el payaso se hace, como decía Neruda. Había payasos de todos tamaños y colores, todos cómicos y capaces de hacer reír. Nadie se tomaba en serio y todo era una bendita payasada. 

Lomas era bueno para destazar chivos, descabezar gallinas y dominar toros. Panzón, calvo, ojos de loco, cejas pobladas, mitad guarura, mitad ángel de la guarda, tenía una nariz tan roja que hacía reír al vecindario. El payaso del cuchillo, le apodaron. Con su cigarrito de hoja entre los labios de tortuga, me contaba historias de abigeos que robaban ganado por las noches, matando a los dueños, incendiando casas, arriando vacas y caballos ajenos por los montes.

La abuela me lo hacía saber y salía en mi motocicleta imaginaria por el barrio, invitando a los amigos a ver a Lomas matar el chivo grande. El gordo sacaba una daga enorme y sin pausas dramáticas le rajaba el pescuezo al pobre animal. En éste caso Freud si hubiera venido al caso, dado no era fácil para los niños procesar la información: matábamos animales y plantas para comer. 

Los payasos del Circo de la Muerte eran personajes tristes y aburridos. El elefante se dormía en la pista, los camellos se cagaban al caminar y bramaban de hambre, en la jaula los leones bostezaban en sus banquillos y mostraban escasa dentadura y una falta de fiereza que enfurecía al domador que restallaba el látigo sin ninguna necesidad. La trapecista mayor era una señora gorda de boca sobre pintada, de cola de caballo y bikini amarillo con diseños de flores azules. Después de oscilar varias veces se soltaba del trapecio y la atrapaba un gordo peludo y calvo que después la devolvía a la canasta del palo mayor, donde la triste mujer meneaba la mano, sin convicción ni gracia, agradeciendo los aplausos desganados del respetable. Había también raza pesada que le gritaban: ¡Mucha ropa!! o ¡Pelos! ¡Pelos! 

Venían a mi pueblo una vez al año y ofrecían un desfile de propaganda, desorganizado y absurdo, por la avenida Morelos. Golpeaban al elefante que echado bajo las palmeras se negaba a caminar. La canícula de agosto elevaba el termómetro a 45 grados. Pobre paquidermo. Un puñado de cacahuates lo sacaba de la crisis y se incorporaba de nuevo al desfile meneando la cola al ritmo de la trompeta y la tambora que tocaban una tristísima marcha fellinesque. Los payasos no hacían reír, aunque el truco del cigarro que explotaba en la cara del payaso del moño rojo era bueno; también el de la bajada de pantalón que mostraba las nalgas del payaso gordo de sombrero de copa. Las gentes salían de restaurantes y tiendas a ver el espectáculo que, más que divertir causaba tristeza y compasión.

Siempre me intrigó qué hacían los bufones palaciegos o los payasos de circo en sus ratos libres. ¿Eran alegres o sufrían depresiones y aburrimientos como el resto de la caballada? Sabemos que el payaso de Juan de Dios Peza padecía murrias y tristezas. La comicidad debe tener oculta una tragedia en el guardarropa. Un corazón herido necesita armadura de metal.

El buen humor y la broma vinieron del gene Orduña. Los Fuentes eran serios, militares y doctores, responsables pero aburridos, incapaces de echarse una sabrosa carcajada de barbaján. Los Orduña, en cambio, eran joie de vivre pura. La risa era el caballito de batalla que vencía las monsergas y plagas del desierto de Coahuila: la murria, el bochorno y el suicidio. Guitarras, castañuelas, bailarinas y cantantes eran el plato diario de la casa.

A mis edades puedo ver clarameete que la cantidad de mierda que me tocaba tragar en ésta vida la pude pasar más mejor con el líquido bendito de la broma y el desmadre.


ABRIL07.2018

96. Port Rowan

Sin duda vivía de la herencia del esposo.  Cada año volaba en primera clase a México, Perú, París o Rusia, acompañada de su Olivetti, confidente y fiel amiga. Cada año, el primero de junio, era la fecha de salida. La recogía, temprano, la furgoneta taxi del aeropuerto de Toronto y la mujer desaparecía por veinte días. Odiaba las cámaras fotográficas; prefería hacer bocetos y acuarelas de los sitios que visitaba. 

La incluimos en la lista de invitados a los conciertos trimestrales que organizábamos en la sala. Entre diez y veinte amigos venían a tomar un vaso de vino, mordisquear bocadillos y escuchar mis últimas composiciones. La primera vez vino vestida de hippie, de sombrero de pluma, chamarra de torero y falda hindú bordada en figuras multicolores. Una viejita excéntrica. Nunca faltó a los conciertos. Fan de hueso colorado. Buena para socializar, en unos minutos ya se hablaba de tú con todo el grupo y contaba las aventuras de sus viajes, su tema favorito. Describía a detalle las calles y mercados de San Miguel de Allende, la casa colonial que siempre rentaba, las calles empedradas y las tiendas de platería. Sin punto y aparte pasaba a contar sus andanzas en Nueva Deli, Marruecos, Pekín, Tokio y los bosques mágicos de Oregón. La dejaban hablar no sólo por deferencia, sino también por su conversación folclórica e interesante y sus descripciones vívidas y detalles cómicos. Después de todo era escritora. Diez novelas, ninguna publicada, todas en el cajón de su cómoda durmiendo injustamente el sueño de los justos. Escribo porque tengo ganas. Si no escribiera me suicidaría. Viví una vida plena que terminó y que ahora continúo en mis novelas. La revivo, la corrijo, la enriquezco. En cuanto a publicar mis libros, a nadie le interesan, sólo a mí. Soy vanidosa, pero no tanto, ja ja ja.

Se levantaba a las cinco de la mañana, todos los días, para ver la salida del sol desde la ventana de la sala, tecleando sin parar, plasmando ideas y recuerdos en sus cuartillas de papel café, barato, reciclado y de mala calidad. Cambiaba nombres de personas y ciudades, para proteger a los inocentes; inventaba eventos y aventuras extras para añadir pimienta a las narraciones. Corrijo la vida, la hago más amable, la cambio a placer y le mejoro la plana a Dios.

Cada mes nos leía, a Glenys y a mí, extractos de su obra magna. Era trabajo descriptivo, costumbrista, de poca acción, sin saltos de tiempo y espacio ni deus ex machinas. Sus caracteres eran de carne y hueso,  héroes y heroínas solitarios, sin tragedia, resignados a una vida rutinaria pero plena, estilo Pessoa. Todo en tiempo real, de minuto a minuto, hora tras hora. Cuarenta páginas podían narrar una sola mañana a la orilla del mar, al pie de las pirámides de Egipto, un entierro de cowboys en Oregón o un día en el mercado en San Miguel de Allende. No eran best sellers, sólo humilde autobiografía, memorias de un pasado feliz. 

Había aprendido a vivir sola. Sus vecinos eran típicos canadienses de origen británico que sólo llamaban a su puerta en Pascua o Navidad, o por invitación especial a tomar té y galletas. Cuando su salud se fue deteriorando fueron ellos quienes principalmente se encargaron de ella. Le traían sopas, guisados, pasteles y el mandado semanal.

Compró todas nuestras colecciones de discos para la biblioteca de Port Rowan y además se nombró promotora de Dramasound en toda la red de bibliotecas del sur de Ontario. Insistió en que diera pláticas sobre el calendario azteca. Ella se encargaría de la publicidad y mandar información a las demás colegas de la provincia. 

Diez años antes, el exilio y el shock cultural me habían llevado a buscar mis raíces, mi origen y mis ancestros. A falta de Internet me lancé a la biblioteca de la universidad a buscar libros de arqueología, historia y astronomía, primero de los Olmecas, después de los Mayas, y finalmente de los Aztecas. Gracias a Glenys tuve acceso a la colección privada del departamento de historia; y así me fui adentrando al mundo antiguo mesoamericano, a mi origen remoto, fuente de mi identidad y estructura genética-cultural. El calendario fue mi hilo conductor y guía. Matos, Schele, Ruz, Bricker, Proskuriakof y muchos otros fueron mi guías en la búsqueda. 

Mis cursos en las bibliotecas incluían diez clases. Cinco estudiantes, mínimo, diez, máximo. La propaganda y el método eran sencillos: Descubre por ti mismo tu destino azteca. Gracias al entusiasmo de Megan y sus contactos en otras bibliotecas pasé dos años, dos noches por semana, explicando el calendario. Basado en los libros de historia, aprendí también de Jung y sus ideas sobre arquetipos y símbolos universales como depósito común de la humanidad. Fue gracias a él que amplié mi campo de interpretación de los misterios del calendario. El águila  mesoamericana tiene fundamentalmente el mismo significado que el águila celta, hindú o Iroquois. Lo mismo se diga del ocelote, jaguar, tigre, gato montés o puma. Los símbolos universales unen a la humanidad, le dan cohesión, la enriquecen. Nuestro sistema nervioso trae escrito no sólo los símbolos y arquetipos, sino también la sed de infinito. Regresé a escuchar nuestra colección de culturas antiguas y el hilo conductor era claro. De Altamira a Picasso o Tamayo no había salto brusco, sólo continuidad, evolución. 

Emilio y Glenys participaron con mucho entusiasmo en la investigación del calendario. Trece Lagartija y cuatro conejo, respectivamente, se encantaron con sus símbolos. Teníamos, en la cocina una reproducción a todo color del calendario azteca. Milo era encargado de mover el alfiler al siguiente día. 

Los asistentes a las clases en las bibliotecas eran combinación variada de clases sociales: indios de Buffalo NY, locos hippies, colombianos y chilenos, excéntricos ermitaños de los bosques, turistas de edad madura que amaban a México. Hice muchas amistades, algunas duraderas.

La fecha de nacimiento indicaba su día azteca. Después de cuatro clases de historia, cada uno, de acuerdo con lo aprendido, con un poco de mi ayuda, descifraba su propio destino. Yo sólo los guiaba. Las trece constelaciones y planetas mayas necesitaban más explicación. Usaba un programa computacional astronómico para detectar la constelación que asomaba al amanecer, al este del horizonte, en el momento de nacimiento y la posición de venus, mercurio, júpiter, marte y la luna en las otras. Cada uno, de acuerdo mis teorías, traía diferentes energías.

Había hecho muchas cartas astrológicas en Italia, antes de regresar a México, en comunidades hippies que viajaban por toda Europa y Asia. Así me gané la vida al final la etapa mediterránea.  

Cuando descubrí la sabiduría del calendario Maya-Azteca me encantó su elasticidad, su contenido orgánico, universal, la libertad de sus símbolos, su aplicación local y universal y su rica mitología de animales, plantas, planetas y humanos. Mil años antes de Cristo los Olmecas ya seguían los días y números del calendario... increíble y fascinante.

Megan, la 13-Jaguar, se fue al otro mundo un otoño lluvioso y triste. Ataque al corazón, fulminante. Los vecinos llamaron a la policía. No había contestado el teléfono ni abierto la puerta en una semana. Los gendarmes la encontraron  en la sala, sentada en su silla de trabajo frente a la Olivetti, tiesa y sonriente. Se nos había ido seguramente mientras veía la salida del sol sobre el lago.

Fue amistad de quince años. Pasamos los mejores momentos en su jardín, contemplando el lago, en verano, y en la sala, viendo el lago congelado, en invierno. Largas conversaciones sobre cine, Fred Stair, Gary Grant, Hitchcock, Buñuel, Woody Allen, estilos de meditación zen, viajes...y métodos de supervivencia para ermitaños. Su consejo principal era el vivir el momento presente, la vieja y única fórmula zen. La diferencia entre el estúpido que es incapaz de concentrarse y quien es capaz vivir el momento presente, define al solitario del ermitaño. Si no eres capaz de dominar la mente, ella terminará por dominarte, que es el camino más seguro a la locura. Mi amiga Janet quizo vivir sola en las montañas de Oregón. Después de seis meses de depresión mental se ahorcó en el sótano de su cabaña. Quería imitarme y le repetí una y otra vez que el encierro no era para ella, que regresara a la ciudad. Pero no me hizo caso. El ermitaño llega a la oscuridad de la soledad a crear luz, iluminar el alma y la realidad que le rodea. Tus amigos ermitaños de Montserrat me han inspirado siempre. Son mis héroes.


03AB4RIL2018

 

95. MEGAN

Caminaba por la orilla del lago Erie con su canasta y sombrero de mimbre, juntando conchas, piedritas y ramas secas para decorar su jardín. La primavera era inminente y desde temprano rascaba la tierra y regaba los narcisos que pronto explotarían en flores azules y amarillas. Una nube de gaviotas la seguía siempre, aguardando el momento de las migajas. Era la alternativa al Mac Donalds, donde aves, ardillas, mapaches y zorrillos atacaban los basureros y como consecuencia elevaban su maldito colesterol. Megan Stockton era amiga de la naturaleza. Bajita y frágil, se metía en sus botas de minero y overol de mezclilla y armada de palas, podaderas y tijeretas, resucitaba el jardín que era un desastre después del invierno. Los vientos y nevadas en la frontera de Ontario y el estado de NY son especialmente salvajes.

Parecia brujita de cuento con su sombrero chino de paja y ala ancha que le cubría el pelo blanco, terso y largo como pelos de elote.  Sus ojos azules eran expresivos, pícaros e inteligentes, tez blanca con millones de arrugas finísimas, nariz griega y labios delgados. Ermitaña de pura cepa, escritora de corazón, se pasaba las noches tecleando en la vieja Olivetti sus aventuras de juventud en los bosques de Oregón donde había nacido y crecido en una familia de poetas, místicos, artistas, cowboys, excéntricos y cazadores. Su padre, senador por el estado de Oregón, asqueado de la política, harto del mundo y sus pompas decidió dejar la ciudad y refugiarse en la naturaleza. Su esposa, poeta y loca, lo acompañó en la aventura. Precursores del movimiento hippie, construyeron su casa a las orillas del Lago Goose, en la frontera de California y Oregón, donde fueron muy felices en compañía de sus tres hijos, Megan, Lucy y John.

Cuando la conocimos, en 1990,  Megan acababa de cumplir ochenta años. Su esposo, Walter Stockton, ingeniero civil, originario de Oregón, había fallecido diez años antes en un accidente automovilístico. Viuda y sin descendencia decidió establecerse en Canadá, en cualquiera de los Grandes Lagos será buen sitio para enterrar el pasado. Los veranos benignos de la región de Niágara la trajeron al Lago Erie donde compró una casa grande y antigua, estilo victoriano, de dos pisos, tres recámaras, tres baños, una sala comedor enorme y un sótano lúgubre lleno de arañas y humedad. La vista al lago era sencillamente espectacular. 

Se enamoró del pueblito de pescadores a primera vista. Mil años antes había sido tierra de hurones e iroquois, territorio sagrado y ancestral que arrasaron los colonizadores británicos. Durante la guerra de 1812 contra Estados Unidos, los yankees cruzaron la frontera y quemaron los edificios públicos. Sería la última vez que Port Rowan aparecería en los libros de historia. De ahí en adelante, sus mil habitantes se hundieron en la rutina de los días, las cuatro estaciones, las flores, los peces, el hielo, los vientos furiosos y la rutina del ciclo eterno de la vida. Hoy en día regresan los yankees cada verano, esta vez como turistas, a pescar, pasearse en lanchas de motor, cazar liebres, curiosear aves y gozar de las aguas termales del hotel.

Después de cubrir las bibliotecas de las ciudades importantes de la provincia, pasamos a las bibliotecas de los pueblitos, que son muchos, sobre todo a las orillas del Lago Ontario. El paquete de 20 discos de culturas antiguas era nuestra línea de vanguardia. Una vez que los interesábamos en ella ofrecíamos el segundo paquete de 30 discos de música instrumental para teatro, danza y actividades creativas.

Había más bibliotecarias que bibliotecarios, lo cual nos favorecía, dado que Glenys era experta en relaciones sociales y conversación sabrosa entre señoras que abarcaba obras de teatro del Shaw Festival, clases de yoga y cocina en la región, conferencias educativas en la universidad y las últimas películas de cine de arte en Hamilton. 

Cuando le tocó el turno a la ciudad Port Rowan la bibliotecaria resultó ser Megan Stockton. Le ofreció a Milo una paleta y un globo y me preguntó qué acento tenía mi voz, ¿árabe? Cuando le dije que era mexicano se puso muy contenta. Acababa de regresar de San Miguel de Allende a donde iba cada año a tomar clases de orfebrería. Después de hablar de tacos, mariachis, y recetas de guacamole, Glenys introdujo los paquetes de discos. Cuando Megan vio el album titulado The Aztec Calendar soltó un my goodness! de sorpresa. Era fanática del calendario, aunque no entendía nada de la simbología. 

Así había empezado nuestra amistad, en torno al Tonalpohualli y los veinte días, el concepto sagrado del tiempo, El Jaguar del día de su nacimiento, su patrona Tlazolteotl, el trece mágico y acuático que bañaría su destino en ésta y la otra vida.

 


 

24MARZO2018

94. EL TIO RIGO

Mi tío Rigoberto era un agricultor extraño, excéntrico, loco. Tenía un rancho que nunca vimos, vacas invisibles, caporales fantasmas, cosechas de fantasía y sistemas de riego que le habían costado, según el, una fortuna. Los sábados iba a pagar la raya a sus empleados en su flamante camioneta roja, Chevrolet, ésta era real, que cuidaba celosamente. Nadie osaba recargarse en su vehículo. Le cambiaba el aceite cada mes y la llevaba al mecánico cada semana, a chequeo, por que uno nunca sabe

Se apellidaba Sepúlveda, lo que le valió el apodo y sus derivados: El Sepuloso, Sepulín y el Sépula Sepulorum.  Vestía siempre camisas negras Arrow, pantalones Lee y botas vaqueras marca Vargas Western que cada año compraba en Eagle Pass. El sombrero Stenson le quedaba grande y le temblaba al caminar. Tenía Triste figura. 

Era alto, esquelético y usaba bigote grueso que no iba con su cara delgada y sus ojos de pingüica. Las orejas de murciélago se le aplastaban ridículamente bajo el sombrero. O tenía los pies planos o nunca lograba amansar las suelas de vaqueta de las botas. A una cuadra lo oías venir, tac-toc tac-toc. Fumaba cigarros de la perrita jorobada, como llamaba a los Camel, Se acostaba en su cama de hierro forjado a exhalar roscas de humo para impresionar a los sobrinos, quienes las perseguíamos por el cuarto para pincharlas en el centro. Podía crear hasta cinco roscas de diferentes tamaños, una dentro de la otra. Un artista.

Vivió con nosotros un año. Había tenido problemas con la ley en Estados Unidos. Por más que apreté el oído a las puertas nunca escuché bien las conversaciones, excepto palabras sueltas: la muy endina, traición, adulterio, pistola, eran palabras que alcancé a oír, y que al hilarlas una con otra concluí que se había enfriado a balazos, por traicionera, a una amante, la muy endina. En realidad nunca supe la verdad.

Era hijo de una prima segunda de la abuela que se había casado con un pastor protestante de Austin Texas que se creía misionero y navegaba los alrededores de la ciudad en su propio autobús amarillo y destartalado que había comprado para su tarea de evangelización. Era un viejito cascarrabias que nunca me dirigió la palabra. La abuela y yo los visitamos en varias ocasiones. Tenía los mismos ojos de pulga de su hijo Rigoberto. Su misión se concentraba en los barrios negros, porque también son hijos de Dios a pesar de su color serio. La tía Enedina, su esposa, cargaba un órgano Yamaha diminuto con el que acompañaba los himnos con su voz mortecina de soprano. 

Salían temprano, todos los domingos, a navegar las orillas de Austin, acampando en parques, patios de iglesias, estacionamientos públicos y a las orillas del Lady Bird Lake. Llevaban docenas de sandwiches y coca colas, para embaucar feligreses. Era una pareja incansable, dedicada en cuerpo y alma a la búsqueda de ovejas extraviadas.

Sus hijos no participaban en la evangelización. Rigoberto, el mayor, vivía en México; le seguía Cheché, casado con una irlandesa alcohólica y brava que le hacía la vida de cuadritos. Vivían en el tercer piso. El gordo Joseph , en el segundo, se pasaba el día viendo tele y comiendo pizzas.  Zoe era la menor, la consentida, que como buena adolescente tenía telefonitis aguda y todo el santo día cotorreaba con sus amigas y por las noches escurría  su novios a la recámara. No descartaba la posibilidad que todos eran todos adoptados dada la diferencia de fisonomía y caracteres. 

En Torreón, Rigoberto hizo de la cantina El Satélite su centro de operaciones, lo que le valió otro apodo: El Astronauta. No era alcohólico, más bien se hacía tonto sorbiendo una Don Quijote toda la tarde, conversando con Don Cuco, el cantinero, quien sufría de una aburrición galopante. El sitio apestaba a pipí y cerveza. Una foto de Maria Victoria, de pie y desnuda, tamaño natural, peluda y todo, adornaba la pared principal del garito. Los niños no se permitían en la cantina, excepto los fines de semana cuando nuestros papás nos mandaban con una olla de cinco litros a comprar cerveza. Yo iba con mis amigos. Aprovechábamos para ver a la Victoria. Nuestras risitas molestaban a don Cuco, quien nos prohibía, en vano, que viéramos la foto. Pinches mocosos pelados que no piensan sino en diabluras y pendejadas. 

Los domingos venía a casa la tía Berta con mi primo Borrasquín y su amigo Toto el bizquito. Los tres nos íbamos al cuarto del tío a pinchar roscas de humo y adivinar las canciones que tocaba en su armónica diminuta. Era cerril para la música. Sus labios flácidos y descoloridos se paseaban por el instrumento haciendo un baturrillo de notas confusas que hacían imposible adivinar las piezas. Un peso a quien adivinara la rola que tocaba.

—¡La Adelita!

—¡Las mañanitas!

—¡Jesusita en Chihuahua!

—¡De Torreón a Lerdo!

En vano.

A veces venían los Herrera, Ricardo y Emilio, mis vecinos, y formábamos un grupo de hasta de diez o doce, sentados alrededor de la cama del cowboy. Nos contaba historias de cacerías: de alce en las Montañas Rocosas, venado en Texas, osos en Canadá y liebres en Chihuahua. Se quejaba que el gobierno de los Estados Unidos había hecho una mierda de la cacería. La habían regulado a un grado ridículamente burocrático:

Llegas a una pinche oficina en el bosque, te identificas, les dices qué animal quieres cazar y un oficial te lleva a un patio que da al bosque. Te dice que cargues y jales gatillo porque la bestia va a aparecer en unos minutos, a veinte metros de distancia. Sale un pendejo jalando el venado, lo amarra a un árbol, se va y entonces disparas al pobre cornudo, tan quitado de la pena, inmóvil, sin chanza ni oportunidad. Uta madre. Solo fui a esa estúpida cacería una vez. No era cacería sino un crimen. Hasta el toro tiene más chanza en la plaza, carajo.

Cacerías las de México, persiguiendo la presa día y noche, buscando huellas, oliendo al venado, acampando de noche con fogata, sotolito y cigarro, contando estrellas. Después de tres días alcanzas la presa, apuntas, fuego, lo trepas en la camioneta y asunto arreglado. 

—¡Mentiras!—decía mi tío Jesús, hermano de mi madre— El tipo no dispara ni una 22. Lo llevamos al rancho de Ceballos un día, Jorge, mi socio, y yo, a tirar al blanco. Tu famoso tío no daba pie con bola. No distinguía la 45 de la 22 y casi se agujeró la pata de un balazo. ¿Qué? ¿Cuál rancho? Ja ja, nombreee!, puro cotorreo, pinche Fito. ¿Qué no sabías que al pobre Rigo le patina? ¿Nooo?  Resulta que de joven se reclutó en el ejército porque era bruto pa la escuela, y en una de las prácticas de campo, cuando trepan muros de redes y riatas, el tipo se vino de bruces, se rompió la crisma y quedó medio tonto. Es buena bestia, no es peligroso pero vive en un mundo totalmente imaginario.

Desde entonces le tomé más cariño al tío loco. Me interesé en su rancho y lo abrumaba con preguntas: que cómo se llamaban los caporales, (Tulio, Joaquin, Lomas y El Cepillo); cuántas cabezas de ganado tenía, (trescientas); si los algodonales rendían tan bien como los del abuelo, (uf, y en qué forma. La cosecha del año paso requirió cientos de brazos para levantarla); que cuántos caballos tenía y cómo se llamaban, (Pinto es mi preferido porque galopa suavemente, Roque es terco y cuando va al paso, brinca demasiado; Azabache es el que uso para carreras largas o cacerías); que si la sequía del año pasado le había trastornado la cosecha, (Noooo, he hizo los mandados); que si el gusano rosado le daba lata en los campos (lo fumigué con mis avionetas); que si la fiebre equina le diezmó la caballada, (solo un percheron, que el estúpido veterinario olvidó vacunar). 

Poseía imaginación. Seguramente hubiera sido buen escritor. El golpe en la cabeza no había destruido el lado imaginativo de su cerebro. La realidad viene servida en charola: si quieres te la comes, y si no, buscas tu alimento en la fantasía. La Dulcinea del Quijote era una puta. ¿No?

 


 

17MARZO2018

93. LOS GÜEYES SCOUTS

Me estaba impacientando con la jerga de las abejas y las ardillas, de cómo vienen al mundo los patos y que las cigüeñas no existen, que los gallos se les trepaban a las gallinas y los huevos estrellados eran abortos de pollitos. Yo aguantaba sus pendejadas porque era mi tío y seguramente mi madre lo había mandado para iniciarme en las cosas de la vida. A los diez, en mi ciudad y en mi barrio hasta el más lerdo sabía cómo se hacían los niños; sabíamos que don Alfonso le llegaba a la vecina y en venganza la esposa se encerraba en la tienda de abarrotes con don Cirilo;  que Pedro, el pastor, se solazaba con los chivos y gallinas de la granja del papá; que el Padre Beto se llevaba a los monaguillos de campamento a jugar a las cebollitas. Todo el mundo lo sabía y nos parecía absurdo que los papás siguieran mandando sus niños a su parroquia a aprender el catecismo. Es que el padre es muy rico y les da regalos a los niños, sobre todo fayuca: pantalones Lee, camisas Pennies, tenis Converse. 

Y para distraerme de los peligros de la vida me lanzaron al monte, a los Cerros Colorados, Raymundo, El Cerro de la Ballena, Dinamita, El Palmito y puntos intermedios. Como al caballo del chiste me ponían lentes oscuros, abrigo, y me llevaban a los toros. Los toros en este caso eran los Boy Scouts. 

Había llegado la leva de Baden Powell y reclutaron cientos de muchachillos para sus jamborees y campamentos. Divididos en patrullas, me tocó la de los Lobos y escogí mi propio nombre: Lobo Feroz, lo cual fue error garrafal por aquello de la broma eterna de los cochinitos y la caperucita. Nuestro guía era un tal Castruita, mayor que nosotros y experto en hacer nudos, pitar en clave morse, transmitir señales de bandera, encender fogatas con dos piedras, hornear pan en la hoguera, ayudar a ancianas a cruzar la calle, y treparse como chango a los árboles.

Mis amigos del barrio no toleraban mi pinta de tonto y me daban la lata con aquello de los güeyes escauts, los putos. ¡Lobo feroz! No mames pinche Gato. Me cai que ya te hicieron marica. Entendía sus quejas. Yo era uno de ellos. Habíamos crecido juntos y un lazo tribal nos ataba. Ellos habían sido mi primera experiencia de grupo. Eso de ser niño bonito era completamente inaceptable para ellos, peor aún, niño bonito de pantalones cortos. Vergonzoso. Seguí de boy scout porque intuía que necesitaba no sólo el oxígeno del campo, sino también nuevas formas de convivencia, nuevas ideas, nuevos amigos.

Eran los tiempos de Elvis, Little Richard, Chubby Checker. Cruzábamos la línea de los cincuentas y sesentas. Mi tía Irma y su novio bailaban rock en la sala como profesionales, con tronido de dedos, maromas y brincos. Me encantaba verlos raspar el suelo con tanto entusiasmo. Irma era la tía joven que iba al Colegio Americano y hablaba perfecto inglés. Era maestra de baile español, muchacha inteligente, brillante. 

 Mis otras tías eran fanáticas de los boleros románticos, Los Panchos sus ídolos. Mi tío Jesús prefería la música ranchera, especialmente los corridos. Mi madre seguía a Rachmaninof y Tchaikovsky, aunque sólo ponía sus discos los fines de semana. La abuela gozaba de los valses antiguos. Toda esta capirotada de música me fue entrando  por las venas, como transfusión de notas de una época familiar muy feliz.  

Con el mismo entusiasmo que me lanzaría siete años más tarde a los jesuitas, me lancé al proyecto scout. Después de hacer mi promesa ante Dios y la patria, prometer ser buen ciudadano, ayudar a los demás y proteger la naturaleza, los  hombros de mi camisa se fueron poblando de condecoraciones de campero. Todo un niño salvaje de la selva, un mono faber dedicado al escultismo, a defender con la propia vida las plantas de verdolaga, los campo de algodón, los ríos, montañas, el mundo entero y el universo. Me sentía super héroe. Toda la imaginación que ocupaba en mis soldaditos medievales la volqué en la misión del siempre listo, proteger los débiles, contar nubes durante el día y estrellas por las noches, hacer buenas acciones diariamente y llevar la cuenta en los nudos en mi pañoleta scout.

Cambié las pendejadas del colegio, la tabla del nueve y la tarada seño Lolita, por los gozos de la naturaleza y mis talentos tarzaneros. Fui ganando competencias de silbato en clave morse, me hice experto en hacer nudos de marinero, signos de bandera, maratones, saltos de garrocha, instalar en tiempo récord tiendas de campañas... Cada semana mi madre cosía otro distintivo en el hombro de la camisa. 

Lo que abuela no había logrado a madrazos ni el colegio a base de torturas, castigos y orejas de burro, el británico Powell con su mística de grupo me condujo a un nuevo mundo de trabajo en equipo y le dio sentido a mi vida en un momento en el que pude haberme perdido para siempre en un nihilismo de pandillas y broncas. Yo fui un anti social desde pequeño. Los scouts me socializaron; posteriormente el rock me sacó de nuevo de la sociedad y finalmente los jesuitas me regresaron a ella. 

Con pantalón corto y sombrero de fieltro crucé el desierto, los oasis, cerros y ríos de mi región, escuché los coyotes aullando a la luna por las noches, los sapos cancioneros gorgoreando en los charcos, las chicharras emborracharse en el calor son su temblorina obsesiva. Caminábamos durante el día kilómetros y kilómetros a paso scout, cien caminando-cien corriendo, por el lado izquierdo de la carretera, cantando a coro canciones bobas pero simpáticas como "toda pata huele pero Patagonia no". 

La tienda de campaña fue siempre mi compañera en México,  Alaska y Europa. Sin duda una analogía de mi condición gitana que, según mi primo texano Bert, es nuestro origen. Sin duda la experiencia scout me abrió la puerta a los jesuitas. Ambos fundadores, Ignacio y Powell, fueron militares que crearon místicas de disciplina castrense y crecimiento espiritual para sus miembros. Del pantalón corto pasé a la sotana, de la promesa scout a los votos, de cruzar la calle a viejitas indefensas a cruzar almas al paraíso.

Siempre listo y A la Mayor Gloria De Dios son lemas que se complentan. No vamos a comparar manzanas con naranjas. Ignacio es toda una institución. Powell era viejito tierno y buena bestia, pero nada más.


10MARZO2018

92. Moscas y Merolicos

Siempre quise ser merolico. De esos de verba fácil y florida que vendían remedios para el dolor de vesícula, mal aliento, desmayos, insuficiencia de amor, lombrices, estreñimiento, manchas en la cara, chaparrez, mal del pinto...  De niño nunca me interesaron los bomberos, charros o supermanes. Quizás el Cavernario Galindo, luchador salvaje del equipo de los rudos.

Los merolicos son Sicólogos avispados, rápidos de mente, la transa su especialidad, el engaño su práctica, la verborrea su arte. El frasco de agua azucarada, que ellos mismos embotellan, es efectiva porque tu pendejez y autosugestión es parte de su juego.

El merolico cabalga sobre nuestra ignorancia. No es su culpa que la idiotez es mal de tantos en el planeta. Gitano solitario viaja de pueblo en pueblo, a caballo, en moto, carreta o furgoneta, como payaso siniestro cargando su botica falsa, su ciencia mañosa y su conciencia cauterizada.

¡Quién no ha querido ser alguna vez merolico!

—Pásenle pásenle a lo barrido. Se leen autobíos gratis, se regalan recuerdos e ilusiones del pasado.  Señores, señoritas, niños y niñas: ¿Un recuerdito de Torreón, terrón, el terregoso?  Se venden memorias de la Comarca Lagunera, ratas cambistas, gusanos rosados come-hojas, terregales bíblicos, cosechas de algodón, bodas de rancho, excursiones de boy scouts, velorios de tercera, borracheras históricas y mi río preferido: el Nazas, donde nadie se ahogaba porque no traía agua y era el cagadero del pueblo. De la agricultura pasamos a la industria, de las peleas de gallos a las universidades, de los congales a la vida cívica, y de la política a los narcos. Es la rueda del progreso.

Mi reino por un caballo. Pues te conformas con un burro, corazón, porque los casquitos se los vendimos al bruto de Ceballos, Chema, el charro de paliacate al pescuezo y aliento a tequila, el que jaripeaba toros bravos, ¿te acuerdas? Era incondicional del abuelo y andaba tras los huesos de las tías. Se parecía a Pedro Infante pero se creía Jorge Negrete. Cantaba México Lindo y Querido, cucho, desafinado y por ningún lado pero las muchachas del rancho se encantaban: Ay Chema qué bonita voz tienesssss... ¡Sordas!

Traemos este año estrellas del jólivud, mariachis de Jalisco, alacranes de Durango, cangrejos de Colima, puntas de flecha de San Pedro, sandías de Tlahualilo, tacos de pancita de Chávez, libélulas de Santa Mónica, fantasmas y curros de Cleto, nieve de Lerdo, Esqüises, Pepsicolas frescas y birria de la Alianza. Piña para la niña, tequila y sangrita para la señorita, Fresas de Irapuato para los nacos, rebanadas de sandías para la tía, pennes italianos pa los ancianos, percebes de Cantabria para la malaria. 

Y al final de la charriada venía mi suerte preferida: ¡el coleadero! Salía el becerro hecho la cochinilla y el jinete salía a galope tendido, ladeándose, ladeándose, extendiendo el brazo hasta atrapar la cola y jalarla y hacer rodar al bovino. El triste espectáculo me mataba de risa. 

—Muchacho pendejo, ¿de qué ríes? ¿Que no ves que el pobre animalito está sufriendo? El animal eres tú, cabrón, por insensible. ¿Qué tal que te jalaran por la cola y te tumbaran al piso? ¿Eh, güei?

Meditábamos en la azotea, dentro del banco, en el monasterio budista, a las orillas del río Niágara, bajo las cataratas, frente al lago Ontario. Llegamos a ser alrededor de veinte monos: hurones, colombianos, chilenos y canadienses. Acompañábamos a Megan a los festivales nativos de la región, sweat lodges, chozas para sudar y renovarse; Pow Wows, festivales indios de danza, comida y convivencia. 

Fue en esas épocas cuando me picó la mosca de la irrealidad. En el invierno del 88 para ser más exactos. La recuerdo bien, mirándome con sus mil ojos, parada en la pared, en la pared. Corrí por toda la casa en busca del baúl de primavera donde guardábamos  la loción para el sol, la sombrilla de jardín, el sombrero de paja chino, las camisas floreadas de Cuba, el recetero de carnes asadas y, lo más importante en aquel momento: ¡el matamoscas!  Era mosca verde, de esas que genera la mierda de perro, las que me dan doble asco y hay que matarlas con periódico hasta que las haces papilla. Chiquitas pero letales. Dios no les dio alas a los alacranes pero a éstas les concedió el honor. El piquete de alacrán se alivia con suero de caballo; en cambio las bacterias que carga el volador es cuento de nunca acabar. Una mosca puede borrar del mapa a todo un pueblo. 

Pasé corriendo por la cocina. Glenys, sartén en mano, me preguntó cuál era el problema. Contesté que era la mosca. 

—¿La qué? ¿Dijiste mosca? No entiendo.

Subí las escaleras de tres en tres y una vez arriba me  acordé que el baúl estaba en la cochera. Di la media vuelta y bajé de dos brincos. La oía zumbar tras de mi. Taco me perseguía en el ladrido total y sin entender qué pasaba. Milo se carcajeaba en su cuarto mientras jugaba Super Mario

—¿What the fuck is going on? Ja ja ja.

Las moscas verdes me asquean más que a las palomas de la luz, las palomas negras que se ocultan bodegas y almacenes. Si se te para en la cabeza te mueres por la noche. 

El garage estaba cerrado con llave. Jalé la manija varias veces, con toda mi alma y mentando madres. Oi la voz de Perry, el vecino, tras la barda: Are you ok, gato?  Contesté con gruñido en el momento que sentí el piquete en la espalda. Demasiado tarde.

La roncha de la irrealidad duele por unos días. 

Remedio: agua oxigenada y un curita.

 


 

03MARZO2018

91. Glenfiddich on the rocks

M y M, -Megan y Motley- nos visitaban con frecuencia. Contra la costumbre canadiense nunca se anunciaban y aterrizaban a cualquier hora del  día o la noche. El motor del viejo Chevrolet los delataba varias cuadras antes. Taco se desgañitaba a ladridos y Emilio gritaba que la vieja loca del pájaro estaba por llegar.

—Eh, mocoso! Más respeto, cabrón.

—Ja ja ja.

Megan traía, además de gorrión en el pelo, un cuartito de Glenfiddich en la bolsa. Pedía un vaso con hielos y nos sentábamos todos en el jardín a arreglar el mundo. Nos poníamos al tanto de nuestros proyectos, esculturas de Megan, escritos de Motley, obra de teatro de Glenys y mi última grabación.

Una vez al mes íbamos a la Galería Arte Moderno de Toronto, donde Megan formaba parte de un grupo de artistas jóvenes que exponían esculturas y acrílicos en una de las salas permanentes. Firmaba Stockton, a secas, en todo su trabajo. 

El arte le salvó la vida. Había tenido pasado turbulento. Su madre la había abandonado, recién nacida, en una reservación de hurones en Wendake, Quebec. La adoptó una curandera. La niña era secretaria de curaciones, consejos, preparaciones de pócimas y largos paseos por el bosque para coleccionar yerbas medicinales. Niña rebelde, pasó la adolescencia entre reservaciones, correccionales y reformatorios. Odiaba al gobierno y sus instituciones, culpaba a los blancos de las desgracias de los nativos del mundo, de Canadá, del resto de continente, de Australia, India... Conquistas, matanzas y colonización, es la herencia de los apestosos blancos. Casi me reí la primera vez que oí su comentario; digo, la chica era rubia.

Aprendió el arte de tallar totems y pintar pieles como parte de su educación nativa. Era artista nata, una Janis Joplin de la gubia y el formón.  Bebo para olvidar y pinto para no matarme, nos confesaba a Glenys a mí. Rompía el silencio con un glub-glub o un hic. 

Al llegar a la región de Niágara entró en contacto con los monjes budistas de las Cataratas. La meditación zen la salvó del suicidio y la desesperación.

Ella y Motley vivían en un banco que había sido construido en el siglo diecinueve. Un mecenas se los regaló para que les cupiera todo el basurero de hierro, madera y postes que no cabían en el jardín de la casita que rentaban. Era un enorme cascarón de cemento sin habitaciones ni divisiones. Al frente lo adornaba una fachada neoclásica con columnas dóricas y frisos con bajorrelieves greco romanos. Detrás, una larga escalera de madera ascendía al techo, donde alguien, hacía tiempo, había construido una recámara, baño, cocina, comedor y un patio techado donde vivían los pájaros de Megan.

La primera vez que los visité era el principio de la primavera. El invierno había sido crudo, fiero, famoso por sus nevadas intensas que dejó pueblos aislados, sin luz ni calefacción; en la autopista a Toronto una carambola de docenas de coches dejó un saldo de veinte muertos e innumerables heridos. Todavía hoy se venden camisetas con la leyenda: Yo sobreviví el invierno del 1986. 

Llegué sin anunciarme, dado que no tenían teléfono. Toqué el portón con la mano de metal, mano de mujer suavísima y estilo art nouveau, tan ruidosa que casi desperté todo el vecindario de Grimsby, pueblito simpático del sur de Ontario.

Megan abrió la puerta. Motley se había ido a la universidad. Ella trabajaba en su nuevo proyecto.

—Mi nuevo tema es la tortuga. 

En un mes había poblado su espacio con una obsesión de tortugas en diferentes formas y estilos; acrílicos enormes  representando tortugas verdes y naranjas con alas, totems altísimos con tortugas apiladas luchando por liberarse, un altar de tres metros de largo con tres tortugas talladas en madera, agonizando. En un estante había pequeñas tortugas de barro, listas para el horno.

—Hace años que tenía ganas de atacar este tema. Para nosotros, los indios, la tortuga es símbolo de origen. Sobre ella se edifica la tierra y el universo. Ella es la diosa creadora de todo. 

—Para nosotros, los mexicanos, es Cipactli, el cocodrilo.


24FEBRERO2018

90. Bird Woman

Las conferencias educativas de teatro eran una locura. Había que llevar al menos quinientos discos de diferentes colecciones, aparato de sonido, extensiones y bocinas, mesas, estantes, grabadoras, pósteres y panfletos con nuestra propaganda. Todo se atiborraba en la van la noche anterior. Emilio estaba encargado de organizar los discos compactos en cajas y tenerlas listas en la cochera. Yo me encargaba del resto. Glenys tenía suficiente con preparar los talleres que presentaba a grupos enormes, de cincuenta o cien maestros en la sala de conferencias de los hoteles. 

Fuera de la rutina de universidades y secundarias, los maestros iban y venían felices, entusiastas y ruidosos como chiquillos, del bar a las conferencias y del restaurante a los talleres. Era ambiente de feria que favorecía al negocio. Esos eventos eran telaraña interminable de contactos y ventas. Después iban a sus colegios a replicar lo que habían aprendido, que traía ofrecimientos de más talleres y órdenes de discos. Personalmente me sentía satisfecho de saber que mi música estimulaba la creatividad de maestros y alumnos en Canadá, Estados Unidos, Australia e Inglaterra. Nuestros clientes expandían nuestro material. Glenys comenzó a viajar a Europa y Australia a dar conferencias, con su tambache de discos, por supuesto.

Una vez que el taller terminaba y los maestros venían a nuestra mesa, Emilio y yo no nos dábamos abasto redactando recibos, intercambiando dinero y contestando a sus preguntas. Después llegaba Glenys  y los clientes se alborotaban todavía más. 

Había puestos de compañías de publicaciones, vestuario, títeres, artículos de oficina, computadoras y música. En la primera conferencia a la que fuimos, después del caos y las ventas se me acercaron algunos vendedores y preguntaron:

—¿Qué diablos venden? Pasen la receta.

En realidad, de 1985 a 1995 fuimos la única compañía de grabación con música original para danza y teatro. La iniciativa había sido suicida. Nadie se lanza a componer música, grabarla y producir discos sin tener un contrato. 

Todo había sido el resultado de la experimentación nocturna con sintetizadores. Había canalizado la ausencia de canciones y el shock cultural en la música digital. Largas piezas de siete o diez minutos describían abismos, montañas, parajes galácticos, lagos idílicos y tranquilos. Eso es teatro, dijo Glenys la primera vez que oyó mis primeros experimentos. Graba un casete con ésta pieza y la llevo a mis talleres a ver qué pasa. Así nació Dramasound.

A final de los ochentas y principio de los noventas el Drama and Theatre in Education, teatro aplicado a diferentes áreas de la educación, revolucionaba el campo de la enseñanza. Glenys era portavoz de ésta nueva forma de llevar al salón de clases un nuevo enfoque que facilitara el proceso educativo. Los maestros conservadores no simpatizaban con esta teoría, pero el genio estaba ya fuera de la lámpara y la nueva generación de educadores favoreció el cambio.

Planeábamos cada álbum como si fuera obra de teatro. Discutíamos los títulos, estado de ánimo de la pieza, instrumentación, duración y ritmo. Una vez empapado de ideas e imágenes me encerraba en el estudio. Diez años de noches luminosas, creación libre, contemplación y gozo absoluto. Noches nevadas y silenciosas, de grillos en verano, hojas y viento en otoño. Padre y esposo de día, ermitaño musical de noche. La música iba del sintetizador al disco y del disco a obras de teatro de la universidad, talleres y salones de clases.  Emilio se hizo adolescente, Glenys y yo llegamos a los cincuentas, pusimos al negocio en el Internet, llegó la novedad del MP3  y los sintetizadores desaparecieron con el nuevo programa Logic Pro de Apple y su infinidad de  instrumentos y sonidos, estudio de grabación y herramientas necesarias para grabar discos. 

Un mes después de la muerte de Joe fuimos a la conferencia de Peterborough, al norte de la provincia de Ontario. Se llevó a cabo en un hotel incrustado en el bosque, con pista de patinaje, rampa para esquiar y una sala de conferencias espectacular con vista al lago. Instalaba mi mesa de ventas cuando llegó una rubia, alta, robusta, de ojos verdes y felinos y carcajada de barbaján. Vestía blusa blanca bordada con motivos indios multicolores, falda larga y botas de gamuza. No era guapa, ciertamente interesante. Yo seguí instalando estantes y aparatos. Ahorita la atiendo, le dije.

—Soy Megan Stockton.

Conocía el nombre. Rápidamente el monito de mi cerebro se dio prisa revisando archivos del pasado hasta que encontró el nombre:

—¿La mujer pájaro?

Ave del Cielo es mi nombre indio.

—Perdón.

Soltó su típica carcajada y dijo que cualquier nombre era bueno, que los blancos le habían puesto Megan, y los indios Sky Bird. 

—Fui alumna de Glenys hace dos años, hasta que me di cuenta que el teatro no era para mí. Regresé a mi tribu y continué practicando mi verdadera vocación: tallado en madera.

Era amiga de Joe Findlay, el irlandés, quien le había mencionado a un mexicano jesuita a quien debía conocer. Me nombró encargada de checar que sigues sonriendo al presente. 

—¿Qué traes en el pelo?-dije- Algo se mueve ahí dentro ¿O estoy viendo visiones

—Ja ja ja, es uno de mis hijos.

Con mucho cuidado escarbó la melena esponjada y sacó un gorrión, lo besó en el pico y me lo mostró. Se llamaba Charlie y era uno de las docenas de pájaros que tenía en casa. Cuando viajaba llevaba solo uno, en la bolsa de la blusa o en el pelo. El pajarillo me miró brevemente, aleteó inquieto y regresó a la cabeza.

—¿Y no te pegan enfermedades?

—No jodas, los humanos son los que me pegan enfermedades, ja ja ja ja.

Me acordé que Glenys, hacía tiempo, me había hablado de una alumna medio zafada que iba al salón de clases con gorrión en el pelo y que al regresar Niagara Falls US, la detuvieron los inspectores, alegando que ese gorrión era americano y no pasaba la frontera. Todo el sainete tomó un día de discusiones y espera. Vinieron al rescate el rector de la universidad de Brock y varios de sus compañeros estudiantes, a testificar que Charlie era canadiense. Mujer y pájaro regresaron a Canadá. Increíble pero cierto.

—¿Y qué haces en una conferencia de teatro?

—Acompaño a Motley, mi compañero.

Motley era un gay excéntrico, actor, director, pintor, poeta y agente-vendedor del arte de Megan. Eran inseparables, caso patológico de dependencia,  gemelos que completaban la frase del otro o inclusive hablaban al mismo tiempo. Los bauticé como Junapú y Xbalanqué, que ellos redujeron a Poo y Quique.


 

17FEBRERO2018

89. La Cacería

La segunda vez que fui a casa del irlandés, me perdí. Olvidé el mapa de Glenys y terminé en el laberinto de caminos y veredas. Ésta vez iba en calidad de invitado. Recibí una carta en sobre arrugado con letras apenas legibles, con mi dirección. Me invitaba a cazar liebres árticas, el primero de diciembre. Diez de la mañana, ¡en punto!

Me detuve en una cabaña semi escondida en el bosque a pedir ayuda. Después de tocar varias veces salió un barbón rubio, mal encarado, que olía leña, con una Budweiser en la mano. Le expliqué que me había perdido y que buscaba la calle Swift.

—¿Qué número?

—Diez.

—El loco irlandés. ¿Es tu amigo?

—Conocido.

—¿Van de cacería? —dije que si—. El viejito necio usa flechas para cazar. ¿En qué cabeza cabe? Cuídate, no te vaya a ensartar, ja ja ja. Lo indios están justificados porque el gobierno ha decidido que los guajolotes salvajes sólo se matan legalmente con arco y flecha. Yo uso escopeta. El bruto irlandés odia las armas de fuego. Pásale, te invito una cerveza.

Eran las diez diez y me retumbaba en el cerebro el  diez de la mañana en punto. Le dije que otro día, que me urgía llegar a casa de Joe. Salió al porche. Era oso en mameluco rojo, botas de minero y voz de Vincent Price. Tenía manazas de neandertal con las que indicaba izquierdas y derechas para llegar a la casa del irlandés. Se llamaba Dexter, borracho australiano, que según Joe era un bueno para nada, bruto pero noble. Se dedicaba a la caza mayor: alce, venado y oso.

Llegué rápido pero tarde. Me aguardaba la garza, de pie, frente a la cabaña, con pantalones y chamarra de gamuza. Imponía su melena y bigotes blancos. Me recordaba al rey de la película Ran, de Kurozawa.

—Vaya puntualidad jesuita! ¿O qué, también te enseñaron a dudar del tiempo? Ponte los esquíes y carga esta mochila que estamos tarde. 

Me aventó un arco que atrapé en el aire y le devolví de inmediato. Le dije que no sabía matar nada, ni animales ni humanos a menos que me atacaran. 

—¿Compras carne de vaca y pollos muertos en el supermercado para no ensuciarte las manos? Alguien mas los mata por ti. Cómodo, ¿eh? Es tiempo de aprender que a los niños no los trae la cigüeña, mexicano. Vámonos. 

Por fortuna conocía el cross-country skiing, deporte popular en las praderas de Manitoba donde vivía la familia de Glenys. Avanzas con brazos y piernas, clavando varas y deslizando esquíes, usando todos los músculos y echando el bofe. Si los esquíes no están encerados implica doble esfuerzo y acabas dos días en cama con Advil y Voltaren. Por supuesto que el viejo no los enceraba.

Subimos la colina hasta llegar a terreno plano. Me caí dos veces en el ascenso pero el tipo no me vio. Las cuestas se suben como pato, con esquíes abiertos y a pura pantorrilla. Sudaba a chorros.

—Tienes que dejar de fumar.

—No fumo.

-Evita sexo la noche anterior.

Ni que fuera boxeador, viejo pendejo, pensé. Lo terrible del asunto es que el tipo tenía una fuerza bruta a los setenta y uno, y yo, a mis cuarenta, parecía de cien. Aguantaba su temperamento ácido porque los monjes budistas del convento de Niágara Falls me habían hablado su nivel de meditación. Lo veneraban como al Bodhidharma canadiense. Se cachaba los salivazos con el lama mayor del monasterio. Los monjes hablaban de sus sesiones de meditación de diez horas. Me pareció una exageración. Imposible para un anciano permanecer tanto tiempo en posición de loto. El monje chismoso añadió: 

-Su método de meditación, en su cabaña, es peculiar: lavar platos, palear nieve, cortar leña, cazar liebres. No se te vaya a ocurrir decirle, cuando te lo ordene lavarlos platos, que están limpios. 

 

Joe era cazador pasivo: no iba por la presa, la aguardaba, sentado, espalda recta y mirada al horizonte. Si respiras te mato, murmuró. Los impuntuales son siempre ruidosos. Empuñaba con la izquierda el arco y con la derecha palpaba suavemente flecha y cuerda. Después de media hora se me durmieron las piernas. En cámara super, super lenta las extendí y sentí la sangre correr de nuevo.

 

—¿Terminaste?

 

—Sí. Perdón.

 

Había nevado la noche anterior y el paisaje era tan blanco que parecía irreal. Finalmente llegó el momento. Lenta y cuidadosamente jaló cuerda y flecha. Yo no veía nada; el sol sobre la nieve hacía la vista imposible. Su mano seguía jalando el arco, sin titubear, hasta llegar al límite de la tensión. Permaneció inmóvil por un minuto. El tuang!! me estremeció. No vi la flecha pero oí el zumbido. Joe permaneció sentado por unos minutos, viendo la presa quién sabe dónde. Tenía mirada de águila, no usaba lentes y sus ojos de gato bajo las cejas de algodón parecían irreales. Nos levantamos lentamente y caminamos sobre la colina hacia los arbustos; por fin la vi, enorme y blanca, dando las últimas patadas. La sangre pintaba motivos abstractos sobre la nieve. 

-Pidamos perdón, Gato.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Levantó las manos al cielo y dijo una oración en dialecto indio.

Regresamos con 3 liebres árticas. Comida para dos semanas. ¿Quieres llevarte una?  Dije que no, que prefería comprarlas muertas en el supermercado. Soltó la carcajada, la primera vez que le oí reírse de buena gana.

 

Desde ese día nos hicimos, oficialmente, buenos amigos.

Arreglamos que lo visitaría cada dos semanas para aprender su técnica de meditación. Así lo hice. La verdad es que se nos iba todo el tiempo en hablar de historia, política, música, filosofía, religión, tomando su famosa cerveza mata burros y viendo los mapaches en el jardín. Le gustaban mis historias de Montserrat, aunque prefería el bosque a la montaña. Había leído la vida de San Ignacio. Le parecía un loco místico, no diferente del Bautista, aunque no tanto como Pedro el Ermitaño.  

Por fin, un día me mandó a lavar los platos.

—Están limpios- le dije.

—Precisamente, lávalos.

Cuando terminé me fui a sentar a la sala.

—Te dije que lavaras los platos.

—Están limpísimos.

—No se trata de limpiarlos. Se trata de lavarlos. Pero si cuando los lavas piensas en tonterías, no estás lavando. Cuando lavas los platos, lavas los platos. Punto. ¿Quieres ir a lavarlos de nuevo, por favor?

Los lavé de nuevo, concentrándome en cada uno. Tratando de hacerme uno con el mentado plato. Cuando olvides que estás lavando platos, mientras lo haces, vas por buen camino.

Cuando termines ve a partir leña, partir leña, partir leña, partir leña. !Pártela bien!

Después de un mes de curso intensivo que no llegó a los extremos jesuitas de barrer escaleras de abajo para arriba, conversamos de nuevo. Como piloto de guerra había participado en batallas famosas, como el bombardeo de Dresden, que Joe calificaba de matanza. Ellos nos hicieron mierda en Londres, nosotros los hicimos polvo en Dresden. La guerra es negocio sucio. La reina me condecoró por criminal. Pudo haber armado caballero a Capone. Ahora mato liebres. Al menos son mi alimento, mi justificación. Si me hubiera comido a los de que bombardeé seguramente tu Dios me hubiera perdonado. ¿Por qué crees que medito? La conciencia es un castor terco y nosotros una bola de pendejos. 

El vacío mental era la idea central de su filosofía. El haz lo que haces de Juan Berchmans. El aquí y ahora. 

-Sonríe siempre a tu aquí y ahora. Es todo lo que tienes que hacer. Olvida tu cuenta de banco y el  futuro. Eso no existe. Solo existe el cuadrito que pasa, ahora mismo, por el proyector de cine de tu vida. El rollo de atrás no existe, el de adelante tampoco porque no ha llegado. Solo los niños y los animales viven espontáneamente el presente. Nuestros maestros de primaria y secundaria arruinaron nuestras vidas. Sonríe a tu aquí y ahora y serás liberado.

Leíamos poesía, mejor dicho, él leía poesía en voz alta: Emily Dickinson, poesía zen, haikus japoneses y el irlandés William Russell. También poesía azteca en traducción bilingüe.

—My favourite is Neaikacoyo.

—Netzahualcoyotl.

—Ése... Una soledad exquisita. Entre plumas y flores te inyecta el opio de la nostalgia del infinito. Es una lástima que no hablo español. Prometo aprenderlo un día.

—Tendrías que aprender náhuatl porque ni el español ni el inglés le hacen Justicia. 

Visitábamos el templo budista cada mes. Una hora de meditación en la sala de Los Mil Budas de Oro. El abad Shin-Tue-San, nos invitaba después a comer, caldo y yerbas. Pensé que hablarían conversaciones trascendentales, secretos del Tibet, historias y leyendas del zen. No, la conversación se limitaba a temas del monasterio: drenaje, calefacción, transporte y noticias de otros templos budistas alrededor del mundo. Me recordaron a Stanislaus el patriarca de los ermitaños de Montserrat, quien, en nuestra primera conversación se la pasó hablando de las películas de Cantinflas que había visto

Mientras tomábamos té, hablamos del poeta y místico vietnamita Thich Nhat Hanh.

—¿Hacia el zen por el arte?-preguntó Joe.

—Todos los caminos van a Roma-sonrió el monje.

En el invierno de 1986 contrajo influenza, y una semana después, pulmonía. Fue la última guerra que libró. Salió empatado. Después de diez días de antibióticos, superada la infección, guardó cama dos semanas más. Su horario cambió radicalmente: no más cacerías, corte de leña o esquiar. Solo lavar platos.

Murió en el 87. Oficialmente ataque al corazón. En realidad la pulmonía fue la responsable. Su funeral parecía fiesta de Halloween. Los amigos de Natalie eran bailarinas, profesoras de la universidad -Glenys entre ellas-, escritoras, directores de teatro. La raza de Joe: monjes budistas, hippies, nativos de varias tribus de Ontario y Quebec, y la comunidad de raros y locos del bosque, entre ellos el oso australiano. Un gaitero irlandés, entre otras piezas, tocó la favorita de Joe: Arbour Hill.

Natalie se veía muy acabada. Recordé las fotos de bodas que Joe me había mostrado. Ella, bellísima, radiante. Él, serio, tímido, con sonrisa discreta. Hacían buena pareja. Ella era alta pero no tanto como el piloto, quien posaba con su uniforme de oficial de la aviación del Reino Unido.

—No teníamos ni un quinto el día de la boda. Nos casamos en Dublín y pasamos la noche de bodas ahí mismo, en casa de mis padres. Después de la guerra hubo vacas flacas.

Un sacerdote católico vino a despedir a Joe. Me extrañó que Mr. no creyente se había rajado a última hora. Yo lo decidí, me confesó Natalie. Era irlandés de pura cepa, de familia más católica que el Papa. Si no le gusta mi gesto, que se aguante.

 


 

10FEB2018

88.El Gnomo del Bosque

Esther, Bird Woman, artista, escultora de figuras en madera, fue abandonada por su madre en la reservación de los Mohawks de Ontario, en los sesentas. La única rubia de la tribu. Seguramente soy escocesa de pura sangre porque me encanta el Glenfiddick. 

Joe Findlay, ermitaño irlandés que habitaba en una cabaña en los bosques al sur Ontario, vivía de la cacería, al estilo indio, con arco y flecha. A sus setenta y tantos tenía una puntería apache que no dejaba liebre viva en su territorio

A las orillas del lago Erie vivía Megan Stockton, originaria de Oregón, que al enviudar emigró a Canadá y se encerró para siempre en una casita frente al lago con sus tres gatos: Rita, Flor y Estrella.

Por diferentes caminos, costumbres y culturas, los tres llegaron al mismo estado espiritual que los monjes ermitaños de Montserrat; lo que los japoneses llaman satori. No se conocieron entre si porque llegaron en diferentes etapas de mi vida. Los tres fueron guías, directores espirituales, maestros de meditación.

Glenys era amiga de Natalie, esposa de Joe, ex bailarina de ballet que entonces se dedicaba a escribir libros sobre expresión corporal, disciplina teatral en la que Glenys es experta. Un día fui, en calidad de mensajero, a la cabaña de los Findlay a entregar unos libros. Llevaba un mapa que Glenys había dibujado, dado que al salir de la autopista todo eran caminos de terracería y veredas complicadas, como diseñadas por cartógrafo con Parkinson. En realidad eran caminos que los indios, antes de la conquista británica, habían abierto como medios de comunicación entre bosques y aldeas. Las calles y avenidas modernas de St. Catharines fueron también vías indígenas, que hasta la fecha, hacen imposible la orientación aun con GPS.  

Después de perderme varias veces finalmente llegué a la cabaña de madera de pino de toque moderno, ventanales grandes, techo a dos aguas, en medio de un claro del bosque. A diez metros estaba la alberca, rodeada por una barda de alambre porque se ahogan los mapaches.

Abrió la puerta Joe. Alto, de pelo largo y canoso, ojos verdes, pícaros, cubiertos por pestañas tan blancas y abundantes como su bigote a la Nietzsche. Su pelambre era algodón de azúcar que iba y venía a cada movimiento de la cabeza, lo que le daba aspecto espiritual, casi fantasmal. Prefería las camisas de color serio, de cien por ciento algodón, con el botón del cuello siempre abrochado. Hablaba lentamente, con voz muy clara y juvenil, haciendo pausas exageradas en cada coma y punto de la conversación.

—Natalie no está, ¿en qué diablos te puedo servir?— dijo con voz amable pero firme. No usaba lentes, sus ojos azules eran penetrantes, inquisitivos. Tenía brazos larguísimos que parecían estorbarle cuando estaba de pie. 

Sonreí. Era viejito cascarrabias, un gnomo de cabaña en el bosque. Me invitó a pasar haciendo una pomposa verónica con su brazo de simio. Un perrazo negro azabache, labrador, de ojos dulces y patas enormes vino a olerme. 

—Se llama Spitfire, es de armas tomar pero por lo visto le caíste bien. Pásale, tomemos asiento en la sala. 

Al caminar, Joe parecía garza: o se fajaba el cinturón muy arriba de la cintura, a la Valenzuela, o tenía el torso muy alto y las piernas kilométricas. Los zapatos, angostos y larguísimos hacían toc-toc, toc-toc, al caminar sobre el piso de madera, pies planos sin duda. El ventanal enorme de la sala mostraba una patio amplio, jardín estilo inglés a la izquierda, con flores plantadas a lo pendejo que es el estilo británico. Nada como los  jardines mexicanos o españoles de herencia árabe o azteca. En la orilla derecha había tres cipreses monumentales y jóvenes, como flechas apuntando al cielo. Una fuente de piedra volcánica en el centro del jardín, casi estilo Gaudí, daba toque lúgubre a la composición. Al fondo, aproximadamente a 50 metros, empezaba el bosque, espeso de pinos y maples, con zorrillos, conejos y mapaches husmeando de vez en cuando. 

—¿Cerveza?

—Sí, gracias.

Spitfire me miraba con sus ojos nostálgicos, echado bajo el ventanal. Oí que Joe bajaba al sótano y aproveché para espiar las fotos de las paredes. Me llamó la atención una, donde un Joe joven y bien parecido, con atuendo de piloto de la RAF, posaba frente a un avión de guerra. A su lado, el copiloto, un rubio, tipo boxeador, sonreía con dentadura de caballo. Natalie era cisne de Tchaikovsky en la foto de al lado, en tutú y zapatillas blancas, volando en el aire, brazos y piernas abiertas, graciosa y monumental. El resto eran fotos de familia pero no pude verlas porque Joe ya venía toctoqueando con cervezas frías en ambas manos.

—¿No te has robado nada? -preguntó.

—Ja ja. No, nada, no me diste tiempo.

—Cerveza negra de malta, hecha en casa, receta mis ancestros irlandeses. Si no te gusta te mato.

Un trago y casi te tumbaba. Tenía más alcohol que el de botica pero de sabor excelente. Después de varios tragos  vino un largo silencio. En éstos casos soy yo el que tiende a romperlo, pero esta vez me aguanté. El perro roncaba bajo el ventanal y el reloj de pared marcaba el tiempo. Finalmente el irlandés rompió el silencio:

—Estamos en septiembre. Pronto llegarán las nevadas. Sin duda otoño e invierno son mis estaciones favoritas. Puedo meditar a mis anchas, leer hasta cegarme y caminar en los bosques nevados. Natalie pasa casi toda la temporada invernal con su amiga Victoria en el norte de la provincia, escribiendo artículos y libros. La chica necesita entretenerse, je je, no tolera el silencio! 

No supe qué decir, lo único que se me ocurrió, después de otro largo silencio, fue preguntarle a qué se dedicaba antes de ser ermitaño.

—¿Ermitaño? -protestó. Sus cejas blancas se elevaron y los ojos azules de cangrejo me miraron sorprendidos.-¿Yo, ermitaño? ¿Tú, jesuita? No vamos a darle crédito a todos los chismes que corren sobre nosotros por la región. Digamos que no soy animal social, tampoco monje del yermo o contemplativo. Ni uno ni otro. Tuve mi dotación generosa de vida social, una guerra ganada, una revolución perdida, carrera de contador, familia de ocho hijos,  quince nietos, diez perros, veinte amantes, tres esposas y una úlcera. Ni tiempo de ser ermitaño. ¿Otra cerveza?

Titubeé, esta mareado por la primera malta irlandesa pero por no ser grosero dije que si, que vinieran las otras. En ese momento, al fondo del jardín, emergió del bosque un bello venado de cornamenta barroca y ojos vivos.

—¡Joe! -apunté a la ventana-, creo que hay un amigo tuyo al fondo del jardín.

—Es Edward, uno de mis mejores amigos. Lo conocí en una de mis excursiones de cross country esquí por los bosques. Ya te lo presentaré un día de éstos.

—No sé eskiar.

-Claro que sabes. Naciste sabiendo todo, simplemente lo has olvidado. No seas bruto.

Bajó al sótano, y, entre espiar a Edward o curiosear las fotos, opté por lo segundo. Había un retrato interesante, seguramente tomado en Irlanda porque había, al fondo, una pancarta con las iniciales IRA. Joe y sus nueve compañeros, todos jóvenes y decididos, portaban pistola al cinto

Regresó con las bebidas y nos sentamos de nuevo en la sala viendo a Edward al fondo del jardín quien había cambiado de sitio. Spitfire roncaba tranquilo.

—¿Y qué diablos te enseñaron los jesuitas?

Me hizo reír. Pensé mi respuesta por un momento y contesté:

—Me enseñaron a poner todo en duda.

-Wow!, That´s something! Imaginaba que todo era rezar e ir a misa. De veras que son injerto de lobos y ovejas. 

 


03FEBRERO2018

88. Lobos Esteparios

Aprendí de mis tíos funerarios, Jesús y Adelina Cepeda, el arte del negocio en casa. Durante mi niñez pasaba las vacaciones de verano en San Pedro de las Colonias, en la casa-funeraria, Funerales Cepeda, la cual ella administraba. Él se ocupaba de la otra, en Gómez Palacio. La maderería estaba en Chávez, entre Torreón y San Pedro. 

Mis cinco primos, ellos y ellas, eran parte del equipo de trabajo: desde lavar candelabros en agua caliente y derretir cera, barrer la oficina, limpiar las cajas de exhibición, hasta hacer depósitos de banco y ventas de féretros. Carlos, el mayor, aprendió el oficio rápidamente y era buen vendedor, organizador de entierros, experto en armar capillas ardientes, poner el cuerpo en la caja y lidiar con los empleados durante el itinerario de funeraria, iglesia y panteón.

El papel del funerario, al recibir el cliente, es delicado. Requiere tacto. El comprador llega en shock, acaba de perder de un ser querido y se encuentra en estado emocional muy frágil. Un muertero sin escrúpulos puede abusar de la situación y tomar ventaja del momento. No así los Cepeda. 

En los sesentas la mayoría de los clientes, dado que San Pedro era pueblo todavía, eran gente humilde que traían mecate o cordón con las medidas del occiso; confesaban que no tenían dinero y compraban a crédito, que era el tipo de venta más común. Los cajones del escritorio de la oficina estaban siempre repletos de notas sin pagar. Cada fin de semana íbamos, Carlos, Ángel y la pandilla, de casa en casa, a cobrar notas, por los barrios pobres del pueblo. No levantábamos casi nada. Cuando mucho cinco o diez pesos o un dígale a la señora Adelina que me disculpe, que esta semana tuve muchos gastos. Nos subieron el precio del frijol y el maíz  y apenas nos alcanza para sobrevivir. 

Los ricos eran pocos y tercos para morirse. En cierta forma ellos pagaban por los pobres. Un servicio de primera equivalía, en ganancia, a cincuenta o setenta pobres: caja metálica, capilla ardiente, coñac durante el velorio, carroza Cadillac, arreglos florales de fantasía en la iglesia, y bajada al pozo, ya en el panteón, con máquina automática. Entierro elegante. Lo único que faltaba era el boleto de entrada al paraíso.

Las cajas metálicas nos parecían cosa de magia: cromadas en colores serios y brillantes, parecían carrocerías de automóviles. Hechas en Monterrey,  abullonadas con seda y lino, comodísimas. No había rico que no comprara caja metálica: Quiero el mejor féretro para mi papá (o mamá, esposa, hijo...), no importa el precio. Compraban con el corazón, no con la cabeza. 

El negocio, como cualquier otro, tenía buenas y malas temporadas. Las vacaciones de verano traían clientes de accidentes en carreteras. Las gripas de invierno eran generosas; las epidemias típicas del desierto, fiebre equina, asma, tétanos o tuberculosis, mantenían el equilibrio económico del negocio durante el año. Las vacas flacas llegaban cuando la competencia nos comía el mandado o la gente se entercaba en no morirse. Se imponía un presupuesto apretado a la familia y se rezaba aquella oración de no le deseamos mal a nadie, Señor, pero tráenos un muertito.

Mi tío Jesús, capitán del barco, había luchado y sobrevivido muchas tormentas en alta mar. Mar sin viento, hipnótico, de largas horas detrás del escritorio, eran parte de la aventura. No gastas un quinto, hijo, ni uno, mientras pasan las vacas flacas. Igualmente, cuando llega el dinero hay que cuidarlo bien, es la clave de éste negocio, tener un buen guardado.

Ese era el mundo de los adultos. Los niños vivíamos en otra realidad, la del juego, la imaginación. Para mí, las vacaciones de verano en la funeraria fueron la experiencia más grata de mi niñez, más que Disneylandia o el Reino Aventura. Después de la disciplina de la abuela en Torreón, La fune era la libertad, el escape. Además, las posibilidades de travesuras eran infinitas. En cuanto salía mi tía al mandado o a la iglesia, corríamos, Carlos, Ángel, su pandilla de amigos y yo, a las sala de féretros metálicos y nos metíamos en ellos a dormir siestas; en la carpintería hacíamos espadas y hacíamos guerras de vikingos, correteábamos guajolotes y gallinas en el corral, nos subíamos a las azoteas a atrapar palomas y cuando el calor era insoportable, nos metíamos todos a la carroza blanca, la Cadillac, prendíamos el motor, el aire acondicionado y escuchábamos el radio a todo volumen. Si mi tío nos hubiera sorprendido en su carroza favorita e intocable, nos hubiera propinado una paliza poca madre. 

Negociantes independientes, cuasi ermitaños, creadores de su propio camino y estilo, en las malas y en las buenas, era el mundo de los Fuentes y los Cepeda. Mi padre era Fuentes González, ellos Cepeda González. Mi teoría ha sido siempre que mi bella abuela María González había sido la transmisora del gene de la independencia, creatividad personal y supervivencia. Había Cepedas boticarios con farmacia propia, funerarios, una pintora y cocineros.

Mi padre participó la lobo-estepareidad: maestro de inglés, fundó en Guadalajara su propia academia. Tomó de cursos por correspondencia para armar sus propias grabadoras de casetes, grabó su técnica ejercicios de pronunciación en el estudio tapizado de cartones de huevo para controlar las ondas sonoras, consiguió contratos de clases de inglés en los canales de televisión de Guadalajara y soltó, deambulando por las calles del centro, a varios estudiantes, ensanduichados a pecho y espalda con anuncios de la Academia Fuentes.

El corte de mi vida lo hizo el Boeing México-Canadá, tijera mágica que rajó en dos mitades perfectas la tela de mi vida. De gitano a ermitaño y negocio en casa.

 


 

27ENERO2018

87. Los primeros 35

Después de la Fauna vinieron los viajes. El balón de Pelé siguió volando hasta rebotar en  Europa.  Con perdón de Hemingway, Barcelona también era una fiesta, para mi gusto mejor que la de París, por una sola razón: el mar, el misterioso y bello mediterráneo. Rata del desierto, los puertos siempre me han fascinado. La gente de Tampico, el primer puerto que conocí, me parecieron seres de otro mundo: alegres, ligeros, jacarandosos; daban la impresión que para ellos los problemas de la vida no existían y a todo le encontraban solución. 

Me sentaba en la playa a ver el mar. No me interesaba zambullirme, sólo ver las olas rodar, una tras otra, en momento de contemplación, fantasía, sueño. Cuando cumplí cinco años, mi madre me regaló una caracola. Si pones tu oído en la apertura puedes oír el mar. Fue el acto de magia más extraordinario que había presenciado en mi corta vida. Ni el mago del colegio que adivinaba objetos a ojos vendados, ni el del circo de los conejos blancos brincando del sombrero me impresionaron tanto como el sonido del mar emergiendo de la caracola.

Entre el Barrio Gótico y el puerto establecí mi centro de operaciones. Como en el DF, en un año hice docenas de amigos y conocidos: catalanes, andaluces, vascos, israelitas, argentinos, chilenos, todos jóvenes como yo, todos en cruce de caminos, en la búsqueda, la bohemia y joie de vivre. Pintores, poetas, arquitectos, artesanos, bailarinas, guitarristas, cantantes, místicos, borrachos, monjes, busca pleitos, toreros, locos... Un circo para Fellini. La inspiración  trajo más canciones, alimentada por excursiones a galerías de arte, la arquitectura de Gaudí, la casa de Dalí en Figueras, el museo Picasso, caminatas por la Costa Brava, fogatas de guitarra, paella y Riojas a la orilla del mar.

Como decía el amigo McCumber de feliz recordación, having too much fun is also dangerous. El exceso de felicidad es también peligroso. El cáncer de la depresión llegó un otoño. Te levantas crudo, por el lado equivocado, no te reconoces en el espejo, no hay nada en el refri para el desayuno, te pones los pantalones al revés, sales a la calle y caes en la cuenta que el mundo ya no es el mismo. La realidad, o tú, han cambiado.

La visión en la estación de trenes y el póster de la basílica me llevaron de la mano a la Montserrat, a recargar la batería. Stanislaus, el patriarca ermitaño, me abrió los ojos al mundo del zen, silencio, contemplación y el eremitismo, realidad que entendería doce años después, en el jardín de South Drive, en la segunda mitad de mi vida. Me hubiera quedado en la montaña, para siempre. No todavía; tendrás tu montaña algún día. Paciencia, Gato.

Después de Montserrat vinieron otros viajes, Marruecos, Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, Hawaii, Japón, China, pero ya no en plan de bohemia. Cerraba etapa, regresaba lentamente a México donde me aguardaban en orden de aparición mi primer matrimonio, el teatro de Luis de Tavira, el segundo matrimonio, y mi hijo Emilio. Cerraba la primera mitad de mi vida.

Dije adiós a Barcelona desde la proa del barco. Zarpó por la tarde y atracó en Génova al amanecer. Dormir en algún hostal, eral el plan, y salir temprano a pedir rait a la autopista rumbo a la ciudad eterna, quinientos kilómetros al sur, como ir de Torreón a San Luis Potosí. Haría pausas de un día en Pisa y Florencia; pero al ver la mágica Génova desde la proa del barco, cambié de idea. La ciudad fue emergiendo lentamente en el horizonte. Las colinas pobladas de casas y edificios de color naranja, amarillos y blancos surgían del mar como tarjeta pop-up de fantasía. Génova bien valía una semana más.

Me hospedé en una ratonera de hippies, en los barrios bajos al norte de la ciudad; casa vieja y abandonada que dos italianos, gordos y barbones, administraban. Se valía fumar marihuana pero no toleraban desorden ni broncas. La sala era amplia, sin muebles ni alfombra. Había alrededor de veinte gentes de ambos sexos regadas sobre el piso en bolsas de dormir y cobijas, conversando y fumando mota a placer frente a la enorme chimenea que era lo único acogedor del edificio. Me hice amigo de un israelita que ofreció un vaso de vino barato y salchichas. Conocía Montserrat, pero no a los ermitaños de la cima. Acababa  de terminar la carrera de arquitectura y viajaba, a lo pobre, por un año, antes de regresar a Haifa.  Propuso visitar el Palazzo Reale al siguiente día. Buena suerte la mía: en Barcelona me uní a un grupo de arquitectos chilenos con quienes viajé a París, admirando iglesias y capillas góticas y románicas, pueblo por pueblo. Saúl  y yo  turisteamos una semana, de palacio en palacio, galería en galería, incluyendo el famoso panteón Staglieno. 

 


20ENERO18

86.El Rey Pelé 

Como quien corta con bisturí la panza de la vida, rajé en dos mitades, de 35 años cada una, mi historia. En realidad, fue parto sin dolor, natural: dos simpáticos gemelos, un gitano, el otro ermitaño. Los primeros treinta y cinco fueron de celebración: guitarra, mujeres, vino, viajes y música. Bueno, no todos los treinta y cinco. Las matemáticas me fallan. Nunca fui bueno para la aritmética, álgebra, menos para la horrible  química orgánica. Apenas entendí el dos más dos o la tabla del uno. 

El lado derecho del cerebro resultó más mejor. El izquierdo era un bueno para nada. El número ha sido siempre mi enemigo. Ese pequeño hijo de puta que en cualquier idioma tiene forma críptica, actitud cerrada, visión ciega y pose prepotente. Los únicos que han entendido los números en forma humana han sido los mayas. Los concebían como dioses, energías sagradas. No así la profe de primaria que enseñaba las tablas de multiplicar del mismo modo que la idiota del catecismo enseñaba el Padre Nuestro, cantando: Uno por uno uno, uno por dos dos, uno por tres tres... 

Shut the fucking hell up!

1968 fue el mejor año de mi vida. Después de la niñez norteña y la clausura de Puente Grande, hice más amigos en esos doce meses que pelos tiene un gato. Del anonimato del noviciado de pronto brinqué al ruedo era baterista de la Fauna y a la gente les gustaban mis canciones. Me volé. Olvidé los consejos del padre maestro y me hice completamente effusus ad exteriorem, inmerso como pez bagre en la vida social de la capital. Me elevé en una parábola perfecta, como la del balón de Pelé, pateado desde la línea central del campo del Azteca en 1970, que voló por los aires a la portería inglesa, en cámara lenta, ante la vista hipnotizada de 87 mil almas, entre ellas mi primo Momo, quien consiguió los boletos, y yo. El guardameta Gordon Banks, confiado, adelante de la línea de pénalti, tuvo que correr como endemoniado a su portería para evitar el gol. Cuando vi la esfera de piel de marrano volar por los aires, pateada por el rey, en ese momento hipnótico y profético entendí la ley de la gravedad, el poder de la memoria, la mirada de mi madre, el corazón del viejo Valle, la nostalgia de Valenzuela, la toma de Torreón y las palizas de la abuela. 

El jesuita, poeta y pintor, Miguel Aguayo, me introdujo al lado artístico e histórico de la capital. Visitamos las iglesias barrocas y galerías de arte del sur de la ciudad. Miguel Pintaba acrílico sobre tela en su camarilla del filosofado, tela en el piso, estilo Pollack, de pie, inclinándose pincel en mano. Colorido brillante, muy mexicano, de dinamismo y formas abstractas que formaban universos y galaxias fantásticas. A la semana de llegar a la capital me invitó a comer al restaurante San Angel Inn. Recuerdo perfectamente esa ocasión porque tuve una bronca con el mesero, quien insistía en ponerme la servilleta en las piernas. Hei! -le grité- ¿qué chingaos haces? Ni idea que así eran las costumbres en el mundo de las elegancias. Aguayo muerto de risa: Don Gato, así se acostumbra en algunos restaurantes, ja ja, tranquilo. Yo era torreonense de humilde clase media, acostumbrado a restaurantitos simpáticos de menudo y enchiladas, servilletas de papel y manteles blancos de plástico de cuadros rojos, cerveza Tecate de lata con limón exprimido en las orillas y grupo norteño berreando a ritmo de acordeón y redoba, el corrido de Benjamín Argumedo. Cualquier norteño, bigotón y de guaripa terciada le hubiera tronado la cuarenta y cinco, entre las orejas, a cualquier mesero que intentara ponerle la servilleta en salva sea la parte.

El reencuentro con la Fauna fue ocasión especial. 

La Micha, La Araña, Gonzalo Escobar y Manolo Larrea, habían fundado el grupo Las Michas, en Puente Grande, del cual yo había sido  miembro. Tocaba los bongos, aunque mi preferencia era la batería. Imposible comprar una, pero ¿qué tal una hechiza? El hermano encargado del establo hizo los tambores con botes de pintura y parches de piel de vaca. El carpintero proveyó los platillos: dos sierras cortadoras. Antes de ensayos y presentaciones había que calentar las pieles; tardaban siglos en templarse, pero el efecto, aunque un tanto africano, daba el gatazo de batería rockera. 

 Amenizábamos en el comedor, en celebraciones religiosas, despedidas y cumpleaños. Luis de Tavira preparaba farsas y sketches, alguien recitaba poesías y el  evento terminaba con la novedad del juniorado: Los Michas. Todos los miembros del grupo iban un año adelante de mi. Cuando emigraron a la capital, a estudiar filosofía, me quedé atorado doce meses en Puente Grande, practicando con mi batería de juguete, como retrasado mental, mientras ellos formaban parte de la grabación del disco Misa Hossana, lo cual me producía una urticaria crónica de pura envidia.

En el 68 la Fauna se hizo realidad. Retomamos la conversación, la música, la amistad. Nos dejamos el pelo largo, nos unimos a la leva hippie de los tiempos. El arrollito de canciones que yo traía de Puente Grande, se transformó en río, con el estímulo de la gran ciudad, su dinamismo, arte y, año terrible, problemas de represión gubernamental. Dylan contra Viet Nam, Atahualpa Yupanqui por el indio, Serrat por Cataluña,  todo se filtró, a mis veintidós años, en mis venas y se tradujo en música. 


 

13ENERO2018

85.Cinco Fuentes

De los Fuentes conozco poco: tres Dorados, un torero, un cantante de ópera y mi padre. Alfonso, José de Jesús y Eustaquio fueron Dorados de Villa. Tíos abuelos. El primero vivió para contarlo, jubilado en su ranchito de Teocaltiche, Zacatecas, lugar de origen de los Fuentes: una huerta, vacas, chivos, y una raquítica pensión, fue todo lo que escurrió el marrano de la aventura revolucionaria. Fue él quien me obsequió la foto original de Los Dorados, bella toma de guerreros armados hasta los dientes, posando con el general frente a un furgón de ferrocarril. Alfonso es el último a la izquierda, en la fila superior, donde la foto ya se deteriora. Por jovencito aparece solamente con fedora y no con sombrero oficial. A los quince años ya era espía profesional. Disfrazado de arriero cruzaba las filas enemigas arriando su retahíla de burros cargados de leña. Entre el tambache de tortillas llevaba dibujos e información sobre posiciones enemigas. En otras misiones, con la Kodak al cuello, captaba desde la punta de los cerros los movimientos de las tropas del gobierno. Un James Bond mexicano.     

El segundo, José Jesús, número 21, segunda fila y cercano a Villa, quería ser médico, pero le madrugó la revolución y lo enroló en la División del Norte. Después de participar en las batallas de Tierra Blanca, Ojinaga, Torreón y Celaya, cayó prisionero en una emboscada, cerca de Parral; después de dos semanas de prisión lo fusilaron en Chihuahua. En la foto sujeta el Máuser a dos manos, no mira la cámara; su cuerpo ligeramente ladeado a la izquierda, y su mirada de ojos pequeños y penetrantes se pierde en la lejanía; más que distraído, se ve preocupado. Quizás divisa el destino. Nariz delgada que remata en bigote estilo Zapata, copetillo negro y lacio asomando por el sombrero, y dos carrilleras de parque cruzadas al pecho, completan la imagen del tío. 

Eustaquio no aparece en la foto. Vaya usted a saber dónde andaba. O quizás era ya prisionero. Los pelones lo acribillaron en Celaya, fuga sin oportunidad de llegar al muro... apenas a cinco metros de distancia le soltaron la descarga.

Me siento orgulloso de los tres, debo decir, los cuatro, ya que mi abuelo materno participó en varias batallas al lado del Centauro, entre ellas la toma de Torreón.

Colgué la foto en la sala de la nueva casa.

—Wow!, who are those guys?

Le conté a Emilio la historia de la foto. A los diez y canadiense se imaginaba la revolución como película de vaqueros. No así Glenys, quien había diseñado máscaras y técnica de movimiento para la obra de Juan Tovar, La Madrugada: Corrido de la muerte y atroz asesinato del general Villa, dirigida por Pepe Caballero. Yo colaboré con escenografía y música.

Sancho, el Caperuzo, estaba de visita en nuestra cabaña de Acopilco, donde entonces vivíamos. Los tres repasamos el texto de la obra, leímos la biografía de Villa y reportes de testigos de la emboscada en Parral. Entre lecturas y ensayos nos adentramos a fondo en la aventura revolucionaria. Sancho le insistía a Pepe Caballero que los actores practicaran sus roles de matones, en los ensayos, destrozando gallinas a mano limpia. Caballero se reía de la puntadas del bigotón.

—Hablo en serio-protestó— ¿Cómo chingaos pueden actuar de matones si no han matado nada? Que hagan mierda a unas pinches gallinas a mano limpia y te aseguro que actuarán con más credibilidad. 

Los actores se divertían con Sancho. Pepe no tenía objeción que lo trajéramos a los ensayos, tampoco Luis de Tavira, dado que, como nosotros, había sido jesuita y era parte del círculo de amigos. Sancho era excéntrico, loco e iluminado. Dos vasos de ron y hablaba en lenguas, citaba a Homero en griego, trozos de La Guerra de las Galias en latín y citas de Así Habló Zaratustra, en alemán.

Conocí otro Fuentes en la capital: Vicente, hermano de mi padre, bella persona quien en su juventud había sido rejoneador. A punto de recibir la alternativa, en Monterrey, lo llamó el tío Sam a las filas. Interrumpió su vida, voló a Chicago y en una semana se incorporó al batallón de infantería en el frente europeo. Era la segunda guerra. Como ciudadano americano no le quedó más que asistir al llamado. Cuando regresó, dos años después, exhausto y deprimido, harto de trincheras y carnicerías, se dedicó al trago.Tomaba para olvidar. Cuando lo conocí, en los setentas, en la capital, era fotógrafo profesional. Me enseñó su portafolio. Magnífico material. Entonces trabajaba para la comunidad española fotografiando pueblos, iglesias y conventos de España. Además de sueldo le pagaban hoteles y aviones. Había reconstruido su vida. Era un brillante artista de la imagen.

Conocí también a mi medio hermano, José, en Guadalajara. Hijo de la primera esposa de mi padre. Reunión extraña, interesante: hijos únicos del mismo papá, desconocidos y conocidos a un tiempo. Nos caímos bien, charlamos a gusto, como viejos amigos. Sería la primera y última vez que nos veríamos. Pepe era cantante de ópera, Barítono de voz potente y clara. Me cantó Granada. Impresionante. Por falta de plazas en el mundo de la ópera trabajaba entonces de cartero. Es una etapa, Rafael, pronto regresaré al escenario.

Cinco Fuentes... los únicos que conocí. Poco hilo para tejer mi pasado, apenas un calcetín. 

 


 

06ENERO2018

84. El Jardín de las Delicias 

Pepita llegó una mañana de otoño brincando sobre las bardas del vecindario. La cercanía del bosque traía todo tipo de mamíferos: ardillas, mapaches, zorrillos, tlacuaches, ratas, y ratones. Esta ardilla tenía energía y gracia diferentes a las demás. Al correr ondulaba el cuerpecillo en perfectas ondas que le daban un aire irreal. Tomaba mi café matutino en la sala. La noche había sido intensa. La pieza,Viento, del álbum Elements, me había entusiasmado tanto que después de las dos, hora de dormir, trabajé hasta las cuatro en el arreglo tejiendo una melodía semi oriental en guitarra, con violines de fondo y efecto discreto de viento.

Pepita intentaba verme a través del cristal de la puerta corrediza entre los reflejos del sol de las once. Me quedé inmóvil para no asustarla. Sin duda la señora Clifford, última dueña de la casa, típica viejita canadiense, se había hecho amiga del roedor con nueces o semillas. Se sentó con las patas delanteras al aire, recta, moviendo la cabecilla nerviosa. Los dientes incisivos le daban aire de ardilla boba. Lentamente me dirigí a la cocina y deshice en migajas un trozo de pan. Regresé, abrí con cuidado la puerta de cristal, después la de tela, pero seguramente abusé de su confianza porque corrió como flecha, los dos metros de cemento hacia el jardín; después se detuvo y le lancé la comida. Demasiado tarde. Cruzó el jardín rápidamente, se trepó al maple mayor, corrió sobre los alambres de la luz, en perfecto equilibrio hasta llegar al poste más cercano y desapareció entre las casas vecinas.

Había que acostumbrarse al nuevo vecindario. Hasta la fecha habíamos sido ratas de departamento. Después de varias ofertas a través del agente de bienes raíces, la señora Clifford finalmente cedió al precio que ofrecimos y vendió la propiedad: tres cuartos y baño en el segundo piso; recibidor, sala, comedor y cocina en la planta baja; sótano amplio, alfombrado y con baño. Lo que más nos gustaba eran las ventanas de ambos pisos, amplias y en esquina que daban sensación de espacio. Colegio a una cuadra, supermercado a la vuelta, el centro de la ciudad a cinco minutos y, lo más importante:  a espaldas del bosque de pinos y maples, Burgogyne Woods, que se extendía al norte varios kilómetros hasta convertirse en campo de golf. Casa ideal para nosotros cuatro, nosotros y el chihuahueño, Taco, quien llegó a nuestras vidas por las mismas fechas. 

Una semana antes de tomar posesión de la casa, camino a Toronto, tomamos pausa para café en el Fariview Mall, al lado de la autopista de Hamilton. Emilio se había quedado con los Sadavas, en la fiesta de cumpleaños de Simón. Después del café en Starbucks me fui a husmear conexiones electrónicas a Radio Shack. Glenys a una tienda de ropa, pero regresó a los pocos minutos diciendo que la siguiera, que había encontrado algo genial que tenía que ver.  Era Taco, cachorrito negro y simpático que brincaba sobre los demás perrillos tras el aparador de la tienda de animales.

—Está bellísimo Gato…—y añadió mañosamente-: Emilio necesita un hermanito.

Se había enamorado a primera vista, lo cual me hizo gracia, pues doce años antes, cuando nos conocimos, trabajando en la obra de teatro La Honesta persona de Sechuán, no le causé ninguna impresión a pesar de que el director Luis de Tavira me había presentado como el compositor de famosa Fauna. Yo, en cambio me enamoré de inmediato, a primera vista, en caliente y de repente. El dicho, no hay mujer imposible sino mal trabajada, fue mi inspiración: trabajé la chica durante los ensayos, ella coreógrafa, yo compositor, y a los tres meses ya éramos novios, aunque sólo de agarradita de mano. Había que trabajar más los detalles.

Tenía razón en lo de Taco como hermanito de Milo. Me irritaba la idea yo cuidaría del animal, como había sucedido con el hámster y las tortuguitas. Pero el canino también me tocó el corazón. Desde mi niñez había estado desperrado. Moro había sido mi hermanito, lo quise a morir, casi como al abuelo. Sacamos la tarjeta de crédito y compramos la mercancía. His name is Taco and comes from a family of chihuahuas in Montana, dijo la dependienta.

Así completamos el reparto teatral de nuestras vidas. Ya éramos cuatro, número par, símbolo de los puntos cardenales, las cuatro estaciones, el cuarto día del calendario azteca: Lagartija, que significa juventud, maíz, celebración y danza. Taco fue hermano inseparable de Emilio, hijo adorado de Glenys y...increíble pero cierto, el muy hijo de perra nunca me quizo. De broma le decía a Glenys, que para Taco, yo era solamente el tipo que se acostaba con su mamá.  Eso sí, sólo a mi obedecía. Yo era la autoridad. Ellos la diversión.

En la nueva propiedad tuve que aprender el arte de mantener casa: electricidad, plomería y jardinería. La mano de obra es tan cara en estas latitudes que un excusado tapado es casi una mina de oro. Un fontanero gana más que un maestro. En un año me transformé de señorito inútil en mister chambitas. El crédito de la metamorfosis era gracias a la abuela, quien con su paliacate de gitana, navegaba la casa de la Díaz Mirón, martillo, desarmador o serrucho en mano, arreglando alambres de luz, ventanas rotas, llaves de agua, pintando y resanando paredes, podando árboles, matando chivos y descabezando gallinas; además de ser excelente cocinera. Yo ni a pinche llegué, negado para las cacerolas. Mi arreglo eterno con Glenys ha sido: Tú compra el mandado y haz la comida y somos amigos. Yo me encargo de limpiar baños, alfombras, cortar el césped, limpiar la nieve y demás tareas caseras. Se me pasó la mano: hasta la fecha yo soy la gata, ella la cocinera.

Dos días después de su primera aparición, regresó Pepita. La vi desde el estudio. Baje de prisa las escaleras y le lancé dos nueces. Se metió una a la boca, tan abierta que parecía gárgola, y se trepó al techo de la cochera del vecino. Descascaró la nuez de un colmillazo y se la comió. Después bajó por la otra. Ya éramos amigos. Me vió con sus ojillos de pipizca, se sentó en las patas traseras y se me quedó viendo. Le di la otra y se fue volando entre ramas de maples y alambres de luz rumbo al bosque.


 

30DICIEMBRE2017

83. Cerros Blancos y Pelones

Como quien abre la llave en tiempos de sequía, las palabras caen a cuentagotas esta vez. El vaso aguarda. Nada. Cuando se atora el venero de la escribidera, sufres de vacío, mente en blanco, estreñimiento, sequía.

La abuela me repetía que en el desierto, en tiempos de sequía, una gota de agua satisface y es suficiente...y el agua no se niega, niño, ni al enemigo. Y así, la compartía con cuanto sediento tocaba a la puerta: rancheritos, mal vivientes, limosneros, vagos, criminales, vagabundos. Todos tuvieron la bendición de un vaso de agua, cristalino y fresco, de manos de doña Trini, quien también era compasiva con limosneros: ¿Quieres un taco? De inmediato iba a la cocina y se lo aderezaba. Regresaba a la puerta y le proponía un trato: si barres la banqueta te doy un peso. Si el tipo decía que sí, le daba dos. Si no, le cerraba la puerta en las narices. Después me mandaba a inspeccionar la calle, a ver si había tenido la insolencia de tirar la comida. Regresaba con mi reporte: El taco está tirado en la esquina y un perro se lo está comiendo.

—limosneros y con garrote! Además de pobres, ¡dignos!, y además de dignos, ¡curros! Flojos y señoritos, combinación terrible en el desierto. Que los mantenga su madre!

El desierto no era divertido. Además de la canícula, el tétanos, asma y roña, nos invadían nubes de saltamontes, ratas, gusano rosado, moscas, palomitas de la luz, chirrioneras, ciempiés...un buffet ecológico que le daba variedad al yermo aunque nos hacía la vida de cuadritos.

Los turistas no llegaban hasta ahí, excepto franceses o alemanes despistados, de botas y mochila, con interés en geología o vida silvestre; o buscadores de tesoros enterrados por Villa durante la revolución, que aparecían de vez en cuando con sus aparatos ridículos que bipeaban cuando supuestamente daban con el botín. A decir verdad nunca supe de ningún hallazgo, aunque el entusiasmo de esas gentes era tal que la aventura en sí misma valía la pena. Lo bailado nadie se los quitaba. Chinos, españoles y árabes, aterrizaron también en el desierto, abriendo tiendas de abarrotes, mueblerías y zapaterías respectivamente.

Sin el cine, los habitantes del desierto nos hubiéramos suicidado. Matar el tiempo es actividad que requiere imaginación. John Wayne, Cantinflas, Liz Taylor, Brigitte Bardot, Resortes y El Gordo y el Flaco nos salvaron del gatillazo en la sien. La imaginación es también hija del ocio; así pues, también inventamos nuestros propios pasatiempos:

En la niñez trompos y canicas, chinchilaguas, arrancar alas de mariposas, hacer fumar a los murciélagos, perseguir gallinas, jaripear cerdos, jalar trenzas de niñas, romper vidrios, tocar timbres y correr. 

En la adolescencia besar chicas en el cine, cervecear en la calle y romper las botellas en las banquetas, ponchar llantas, orinarse en las puertas, ver películas prohibidas, pelearse con pandillas a cadenazos, robar de la bolsa de las tías, espiar a la vecina en la regadera trepado en una rama, enfrascar alacranes y tarántulas, tirar piedras a perros copulando, robarse las limosnas de la iglesia, doblar antenas de automóviles y en el cine, rociar de orines al público desde la galería... 

El aburrimiento nos hacía los mandados

El desierto es una realidad que se asimila y comprende a fondo con la edad. La niñez no sabe, no liga, no entiende, solo suda la gota gorda en la canícula y tirita sus huesitos en invierno. El colegio era tortura en julio y agosto, cuando los vapores de sudor y pipí flotaban en el horno del salón, mientras la vieja estúpida repetía la tabla del cinco, misma que hasta la fecha no me ha servido pa maldita la cosa. Los mocosos cabeceábamos, de calor y aburrimiento, soñando paletas de nieve y barquillos.

A los diez, supe que si me quedaba a vivir en ese pueblo toda mi vida, estaría completamente frito. Ni trazas de caporal, agrónomo o buscador de tesoros. Había nacido para huir. Una vez que superara la etapa de los pantalones cortos y las paperas urdiría un plan de escape. En el ínterin, tuve dos aventuras fuera de mi tierra, vacaciones, acompañando a mi madre a Tampico y Guadalajara a visitar parientes y amigos. Vaya que me encantó la forma en que esas gentes mataban pulgas. Aunque los camarones de Pueblo Viejo me provocaron una diarrea apocalíptica, me enamoré del mar, de su eterno devenir, su olor, color, tamaño, poesía, bikinis, barcos, estrellas de mar, gaviotas y gallaretas; pero sobre todo: los cangrejos, de armaduras y pinzas, ojos saltones, torpes para caminar en esa forma tan original: de ladito.

Lo único que recuerdo de Guadalajara es la plaza de armas y la catedral. Bajo un cielo tan azul que daba miedo, nos sentamos a lamer barquillos de nieve y ver al mundo pasar. Árboles frondosos, jardines, aves cantarinas, gente alegre y... rosas, el sueño inútil de la abuela, en el desierto, quien diariamente con harta esperanza e infinita paciencia regó cada mañana el ingrato rosal que sólo dio espinas y botoncillos que nunca lograron abrirse.

En pleno verano el asfalto de la ciudad se ablandaba como masa de tortillas y podías imprimir tus huellas si pisabas firme, o guisar huevos estrellados con tocino en el cofre de un automóvil. En ese infierno endemoniado el rancho del abuelo era mi salvación. Los algodonales y acequias, los tejabanes y casas de adobe, el viento de la tarde siseando entre los pinabetes, y el agua fresca de la olla de barro en la cocina; todo era  como un oasis tranquilo donde el tiempo se detenía y el mundo me parecía más amable y comprensible. Me gustaba sentarme frente a la noria, ver el agua pasar y observar las libélulas volar en zigzag como pequeños helicópteros. Colores eléctricos en azul, dorado, rojo, pura magia. Extendía la mano y se posaban en mis dedos por un instante. Les hablaba bajito, les contaba cuentos, les cantaba canciones y se iban de nuevo sobre el agua que se dirigía a los algodonales. Pasaba tardes enteras en la noria, viendo el agua, conversando con ellas. 

El desierto y yo nos parecemos. Hermanos gemelos. Ariscos, solitarios, ermitaños, vestimos cinturón de piel de chivo y guardamos dieta de miel y saltamontes. Con la edad, meditación, amor, y un poco de sabiduría, seremos mensajeros de buenas nuevas, y, quién quita y a lo mejor, como Juan el esenio, seremos una voz que clama en el desierto...

 


 

23DICIEMBRE2017

82. DOLLY

Regresaron las canciones pero no la voz. El último año no había cantado en restaurantes y las cuerdas vocales habían perdido elasticidad. Pensé que con la práctica regresarían, pero no sucedió así. Las notas altas se quebraban, las bajas se perdían, la garganta no tenía volumen ni esperanza remota de vibrato. Una amiga de Glenys, cantante de ópera, recomendó una maestra de voz que hacía maravillas con la voz. Especialista en bel canto, tenía clientes famosos de Heavy Metal y rock.  Se llamaba Dolly Stewart, una irlandesa que vivía en una vieja mansión de caoba, flanqueada por dos enormes sauces llorones a la orilla de la ciudad. La fui a visitar.

Nos caímos bien desde el principio. Era una mujer de alrededor de treinta, sin vanidad, bella, cejijunta de ojos azules e inteligentes y melena roja a la cintura que le daba aspecto de bruja de Salem. Hija de una escritora famosa y millonaria, Dolly se había casado con Herbert, intelectual, genio distraído, que enseñaba filosofía en Harvard. Tenían cinco niños, seis gatos, tres nanas colombianas, dos cocineras filipinas y un sirviente esquelético que hacía de todo. 

Me invitó café y pastel en la cocina. Buena conversadora, me contó de sus ancestros en Irlanda que tocaban gaita y cantaban en entierros y fiestas. Su abuela había sido cantante de ópera que conoció los mejores teatros de Europa, pero falleció en el culmen de su carrera en París, en un accidente automovilístico. Mientras hablaba, entraban y salían las colombianas, navegando niños llorones, odiosos, berrinchudos y chiquiados que gritaban mami mami, como gatitos histéricos. Dolly seguía hablando como si no existieran; yo hacía esfuerzos para no perder el hilo de la conversación que de pronto cambió al tío George, empresario de teatro en Dublín. More coffee? Respondí que no y de inmediato se levantó y dijo sígueme. Subimos las escaleras. 

Pasamos por la sala; había dibujos de sátiros y faunos de Picasso, seguramente originales y un cuadro abstracto multicolor e interesante hecho a espátula por Riopelle. Sobre la chimenea, un óleo enorme, estilo siglo XVIII europeo, donde Dolly, sentada en sillón estilo francés, acariciaba a un perrito blanco. El pintor le había hecho el favor.

Su estudio y piano de cola estaban en la periquera, la amplia buhardilla que coronaba la casa, rodeada de  grandes ventanales que mostraban, al norte el Lago Ontario y al oeste los bosques de la escarpa que flanquean la región de Niágara. Paisaje de película. Se sentó frente al piano y tocó un segmento de Vocalise, de Rachmaninof. Era buena pianista. Tenía manos delgadas y feas, pero se movían con gracia por el teclado como arañas blancas y juguetonas. Vestía blusa roja de seda, con dibujos orientales en azul, que caía hasta las rodillas, donde asomaba la mezclilla Calvin Klein, hasta rematar en los mocasines hurones de gamusa café. Una hippie elegante de ojos melancólicos. 

—Ahora te toca a ti. Abre aquel estuche, saca la guitarra y cántame algo para saber qué tienes y qué necesitas.

Canté Rosa y Azul. Le gustó la canción. Me hizo cantar otras dos. Cuando terminé tocó en el piano un acorde, bajo, que repitió con su voz: aaaah, y me dijo, ahora tú. Aaaah repetí.  Así me tuvo una hora, aullando escalas. Si me desafinaba tocaba el mismo acorde hasta que diera con la nota. Exigía que las aahs fueran abiertas, fuertes, como la ah del dentista, decía.

—El chisme cuenta que fuiste jesuita-sonrió con malicia.

Supuse que la chismosa era Karen, la amiga de Glenys.

—Sí, durante siete años.

—Siete! ¿Puro rezar? A estas alturas ya debes ser santo, ja ja.

Cuando mencioné que había estudiado filosofía le brillaron los ojillos. Me apasiona el existencialismo. Era fanática de Kierkegaard, no sólo de su filosofía sino de su vida, su noviazgo tormentoso con Regina Olsen. De que la amaba, la amaba. La timidez y represión de Soren habían sido la causa del fracaso de la relación. Seguía sentada en el piano y yo de pie aguardando la próxima nota, pero alargó la charla por una hora, cuando ya había cambiado de pierna varias veces y la espalda me dolía. Tocó un acorde y seguí con mis ahs de  dentista. La clase de una hora, entre escalas y filosofía, se alargó a dos y media.

 

Los veinte años de estreñimiento musical no solo habían achaparrado mi voz, sino que también habían cambiado el fondo, los temas e imágenes de las canciones. Dado que vienen cuando quieren y como quieren, y no las busco ni las fuerzo, las nuevas composiciones llegaron de parajes extraños, exóticos, raros... En dos meses compuse veinte canciones. La primera, la excepción, nació al siguiente día del poema de Neruda, se llama Después de Veinte años. Tiene mi sello, marca registrada y estilo personal:

Después de estar dormidas veinte años

Regresan como flores las palabras

Y escuchan la voz del Jardinero

Que anuncia que el invierno ya se acaba...

Las canciones que siguieron eran desconocidas para mí: cocodrilos, departamentos en renta, chirrioneras... Eran mis hijas; ni modo de negarlas. Carne de mi carne. Qué haces cuando no te gustan tus propios hijos. ¿Los devuelves? Las acepté, las maquillé, le hice arreglos con sintetizadores: violincitos, oboes, batería, bajo. Catorce años siguen siendo un misterio; me siento como la pareja de rubios viendo a su bebé negrito en la cuna.

Dolly me ayudaba con la voz, ¿pero quién me ayudaría con la materia prima, la médula de las composiciones? Me puse a dieta estricta de poesía, para conjurar imágenes, palabras y metáforas, en sesiones de meditación nocturna de silencio absoluto que devolvieran la paloma tímida de la inspiración que odia el caos y el ruido.

Durante los terregales de Torreón, gentes, perros, caballos y gallinas nos quedábamos inmóviles, en silencio, en salas, establos y gallineros, escuchando al viento silbar, como loco de atar, por toda la región. La visibilidad era nula, total, dado que las ráfagas levantaban polvo, basura, mierda y cuanto objeto sólido encontraban. Una vez que pasaba el terregal todo se asentaba. Nos limpiábamos las lagañas negras, gargajeábamos el lodo, y regresábamos a nuestras rutinas. Estuve en un terregal de veinte años ¿y quiero que las rolas regresen así como así? Deja que se asiente el polvo, poco a poco. Ten paciencia y sigue componiendo, aunque las rolas te parezcan mediocres. Tu misión es darles vida. Punto.

...Abrió la puerta el angel mensajero

Y Dios mandó la luz de primavera

¨Que tomes la guitarra y tu sombrero

que vuelves al regazo de tu tierra...¨


 

81. La Emboscada

La emboscada se define como treta para atacar por sorpresa. Aníbal decimó al ejército romano en la batalla del río Trebia usando esa táctica. Mil jinetes y otros tantos soldados de infantería, ocultos en los bosques cercanos, aguardaron el momento preciso para sorprender, vencer y humillar las huestes romanas. 

Pancho Villa era bueno para la emboscada. La toma de Ciudad Juárez, por tren y estilo caballo de Troya, sorprendió a los habitantes de la urbe fronteriza que  vieron descender de los carros del ferrocarril a los revolucionarios armados hasta los dientes. 

 Los moros poseían un talento natural para la sorpresa en campañas contra ejércitos cristianos. La emboscada es un ay cabrón tan poderoso, que no te da tiempo de subirte a tu caballo. Zapata y Villa fueron víctimas de rifles cobardes que usaron la misma táctica, aunque el vocablo adquiere en este caso tinte de traición. Los afganos propinaron a los ingleses palizas históricas con el uso del mismo ardid en el siglo XIX. La guerrilla urbana o las tácticas de pandilleros en los barrios del Torreón en los sesentas, basaban su éxito también en la sorpresa.

La palabra emboscada siempre me ha parecido hermana de la otra: avalancha. En Canadá las avalanchas engullen docenas de esquiadores, caminantes y alpinistas cada invierno. Una vez que se desprenden las miles de toneladas de montaña, no hay salvación. El hielo es tan pesado como el cemento. Pocos sobreviven.

La tormenta de nieve, the  blizzard, es también emboscada, zancadilla mortal de la naturaleza: sales a pasear bajo el sol, en un día apacible de paisaje nevado de tarjeta postal y te madruga el viento, la nieve, el hielo, y a la mañana siguiente te encuentran engarrotado, tieso como cubo de hielo. Según los expertos, en la confusión de la tormenta se pierde por completo el sentido de orientación y caminas en círculos hasta caer dormido en lo que los esquimales llaman el sueño blanco. 

Y ahora regresemos a Chapters, verano del 2002, cuando el destino me prepara una emboscada y el bruto de yo ni lo sospecha. Como mosca distraída vuelo directo al centro de tela sin percatarme del arácnido que desde una orilla invisible se prepara para correr, sorprenderme y atraparme en su baba. Abrí el libro exactamente a la mitad, como quien despanzurra un melón poético y me encontré con el poema titulado Walking Around. Extraño que Neruda hubiera titulado el poema en inglés, pensé.

Había visto a Pablo varias veces en televisión, en México, conversando con Carlos Fuentes o entrevistado por Zabludovsky. Tenía un airecito de pagado de sí mismo, antipático, que me impidió, absurda razón, adentrarme en su obra. Lorca, Sabines y León Felipe eran entonces mis poetas de cabecera.

Ahora tenía mis manos al chileno, o quizás yo estaba en las de él: Neruda envuelto en papel y pastas de color naranja, listo para cambiar mi vida:

Sucede que me canso de ser hombre.

Sucede que entro en las sastrerías y en los cines

marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro

navegando en un agua de origen y ceniza...

Nunca antes la palabra escrita me había impactado tanto. El Romance Sonámbulo de Lorca había sido hasta entonces mi poema, mío de mis entrañas, himno y herida personal, herencia de Dolores; y aunque no era competencia de poetas, Neruda, ese día, me hirió a fondo con el aguijón de su pluma, me partió la madre:

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.

Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,

sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,

ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas

y mi pelo y mi sombra.

Sucede que me canso de ser hombre.

Cuando la emoción se adelanta a la mente entramos en un estado de confusión, shock irracional, desierto solitario donde vagamos como zombies, por un rato, sin comprender nada. La mente, hecha para entender, cae en estado troglodita, de balbuceo estúpido y no da pie con bola, olvida las palabras, pierde el hilo de las ideas y babea, como retrasada mental, en un rincón del cerebro.

La mano del poeta abrió la llave de las lágrimas y una nostalgia de infinito me quemó el pecho, como zarpazo de emoción dulce y brutal que me descarnó el alma. Me tuvo ahí, rehén de tiempo y espacio, por varios minutos, sin entender lo que sucedía. El pagado de sí mismo me daba una lección de vida, me regresaba al camino, abría la compuerta del tiempo perdido. Una jauría de perros, sentimientos, premoniciones, insights, latidas, impresiones, apariciones y recuerdos pasados se abalanzaron sobre mi, y no tuve tiempo de montar en mi caballo.

Nunca he podido descifrar aquel momento; no se trata de entender porque pertenece al departamento del ni el ojo vio  ni el oído oyó. La sorpresa de la emboscada es devastadora, seas soldado, esquiador, amante o músico. Algo semejante a las tres puñaladas de la espalda al corazón que le propinaron a Lucio Vázquez, cuando los bellos pavo reales volaban rumbo a la Sierra Mojada...

-Gato, ¿estás bien? Gato. ¡Gato!

Le hice señal a Emilio que estaba bien, que me dejara en paz por un momento. Se fue meneando la cabeza y atornillando el índice en la cien, insinuando que me faltaba un tornillo.

Terminé el poema. Suspiré hondo y aterricé en la realidad. El cerebro regresó poco a poco, por la vereda de la racionalidad, con el rabo entre las patas. 

La chica de la caja me hizo la misma pregunta que Emilio. Sonreí y dije que estaba bien. 

—Twenty dollars, please. Anything else?

—No thanks.

Regresamos a Santa Catalina por la noche. Yo manejaba. Te ves raro, dijo Glenys. Respondí que tenía hambre y estaba un poco cansado. He is being weird, dijo Milo desde el asiento de atrás. Ya en casa cada quien se dirigió a su territorio. Pasé por la sala,  descolgué la guitarra y me encerré en mi estudio. Afiné las cuerdas oxidadas y toqué directamente La menor, el primer acorde que Cervantes me había enseñado hacía 34 años. Poco a poco el río caudaloso de canciones, adormecidas por el tiempo, fueron cayendo en cascada, alúd, manada de búfalos, avalancha.


 

80. Paracho.

La guitarra ha sido buena compañera de viaje. Balsa en mares picados, garrote en encrucijadas de asaltantes, almohada al descampado y buena consejera en tiempos de crisis. Antes de cumplir los veinte ya había llegado a mi vida, vía Cervantes, en una sola clase de pisadas de La y Mi. Desde entonces el trozo de madera me ha acompañado durante 52 años, en la mochila, asomando el pescuezo y las seis venas, detrás de mí, en viajes y travesías. En estuche reforzado viajaba en la barriga de aviones y autobuses; en la Fauna, en furgoneta, acompañada de sus hermanas la Gibson y el bajo Fender. En las paredes de las casas donde viví, su sitio era la sala, colgada como trofeo de pesca o cuadro abstracto; su ojo acústico era siempre testigo de mi vida. Callada pero curiosa me lo sabe todo.

Mi afecto por ella ha ido cambiando. Durante mi juventud ella era la guitarra y yo era yo. Juntos pero no revueltos. Era un instrumento, punto, y la trataba como cual. Tenía amigos que pulían sus liras todos los días, las guardaban en estuches elegantes, les ponían cuerdas doradas y las cuidaban como sus vidas. Yo no,  las mías eran de Paracho, guitarras de mesón, sin pedigrí ni firma de artesano. Su papel en mi vida era de tabla salvadora, escalera de incendio, paño de lágrimas, extinguidor de fuego, puerta de emergencia. Sabía traducir mis dudas, amenguar mis broncas, expresar mi inconformidad, mi amor y sed de infinito, y aun así, la usaba solo como objeto, como la dentadura al comer o los pies para caminar. Ingratitud de juventud.

En 1968 nuestra relación se hizo más formal. De amiga se transformó en novia intensa y nos hicimos amantes nocturnos. Componer de madrugada fue costumbre y ceremonia; como si la ciudad dormida y las calles vacías dejaran transitar a placer las melodías. Al paso del tiempo nos transformamos en almas gemelas y entramos en la madurez de nuestra relación en una simbiosis completa que borró el tu y yo. Solo la muerte podría separarnos.

No fue la muerte, sino la vida, la que cercenó nuestra relación y nos separó veinte largos años. Un lapso de silencio que la tuvo olvidada en la pared, boca cerrada donde ni entraban moscas ni salían canciones. Después de diecisiete años de amorío nos ausentamos veinte, de 1982 al 2012. El culpable fue el exilio, quien provocó el conflicto, la pelea a muerte, el duelo de titanes entre Cervantes y Shakespeare, en batalla feroz en la que el Quijote fue perdiendo gradualmente frente a Hamlet. Así imaginaba la etapa del shock cultural, la guerra de las lenguas, el síndrome de Babel, situación que abarcó las ciudades de Toronto, Edmonton y Saint Catharines. La lucha por la supervivencia empeoró más las cosas. Con bebé nuevo y tiempos de recesión económica, Glenys y yo nos enfrentamos a la tarea humana que nos hace crecer y sufrir a un tiempo: sacar el macho del agua. 

Como siempre he sido compositor pasivo, es decir, que si la canción no viene no la busco -táctica que siempre me funcionó con las mujeres, pero no con la lira-, la guitarra no me buscó más y yo perdí las ganas. En esa temporada la usé solamente como objeto de diversión y chacota en bares y restaurantes. Se hizo cabaretera:  pintada de rimel barato y colorete y trepada en tacón alto, debutó en La Cumparsita, El Garnavas, el YoYo, el Equinoccial, El Rincón Gaucho, Chi-Chis,  Taco Bell, Royal York, El Colombiano, El Ballenato Feliz, el O Solo Mío, El Chévere, La Culebra y docenas más de hoyos latinos en Toronto.

No era el primer miembro de la familia que había colgado la guitarra. Además de cantantes y bailarines la familia contó con una artista de cuerdas: la abuela, quien en sus juventudes tocaba la mandolina, todos los domingos, después de misa de doce, para sus papás, Emilio y María. Momento familiar, íntimo, en el que la niña Trinidad iluminaba la tarde con sus melodías y encanto juvenil. Cuidaba muy bien su instrumento, contaba, le cambiaba cada dos meses las dobles cuerdas, lo afinaba y guardaba en estuche italiano decorado con figurillas de plata. Y como yo, un día le perdió el gusto. Confesó que no sabía a ciencia cierta cuando la había olvidado: Quizás, al nacer mi primera hija la olvidé y poco a poco se fue oxidando dentro del estuche.

Después de las vacas flacas canadienses, ya instalados en Santa Catalina, encarrilados en la vida familiar y los negocios, la guitarra siguió muda, celosa del sintetizador y la música de plástico.  No fue mi culpa que los proyectos educativos y musicales llegaban uno tras otro, como alud de discos compactos que salían del estudio como tortillas calientitas. Mmmm, Y ahora que lo escribo me lo explico: no eran falta de ganas, sino de tiempo, anímico, creativo, íntimo. Las canciones necesitaban espacio y silencio. El caos de Drama Sound, las grabaciones, viajes y conferencias espantaron las canciones. Hice intentos nocturnos, pero en vano; o no venía la melodía o no se me ocurrían las letras. No tenía nada qué decir. 

La música digital era un campo nuevo en mi vida; la experiencia creativa era completamente diferente. En lugar de música y letra, el sonido electrónico tenía un arsenal de sonidos a escoger, secuenciadores, efectos acústicos, mezclas de canales, programación de instrumentos y capacidad de almacenar todo en computadora (que en ese tiempo era novedad). Un reto a la imaginación de alguien que solía componer apoyado solamente del tundata. Con toda razón la guitarra me negaba el habla.

Tengo que anotar que el sintetizador no era novedad canadiense. Lo descubrí en México, en los setentas, cuando Wendy Carlos e Isao Tomita trajeron a Bach y Debussy envueltos en fantasías electrónicas. Me embelesó el sonido digital. Me compré un sintetizador Korg, monofónico, con el que hice la música de la obra El Cíclope, la Sirena y el Arco, en el Teatro de la Ciudad, dirigida por Glenys. 

La lucha de lenguas se llevaba a cabo en varios campos de batalla. En casa hablábamos en inglés, español o baturrillo de ambos. Yo le hablaba a Emilio, en español. Glenys en inglés. Todos juntos: espaninglés. En la ciudad, todos mis amigos eran angloparlantes. Los cuates latinos vivían todos en Toronto. Hablaba inglés en la calle, reuniones, fiestas, en los proyectos del negocio, en conferencias y colegios. Por las noches, para contrarrestar la ola gringa, leía a Octavio Paz, García Márquez, Rulfo, Vargas Llosa, Lorca y León Felipe.

Por fin llegó el año 2012. Había producido más de cuarenta discos compactos de música instrumental y narraciones de historia. La guitarra no me lo perdonó y siguió estéril.

En ese año Glenys dio un taller de movimiento en la universidad de Toronto. Emilio y yo la aguardamos en la Galería de Arte, recorriendo la nueva exposición de Picasso. Por la tarde fuimos todos al centro comercial Eaton Center a comer. Después decidimos ir a Chapters a curiosear libros. Glenys a la sección de teatro, Emilio a la de revistas de guitarras eléctricas y yo a la sección en español que estaba en una esquina tranquila y silenciosa del local. Los libros de literatura y poesía estaban en orden alfabético. Leí nombres rápidamente y al azar. Tenía ganas y curiosidad de toparme con alguien que me interesara, me sorprendiera. Me detuve en la ene: Neruda: Antología bilingüe. Abrí el libro y me topé con un poema que Pablo titulaba en inglés: Walking Around


 

79 . Recapitulando

La duda es un pequeño tumor que va creciendo poco a poco hasta afectar la salud, al grado que no puedes comer, respirar, caminar ni ver, dependiendo del sitio donde se encuentra. Hay que atenderla, extirparla o disolverla. Si la curiosidad mató al gato, la duda mató al idiota...al que liberó al genio de la botella. Por otro lado, ignorar la duda es un acto de estupidez dado que el titubeo es nuestro pan de cada día. 

La duda y su hija, la curiosidad, han hecho chilar y medio en la historia de la humanidad. Eva es el mejor ejemplo. También ha rendido ventajas: científicos y filósofos son una turba de dudosos que cruzaron el Rubicón y nos heredaron la metafísica, la electricidad, el teléfono, la penicilina y la bomba atómica. La duda es la dialéctica que nos salva del suicidio, o en otras palabras: el que no duda se chinga.  Emerich Coreth lo dijo más bonito; Descartes demasiado crudo.

Así pues, abro la puerta de la duda y pongo en tela de juicio mi autobío. Duda pequeña, dado soy cola, sombra,  pelagatos sin ambiciones literarias; pero si al escribir me encuero en cada párrafo, supongo que el pudor que me da derecho a re acomodar mi vida y mis locuras. 

Cuando comencé a escribir me sentía como personaje de cuento, caminando feliz en un día soleado por un bosque mágico. Cuando cayó la noche, fría y sin luna, la cosa se puso prieta, los tecolotes ululaban, los chillidos de los murciélagos me dieron escalofrío y el ¿on toy? me estropeó el entusiasmo y espíritu aventurero. Y es que la redacción de texto, la prosa, no es mi campo. Meto las narices donde no me toca.

Decía Valas que no todo el que escribe sabe escribir. Frase sabia de un maestro que parió, por décadas, hartos escritores jesuitas. Siguiendo su lógica yo diría que las autobiografías no te hacen escritor, a menos que tengas un editor limpiándote el rabo y corrigiendo  gazapos.  No todo el que escribe sabe escribir es una verdad tan rotunda como la teoría de la relatividad, o el sin embargo se mueve de Galileo. Escribir es pintar garabatos. Acomodarlos bien, es otro asunto.

Y así fue que me lancé, a pesar de la falta de herramientas, a relatar mis memorias. Vaya idiotez. Pensar que tu vida tiene interés para los demás, no solo es una idiotez, sino vanidad pura.  ¿A quién le importan tus travesuras de mocoso o barrabasadas de adolescente? Tu primera novia, pistola o automóvil es algo a todos les vale. Sin duda la autobiografía es chocheo, inseguridad, un deseo de seguir rodando como la piedra de León Felipe, cuando ya la piedra es terrón y no rueda, se desintegra. 

Puede ser que mi vida se parece a la de Pito Perez; ciertamente hay algo de inútil en ella. También es Cierto que no todo fue naufragar, como dice el cubano. También hubo luces y consolaciones, amores y amistades, locuras, cabriolas y aventuras. Lo normal, como decía mi abuelo cuando le preguntaban cuántas mujeres había tenido en su vida.

Cometí el error de empezar mi autobiografía con entusiasmo de adolescente. Me lancé a lo bruto, sin bules pa nadar, plan de acción, ni torta pal recreo. Había algo del en caliente y de repente de  mis juventudes, cuando, igual me lanzaba en cuestión de minutos a un viaje en automóvil a Alaska, que tomaba, en un santiamén colérico, un vuelo a España, China o Escandinavia. En caliente y de repente era método primus primarius que me rindió buenos y malos dividendos. Los buenos fueron muy buenos: espirituales, visionarios, poéticos, divinos. Los malos sólo rastreros: hambre sin sed de justicia, extravíos geográficos, murrias infernales, ríos de vino tinto y cervezas pa la cruda. 

A decir verdad lo único que sé escribir son canciones. Pero es difícil escribir en cuatro versos y un estribillo toda mi vida. Aunque tomándolas en orden cronológico ciertamente narran mi historia.  

Borrón y cuenta nueva no se vale. Lo escrito, escrito está y a lo hecho, pecho. Más bien prefiero continuar apilando capítulos, como esas pirámides que se construían a través de los siglos, una sobre la otra, donde cada estrato añadía nuevos estilos, significados y energías. Seguiré  escribiendo por que ya me gustó revivir el pasado, sopesarlo, lamentarlo, gozarlo o celebrarlo. Escribo para los míos y para mí. Mientras el balance general de mi recuento no termine en números rojos, todo está bien. Errare humanum est. Algunas etapas del capullo resultaron en mariposas, otras en gusanos. A veces, viendo la película de la adolescencia o juventud, quisiera detener mi yo, a punto de meter la pata: Alto, ¡alto!  le grito, pero el botón de pausa no funciona y veo al sujeto en cuestión romperse el hocico una vez más, eternamente, diría Nietzsche. Pero lo pasado es pasado y la historia irreversible. Leónidas cayo en las Termópilas, Villa en Celaya y Hitler en Berlín. El tiempo es rueda de molino, nosotros trigo.


25NOV2017

78. Siroco

A principios de enero llegó de Àfrica una onda cálida que sacó de sus ratoneras a los barceloneses. Era una falsa primavera que dio a las Ramblas un ambiente renovado de feria. Yo había pasado mala noche y tomaba espressos en un bar junto al teatro Liceo. Doña Angustias había metido otro inquilino a mi cuarto. En enero ni los cerdos follan ni las gallinas ponen. Se acabaron las elegancias: ¡dos camas por cuarto y todo mundo a tomar por el culo! La última frase era cierta, dado que mi nuevo compañero de celda, dedicado a la prostitución, usaba su cama exclusivamente para el negocio, a todas horas. Carajo.

Era domingo y las campanas de la catedral no se daban abasto doblando cada quince minutos. Los vendedores de comida, flores, monos y pericos instalaban su mercancía a lo largo del paseo. Las primeras planas de los periódicos anunciaban la llegada de un barco de pasajeros de Noruega. Tascas y tiendas se llenarían de rubios... y rubias.

Un grupo de hombres, al otro lado de la calle, discutían a gritos el último gol del partido de ayer. El chaparro cachetón, de morros parados, era el líder. Hablaba hasta por los codos con voz potente que subía y bajaba de volumen de acuerdo con la intensidad del tema. Un pequeño Mussolini. El abanderado era un hijo de puta que tuvo que marcar fuera de lugar, pero el muy filipoyas se había acobardado y aniquiló al Barcelona a pesar de los dos golazos de Cruyff. A este punto todos gritaron insultos y blasfemias contra el juez de línea, cruzaron la avenida e invadieron el café. El dependiente, que sabía la rutina dominical, los aguardada con licores y jarra de café. Uno de ellos murmuró una frase de la que sólo entendí la palabra hippie, y algunos voltearon a verme con ojillos burlones. 

Los grupos de discusión de fútbol son comunes en Barcelona. The day after era tan intenso como el juego de la noche anterior. Había visto, en la Plaza Cataluña, grupos de hasta de cincuenta hombres rodeando a dos aficionados de pura cepa, discutiendo a muerte el pase, el gol, el cabezazo, la tirada, el silbatazo... La primera vez que vi una multitud en la plaza, pensé que se trataba de un pleito o alguna emergencia. Me abrí paso poco a poco hasta llegar al frente, donde dos tipos vociferaban y fumaban al mismo tiempo, analizando los momentos vitales del partido. Había mucho de teatro en su debate: pausas dramáticas, ataques frontales, gritos, rabietas, susurros... Sin embargo, los insultos nunca iban dirigidos a ellos, sino al partido, al árbitro, los abanderados, las tácticas del entrenador y la mala suerte.

Pedí otro café. El barullo me distraía. Traté de concentrarme en mis problemas y ordenar ideas. Estaba harto de la pensión, de mi compañero de cuarto y sus conquistas, de doña Angustias y sus trapeadores, de los drogadictos y prostitutas, de la miseria deprimente de la pensión. Yo no tenía el optimismo ni espíritu misionero de Norberto, que era madre de huérfanos, consejero de almas perdidas, aliento de deprimidos y pan de los hambrientos. 

Me prometí, mientras engullía de un trago todo el espresso hirviendo, que tomaría el trabajo de cantante, en la tasca. El sueldo me parecía de hambre, pero era invierno y con excepción de esta onda cálida, el turismo era bajo, los ingresos de los negocios en las Ramblas, mínimos.

Por la noche invité a 12-Viento a un coñac en un bar de la Carrer de Ferran. Además del voto de castidad el tipo era abstemio y pidió agua mineral. Hablamos de nuestra amistad, del destino, del éxodo y el exilio. Le agradecí su hospitalidad en la pensión, pero era tiempo de continuar mi camino. Por supuesto que seguiríamos en contacto; al fin y al cabo Barcelona era nuestro nido, refugio y ratonera. Hoy es Siete Venado, cabrón -contestó-, tiempo de cacería, de lazar el venado con la cola del alacrán. Te toca aventar tus flechas al viento, Felino. Vaya con Dios.  Además de la capa negra vestía un sombrero de mosquetero con pluma blanca de avestruz que provocaba sonrisas y comentarios. Todos lo conocían en el barrio gótico. Era popular entre la tropa.

Caminamos a la Plaza del Rey. La noche puso la luna llena sobre el Palau Reial. Nos sentamos a contemplarla en la misma escalinata donde los reyes católicos, 480 años atrás habían recibido a Cristobal Colón a su regreso de América. Apestaba a marihuana, no Colón, la plaza. Los hippies habían hecho del lugar su refugio preferido.  Los turistas noruegos entraban y salían de la plaza, cámaras en mano, tomando fotos de la arquitectura catalana. Norberto se puso de pie, bajó los escalones, se acomodó el sombrero, y desde el centro de la plaza, con su voz de actor, recitó en voz alta:

Oh fortuna, Velut luna

Statu variabilis,

Semper crescis

Aut decrescis...

 


 

77. Pensión Belén

Era un verdadero infierno, incrustado en un cachete del Barrio Gótico, donde nunca entraba el sol y la humedad era rampante. Ratas, cucarachas y chinches eran el menú de todos los días, pero el invierno avanzaba a paso firme y en la guerra del exilio cualquier hoyo era trinchera. Las últimas noches en la tienda de campaña el viento me había congelado hasta las entrañas. El invierno del 73 llegó temprano a Cataluña estropeando mi presupuesto y planes de viajes.

—Es un sitio interesante, lleno de vida interior, espiritual, ambiente azteca y, lo más importante: gratis.—Decía  Norberto Manga, conocido también como el 12-Viento. Llevaba un año dedicado a la vagancia.—NI hippie ni vago, soy más bien seminarista...sin religión, por supuesto. Después de mi etapa de cabrón decidí llevar voto de castidad por un año. Y ahora soy seminarista ejemplar, ja ja ja.

Su historia era absurda. Una noche de orgía y LSD, en Coyoacán, departiendo con actores e intelectuales, se le pasó la mano y entró en alucine mayor que lo fletó a viaje galáctico similar al de la niña del Mago de Oz que lo arrebató violentamente por los aires en un malacatonche infernal y lo escupió por la mañana en el muelle de Barcelona, España, a los pies de la estatua de Colón. 

—Puta madre, imagínate que ése mismo día los chotas me sambutieron en el manicomio de Badalona. Yo, pasado hasta las cachas, juraba que estaba en Lecumberri o alguna cárcel chilanga. Obviamente la camisa de fuerza no me daba buena espina. Pronto agarré la onda que estaba en la madre patria. Después de dos semanas, cuando se convencieron que era loco pacífico, me soltaron frente a la catedral. Desde entonces soy gato callejero, alma en pena, judío errante.  ¿Y la bola de vagos que me siguen en las Ramblas, olvidados de Dios y de sus madres? ¿Quienes son? ¡Prófugos de la vida, como yo, como tú, como tantos que andamos de vagos por toda Europa por el mundo. Somos raza perdida, Felino, y nadie nos va a encontrar nunca porque nadie nos busca. Solo nosotros nos encontraremos. Eso sí, con la ayuda de ese bendito mapay hacía una pausa dramática, señalando el calendario azteca pegado a la pared—, que es nuestra rosa de los vientos y nuestro guía.

Lo primero que había qué hacer ahora, era encontrar mi número y símbolo azteca. Con razón andaba perdido.  Sin identidad ni nagual ni raza estaba poco menos que frito. El calendario, que rodaba desde hacía dos mil años, incluía mi destino, camino, problemas y dichas. Solo había que incrustarme en él o de lo contrario continuaría, irremediablemente, pendejeándola.

De su maleta gigante Pierre Cardin (¿De dónde diablos había sacado plata para comprarla? ¡Un momento! ¿Y esos trajes elegantes Christian Dior? ¿Sería ladrón, también?), sacó sus libros de arqueología e historia mesoamericana, se puso las gafas de bibliotecario y después de mojar con la punta de la lengua el lápiz chaparro y gastado, hizo sumas y restas. Cerró los libros de golpe  y dijo: Ya encontré tu destino: el 25 de enero del 47 es...Ocho Conejo. Tu patrona es Mayahuel, madre de ochocientos conejos a quienes amamanta eternamente, diosa de la creatividad hermosa, patrona del maguey. De sus hojas hace medicinas, agujas, ropa, sombreros y, por supuesto, pulque. 

Por la noche sacó un cuchillo de cazador, con la inscripción Ay riata no te revientes, en la hoja, y trazó pequeñas incisiones en sus manos y las mías. Absorbió la sangre en algodones y los colocó en el altar azteca que hervía de veladoras. Sacó un trozo de material oscuro y brillante, copal, que quemó con los algodones. Un olor a incienso y sangre quemada se esparció en el aire.

La recámara era diminuta y oscura, con ventana y balcón adornados con geranios pálidos y tristes por la falta de sol. La pensión tenía seis pisos; el edificio de enfrente, diez. Casi podías tocar, extendiendo el brazo, los balcones oxidados y siniestros de los vecinos, cuyas ventanas estaban siempre cerradas y bañadas de humedad, en verano, y escarcha en invierno. Dicen que desde la guerra del 37 no han abierto el edificio, ve tu a saber.

Todos los cuartos de la pensión eran de tres por tres, con camas estrechas de resortes que rechinaban cada vez que te movías. Suelo de cemento. Cada piso tenía un baño pequeño, apestoso, deprimente y oxidado. Las tinas tenían una capa de grasa amarilla y transparente, por la falta de uso. El excusado era un hoyo en el piso y el lavabo tenía una sola llave de agua eternamente fría. 

Los inquilinos venían, en su mayoría, del norte de Africa, nómadas beréberes, marroquíes y libios de miradas torvas y pinta de contrabandistas. Había hippies de toda europa, con el eterno carrujo de marihuana entre los labios sonrientes. Por último, circulaban prostitutas, desveladas y enfermas, hartas de la vida que venían casi diario a conversar con Norberto, quien las escuchaba atentamente, compasivo y las abrazaba con ternura, al final de la sesión. Son solo niñas. Hay que quererlas mucho.

La encargada de la pensión era doña Angustias: afanadora, plomera, electricista, administradora y policía del edificio. Olía a ajo y alcanfor, fumaba puro y todos le tenían terror. Enorme, gorda pero energética, morena clara de facciones que en otros tiempos habían sido interesantes, vestía falda de olanes hasta las rodillas, medias de estambre y alpargatas rojas. Se arremangaba la blusa y con sus dos brazos asalchichados empuñaba balde y trapeador, navegando de piso en piso, de baño en baño, blasfemando contra todos con vozarrón de carretonera.

Dormí en la recámara contigua a Norberto. Supongo que él pagaba el alquiler, o hizo trato con la bruja. Por la mañana me tocó a la puerta: Petit dejeuner en el balcón, en cinco minutos, Felino. Dos sillas oxidadas, una mesita de jardín con jarra de café, dos tazas y un croissant partido a la mitad. Norberto vestía bata de seda roja.

-Hoy estamos de manteles largos: tengo dos trozos de jamón serrano para completar nuestro desayuno continental.

Pensé que bromeaba con tanta pompa y elegancia, pero me detuve a tiempo y seguí la broma. Usaba tanto el chulis y los ademanes de señora de las Lomas que me preocupaba (No se me vaya a lanzar este cabrón), pero su voto estricto de castidad me tranquilizaba. 12-Viento tenía ojos azules, facciones agradables, un tipo que las mujeres llamarían hombre guapo. Su voz y ademanes afectados eran solo una máscara, un vestuario que protegía su verdadero yo. El verdadero Norberto seguramente se había quedado en México. Ni el pelo de sardo, casi a rapa y tusado, ni las ojeras de drácula le quitaban lo atractivo. Era alto, delgado y atlético y se movía con agilidad y elegancia. Vestía capa estilo Drácula con la que se cubría, descubría, giraba como capote de torero, extendía como alas de murciélago al correr, y era, como las alpargatas rojas de Angustias, su sello distintivo. Como el mismo se había bautizado: era un loco pacífico. 

A las diez de la mañana nos fuimos a trabajar. Pasamos primero a una tienda de embutidos, cerca de la Plaza Martorell, donde recogió un morral lleno de víveres. El dependiente, chaparro-barba cerrada-y panzón, le gritó desde el mostrador: ¡Suerte Norberto!  Ni idea quienes eran estas gentes y por qué le daban bastimento sus vagabundos.

Lo aguardaban bajo la estatua de Colón, frente al Mediterráneo, el sitio donde 12-Viento había descendido, en cuerpo y alma, de los cielos. Un barco griego, Naxos, hacía su entrada al muelle, eructando la bocina, espantando gaviotas y atrayendo curiosos. El Maestro repartía pan, carnes frías, olivas y una botella que iba en procesión de boca en boca. 

Después nos fuimos en procesión a caminar por las Ramblas, escupiendo huesos de aceitunas y saludando a los turistas. Al frente, el loquito jugaba con su capa y hacía caravanas a las señoras.

 


 

76.Coyote 2

El Coyote y yo llegamos a destiempo a la amistad. Cuando besuqueaba mi primera novia, él jugaba al trompo y las canicas. Yo escuchaba a Elvis Presley y Little Richard cuando él  cantaba canciones de Cri-Cri y veía caricaturas del Pato Lucas. 

Sabía que teníamos mucho en común, lo intuía. Hacía tiempo que había detectado mi genoma familiar preferido, el que se escurría  por la cascada del árbol genealógico materno. El abuelo lo portaba: sentido de responsabilidad, carácter cariñoso, compasivo, luminoso, optimista, bromista. Lo podía reconocer en algunos de sus hijos e hijas, nietos y biznietos y... en el Coyote.

Desgraciadamente en esa época me quedaba poco tiempo en Torreón. La aventura jesuita aguardaba a la vuelta de la esquina y me desaparecería del século y sus glorias por siete años. 

Seguramente el Coyote vino con la familia a visitarme al noviciado de Puente Grande.  No me acuerdo. Sin duda se impresionó al verme sin copete a la Elvis ni botas vaqueras. Pelón y ensotanado, espiritual y mocho, edificante y serio. Pedante. Ni una mentada de madre, ni un qué onda cabrón. Hasta la abuela, que había luchado toda su vida por mandarme al catecismo y a misa los domingos, casi me veía con respeto. 

De Puente Grande, pasé a estudiar filosofía a la capital.   Recuerdo que lo invité a pasar dos semanas en el DF. Fuimos a Teotihuacán, Tenochtitlán, al Museo de Antropología, al Carrillo Hill, la Casa Azul de Coyoacán y lo llevé a varios ensayos de La Fauna. 

Entonces hablamos más a fondo, aunque era todavía un adolescentillo. Estudiaba secundaria, le interesaba la historia y manejaba datos y nombres de la época antigua, medieval y el renacimiento. Nos echábamos toritos y llevábamos puntuación. Me divertía su entusiasmo humanista. Era casi un jesuita en miniatura. Quería estudiar carrera de historia o literatura en la UNAM.

Había tenido la suerte, durante la niñez y adolescencia, que la abuela no tenía más hijas que rescatar, ni la energía y orgullo para emprender nuevas batallas contra yernos desobligados. Tiempos tristes también, cuando el abuelo, jubilado y viejo, se pasaba los días sentado bajo el limonero del patio, callado, pensativo, aguardando la hora de la partida. Se habían esfumado los años agitados de campos de algodón, zarzuelas, clases de baile español y bodas de rancho alegres y memorables. 

Le perdí la pista durante durante mi estancia en Europa. Lo volví a ver, brevemente, el día de mi primera boda, en León Guanajuato. En el caos de la ceremonia y banquete lo divisé a lo lejos, con el grupo de primos, al final de las mesas del jardìn, conversando, bromeando y de vez en cuando haciéndome una señal de hola.

Después de la boda rentamos casa en León, dos años. Yo necesitaba un brake después del caos y aventuras del viejo mundo: cerca de Guanajuato, para descansar, y de Guadalajara, para visitar tequilear con los amigos.

En Guadalajara busqué a Sancho, el Caperuzo, el ex jesuita excéntrico de quien la Araña Lazcano hablaba maravillas y opinaba que casi éramos gemelos. Tanto nos parecíamos. Sancho, ecónomo, recién graduado en Alemania, vivía ahora su etapa de panadero, no cualquier pan: pan alemán, de comino, ajo, canela y demás yerbas. Luchar contra la materia, la masa, era su nueva filosofía, y aventaba la mole contra la pared, sudando la gota gorda y amasando a lo salvaje con fondo musical de Satie. Fue una amistad  personal y familiar, aunque nuestras esposas realmente no tenían mucho en común. Sandrita, su hija de diez años, sería el catalizador del grupo. Era simpática e inteligente. Cargaba el gene de Sancho, de lo que él estaba muy orgulloso.

Licha y yo llevamos al Coyote, de León a Guadalajara, en dos ocasiones, a que conociera a su tío Sancho. Gísela horneaba por las mañanas, Sancho por las tardes. Beto y yo lo acompañábamos en sus recorridos matutinos, por todo Guadalajara, repartiendo teleras a los clientes y escuchando su plan de formar un pueblo, idea que seguramente había sacado de la película Había una vez en el Oeste, de Leone. Somos muchos, decía, ¡tengo muchos en quién pensar y tengo que acomodarlos bien! Navegábamos de Zapopan a Tlaquepaque, y de la Glorieta Colón a Lomas de Polanco, tomando tequilitas y cafés por cantinas y restaurantes. Arreglando el mundo.


75. El Coyote

Durante mi adolescencia llegaron a Torreón Rebeca y sus dos niños. Esta vez se había separado definitivamente del esposo. Situaciones difíciles que la abuela sabía capotear poniendo a los machos en su lugar y a las hijas en su regazo. Seguro que trece años antes había propinado una paliza a mi padre durante la misión de rescate a Monterrey, cuando mi madre y yo fuimos liberados de las garras del profesor. La mujer era brava cuando la provocaban. No necesitaba pistolas ni vozarrón como el abuelo. Una vez que la caldera de la paciencia hervía, había que correr.  La señora representaba al feminismo arcaico, del ojo por ojo, y no le faltaba  razón. En esos tiempos Torreón era tierra de machos. Pistolas, sotol y mujeres era malabarismo complicado e imposible para el sexo masculino. Había machos de a caballo, bicicleta, camioneta, redilas y chevrolets último modelo.

La primaria a la que yo asistía, colegio de paga y toda la cosa, era nido de navajas, cadenas y pistolas. El chicharrón del más fuerte era el que tronaba y los débiles nos alineábamos por la derecha. Dios no me dio amplia musculatura ni altura de dos metros, por lo que tuve que encontrar la forma de sobrevivir con dignidad en ese atolladero de testosterona. Y así fue que me hice narrador de películas y chistes. Mi especialidad eran las de vaqueros, de bulto y con sonido, talento que me valió la amistad del Aguacate, el macho mayor del colegio. Me llevaba cinco años y había reprobado cuatro veces el sexto grado. Pronto pasé de bufón a confidente, y de inmediato a escudero, es decir, el mono que cuidaba su reloj, esclava y medallas, mientras propinaba palizas.

Desde el primer día que llegaron Beto y Perla, fue como tener hermanitos instantáneos. Simpatiquísimos, morenos claros de ojos enormes e inteligentes, se movían como conejitos por toda la casa, curioseando cuartos, acariciando el perro, explorando el corral, observando las gallinas y corriendo a avisar cuando ponían. 

La abuela adoptó a Perla, quien de ahí en delante se convirtió en su sombra. A Beto lo adopté yo. Desde el primer día fue mi hermano, mi responsabilidad, mi nagual. Teníamos en común la orfandad paterna; éramos ahora náufragos en un océano común donde abundaban más las sirenas que los tiburones. Sin la visita semanal del abuelo no se que habría sido de nosotros. Sábado y domingo el señor de sombrero ancho y pistola irrumpía la rutina familiar. Todo mundo al cine, a los toros, la feria, el supermercado, al restaurante, la talabartería, la alameda, la plaza; todo en medio de una algarabía de noticias de caporales rejegos, algodonales sedientos de lluvia, capullos que no reventaban, verdolaga en su punto, feria de la sandía en su apogeo, espuelas nuevas, perro con diarrea, pozos de agua recién abiertos y problemas de banco ejidal. 

El sábado remataba con Robert Mitchum, John Wayne y duelos en Dodge City. En la escena de la persecución final, armados hasta los dientes y a caballo, el malo y el bueno libraban la última batalla. El abuelo animaba a gritos al héroe, la abuela callaba a gritos al abuelo y nietos y el público soltábamos la carcajada.

El domingo era de la abuela. Todos a misa. Después a desayunar al restaurante y finalmente al supermercado. Por la tarde el abuelo tomaba el autobús de regreso al rancho.

Nuestras madres se ganaban el pan y nuestras colegiaturas con el sudor de su frente. Todas las mujeres en la casa Orduña habían estudiado comercio. Todas eran secretarias en bancos e instituciones públicas. La excepción era Irma, la menor, que había estudiado la prepa en el colegio americano y danza española con la famosa coreógrafa Pilar Rioja. Era buena para las jotas, fandangos y sevillanas. Artista nata. Había varias Olivetti en casa y se tomaban recados telefónicos en taquigrafía. A mi me parecía escritura árabe. Rebeca y la Bibi eran secretarias bancarias. Mi madre trabajó toda su vida en la Secretaría de Recursos Hidráulicos. 

Como las niñas vivían bajo el ala protectora de la abuela, Perla tuvo una niñez feliz. Teresa Cepeda, mi prima de San Pedro, que había vivido con nosotros, dos años, también la había tenido fácil. Cuanta maceta o plato se rompía el culpable era yo. Fue Fito, en labios de Tere, sellaba la suerte de mi día: regañada o madriza.

El día que Beto pidió en la cocina un coyotito, la tía Bibi le ensartó el apodo definitivo: El Coyote. Los sobrenombres eran especialidad de la casa: Gato, Oso, Rata Güera, Piliquis, Pirracos, Rocanbole, Roñas... 

 


28 de octubre 2017

74. El Sinfonías (encore)

El día del ensayo no me atreví a limpiar la nieve, un metro de alto, acumulado durante la noche en banqueta y cochera. Llamé por teléfono a Bob, un australiano alto y musculoso que hacía su agosto en diciembre y enero, a base de bíceps, dorsales y trapecios. 

—A veces paleo hasta cuarenta casas en un sólo día.

¡Ochocientos dólares! Buena oferta para demanda tan variable. Las nevadas no son cosa segura. Hay inviernos de poca nieve; otros de precipitación variada. Si el termómetro se balancea en el cero, la nieve es aguada, pesada, lodosa. Si es nieve mezclada con hielo la pala cruje al enterrarse  y al levantarla crujen los huesos y músculos del australiano. Tarea de titanes. La mejor, es la de copo poroso, sólido pero compacto que se va acumulando durante la noche y al amanecer tiene consistencia blanda que la pala corta como mantequilla. 

Pagué mis veinte dólares y me fui al teatro de la universidad, sede permanente de los conciertos de la orquesta. 

Cuando entré, los músicos estaban regados por el escenario, distraídos, conversando en grupos, limpiando metales o afinando cuerdas. La arpista limpiaba su instrumento con una franela verde; era guapa, de blusa roja y pelo rubio . Los metales escuchaban con caras de estúpidos el relato cómico del trompetista; al terminar el chiste sonaron las carcajadas, mismas que volaron por todo el teatro, hasta llegar a la cúpula donde rebotaron en mil pedazos. Buena acústica.

Me acordé de la historia que contaba Luis de Tavira a propósito de La Sinfónica de la UNAM. Era domingo y el teatro estaba a reventar. Interpretaban la novena de Beethoven acompañados por el Coro de la Ciudad de México. Luis, desde bambalinas, veía la orquesta trabajando duro en el último movimiento: los coros se desgañitaban de emoción con el poema de Schiller y los timbales estremecían paredes y techos. De pronto notó que varios de los músicos tenían pequeños televisores debajo de las partituras, ¡para no perderse el partido Guadalajara-América! Imagínate, Gato, ¡la falta de respeto no sólo a Beethoven, carajo, sino al público!

Laura gritó a los músicos cuando me vio entrar. 

—Listos, por favor. Tomen sus asientos. A ensayar.

Me mostró con mano tímida y gesto cómico el banco de cocina frente a la orquesta. Hasta la fecha es el mueble más cómodo para mis conciertos y ensayos. La altura es perfecta y mantiene la espalda erecta y los pulmones cómodos, aunque a Laura le parecía algo ridículo . Solo una vez había tocado en una silla. El dolor de espalda me hizo pasar dos semanas caminando como viejito.

Me presentó como Rafiel Fientes, alias el Garo. Todos sonrieron, incluyendo la muñeca del arpa que tenía los dientes separados. Yo, tímido crónico, mostré la dentadura y saludé torpemente con la mano. Gallina en corral ajeno.

Laura sugirió que en las dos canciones yo empezara a tocar, ella y la  orquesta me seguirían. Más fácil, más práctico.

—Oye, ¿y dónde está el director?

—¿Swift? Anda en Montreal dirigiendo otra orquesta como invitado artístico.

—¿Tú eres directora?

—A tus órdenes, -y grito:- ¡Todos atentos a la partitura Caballiro Blancou!

Me señaló con la batuta. No estaba listo, no había afinado la guitarra y la mesita con el vaso de agua me había quedado lejos y me moría de sed. De nuevo la batuta. Comencé a rascar la lira, automáticamente, con lengua de lija y guitarra desafinada. 

Los arreglos eran fantásticos.Tejidos perfectamente en torno a guitarra y voz, mantenían las canciones a flote. No era un pegote de instrumentos sinfónicos, sino una sola unidad musical . Laguna de Mayrán era arreglo de cuerdas, bucólico, conmovedor. El Caballito Blanco cabalgaba  con la orquesta y tenía vida propia. Sentía un océano de música tras de mi. Irreal. Maravilloso.

Laura interrumpió dos veces: que el contrabajo estaba ligeramente atrás de tempo y los violines debían atacar con más fuerza en el coro. Aproveché la interrupción para tomar agua, acercar el micrófono y medio afinar la guitarra. Estas gentes tenían prisa. 

 

Ya en casa, el concierto fue el tema de la cena. Emilio bromeaba que la orquesta sinfónica debía incluir guitarra eléctrica. Seguro que Beethoven no hubiera puesto objeción, ja ja. Glenys necesitaba más boletos para los invitados que venían de Toronto. Tenía una lista larga de amigas, colegas de universidades, escuelas de teatro y clientes de la compañía. 

—Solo tenemos cuatro boletos gratis de la Sinfónica—le dije.

—Lo sé. Pagaremos el resto.

—Mucho gasto, ¿no?

—Cierto -dijo Emilio-, pero se trata del momento histórico del...—y abría comillas con los índices— ¡Gato de la Fauna!, ja ja ja ja...

Después de la cena, Glenys se la pasó en el teléfono. Oía trozos de conversación desde mi estudio. Sí, la Sinfónica...sus canciones...sólo dos conciertos...ja ja ja... Lástima que no puedes venir...

El invierno no tuvo compasión y trajo otra nevada histórica durante la noche. Vuelta la burra al trigo y Bob a la pala. Llegó a las cinco de la mañana a despertar al vecindario. Por lo visto nuestra casa era la primera de las cuarenta. A juzgar por el ritmo de la pala, tenía prisa.

—Creo que debes ir de traje, sin corbata, sólo traje. 

—¡No! Soy rolero, no clasiquito. Voy a ir decente pero no de corbata. Pantalón de mezclilla, camisa nueva y botas cordobesas. 

Nunca ensayo el día de los conciertos. Manos y gargantas descansan, aflojan, relajan, para apretar al máximo la noche del evento. Si acaso una caminada de canciones, en silencio, dibujando acordes en la guitarra y repasando mentalmente la melodía. 

Thriller fue mi distracción de la mañana. Persecución, era el track en turno. Tema precipitado, persistente, de batería mordiendo ritmo y el  bajo apoyando tambores y abriendo un abismo de notas que subían y bajaban enloquecidas. Los violines eran  cuchilladas, de notas agudísimas, como las de Psicosis de Hitchcock. Un oboe de textura oriental, gangoso y rudo, se colaba después de varios compases, haciendo una melodía absurda, híbrida, casi abstracta, que le daba tinte surrealista al arreglo. 

El día pasó rápido. A las cuatro de la tarde se atolondraba el sol invernal en el horizonte, y a las cinco se hundía, borrachito sin remedio, en el sur oeste. Sol de invierno. Bueno para nada.

Llegó la noche y la primera llamada. A la segunda subieron los músicos subimos al escenario. Laura dijo que como invitado especial me anunciaría poco a antes de empezar. Eso me puso nervioso. En la fauna los nervios se esfumaban al primer golpe de la batería. De ahí en delante todo era pan comido. Cuando Laura gritó Please welcome Rafael Garo Fuentes, la presión arterial hizo de las suyas. Subí el escenario, estreché la mano de Laura, hice una caravana al público, otra a la orquesta y tomé asiento. El teatro estaba lleno. 


73. El Sinfonías

 

—Te llamaron por teléfono de parte de un tal Swift.

El nombre no me sonaba. No dejó recado. Lo olvidé durante el día. Estaba concentrado en el nuevo álbum para la conferencia de maestros de teatro. Thriller, era el título. Necesitaba un cambio de rumbo en la composición. El último proyecto, Classics for Kids, había sido interesante, tierno, divertido, pero también cansado. Más que composición había sido trabajo de adaptación musical, transcripción de partituras, quemada de pestañas. 

Al principio de los ochentas Emilio inspiró los proyectos para niños. La experiencia de chupones, biberones, carriolas y canciones de cuna dejó huellas, huellitas,  en mi trabajo. Plasmé  su joie de vivre, sobre todo en el primer álbum, Bosques -Woods- en 1984. Compuse toda la música en guitarra y luego la transferí al teclado del sintetizador, un korg de la época de las cavernas. Cada pieza describía un animal o insecto: las ardillas tenían ritmo pegajoso, el oso invernaba con un vals que lo bamboleaba en tubas y violoncelos, la mamá pata y críos flotaban en el estanque con una polka juguetona. Fue experiencia familiar bella, constructiva, divertida. Todos metimos la cuchara en el proceso, sobre todo el niño, que bailaba y cantaba todas las piezas durante el día. Un domingo de otoño fuimos de paseo a juntar hojas de maple, ocres y amarillas, con las que hicimos una composición sobre la mesa del comedor, le saqué foto y fue la portada.

Ahora, después de la experiencia Foscatelli, estaba ansioso de regresar a las sesiones de medianoche. Tanto cliente, botellas, vendimias, histerias, chismes, gritos y sombrerazos me habían saturado las entendederas. Añoraba el tiempo de composición y meditación nocturnas.

—Te hablan por teléfono de parte del tipo ése, Swift.

—¿Otra vez?¿Quién diablos es?

Glenys se encogió de hombros y me pasó el auricular. Era la secretaria de Daniel Swift, el director musical de la orquesta sinfónica de la región: The Niagara Shymphony Orchestra. Buscaban un cantautor latinoamericano para incluirlo en el programa de verano titulado Symphony Pops. Habían visitado mi página web y al señor Swift le habían gustado mis canciones. Titubeé:

—Perdón, ¿que qué?— repitió lo mismo y añadió:

—Mr. Swift quiere saber si te gustaría cantar con la orquesta, dos o tres de sus canciones. Serán dos conciertos, sábado y domingo.

—Gulp.

Quedamos de vernos la siguiente semana en las oficinas de la orquesta.

—Vas a ser famoso—, bromeó Glenys.

—No puedo creer que le gustaron mis rolas a un clasiquito, ja ja ja.

—Vas a ser famoso.

—Cállate los ojos. Toy medio nervioso.

Mi página web era deprimente. Mi primer pinino online, sin enlaces ni elegancias: pelona. El espacio era cortesía del proveedor de la compañía de Internet, Vaxxine, que ofrecía una página web, gratis, a todos sus clientes. Además de las limitaciones de formato, las grabaciones de las canciones era espantosas. Una cosa era grabar música electrónica, del mezclador a la grabadora; otra, hacer grabaciones acústicas de voz y guitarra. O Swift era sordo o yo muy buen compositor. Je je.

Pasé el día imaginándome, guitarra en mano, al frente de una orquesta sinfónica. No. Imposible. El diablito norteño murmuraba a mi oído y me decía que un norteño no era puto y no se rebajaba a tocar con maricas elegantes. Tu vienes del acordeón, la redoba y cerros blancos y pelones, cabrón, no niegues la cruz de tu parroquia.  Me hacía reír.

Por la noche me distraje con la primera composición  del proyecto Thriller: Border Patrol, Patrulla Fronteriza. Serían 13 piezas de suspenso, no policíaco, más bien político, a la Costa Gravas, John Le Carré. Thriller con barniz de misterio. Quería un proyecto que evocara el mundo secreto de espionaje, laberintos, trampas, espías y rehenes. Glenys y yo estábamos de acuerdo que los que compraban nuestros discos compactos no eran los alumnos de colegios y universidades, sino maestros que, en su gran mayoría, eran de nuestra edad y habían sido testigos de la guerra fría, la de Viet Nam y el movimiento hippie. Los baby boomers habíamos llegado a la madurez. Mi trabajo e inspiración no sólo era estímulo personal, también generacional. Compartía con ellos arquetipos y símbolos de una era difícil que había parido un nuevo mundo.

Mi repertorio de canciones era nuevo. Habían regresado en masa después de veinte años de ausencia. El shock cultural las había espantado. No les gustaba el inglés. Ahora regresaban. Todavía tenían mi estilo, se parecían a su dueño, pero traían  un dejo de exilio, desierto, y, gracias a Dios, el acostumbrado aguijón de la protesta: Irak, Afganistán, Wall Street y la corrupción global de políticos, millonarios y curas. 

La secretaria me ofreció un cafecito.

—No gracias.

Me contó la historia de los conciertos Symphony Pops y de los últimos invitados que habían participado: un cantante de Blues de Buffalo, NY, y un flautista irlandés.

—Nunca hemos tenido un cantante mexicano.

Tenía el contrato listo. Lo leyó pausadamente, explicando detalles y aclarando dudas. Yo, como compositor invitado de la orquesta, traería un disco compacto con las dos canciones que la arreglista y el señor Swift sugerirían. Después me entrevistaría con ella para aclarar puntos sobre versos, coros y arreglos. Un día antes del concierto habría un ensayo con la orquesta.

—¿Uno?—, pregunté—¿Sólo uno?

Me explicó que era lo normal. Cada ensayo de la orquesta implicaba tiempo y dinero. Una hora, una vez, era todo lo que tendría. Me preguntó cuánto ensayaba antes de mis conciertos.

—Semanas enteras—, levantó las cejas.

Firmé contrato y regresé a casa. 

—¿Cómo te fueeee? —gritó Glenys desde la cocina

—¡Que voy a ser famoso! Ja ja ja.

Al día siguiente llamé por teléfono a la arreglista. Tenía voz agradable, lo cual me tranquilizó. Les gustaba la canción Caballito Blanco. La otra la dejaban a mi elección. Laguna de Mayran, respondí. La acababa de componer hacía un mes en honor a mi tierra natal. 

Laguna de Mayrán,

Laguna de la Vida

Por ti pasó mi barca

Buscando la otra orilla.

 

¿A dónde se fue el agua,

Y dónde están las garzas.

Aquí había una laguna

De blancas esperanzas.

Tres días después, Laura terminó los arreglos Fui a su oficina, me alargó las partituras pero no había forma de que yo los entendiera. Soy de espérame tantito para la nota y las hojas negreaban de corcheas y semi corcheas. Tocó en el piano algunas ideas pero era difícil imaginarlo todo. El teclado no evocaba, ni a madrazos, una orquesta sinfónica.

Pasé el mes ensayando las dos canciones, durante el día. Al llegar la noche me encerraba con mi Thriller a navegar el mundo del espionaje. El Secreto de Leung era una persecución, dedicada a Vincent Leung, el mesero de nuestro restaurante favorito. Después vinieron Embargo, Airport, Desperation, Behind the Wall, y la dedicada al comandante Marcos: Thriller in the Jungle.

Caballito Blanco tiene ritmo de galope. Canción brava, con ansias de libertad, inquieta. Swift había decidido bien.

Laguna de Mayrán era balada tranquila. Inspirada, en parte por la parábola del Hijo Pródigo, y en parte por el retorno de Ulises a Ítaca. Dos lecturas que habían cambiado mi vida.

La primera galopaba al futuro. La segunda miraba al pasado.

 


 

72 La Vendimia

Tres años en Foscatelli. Buenos años, buen sueldo y buenos amigos. Además de los tours de los fines de semana y las festividades del año, la vendimia de septiembre era la ocasión más importante, no sólo  para nosotros, sino para la región entera. En esos tiempos, cincuenta empresas vitivinícolas, grandes y pequeñas, competían a muerte por un trocito de tierra fértil de las trece mil seiscientas acres del mágico micro clima de la región de Niágara. Entre la escarpadura al norte y el lago Ontario al sur, la región coincide, grosso modo, con los paralelos de latitud norte de Rioja, Chiante y Rousillon. 

Las cataratas ya no eran el único centro de atención al sur de la provincia. Poco a poco los autobuses repletos de turistas ya circulaban diariamente la región de las viñas. Las empresas vinícolas, en los últimos años, no sólo compiten por crear buenos vinos, sino también en hoteles de cinco estrellas, restaurantes elegantes, spas, conciertos al aire libre, teatro... Un paraíso turístico. Algunas empresas han construido sus bodegas imitando el estilo francés de las de Bordeaux; otras, ultramodernas, se declaran bastardas del nuevo mundo y etiquetan vinos con nombres cómicos como Megalomaniac, Stupid Grape, Fat Bastard, etc. que ha resultado buen negocio para el turismo americano de baja estofa y los millennials, quienes no tienen gusto ni para la Coca Cola

La vendimia era la temporada más ocupada en Foscatelli. Varios cientos de mexicanos y jamaiquinos se contrataban para la cosecha; los mismos cada año, gente segura y de confianza que trabajaban seis meses, primero en la vendimia y después en el mantenimiento de las viñas. Curioso, los dos grupos étnicos nunca se mezclaban. Navegaban en bicicletas entre caminos de terracería y carreteras, en grupitos de cuatro o cinco, los mexicanos con gorras de beisbol, los jamaiquinos con sombreros de paja. Jamás los vi cruzar palabra. 

El primer día del evento, por la mañana, cuando abrí la tienda, entró un gordo monumental, altísimo, moreno, de barba rizada y bigotes a la Rasputín. Yo limpiaba el bar. Caminó muy decidido hacia mi, se plantó frente a la barra, sacó de la gabardina militar una botella de vino tinto y me dijo con voz grave y acento italiano:

—Un vaso!

Me sorprendió el descaro. ¡Traes tu propia botella y pides un vaso! Acostumbrado a tantos excéntricos y borrachos que circulan por las tiendas de vino del área, esbocé una sonrisa angelical y puse un vaso al lado de la botella. 

—¿Algo más patrón?—Sonrió.

Noté que la botella no tenía etiqueta. Sirvió un poco de vino, me alargó el vaso y viéndome fijamente, ordenó:

—Cátalo.

Ahora si se había pasado de la raya el muy bruto. Cómo que cátalo, no soy tu pendejo, cabrón. Pero el sujeto era colosal, de un garnucho podría matarme. Macho pero no pendejo, simplemente contesté:

—Ja ja, no gracias, no son ni las once, no tomo hasta después del mediodía. 

No quise apretar el botón de emergencia en el piso, el que avisaba a los toneleros de echar fuera a borrachos necios y raterillos. El panzón tenía más trazas de cómico que peligroso. Señalando el vaso con dedo de salchicha, insistió:

—Cátalo.

Ah, ya sé, sin duda es uno de los enólogos de la competencia, un espía. Tiene acento italiano, seguro es de las bodegas vecinas, "Calabria". Le seguiré la corriente al idiota.

Haciéndome el payaso levanté una ceja estilo Arturo de Córdova, puse cara de catador profesional, tomé el vaso por el fuste, le eché ojo a contraluz y dije con voz pedante:

—Buen color, cristalino y límpido—, sonreí con aire de superioridad que le hizo gracia. Metí la nariz en el vaso, aspiré, después lo moví en círculos, lo olí de nuevo, tomé mi tiempo, vi al tipo cara a cara y le dije mitad en serio, mitad en broma:

—El aroma es intenso, entre cabernet y merlot, equilibrado y armonioso, tiene buenas piernas, y el roble es intenso. Lo califico con ocho y medio.

El tipo soltó carcajada de barbaján y me gritó con voz sonora y cuadrafónica:

—¡Molto buono, messicano! Tu non sei perfetto, ¡ma sei molto bene! Ja ja ja ja ja.

Era Gabriel Foscatelli, el patrón. Qué la chingada... Sentí alivio y furia a un tiempo. Sentí ganas de patearlo; pero me ganó la compostura y lo saludé con fuerte apretón de manos:

—Señor Foscatelli! Gusto en conocerlo.

Me lo había imaginado estilo Mastroniani y resultó un Pavarotti excéntrico, de cejas y bigote poblados y mirada de loco. Sus carcajadas atrajeron a Karen, Bertha y los toneleros. Besó a las chicas con su trompa de jabalí y vociferó:

—¡Esos jesuitas te enseñaron las artes del vino! No hay cura que no sea alcohólico, ja ja ja ja.

Todos rieron su broma. 

—Aquí, mister jesuita, acaba de hacer mierda mi mejor vino. Le puso ocho y medio, ja ja ja ja. 

Me dio un abrazo efusivo que me sacó el aire. Traté de sonreír pero sólo logré un rictus estúpido. Entraron clientes en ese momento que me salvaron la vida. 

Más tarde llegaron Pietro, Pierre y el idiota de Federico, el cerdo apestoso que cuidaba las viñas. Se treparon al Lexus del enólogo y se largaron con el patrón a los campos, a inspeccionar la cosecha. En unas horas llegarían los camiones de volteo repletos de uvas a activar las prensas en la parte trasera del edificio.

Día de telefonazos: la señora Foscatelli hablando mitad inglés, mitad italiano;  el señor Megalos, con su acento griego, dándome órdenes y recados para Gabriel; el director del Standard, el periódico de la ciudad exigiendo hablar con el enólogo; la organizadora del festival y desfile Vino y Uva, pidiendo entrevista con Karen. 

Por la tarde llegaron los siete managers de la cadena de tiendas de la provincia, todos con camisetas color naranja y a la espalda el escudo Foscatelli: dos venados suspendidos sobre un lago, sentados uno frente al otro con viñas enredadas en los cuernos. Apenas cruzaron el portal cuando entraron los primeros camiones cargados de uvas. Comenzaba la acción. Había un ambiente de fiesta, celebración. El fruto de la vid había completado su aventura de noches y días y hacía su entrada a tanques y barriles para terminar durmiendo el sueño de los justos en un espacio de cristal de 750 mililitros, aguardando el juicio de los expertos.

Llegaron también los accionistas, en Mercedes Benz y BMdobleus, a la carne asada que ofrecía Foscatelli cada año. Los bodegueros irlandeses, cocineros por un día, ensartaban trozos de carne, embarrando barbecue sauce, la salsa picante y apestosa que mata el sabor, encanta a los norteamericanos y enfurece a los argentinos. 

Corría el jugo por las venas de plástico que serpeaban por los pasillos, directo a los tanques. Ocupados en la tienda, Bertha y yo oíamos, entre gritos de trabajadores y ruidos de máquinas, la carcajada estentórea de Foscatelli. El siciliano estaba feliz. Cada año era una nueva aventura. Esta borraría el recuerdo del anterior, el de la sequía que había arruinado el cincuenta por ciento de la producción. Su risa celebraba el renacimiento de su casa y apellido. El joven cargador de los muelles de Génova que había llegado a América con una mano adelante y otra atrás, olvidaba una vez más el pasado para celebrar el presente Todos celebrábamos con Gabriel: la uva en su punto, el año salvado, la paz re establecida, la cuenta del banco feliz, y mi trabajo a salvo.

Pasaron los años. 

Hoy en día la casa Foscatelli se ha quedado atrás en la carrera encarnizada del vino. La competencia se comió al bigotón, quien falleció, hace cinco años, de ataque cardíaco. Karen fue acusada de fraude por la esposa de Foscatelli, pero el abogado la sacó del lío. Pietro se mató en un accidente automovilístico en la carretera a Ottawa.  Pierre es ahora el enólogo de las bodegas Red Eagle, una de tantas que los chinos han comprado en la región. Karen se casó con uno de los toneleros, tiene dos niñas y viven en Calabria, Italia.


 

71. Trick or Treat

Al comenzar octubre los medios de comunicación iniciaban las campañas de ventas de Halloween. Como el día de los muertos en México, la población entera celebraba la llegada del invierno, la muerte y el triunfo de la vida. Lo que para nosotros es una costumbre ancestral, maya y azteca, para los norteamericanos es un pretexto de ventas, broma, susto, gnomos, fantasmas y estreno anual de una película de Hollywood con el tema de Halloween. 

En Canadá, los dependientes de centros comerciales y supermercados se disfrazan de brujas, frankesteins, calabazas, vampiros, retrasados mentales, criminales famosos, etc. Inclusive los políticos van al parlamento vestidos de fachas.

Han perdido la raíz de la celebración, la cristiana y la celta. El evento ha sido reducido a película de Disney, a una caricatura. Lo único rescatable de la festividad es el entusiasmo de los niños, que coincide con el espíritu celta y la celebración de Samhain: el día en que la línea que nos separa del más allá, desaparece y los espíritus de los muertos andan sueltos a media noche. Cada año los chiquillos viven el terror de Halloween, el 31 de octubre, para despertar, el primero de noviembre, renovados y tranquilos de haber superado el miedo a los fantasmas, a la muerte, como los antiguos celtas...eso sin contar la bolsa repleta de dulces de la noche anterior en la cabecera de sus camas.

Disfrazarse, para ellos, es tarea intensa, más excitante que la Navidad, porque implica ser malo por un día, vampiro, fantasma o monstruo. Los psicólogos se dividen en dos bandos: los que defienden que la celebración es perjudicial a la mente infantil, y los que afirman que superar el miedo, en cuentos, juegos o historias, es ejercicio necesario para el desarrollo psicológico del niño.

Semanas antes de Halloween, los niños traían la obsesión de quién serían éste año. Emilio desayunaba con la idea de ser Drácula; al regresar del colegio quería ser calabaza, por la noche, policía y a la mañana siguiente, gladiador. Contaba que Ryan quería ser boxeador, Ramsy el Fantasma de la Ópera y Roberto quiere ir vestido de niña. Qué chistoso, ¿no les parece? 

Dos semanas antes del evento había que tomar una decisión o Glenys no tendría tiempo de  confeccionar el vestuario. Cada año sacaba del ropero su máquina portátil, Singer, y de retazos de ropa vieja hacía el disfraz. En kínder le había hecho un traje de oso de peluche con rabo de bombón azul. Al año siguiente un Batman de capa, botas negras y máscara de cartón cuyas orejas parecían de mapache pero Emilio estaba tan chiquillo que no lo notó. Después vino Drácula, Frankestein, el Terminator y este año, a los doce, quería ser Charles Chaplin.

No nos sorprendió. El cine mudo había sido parte de su niñez, junto con Cri-Cri, Tin Tin, Kurozawa, Herzog y otros directores que actuaban como barrera de protección a la basura norteamericana que consumían los niños en la televisión. 

El día de Halloween no sólo se les permitía asistir a clases, disfrazados, sino que también se organizaba, después del recreo, un desfile de todos los alumnos, alrededor del barrio. El vecindario entero aguardaba, cámara fotográfica en mano, la llegada de los enanitos estrafalarios vestidos de mariposas, princesas, jugadores de hockey, supermanes, batmans, hombres arañas, hadas madrinas, Barbie Dolls, pinochos, bambies y, por supuesto, Charlie Chaplin, de bombín, bigote y bastón, caminando con pie plano y de prisa. Fue el peor Halloween de Emilio: ninguno de sus compañeros supo de qué iba disfrazado.

—Charles Chaplin!

—¿Quién es ese?

Cuando llegué a Foscatelli me encontré a Bertha vestida de vampiresa. La vampiresa más bella que había visto en mi vida.

—¿Quieres que te chupe la sangre? —y me amenazaba con uñas postizas, sangrientas y picudas.

—¡Por supuesto! —y le ofrecí mi cuello.

—No olvides que eres casado -y me apuntaba con su índice brujil.

—¿Yo?

Karen lucía sus curvas, vestida de hawaiana. Pietro era Barba Azul y Pierre, el enólogo, Charles De Gaulle. 

—¿Y tu disfraz, Gato? ¿No me digas que los mexicanos no se disfrazan en Halloween?

Pietro trajo de la bodega un sombrero de copa y me lo puso. 

—Ahora eres Mad Hatter, el tipo de Alicia en el País de las Maravillas.

Pasé el día despachando vino con el sombrero ridículo. La venenosa de Bertha decía que me veía soñado. TE da un aire de elegancia mexicana, ja ja ja. Le dije que no estaba para bromas, que no me provocara. ¿Qué, vas a sacar conejos de tu sombrero y me los vas a aventar? Ja ja ja ja. Le eché ojos de pistola, lo cual la divirtió todavía más. Dede niño había odiado a Mad Hatter, su horrible sombrero y su cara desagradable.   

Había gran actividad en la tienda. Karen la había adornado con calabazas, brujas y fantasmas. Halloween era siempre, para Foscatelli, negocio redondo. Además de los viejitos de costumbre nos invadían hordas de universitarios que compraban cajas y cajas de vino y cerveza para sus famosas fiestas y destrozos de Halloween. Nuestros vinos eran los más baratos de la ciudad. Bodas, bautizos, cumpleaños, celebraciones de negocios, ocasiones oficiales del palacio de gobierno, todos venían en la víspera y vaciaban las bodegas.

A las once cerramos la tienda. Karen invitó a todos a cenar, una vez que contáramos el dinero, repusiéramos las botellas de vino en los estantes y limpiáramos el local. Terminamos a las diez y nos fuimos al The Keg, donde devoramos bistecs acompañados de Riojas, con mùsica de jazz, en vivo, a cargo de un ridículo trío de calaveras y vampiros llamado The Painful Dead.

Llegue tarde a casa. Glenys preparaba sus clases en, en la cocina. Sobre el sillón de la sala el traje, bombín, traje y bigote de Chaplin. 

—¿Qué te parece que nadie supo de qué iba disfrazado?

—Ja ja. Bola de ignorantes. Ni la maestra Jane sabía quién era Chaplin. Vieja naca.

Pasamos media hora viendo la televisión. Las noticias mostraban imágenes de la celebración de Halloween en varias partes del mundo. Había un segmento que mostraba un grupo de druidas vestidos de túnicas blancas, en Stonehenge, inaugurando el principio del año celta. Cantaban himnos extraños y empuñaban báculos y antorchas. 


 

70. In vino Veritas

Se solicita persona madura, responsable, para puesto de barman y catador de vinos. Experiencia no necesaria. Buen sueldo y comisiones. Reportarse a Vinos Foscatelli. Ponían dirección y teléfono. Esto iba más con la idea de Glenys de conseguirme un trabajo creativo. Nada más creativo que el vino.

Releí el anuncio. Me divertía la idea, me parecía casi ridícula; pero era trabajo más interesante que cosechar uvas en los campos o cantar arias en entierros. En cuestiones de vinos mi gusto era limitado: Riojas y Baja California. Rojos. Que conste: buenos vinos. Ahora aprendería a olfatearlos, degustarlos, pasearlos por la lengua, mover los morros y  levantar una ceja, como buen conocedor. No tenía opción. Llevaba dos semanas quemándome las pestañas en la sección de empleos y las posibilidades, hasta el momento, eran limitadas.

Me puse el único saco que tenía, el café de parches de piel en los codos, tan de los setentas, y me peiné la melena. Glenys sugería corte de pelo. Emilio, traje y zapatos nuevos. Qué sabían ellos del oficio de catador. Esos catadores eran excéntricos y descuidados. Más o menos como yo.

Me recibió Karen, la manager. Pequeña, rubia, buenas curvas, fea pero interesante, de voz dulce y falsa a un tiempo. Repasamos mi curriculum:

—¿Ex Jesuita? 

Sí, ex jesuita. 

—Filosofía, humanidades. Palabras grandes para una bodega de vinos, ¿no crees? ¿No deberías pedir trabajo en la universidad?—. Hice gesto de asco.  Los dos nos reímos. Congeniamos. Firmamos contrato. Sueldo de hambre por tres meses, después ascenso si hacía méritos. 

El problema era la distancia. Las bodegas estaban a media hora de la ciudad. Si sumaba tiempo, gasolina y mantenimiento de coche, en un mes se esfumarían, al menos, cuarenta dólares del total. Pero el adelanto promisorio de tres meses fue la zanahoria que me hizo continuar. 

Comencé el mes de entrenamiento. De las ocho horas de trabajo, dos se iban en degustar vinos, adivinar variedades de uva, detectar sabores, edad de embotellamiento y memorizar los nombres de todos los Foscatelli, precios incluidos. Me sorprendió mi memoria de sabores, carajo, tan buena como la auditiva. Quién lo hubiera imaginado. La mental era otra historia. Mi madre decía que yo tenía memoria de gallina. En el colegio, la maestra Lolita entornaba los ojos y bufaba impaciente aguardando en vano el nombre de alguna capital o río que yo trataba de recordar. En varias ocasiones la abuela casi me arrancó las orejas, cuando regresaba de los mandados con la orden de tomates y cebollas toda cuatreapada. Mi analista piensa que la abuela paralizó mi memoria. No lo dudo. Pero no la del sabor. Bertha, mi entrenadora y compañera de trabajo  se sorprendió con mi nueva habilidad. Y yo que pensaba que los mexicanos sólo se acordaban del sabor del tequila y los tacos. Y se doblaba de la risa. La chica era bellísima, italiana de pura cepa, morena clara, ojos negros, alegres y cristalinos... sería mi compañera permanente de trabajo. A quién le dan pan que llore, pensé.

La propiedad era enorme. Incluía viñas, bodegas y tienda. El enólogo era francés y venía solamente los fines de semana. Tenía pinta de cura, mejillas rosadas y aliento a tabaco. Los cuatro toneleros martilleaban diariamente los barriles de roble de Oregón. Tenían brazos de Popeye y hablaban con acento inglés melodioso. Eran irlandeses.

El encargado de las viñas era un cerdo. Chaparro, de panza descomunal, peludo como un mono, cejijunto y pelón, que apestaba eternamente a sobaco y cebolla. Tenía fama de violento. Me odió desde el primer día. Gracias a Dios sólo venía cada semana a reportar el estado de las viñas.

El segundo en comando, después de Karen, era Pietro: italiano, alto, pelo largo azabache, bigotes a la Dalí y ojos azules. Parecía artista de cine.  Hablaba hasta por los codos pero sus historias eran interesantes. Manejaba coches deportivos italianos. Le caí bien desde el principio porque escuchaba sus historias y le reía los chistes. Pietro, como todos, me respetaba por esa línea de mi curriculum donde aparecía la palabra ex jesuita. No sabían que tipo de bicho era, ni cómo agarrarme.

Pietro no tenía horario. Llegaba cuando le daba la gana, besaba a Karen y Bertha y contaba a todos, toneleros incluidos, su última aventura de amor. Después inspeccionaba los tanques de acero inoxidable de vino nuevo, daba instrucciones a los ayudantes y se encerraba en su oficina. Si alguien lo llamaba por teléfono tocábamos a su puerta. Te llaman, Pietro, dice que es amigo tuyo.  A lo cual siempre contestaba: Cuélgale, yo no tengo amigos.

Bertha estaba enamorada de Pietro, Pietro de Karen, y Karen de Pierre, el enólogo, quien era gay y estaba enamorado de Pietro. Círculo de amor cerrado, imposible. Los coqueteos eran discretos pero si se ponía atención a sonrisas, miradas, énfasis de palabras y lenguaje corporal, se podía descifrar lo que verdaderamente se estaban diciendo. 

La semana era variada. De lunes a miércoles venían los clientes regulares. La mayoría eran gente de edad, jubilados que vivían en las casas de campo de la región. Las narices rojas delataban su gusto por el fruto de la vid. Compraban vinos baratos de siete dólares la botella, en cajas de diez, dotación de una semana. El Merlot Delicia era su favorito. Más suave que el cabernet, ligero y fácil de digerir...y contenía un poco de azucar, ingrediente que Pierre añadía a los vinos económicos porque a esa edad no distinguen lo que toman y prefieren vinos dulces. Sin estos ancianos los Foscatelli irían a la ruina. Y soltaba su típica carcajada de fumador, cerrando los ojillos y tapándose la boca con la palma de la mano, expresión que usaba siempre para conservar la compostura.

El fin de semana empezaba los jueves, con los tours que venían de Toronto a las Cataratas del Niágara (o como dice la Gaxiola, Las Niagaratas del Cácara). El autobús visitaba, durante la mañana, cuatro bodegas del área, Foscatelli era la última. Después los llevaban a ver cataratas. Al final perdían la bolsa y el buen humor en los casinos de ambos lados de la frontera.

Eran autobuses de súper lujo, con baño, cafetería y televisión. El Wifi no se había inventado todavía. Parthenon Tours era compañía griega. El dueño había empezado en los cincuentas, con un negocio de taxis en Hamilton, Ontario; después había creado una cadena de restaurantes de comida rápida que rápidamente lo hizo millonario. Ahora tenía dos casinos en la frontera, un hotel de cinco estrellas en Toronto y una línea de autobuses turísticos de lujo. Gran amigo de Federico Foscatelli, nuestro santo patrón, los dos intercambian favores mercantiles. Una alianza greco-romana, estilo El Padrino.

El chofer, Dimitri, un ruso sudoroso y gordo que hablaba un inglés imposible, llamaba una hora antes para hacernos saber de qué país venían los pasajeros.  Los americanos eran mandones, nacos con dinero, típicos turistas de camisa de fuera, floreada; las señoras de lentes oscuros estilo Liz Taylor. No tenían gusto para el vino pero compraban los más caros.

Los británicos era un grupo callado. En el bar tomaban el tiempo leyendo la etiqueta de cada botella. Mientras los cataban, hacían comentarios tiernos como: my goodnes this is strong; I like this one , very frutty;  wow, uncle Barry would love this one... Eran malos compradores.

Los italianos se sentían en casa, gritaban todo el tiempo, cantaban, tomaban mucho, quebraban una que otra botella y eran buenos compradores. 

Los chinos eran callados, pedían servicio a señas. Tomaban el vino como agua y después de dos vasos, que era el límite, pedían más. Dimitri intervenía, hablando un chino espantoso, mitad ruso, mitad sonido de gárgaras, explicando que dos vasos era la regla y ley.

Cada tour era una aventura diferente. Karen, como maestra de primaria, los guiaba por las bodegas, explicando el proceso y metamorfosis de las uvas. Al llegar a los depósitos de acero inoxidable era el turno de Pietro, que explicaba lo que sucedía químicamente con el jugo en tanques, para después pasar a dormir el sueño de los justos en los barriles. Tenía don de comunicador, lo cual molestaba a Karen, que de vez en cuando negaba discretamente con la cabeza, esbozando una sonrisita irónica. En una ocasión, mientras Pierre hablaba del añejamiento del Cabernet Sauvignon, Karen me dijo al oído: Si Pierre oyera hablar a éste pendejo, lo capaba. Es un imbécil.

¡Karen! –la regañé en voz baja.

Ella rió en voz baja, me miró con ojos traviesos y encogió los hombros


 

70. El Castillo

Después de dos años el grupo CIT se deshizo. Unos decían que la razón había sido política, grillas universitarias contra Lauren; otros, que el departamento de Computer Sciences preparaba un grupo de geeks, similar al nuestro, con menos presupuesto y voluntarios, estudiantes.

Un mes antes terminamos el último proyecto, ahora para el departamento de Health Sciences. Un video de bacterias y antibióticos en lucha frente a frente.

Irma y Dora propusieron dibujos animados: una batalla medieval en tres actos: un castillo -el cuerpo humano-asediado por ejército invasor de caballeros diminutos-la bacteria-, defendiendo la plaza con catapultas, lanzas, arcos y ollas de aceite hirviendo. Tres breves capítulos de tres minutos cada uno. Las figuras serían tipo ajedrez, soldaditos de caras simpáticas metidos en armaduras. Cuando el castillo estuviera  a punto de sucumbir llegarían los refuerzos -antibióticos-, soldados de lanzas doradas y estandartes azules.

En una semana terminaron el video. La primera parte mostraba la vida tranquila en el castillo: el herrero martilleaba espadas, las mujeres iban por agua al pozo, y los mercaderes entraban y salían por el puente levadizo.  Lo ambienté con un cuarteto medieval: Laúd, tamborcillo, flauta y clavicordio. Sarabanda tranquila, campestre, que alegraba el día soleado de primavera.

Abrí la segunda sección con trompeta grave, lúgubre, anunciando la llegada de los invasores: los caballeros negros que tomaron por sorpresa el castillo. De nada sirvieron las flechas y aceite hirviendo. Los inocentes no habían tenido tiempo de levantar el puente. A ritmo de stacattos violentos en tono menor, los malos invadieron el castillo.

 Almenas, torres y muros se teñían, gradualmente, de rojo. El cuerpo humano cedía a la infección. En la torre mayor, última esperanza del castillo, un grupo de soldados  disparaban flechas por las ventanas. Los rojos trepaban escaleras.

Una trompeta militar interrumpe la escena y en la tercera parte emerge de los bosques el ejército de rescate de jinetes azules. Los malos abandonan el asedio de la torre mayor, suben el puente levadizo y se preparan a defender la plaza. La música, ahora francamente hollywoodesca, va en ascenso triunfal, añadiendo a las trompetas, redoble de tambores y violines de fondo.

Al final, gracias a los antibióticos, el cuerpo humano se regenera, se levanta el puente, los azules instalan tiendas de campaña, el herrero regresa a sus espadas, las señoras al pozo y la sarabanda al laúd y el clavicordio. 

El CIT llegó a su fin con menos fanfarria y gloria. Nos despedimos en la oficina, de prisa. Ronie regresaba a Hamilton a buscar casa en periódicos e Internet. Irma y Dora habían conseguido trabajo. tiempo parcial, en una compañía de publicidad de Toronto. Liz era escritora profesional, simplemente regresó a su casa frente al mar, en Vancouver, a continuar sus novelas. Lauren regresó a California, al valle del Silicón y jamás volví a verlo.

De regreso a casa, todavía en estado de shock, enfrenté las malas nuevas. La economía familiar iba de bajada: las renovaciones de la casa habían rebasado el presupuesto, las mensualidades del nuevo coche eran criminales y el sueldo del CIT ya era historia. Para colmo, empezaban las vacaciones, lo que siempre amenguaba las ventas del negocio. Claro que teníamos práctica en el oficio de la supervivencia, pero ahora el rompecabezas estaba más griego todavía.

No había husmeado la sección de empleos en varios años. Gracias a las vacaciones abundaban los trabajos de medio tiempo. Los restaurantes necesitaban meseros, los parques cortadores de césped, los campos de uva gente fuerte que aguantara el solazo y humedad de las viñas. La sección de música no tenía nada para mi: Cantante para servicios funerarios, guitarrista para una banda punk, maestro de solfeo para colegio, arpista para cuarteto de cuerdas, experto en karaoke que hablara japonés, barítono para grupo a capella...

—¿Vamos a ir al cine?

—No, Milo, busco trabajo.

No le dije por qué, no lo hubiera entendido. Ni siquiera preguntó, el inocente. 

Glenys insistía en un trabajo creativo, lo cual me hacía reír. La situación era obtusa, real, seca y cruda. No hay poesía en tiempos de hambre. Lo que caiga es bueno con tal de que paguen, fue mi respuesta. 

En México, fuera de la música y el teatro, sólo había trabajado como editor en la revista El Mundo del Salto, narrando las glorias de la yegua del capitán Mariles, Eleonora, y escribiendo reseñas de niños popis en los concursos del Jockey Club y el Campo Marte. Manolo Larrea, que dirigía la publicación, sabía que había dejado los jesuitas y que andaba como burro sin mecate. Me salvó de morirme de hambre.

En Europa fui mesero, artesano, chofer, astrólogo-embaucador, orfebre, limosnero, vendedor y consejero de viudas maduras y guapas. 

De todas las ofertas del St. Catharines Standard, me interesó la de chofer. Me encanta manejar. Cuando mencioné la palabra taxista a Glenys le dio el ataque. 

A la semana siguiente acudí a la convocatoria de trabajo de la tienda Zellers. Abrían nueva sucursal al sureste de la ciudad y requerían de todo. Llené el formulario y después de una semana me llamaron. Pensé que ya era pan comido, no, sólo parte del grupo de finalistas. Un cuestionario y una entrevista más.

Entrevista larga de preguntas imbéciles y capciosas. La mujer, de acento londinense de barrio bajo, tenía cara de perico, voz chillona, lentes que le quedaban grandes y dientes carcomidos. Mi acento mexicano la ofendió. Reprobé. La razón que me dio es que no tenía agresión. Citó extractos del cuestionario:

Pregunta: Si tu jefe de departamento te manda a cumplir una tarea concreta y un cliente te pide ayuda, ¿te entretienes con él, ¿o cumples la tarea?

Atiendo al cliente. 

—Mala respuesta. 

—¿Mala respuesta? No entiendo —casi grité—¡pero si el cliente tiene siempre la razón!

—Negativo, joven, la tienda tiene siempre la razón.

—Vaya con la chingada burra baya que brincó la puta valla- respondí cruzándome de brazos y viéndola con odio.

—What was that? -contestó la imbécil.


 

69. La Bailarina

El trabajo en el CIT fue buena experiencia. Pero hasta ahí: buena, nada más. No me refiero a mi rol de compositor en el grupo ni a mi encuentro con la Mac y su poder de procesar toneladas de información. La verdad es que nunca fui rata de universidad, menos aún de la universidad donde trabajaba mi esposa. En más de una ocasión me encontré con las personae non gratae de su departamento, las que le causaban problemas, a quienes yo odiaba a muerte. Ellos me saludaban. Yo los mandaba al carajo. 

El CIT era un mundo extraño de nerds y geeks, bobos pero genios. Cuando trabajaban, genios; en los coffee brakes, bobos: conversaciones y bromas de retrasados mentales. No me impacientaban. Me causaban ternura. Pero ellos eran ellos, y yo era yo. Juntos pero no revueltos. Compañeros de trabajo únicos, efectivos, brillantes, pero una vez que aterrizábamos en la realidad no teníamos nada en común.

Los proyectos estimulaban la dinámica y creatividad del grupo. Lauren insistía siempre, y con razón, comenzar la tarea con sesiones de  brainstorming, un día o dos, para sacudir las buenas ideas. Caminábamos por los bosques cercanos a la universidad, discutíamos en la cafetería y en el smart room, y al tercer día cada quien se enterraba en su cubículo a roer el hueso del proyecto. Las chicas de arte gráfico proponían siempre el punto de partida, la idea inicial. Como adivinas contaban en imágenes lo que veían, estimulando la imaginación del grupo, sugiriendo estilo de texto y música.

El departamento de kinesiología ordenaba los proyectos más interesantes, sobre todo los relacionados con deportes. La Patinadora en Azul fue uno de los proyectos más breves, siete minutos de video, pero fue mágico y espiritual, memorable.

Era un video donde aparecía una chica patinando sobre pista de hielo. Abría la danza con una caravana, seguida de movimientos graciosos de brazos y torso, en actitud de búsqueda, añoranza. Después iniciaba una carrera a lo largo de la pista, brazos extendidos hacia abajo, manos abiertas, palmas al frente, suplicantes. Era un proyecto espiritual.

Ronie vino a mi cubículo. 

-Lauren me dijo que tú y yo nos encargaremos del proyecto. No necesita animación ni texto. Sólo efectos visuales y música. He visto el video varias veces y -titubeó-, creo que un vals sería perfecto, ¿No crees?

Yo lo había visto varias veces también. Estaba en desacuerdo con la idea del vals pero no me atreví a contradecirlo. El tipo era tímido, buenísima gente, un pedazo de pan y muy susceptible. La idea de un vals me parecía obvia, cliché fácil y meloso. 

-Excelente sugerencia -mentí-. Voy a escarbarle  a la inspiración por esa veta.

Durante la mañana, Ronie hizo magia de filtros y transparencias hasta lograr un ambiente mágico, fenomenal. Sin embargo, quería conservar el audio original, rechinido de patines sobre hielo. Absurdo. Decía que le daba realismo; yo, que estorbaría la música, además de su trabajo. Había creado un mundo de filtros y luces azul-gris, mágicas, no estilo Hollywood, más bien Picasso azul y rosa con toques surrealistas. Una obra de arte de siete minutos. Al despedirnos, le dije en tono de broma que el sonido era mi área, música sin ruido de patines. Reímos.

Llevé el video a casa. Les encantó a mis gentes. Emilio sugirió campanitas. Glenys coros celestiales y violines.

Lauren me dio tres días para terminar la música. Yo había pensado que necesitaba una semana, al menos. Pero estaba acostumbrada a los directores, sobre todo los de teatro: Luis de Tavira pedía nueva música para mañana. Nunca le fallé, que conste.

Terminé el arreglo en dos desveladas en casa. Sostene la magia de Ronie, el arte de la chica y el mensaje de belleza y esperanza del video, fueron mis guías.  

La bailarina, envuelta en un halo de misterio, empezaba suavemente su rutina, avanzando sobre la pista, brazos extendidos hacia abajo, palmas abiertas, suplicantes, frente en alto. La acompañé con largas notas de contrabajo, toque sombrío que apoyaba su plegaria. Una vez que dio vuelta a la pista, adquirió velocidad, preparando el salto y la rotación en el aire. Anticipé el momento con las campanitas de Emilio, en tonos menores de suspenso, arpa en crescendo constante. Una vez en el aire, añadí los coros de Glenys, disonantes, abstractos, sostenidos siempre por el contrabajo, como un deseo profundo de elevar el alma al cielo, a la luz, a la esperanza. Al tocar de nuevo el hielo avanzó de prisa, esta vez con los brazos en alto. Los timbales en redoble constante acompañando cuerdas y trompetas que celebraban el momento de liberación. Un último salto y rotación aumentaron el ritmo y volumen de la música. 

Al final, lentamente se arrodillaba sobre el hielo, cruzaba los brazos sobre su pecho e inclinaba la cabeza en actitud de meditación. Las cuerdas sostuvieron el momento y al final las campanitas de Emilio cerraron el video que se disolvía en la oscuridad.

 


 

 

68. Old Glenridge

La lista de pros y contras que nos había traído a Canadá, la tenía siempre a la mano, en una libreta gastada que de vez en cuando justificaba el exilio voluntario, el éxodo que nos había traído a Ontario.

Las noticias de México, gradualmente, a través de los años, cambiaron de regulares a malas. De Lopez Portillo a Peña nieto el país sufrió una metamorfosis complicada. Mis amigos, los optimistas, insistían que el país estaba bien, que los medios de comunicación exageraban, que la economía progresaba, los narcos iban de bajada, la corrupción disminuía y que como México no hay dos.

Los realistas pensaban diferente.

Cuando las cosas mejoren en México, regresamos... ahora parecía realidad inalcanzable. Lo pros y contras de la lista seguían vigentes. 

Continuamos deambulando en el país de las nieves. Cuando el termómetro bajaba más de la cuenta, mientras paleaba nieve en banqueta y jardines, añoraba la brisa cálida de Cuernavaca, el calorcito desértico de Torreón, las mañanas frescas del Deefe. Ya mejorarán las cosas, ya verás...

Las conferencias educativas eran vitales para el negocio. Alrededor de media docena al año, en diferentes provincias. Si caían en fin de semana íbamos todos. Si no, Glenys se lanzaba a la carretera con la van cargada de discos, panfletos y muestrarios. 

Nuestra música era Independent Label, sello independiente, pececillo nadando en el mar de las poderosas compañías educativas, tiburones que en más de una ocasión ofrecieron comprarnos, en vano, la franquicia. 

Nuestra producción, distribución y ventas, dependían de nosotros mismos. El gobierno canadiense, representado por el primer ministro conservador, Stephen Harper, cargaba de impuestos criminales a los pequeños negocios. Había que trabajar horas extras y vender el triple para ganarle al asunto. El mejor truco para sobrevivir como sello independiente, seguía siendo el concierto. Según los expertos de aquellos tiempos, vender discos después del concierto era negocio redondo, el momento cuando el público tenía el entusiasmo encendido y la cartera abierta. Nuestros conciertos eran los talleres de Glenys. Experta en movimiento y técnica de uso de máscara, en Canadá,  Nueva Zelanda y en México en el Centro Universitario de Teatro, su nombre era sinónimo de buena maestra: creativa, dinámica y amable. Después de sus talleres en conferencias, un hormiguero de maestros y maestras arrasaban con los discos compactos y ordenaban más para sus colegios.

Sobrevivimos las crisis típicas de los negocios familiares -broncas y discusiones-,  con una división de trabajo, clara y definitiva: yo me dedicaba a la creación, grabación y producción; ella a la publicidad, distribución y ventas. Hasta la fecha, ahora que DramaSound es página Web y toda nuestra música Mp3, sigue engatusando universidades y centros educativos con llamadas telefónicas y mensajes electrónicos.

En los noventas compramos casa en nuestra área preferida de la ciudad: Old Glenridge. Barrio viejo, híbrido: casas antiguas y modernas, chicas y grandes, vecinos ricos, medianos y pobres. Sitio lleno de maples enormes, jardines bien cuidados y colegio de educación primaria. Casi todos los amiguillos de Emilio vivían en la colonia. Finalmente dejábamos el norte, bravo y difícil, ruidoso, triste, donde fuimos felices en los ochentas, cuando cruzamos Canadá en furgoneta, y aterrizamos en la ciudad como fuereños inmigrantes. 

El barrio era tranquilo, aislado del resto de la ciudad, al este por los bosques Bergoin Woods, al sur por las vías del tren, al norte por el campo de golf, y al oeste por la avenida Glenridge que conducía a la universidad. Una isla perfecta. 

El colegio, fundado en 1800, era el centro de operaciones de la comunidad. Ahí se educaban niños, se votaba el día de elecciones, se administraban vacunas en tiempos de epidemias de gripe y eran centro de refugio en caso de nevadas o lluvias apocalípticas. Era también, los fines de semana, el centro de reunión de niños del barrio, que jugaban, durante el verano, futbol, beisbol, basquetbol, y en invierno patinaban sobre hielo.

Veinte años vivimos en la calle South Drive. Hicimos buenos amigos, tuvimos buenos vecinos. Época de oro de la familia. Compramos casa y perro a un tiempo: Taco el chihuahueño, hermano de Emilio, dado que decidimos tener un solo retoño, fue mi compañero de estudio y grabaciones, y fiel pinche de cocina de Glenys. Diecisiete años nos acompañó el perrito por éste valle de lágrimas. Fue el centro de la familia. Sin él, la vida no hubiera sido la misma..


 

67. Híbrido

La guitarra se pudría en la pared. Ya no era mi consejera, sólo un instrumento más. Servía como biblioteca de acordes para hacer arreglos y cantar La Bamba en restaurantes. Ya no se me antojaba como paño de lagrimas o confidente. Había sido buena bestia, compañera de aguas, inspiradora. Hubo épocas en que sin ella me hubiera metido un tiro en la sien. Fiel esclava, me traía en charola de plata, letras, melodías y poemas; producía hervor tierno y maternal en el corazón. Ahora era una inútil, fruto podrido colgado a la pared, ojo ciclópeo y estúpido, babeando alambres. Una buena para nada.

O quizás era yo el que había perdido el mojo cancionero. La cuatrapeada de inglespañol me dejó atarantado después del aterrizaje en tierras de gentiles. Vinieron, en masa, los gud morning, jaguar yu, its imposible, guat a fok, guat ar yu seying, y me quitaron las ganas de cantar en español. La musa se inhibió con los güeros.

Recuerdo  temporadas en que las canciones venían como parvadas de golondrinas y no me daba abasto componiendo, apuntado versos, malabareando melodías. Otras, cuando la vida se ponía necia y el vacío existencial atacaba al corazón, sólo una pieza aleteaba en el horizonte, como mariposa o murciélago: la buena, la chipocluda, la de letra profunda, música interesante, redención y excusa para seguir viviendo. 

No iba a hacer papelitos como Ricardo III y gritar: Mi reino por una guitarra. No era para tanto. A las mujeres, como a las canciones, no se les ruega. Si caen, caen. It takes two to tango, dicen los gringos y dicen bien. Al menos el venero se expresaba en música electrónica. Cuando te metes de artista lo que traes dentro lucha por salir, en música, pintura, poesía… la forma no importa, lo que importa es que lo eches fuera o te destruye. El arte es una enfermedad, no infecciosa, que consume, lenta o rápidamente: Artaud, rápido. Hemmingway, lento. 

Seguí trabajando en el CIT. Vinieron muchos proyectos de diferentes facultades de la universidad. El equipo se consolidó como grupo dinámico, entusiasta, versátil y efectivo. No había proyecto imposible para nosotros. Lauren asesoraba, aconsejaba y se iba a sus cacerías de clientes que nunca faltaron.  Me adapté al Garage Band, el programa de música Apple, que en combinación con mis sintetizadores amplió posibilidades nuevas de composición y arreglos. La Windows, en casa, me parecía más fea y atarantada cada día, pero, codo que era, no quería hacer el gasto. Además, en la universidad tenía Apple.

La música digital cambia el proceso de creación, de concebir y desarrollar ideas. Tiene pros y contras. Pocos contras. La principal ventaja, que no es musical,  es que no tienes que conectar docenas de cables entre sintetizadores, cajas de efectos, compresores y mezcladores. En mi estudio casero, tras la mesa de trabajo, había un triperío espantoso de cables eléctricos, audio, Midi, efectos y volumen, que iban y venían, conectados entre sí, como nido de víboras. Cualquier error durante la grabación implicaba búsqueda del problema, cable por cable, conectando y desconectando, uno tras otro, hasta dar con el culpable. Un infierno.

En el mundo digital todo se lleva a cabo en la pantalla. El ratón conecta y desconecta cables y conexiones, tarea de niños que dura minutos, no días. Puedes copiar y pegar secciones de arreglos de un sitio a otro, cambiar el sonido de un instrumento por cualquiera que gustes, añadir vibrato intenso o discreto, cambiar el tono de cualquier canal y grabar el master directo al disco compacto. Y docenas de trucos más que en el estudio real toman horas. Hoy en día todas éstas operaciones se llevan a cabo inclusive durante grabaciones de voz. Hay programas de computación que corrigen desafinados, cuadran a los sin ritmo, dan poder a los sin aire y copian y pegan versos, por aquí y por allá, para no grabarlos de nuevo. 

Yo venía de los cerros blancos y pelones de Torreón. Indito polvoriento que se había criado en ritmos de redobas y grupos norteños, tríos románticos y mariachis. El Hijo Desobediente y Benjamín Argumedo eran mi marca de fábrica... y ahora andaba de niño bonito tratando de hacerme gato digital. 

Bruto de yo: nunca se me ocurrió, al aterrizar en Toronto en el ochenta y dos, que la gringada no hablaba mi idioma y que la fuente de fantasía de la inspiración en español se agotaría en poco tiempo. El shock cultural es un trompo que nunca te puedes echar enluña; me transformó poco a poco, metamorfosis dolorosa, híbrida, de coyote coahuilense en injerto de foca, castor y coyote aporreado. Tampoco le voy a echar tragedia al asunto. Siempre y desde siempre, me gustó ser extranjero. 

Una vez que me encontré con una mano adelante y otra atrás, flotando en el vacío creativo, tuve que buscar la forma de sobrevivir. Como hada madrina la música de plástico vino en mi ayuda. No le iba a hacer el feo. Me entregué en cuerpo y alma a ella. A mis amigos no les gusta mi baturrillo electrónico quezque porque no es música. Pero de éste lado del Mississippi mis clientes y amigos canadienses están en desacuerdo. 

La guitarra volvería en el 2002, veinte años después del silencio, sacándole la lengua a los sintetizadores y abriéndose cancha en el campo de la inspiración. De hecho los dos mundos aprenderían a respetarse, en combinación híbrida de madera y plástico.


 

66. Centro de investigación Tecnológica

Planeaba mi próximo proyecto cuando recibí una llamada telefónica de la universidad. Era un tal Lauren, profesor encargado del nuevo departamento llamado Centro de Investigación Tecnológica. 

—Estoy formando un equipo de tecnología creativa: cinco personas: expertos en Internet, artistas gráficos y un compositor de música electrónica. Trabajaremos como apoyo visual tecnológico a todas las facultades de la universidad, haciendo audiovisuales, proyectos de animación computacional, video-conferencias y promociones.

¿Tecnología creativa?  Ni idea de qué hablaba. Lo que me llamó la atención fue el comentario que su departamento usaba exclusivamente computadoras Apple. ¡Apple! el sueño de mi vida. La horrible Windows se atoraba, tartamudeaba y congelaba varias veces por semana. El programa computacional de música prometía veinticuatro canales simultáneos con diferentes instrumentos tocando al mismo tiempo pero el maldito invento de Gates procesaba la información en cámara lenta. Que la paga era buena, que ya había oído mi música electrónica en la biblioteca de la universidad y que si podíamos entrevistarnos la semana entrante.

Glenys no lo conocía pero había oído hablar de él. Venía de California, Silicon Valley, genio de tecnología. Un tanto excéntrico, le habían dicho, pero mira, viene del Valle del Silicón, ja ja ja.

Fui a la cita. Era calvo, ojos de topo, azules, ademanes parsimoniosos, cara ancha, nariz aguileña y voz grave que imponía. Hablamos de mi proyecto Abstract Landscapes que había grabado el año anterior, y según él, era el estilo de música que necesitaba: ágil, electrónica, seria y cómica según el caso y encapsulada en breves piezas de un minuto para proyectos flash. 

—¿Y el sueldo?—Pensé que era pregunta imprudente pero la solté de todos modos. Me gustó la cifra, el horario de trabajo de seis horas al día; también me gustaría el Smart Room de video-conferencias con monitores y pantallas gigantes, micrófonos y alfombra impecable, y sobre todo la oficina que era un paraíso de Apples de todos tamaños y colores. 

Firmé contrato por un año. No puedo ofrecerles más, es un proyecto ad experimentum. Necesito el talento de todos para justificar nuestra exitencia en la universidad.

A los compañeros de trabajo los conocí en un restaurante chino donde Lauren nos reunió. Irma y Dora eran diseñadoras gráficas, Ronie experto en páginas web, Liz la escritora y Gabriela la editora. Ratas de universidad que aunque no se conocían hablaban, entre sí, lenguaje común. Ronie preguntó si estilo era música de mariachi. Todos soltaron la carcajada. Pinche payaso. Respondí cantando el Son de La Negra y festejaron mi puntada. La cena terminó con un brindis de sauvignon blanc Matua de Nueva Zelanda. Nos deseamos buena suerte.

El primer mes, Lauren se fue de pesca, laptop en mano, por toda la universidad, de departamento en departamento, promoviendo ideas e invitando a los directores de facultades a conocer el nuevo y flamante Smart Room, donde mostraba audiovisuales y vendía su idea de que sin tecnología no hay avance. Era buen engatusador.

Me dio luz verde y compré un programa Apple de grabación multipista, Garage Band, que me abrió un mundo ilimitado de posibilidades. Cientos de sonidos y efectos. El proceso de grabación se llevaba a cabo en el monitor de la computadora donde veías el diseño gráfico de cada sintetizador, mezclador y cajas de efectos. Le picabas a una imagen y aparecía el menú y un pequeño teclado de piano. La música aparecía en notas en la parte superior y la escuchabas en audífonos.

Nuestro primer proyecto fue un video promocional de quince minutos para un grupo de estudiantes de la facultad de economía que asistían a una competencia internacional de universidades, en Holanda, y representaban a Canadá. El premio era un cheque generoso para llevar a cabo proyectos comunitarios en sus respectivos países. Lauren nos convocó a todos, estudiantes y equipo, a un brainstorming, reunión de aportaciones creativas, su método preferido de trabajo. Cada país tendría media hora para exponer su plan. Nuestra audiovisual duraría trece minutos. La proposición de los chicos era la construcción de un edificio para refugiados, en Toronto. Nos mostraron maquetas, fotografías y detalles de costo y tiempo.

Ayuda a la humanidad inmigrante, era la idea central que Lauren quería que aplicáramos, cada uno, en nuestra área. Es trabajo ad corem, decía. No quiero proposiciones intelectuales. ¡Ad corem!

Fueron quince días de genios trabajando. Nuestra primera tarea de grupo demostraría a la universidad que éramos necesarios, indispensables, y que sin tecnología no hay avance.

El texto de Liz fue el hilo conductor. Tres segmentos, tres atmósferas, tres diferentes temas musicales: a) Brock y la universidad, b) los refugiados, y c) El remache de la idea central.

El primer día de trabajo supe que no estaba listo para lidiar con Cakewalk y los trucos de la Mac. Conocía las operaciones básicas, pero me faltaba fluidez y el tiempo apremiaba. Regresé a mi estudio casero. Conocía mis sonidos como la palma de mi mano. Haría trabajo híbrido Windows-Mac, Jobs-Gates, lo cual sonaba a sacrilegio, pero funcionaría. 

La música y arreglos tenían que ser perfectos. El mexica quería demostrar que además de ser mariachi era sintetista. Trabajé horas extras por las noches, componiendo temas, añadiendo sonidos, diseñando arreglos y mezclando el resultado. Emilio y Glenys me animaban en el desayuno.

— Just put a lot of funny sounds, daddy.

Suena excelente, Gato.

La primera parte de la audiovisual de Irma y Dora, era un close-up espacial descendiendo vertiginosamente al planeta tierra, a Norteamérica, Canadá, Saint Catharines, al final la universidad. La animación era espectacular. Obra maestra de ciencia ficción. El arreglo tiene que estar al mismo nivel, cabrón, me dije. Diseñé una fuga musical, lluvia de sonido electrónico de secuencias rápidas que aumentaba gradualmente de volumen mientras se acercaba a Canadá. El arreglo seguía el ritmo de la cámara, que al llegar a Saint Catharines perdía velocidad y yo aterrizaba la música con una fanfarria enorme, con trompetas y violines, coronada con un humilde flautín para no ponerle tanta crema a mis tacos.

Lauren aprobó la primera parte del proyecto: ¡Tiene fuerza! 

La segunda era narración de imagen: inmigrantes y estudiantes construyendo viviendas. Un extracto de Hormigas de mi disco Insects  embonó perfecto con la de secuencia de fotos. 

Una cita de Gandhi abría el último segmento: imágenes de niños jugando en un parque, grupos de estudiantes y refugiados saludando a la cámara frente a los edificios del parlamento de Ottawa con bandera canadiense ondeando en día bello y soleado. Regresé al tema inicial, en una variación con coros celestiales y una trompeta de fondo que acentuaba el optimismo.

 


65. Guerreros y chamans ii

Adapté el closet del estudio como cabina de grabación de voz. Un lector a la vez. Los gordos rezongaban en el verano por el calor; los chaparros decían que la ventanilla de cristal de la puerta era muy alta y no alcanzaban a verme. La había serruchado a mi estatura. Un banquito fue la solución. Las sesiones de grabación eran los fines de semana. El domingo era frustrante: un piloto terco y estúpido volaba su avioneta durante las horas de trabajo y el ruido del motor se colaba en las grabaciones. Tuvimos que medir idas y vueltas: diez minutos eran lo que el hideputa nos permitía grabar antes de regresar. 

En el verano las cortadoras de césped y en invierno las paladas de nieve, interrumpían grabaciones. Ahora sonrío con estos recuerdos, pero entonces me hervía la sangre. Glenys y Emilio, en la planta baja, tenían consigna estricta de guardar silencio. Ella aterrizaba sartenes en la estufa en cámara lenta y el niño jugaba en absoluto silencio because daddy gets very upset.  Eran sólo dos días a la semana. No era para tanto.

Hicimos dos discos con el tema de los aztecas: el primero narraba el viaje de las tierras del norte a Tenochtitlán y el segundo lo dedicamos al calendario, el Tonalpouhalli, con énfasis en los veinte símbolos. Los lectores tuvieron problemas con las pronunciaciones náhuatl: Huitzilopochtli, Iztaccíhuatl, Tenochtitlán... More diffcult than Russian! decían. Propusieron nombres genéricos como Dios de la Guerra en lugar de Huitzilopochtli, Dios de las Flores para Xochipilli, pero nombres propios eran nombres propios. Tenochtitlan terminó en Tenossshitlan, Quetzalcóatl en Quealcozotl y la palabra guacamaya les causaba risa porque sonaba a guacamole.

Glenys escribía los instructivos para maestros. Incluía introducción a la cultura, ejercicios de redacción, talleres de danza, movimiento y bibliografía. Los panfletos publicitarios de la serie hablaban de la importancia de educar a los jóvenes en la diversidad étnica canadiense. Lo cual no era el caso en Santa Catalina, que en lo ochentas la habitaban más blancos que morenos y más conservadores que liberales. 

Íbamos a Toronto no sólo a respirar arte sino variedad de colores y lenguas: chinos, italianos, griegos, latinoamericanos, hindúes, británicos, escoceses, jamaiquinos. Cada grupo con su barrio, restaurantes, mercados, tiendas de ropa, festivales y celebraciones culturales. El idioma inglés, con tanta diversidad, adquiría nuevos matices: los polacos lo hablaban golpeado, los árabes con erres vibradoras, los chinos con ondulaciones orientales indescifrables, los latinoamericanos con trapos en la boca.

Por las noches escribía la música de fondo para cada proyecto. El sintetizador Proteus me salvó la vida. Dos bancos de sonido con cien instrumentos autóctonos cada uno: cítaras hindúes, tambores y kalimbas africanas, flautas griegas, chirimías aztecas, flautines chinos, quenas latinoamericanas, oboes exóticos de Europa del Este, crótalos y mandolinas japonesas. 

Compuse fanfarrias hollywoodescas con redobles de timbales para batallas famosas; arreglos de cuerdas para diosas del amor y percusiones frenéticas para dioses del fuego y la guerra. Las obras de teatro de Luis de Tavira me habían educado en el arte de imitar musicalmente diferentes épocas: valses, corridos, polcas, fox-trot, charlestón, rock, mambo...

Para la selección de voces convocábamos estudiantes de actuación. Les explicábamos el carácter que representarían, tono y volumen de voz requeridos. Descartábamos los de voz de pito, tartamudos y tímidos. Al final tuvimos un equipo de cinco voces masculinas y cinco femeninas. Nuestro editor y poeta, Terrance Cox, que tenía tórax de bisonte y voz grave y mítica, personificó a Zeus, Huitzilopochtli, el Dagda celta, los faraones egipcios y dioses apaches y navajos.

La poesía antigua es un testimonio de sensibilidad profunda y conmovedora. Durante sus luchas con los elementos, fieras salvajes y enemigos territoriales, encontraron todavía tiempo para expresarse en pinturas rupestres, esculturas, pirámides, mitos y poesías.

Seleccionamos el material escrupulosamente. Queríamos hacer justicia a los poetas antiguos, pero también escoger poemas que los jóvenes del siglo veinte entendieran. Al final grabamos poemas de amor egipcios, de guerreros celtas en bosques nevados de Escocia e Irlanda, de Netzahualcoyotl, su soledad existencial y su amor por la belleza y las flores; poemas de apaches de guerreros muertos en batalla que cabalgaban en paraísos de estrellas, persiguiendo búfalos celestiales.

El proyecto, que duró dos años y medio, fue una aventura fantástica, un vuelco al pasado mítico en lecturas, redacción de texto, visitas a museos, composición de música y entusiasmo familiar.

 


 

64. Guerreros y Chamanes

En los noventas la música tomó perfil educativo. No fue decisión racional, simplemente vibra. Me había chupado varios libros de mitología universal, arqueología, astronomía maya e interpretaciones del calendario Azteca. Hervían en mi imaginación como sopa espesa y deliciosa de dioses, chamanes y ritos. Tiempo de cuajar un proyecto.

Un paquete de quince discos compactos, narrados, con música de fondo, como radio novelas. Los anunciaríamos como suscripción a colegios, bibliotecas y universidades. Cada proyecto tomaría tres meses. El primero dedicado a lectura e investigación; el segundo de redacción de texto y el último de grabación de voces. Contrataríamos alumnos de teatro de la universidad para las grabaciones. 

Me lancé con entusiasmo a la lectura, selección de material y redacción de texto. La historia había sido siempre mi materia favorita. Ahora era proyecto personal. El exilio y shock cultural me habían empujado a buscar mis raíces. Aterricé en los mayas y aztecas, brinqué a los ancestros de Glenys, los celtas, para que Emilio conozca sus dos raíces culturales. 

Árabes, chinos, hurones, haidas y egipcios llegaron después. Me enternecía la infancia de la humanidad explicando fenómenos meteorologicos en mitos y leyendas. Religión y ciencia era una sola entidad, los chamanes eran sacerdotes, científicos y líderes tribales. Ritos y sacrificios eran la ruta a la supervivencia cósmica de su mundo. 

Me intrigaban los paralelismos simbólicos entre chinos y mayas, aztecas y celtas, navajos e hindúes, y muchos más. Arquetipos universales que tomaban diferentes formas humanas y de animales, en pinturas rupestres o esculturas de piedra o madera. Las diosas lunares, maya y china, cargan, en forma maternal, un conejo en sus brazos. 

Emilio se interesaba siempre en los proyectos. Aprendía en casa lo que no le enseñaban en el colegio. Durante las comidas escuchaba discusiones sobre mitos y leyendas. Hacía preguntas: que si los aztecas en taparrabos tenían frío; Cuánto pesaba un armadura griega; cómo era posible que Polifemo tuviera un sólo ojo; Por qué los mayas no hicieron elevadores para subir a las pirámides. 

Además de la galería de arte, los viajes de fin de semana, a Toronto, incluyeron el Royal Ontario Museum. Esculturas y pinturas romanas, griegas, árabes, chinas, mayas y africanas. Las piezas más impresionantes son los dos totems haida, a la entrada, de treinta metros de alto cada uno. Emilio subía y bajaba escaleras, identificando animales: ranas, ardillas, lobos, ballenas, uno encima de otro hasta rematar, en la cúspide, con el protector de la tribu, el nagual mayor.

La directora de ventas, del museo, tomó interés en nuestro proyecto. En el futuro incluirían nuestra serie en el museo. 

-Are we going to be famous?

-No, Milín, la fama es para rockeros y actores.

Reducir cada cultura a una hora, texto y música, fue un reto. Tomar lo esencial de una cultura y presentarla en forma interesante, requiere atención y corazón. Trabajamos horas extras, quitando y añadiendo material. Leíamos el texto en voz alta, cronómetro en mano, midiendo tiempos. Una vez terminada la redacción, la revisaba nuestro editor: Terrance Cox, poeta y maestro de la universidad. 


 

63. Los Genomas.

Setenta y cinco álbumes fue el saldo final del negocio. Terapia intensa de veintitantos años que me quemó los ojos, planchó rabo, dobló espalda y dejó buen sabor de boca. Fue todo lo que escurrió el marrano. El gato en este caso. Toda la música quedó regada en teatros, colegios y universidades de Canadá. Casi me siento educador, carajo.

Partí mi vida en dos mitades de 35 años. La primera fue de seminarios, viajes, música de rock, teatros y fiestas. La segunda de vida familiar, meditación y música instrumental. Novela de dos capítulos que se fueron escribiendo solos.

Había mucho qué corregir, pero no hubo tiempo. En la primera parte de la primera parte tenía prisa por vivir, huir de mi realidad, crearme otra, olvidar la niñez de un tajo. Terminé de jesuita, vocación que he analizado una y otra vez en varias ocasiones. Por supuesto que una parte de mí tenía vocación. La otra se colgaba de la defensa trasera del autobús porque no traía para el boleto. A los diecisiete y en los sesentas era difícil tomar decisiones importantes, como casarse o irse de cura. En mi vocación había también, sin duda, un deseo de escape, de huir de casa y refugiarme en el convento, como era costumbre de muchos y muchas en esos tiempos. No hay vocación perfecta.

Mi vida rajada en dos mitades, dos mundos que si pudieran conversar entre sí no se entenderían. No hablan el mismo idioma, y si fueran obra de teatro tendrían diferentes actores y escenografía; eso sí, el mismo director. 

Las decisiones cambiaron los rumbos. A veces, eran ignacianas, sopesadas, con pros y contras y discernimiento de espíritus. Otras eran como la estación del metro Pantitlán: decisiones en masa, confusión, rabietas, empujones, mentadas de madre, botella de tequila y... cruda de albañil.  

Afortunadamente todo laberinto tiene su hilito... también su minotauro. Dios da la piedra conforme al sapo. Mi hilito fue la música, la guitarra.  El minotauro, mi niñez, que con el tiempo creció como toro de quinientos kilos, trauma devastador que me tomó varias psicólogas. Hembras todas. Los psicólogos me caen mal. La mujer me ha parecido, en cuestiones de consejo y dirección, más inteligente que los machos. La testosterona es mala consejera. 

También mis genes están divididos en dos mitades. Una es fruta desconocida, amarga y de hartas semillas que me causó muchos problemas de digestión existencial. La otra es sandía, jugosa y fresca, como las de Tlahualilo, Coahuila. 

Según José, los Fuentes se dividían en médicos y militares. El gene Fuentes es cabrón: monito microscópico, sargento que marcha a paso de ganso al frente a sus huestes por los charcos ensangrentados de mis venas. Organizador obsesivo y neurótico. A campo abierto es brújula; en casa es reloj. Sin él estaría en el manicomio cantando corridos con la baba de fuera.

El gene Orduña es gitano, de patitas inquietas, ojillos traviesos y bigote a la Villa, toca la guitarra y goza la vida. Sin él, estaría, igualmente, en camisa de fuerza, multiplicando la tabla del nueve ad infinitum.

Como banderillas ensartadas a la espalda, las dos viajan sobre mi lomo de gato callejero, chinches que chupan sangre, inyectan savia, provocan pesadillas e ilusiones, depresiones y aceleres, pecados y arrepentimientos, viajes cortos y largos, empinadas de botella de sotol, anhelo de vivir, torrentes de felicidad, tentaciones de suicidio, remordimientos, canciones, collages, celebraciones y fiestas...

Algunos humanos somos coctel molotov. Otros, más suertudos: Margaritas, Mojitos, Mai Tai o Manhattans. 

Cuando cumplí cincuenta y cinco apareció un gene renegado: bizco, chaparro, zambo, de sobaquillos apestosos, mal aliento y mal hablado. Sepa Dios de cuál bando, me late que del Fuentes, por metódico. Encontré su nombre en Google: Janus Kinasse, gene encargado de producir glóbulos rojos. Un draculita de mierda. Su tarea, en el cuerpo humano, es fabricar glóbulos. Abre su taller por la mañana, y como quien sopla burbujas de jabón, avienta glóbulos a las venas. Produce solamente el número necesario para el funcionamiento corporal. Al pito de la fábrica cuelga su overol, y a dormir. No así el Janus que llevo dentro...  El mío trabaja, obsesivamente, día y noche, sin coffee brake, cigarrito o salir a tomar aire. Según Finlay, el oncólogo, se mutó en el momento de mi concepción.

Algún día, en el año tres mil, la medicina genética llegará al mundo y muchos males y enfermedades tendrán cura y hasta entonces, mi Janus Kinasse finalmente podrá colgar el overol y salir a fumarse un cigarrito.

 


 

62. Soundtrack Performance Group (DramaSound)

Al año nos cambiamos de casa. El dueño había decidido venderla. La mudanza era nuestra especialidad. Lo tomamos con calma; buscamos en los periódicos durante varios días. Las rentas en los barrios cercanos a la universidad eran altas. Tuvimos que seguir viviendo en el norte, que sin ser peligroso, tenía fama de bravo.  Amenguaba la recesión pero el desempleo era todavía rampante. La economía tardaría varios meses más en reponerse. Al menos la universidad renovó el contrato de Glenys por otro año lo cual alivió preocupaciones y pendientes.

Nos cambiamos a Vine Street, arteria que comunicaba las dos mitades de la ciudad, divididas por la autopista 406. Antiguamente Santa Catalina había sido aldea india; los caminos y veredas del pasado gradualmente se convirtieron en calles en un enredijo de avenidas que en los mapas parecen espagueti. Algo así como Guanajuato sin la belleza colonial.

Fue un año de adelantos y problemas. Registramos oficialmente nuestro negocio, Soundtrack Performance Group, lo cual quería decir que podíamos vender productos, pero también pagar impuestos. El gobierno canadiense es famoso por estrangular a los pequeños comerciantes. La venta de casetes fue en aumento y nos establecimos como compañía, pequeña pero respetable, de material educativo. Visualmente nuestro producto estaba a la altura, en contenido y diseño de portadas. Despachábamos las órdenes con rapidez, incluíamos panfletos e instructivos, tomábamos en cuenta las sugerencias de maestros y directores de escuelas de teatro y centros educativos... y nuestros precios eran razonables.

Glenys expandía sus contactos por Ontario y las provincias vecinas, dando talleres y asistiendo a conferencias, telarañas de comunicación que abrían nuevos horizontes al negocio. Yo me convertí en rata de estudio de grabación y me declaré oficialmente ermitaño de lunes a viernes. Una vez al mes visitábamos los amigos de Toronto. Cada semana a los de la ciudad.

Decidí bajar de mi nube abstracta y compuse un álbum de música para niños, dedicado a Emilio: Woods -Bosques-, donde cada pieza musical representaba un animalillo. Los patos bailaban un vals estilo mexicano; canción de cuna para el oso invernando; polka norteña para las ardillas corriendo entre las hojas de otoño; la araña tejía a ritmo de cumbia. Veinticuatro tracks. El casete se convirtió en betseller de las escuelas primarias. Tierno.

Bajar el precio de producción era entonces mi prioridad. Detrás de Radio Shack, Zellers y Best Buy había un mundo, underground, de negocios diminutos que eran la pequeña competencia que aguardaba la llegada de la segunda fase del Internet para tener voz y voto al margen de  Ebay y Amazon. De telefonazo en telefonazo di con un proveedor de casetes que vendía cien unidades a precio de mayoreo. Las compañías grades requerían mil. 

Harry era guitarrista, tenía en casa su estudio de grabación y el negocio de casetes. Nos hicimos amigos desde un principio y aprendí mucho de el, no sólo en el campo de grabación sino también en el arte de vender música original.  

—La única forma de hacer dinero con tus propios casetes es vendiéndolos después del concierto, cuando el público está entusiasmado. Así se hizo millonario Jerry García y su grupo Grateful Dead. Mandaron al carajo a Warner Bros, Atlantic y Sony y vendieron en sus conciertos y festivales de mota y alcohol millones de discos. Si eres grabador independiente, el concierto es el que te salva de morirte de hambre, Gato, ¡y mejor si les das mota! De otra manera solo tus parientes y amigos comprarán tu música, ja ja ja.

Harry tenía razón. Los talleres y conferencias de Glenys traían las órdenes grandes de los centros educativos. Había que ir a buscarlos, hacer campaña, mandar información por correo. Me dediqué a la biblioteca una vez por semana en busca de publicaciones educativas, listas de maestros, compañías de teatro en Canadá y Estados Unidos. Todas incluían teléfono y dirección electrónica... Tiempo de comprar computadora y mandar los primeros mensajes electrónicos. Google no existía, tampoco Amazon ni Ebay. Era un internet primitivo que a través de nuestra primera computadora, Apple IIc -que me vendió Juan Carlos, el chileno-, se veía ingenuo, sin la basura de Facebook, y servía solamente para encontrar información general.

El teléfono dio mejores resultados y tuvimos buena respuesta en la primera fase. Citas en Hamilton, Toronto, Buffalo, en teatros, universidades y colegios. Más contactos que se tradujeron en talleres y paquetes de promoción que incluían demo y video de nuestra compañía.  No teníamos competencia todavía. Era territorio virgen pero había que darse prisa, los tiburones comerciales estaban al acecho.

Éramos negocio familiar, ingenuo, sin sueños millonarios de grandeza. Tratamos de conservar un balance entre creatividad y negocio y a veces, no siempre, lo logramos. Yo producía dos álbumes por año. Era proceso largo, meditativo, viaje espiritual que no podía carrerearse y que sufría diferentes metamorfosis a través del camino que solo se interrumpía por encargos de música para exposiciones de pintura, danza, teatro y televisión, que nos daban otra entradita. Glenys era la famosa. Yo el famosillo.

Dejé el trabajo de la tienda del hindú pero continué tocando la bamba en el restaurante Amigos. No había tiempo para todo, sobre todo cuando teníamos órdenes de casetes que trastornaban la vida familiar y llenaban la sala y el comedor de cajas y material de producción. Emilio ayudaba a poner portadas y casetes en sus cajitas; Glenys era encargada del teléfono, yo empaquetaba órdenes y las llevaba al correo.

Me sabía la rutina del típico negocio familiar. Las funerarias de mis tíos me habían educado de sobra en todos los aspectos de producción y ventas. Las cajitas de casetes eran más chicas que las de muerto, pero en concepto de mercancía eran lo mismo. El espacio entre producción y ventas era diferente: requeríamos previa orden e inmediatamente activábamos el proceso de copiar y empaquetar casetes; en dos o tres días salían por correo. En la funeraria no había llamada telefónica. Los dolientes llegaban a cualquier hora, noche o día, y empezaba un proceso de dos o tres días, velorio incluido que pasaba por la iglesia y terminaba en el panteón: Funerarios, choferes, curas y enterradores.

Nuestro negocio requería solamente tres monos: la señora, el señor y el mocoso

 


 

61. Las Tortilleras

Las andanzas de Europa me llevaron a la montaña de  Montserrat en un juego de carambola providencial que me aterrizó en la cueva de Basilio. La primera Barcelona había sido cruenta, de menisco hecho trizas y estado de liebre lampareada.  Los ermitaños me devolvieron al camino. Basilio, monje benedictino y budista, me inició en la meditación zen. Bajo su roble preferido, frente a las ermitas, en la cima del mundo, todos los días nos sentábamos a hacer silencio. El aquí y ahora era el paraíso secreto de la montaña, ese puntito donde se cruzan la línea del tiempo y espacio.

De forma similar llegó el sintetizador a salvarme la vida. Un Basilio electrónico.  Cada vez que mis dedos navegaban el teclado, el aquí y ahora de Montserrat se estacionaba en la noche, bajo el roble salpicado de estrellas y olor a yerbabuena y azahares. 

—Algún día regresarás a la montaña, para siempre—había profetizado Stanislao, el patriarca.

Quizás, esas sesiones de ondas meditativas eran el principio del retorno. Lo cierto es que el silencio zen me ha acompañado siempre como escudo protector, en tiempos de paz o de guerra.

El día era trabajo y familia. La tienda del hindú estaba siempre repleta de turistas. Vender, limpiar, almacenar y mantener los estantes llenos era la consigna. Mr. Kapoor, el de turbante rojo y ojos de mapache triste, me nombró su manager: más trabajo y un poco más de sueldo. estaba contento conmigo.

Por la tarde recogía a Glenys en la universidad y ambos rescatábamos a Emilio de la guardería. Cocinábamos en familia, los hombres a la ensalada, la señora al platillo principal. Hablábamos todos a un tiempo y sin parar. Emilio contaba historias de collages y monos de plastilina; Glenys de su primera obra de teatro que empezaría a dirigir, con mi música, anunciaba. Yo hablaba de nuevos sonidos y las maravillas del sequencer.

La aventura electrónica tenía más bemoles que corcheas. El sintetizador era sólo el primer eslabón pieza de una cadena larga y complicada por el que viajaba la música, desde el estudio de grabación hasta los oídos del comprador. El sonido necesitaría buenas bocinas, una grabadora de al menos cuatro canales, un compresor y limiter para mantener las grabaciones niveladas, dotación de cables computacionales y audio, una caja de memoria -o computadora- donde almacenar todos los proyectos,  casetes de calidad, y grabadora de carrete para el master.

Si hubiera tenido la certeza de vender cientos de casetes ese año hubiera hecho la inversión al chas chas, pero los tiempos de tomar riesgos, a lo bruto, ya habían pasado, y me conformé con máquinas de medio uso y compras en abonos. 

La transición de la guitarra al sintetizador era más complicada que lo que había imaginado. No era de enchílame otra... y a propósito de enchiladas recordé aquel otro evento de transición tecnológica, similar al mío, que había presenciado en mi barrio cuando yo tenía diez años.

Las torteadoras de a la vuelta, se hartaron de aplaudir masa y decidieron invertir sus ahorros en el último grito de la moda: Una tortilladora automática. El día de la instalación, antes del mediodía, fuimos la turba de curiosos a ver el nuevo invento. Los técnicos la armaron en dos horas, la aceitaron, limpiaron el exterior de hoja de lata y conectaron el enchufe. Me recordaba la máquina de hacer pasteles de la película Chaplin. El técnico les dio las últimas instrucciones.  Las tortilleras escuchaban, boquiabiertas: que se fijaran cómo llenar el depósito de petróleo, cómo emboquetar la masa en la parte superior, seleccionar el grosor de las tortillas, y cuidar el botón del calor, para no quemarlas. 

—Órale señoritas, tomen sus puestos y....¡Manos a la obra!—dijo el jefe de los mecánicos.

La gorda metía la masa en la parte superior, la grande revisaba el petróleo y la fila de tortillas que bajaban por la lona, infladas y calientitas al canasto. Blanca Nieves, la más chica, las atrapaba con sus manazas gordas, despachando órdenes, pesándolas, tomando el dinero, dando cambio y preparando de inmediato el siguiente paquete. En pocos minutos el sitio era un infierno de calor y olor a combustible, pero era el precio de la tecnología. Ya no tortearían más, la producción aumentaría,  tendrían más clientes, comprarían sala nueva y un Chevrolet.

Inversión, producción y ventas eran realidades que tenían que ir juntas. Sabía hacer música, el hemisferio derecho de mi cerebro funcionaba bien. El izquierdo era otra historia. Siempre reprobé matemáticas y la Química Orgánica me inducía migrañas. Comparadas conmigo, las tortilleras eran genias. 

Tuve que pedir ayuda del departamento de música, en la universidad, antes de tomar decisiones de compras.  Después me lancé a las tiendas: Hamilton, Welland y Toronto. Instalé todo en un mes. La mitad de los aparatos eran nuevos, la otra de medio uso. Tardé una semana en leer instructivos y conectar docenas de cables de diferentes colores y funciones. 

En agosto regresó de nuevo la conferencia de maestros de teatro. Mi nuevo álbum se llamaba States of the Soul, que contenía música de diferentes estados anímicos en sonido. Trece selecciones, trece meditaciones nocturnas. La portada era foto de un pequeño óleo abstracto que había hecho en mis ratos libres, en tonos verdes de ambiente acuático y surrealista.

Glenys vendió los cien casetes y regresó con varias órdenes que sumaban otros doscientos. Celebramos, los tres en el restaurante de la esquina; hicimos planes para el futuro y un boceto inicial de nuestra nueva compañía: Soundtrack Performance Group, que más tarde llamaríamos Drama Sound.

Las tortilleras, que eran muy morenas, compraron una crema mágica que costaba un ojo de la cara, decía el chisme, y poco a poco comenzaron a clarearse. Blanca Nieves comenzó con la blanqueada de piernas. La gorda y la grande le siguieron. El proceso duró un año, pero por razones desconocidas falló el experimento. Terminaron manchadas, apodadas Las Dálmatas por los venenosos del barrio. La vanidad resultó mala consejera. Un día cerraron el negocio y desaparecieron de la ciudad. 

-Las tortillas las hicieron millonarias.

No lo creo. Pero ciertamente las recuerdo con respeto. Tuvieron el valor de cambiar de tecnología. De las manos a la máquina. Claro que en el proceso bajó la calidad del producto. La torteada le da sabor, estética y carácter a la tortilla; la máquina producía tortillas tristes, duras, con sabor a petróleo. 


60. EL ESQ-1

Después de tres años en Canadá, meditando sobre el asunto, encontré la causa de la ausencia de canciones. Como los sueños que brotan de experiencias de la vida diaria, las canciones tienen un proceso similar. Los sueños no se planean, sencillamente ocurren, se expresan en imágenes. Las canciones en palabras. Las mías en español. El flujo de versos que antes caían como manzanas del árbol de la musa, se había inhibido por el nuevo idioma, que ni es poético, ni fácil de hablar. El inglés será la lengua de Shakespeare, pero el tipo no es Cervantes ni el inglés es lengua romance. El castellano tiene luz, cadencia, música, calor; es un valle de colinas verdes y viñedos de Tempranillo. El inglés es un desierto de cardos.

No había inspiración, tampoco necesidad: ¿Para quién voy a cantar en español, para los latinos de Toronto a quienes solo les interesa la Cumbia? ¿Para los canadienses que no hablan mi idioma? ¿Para amigos de México que están a cinco mil kilómetros de distancia? Si el Internet hubiera existido, al menos hubiera tenido un aliciente de componer para los amigos de la Fauna. Había que esperar diez años más para llegar a las playas cibernéticas. Por el momento, gracias al thank you very much, nice to meet you, oh is a beautiful day, what time is it,  las canciones se encerraron bajo llave y se negaron a salir.

La primera sesión electrónica con el ESQ1 me abrió una puerta de posibilidades nuevas, extrañas, misteriosas: sistemas planetarios, paisajes de ciencia ficción, sonidos etéreos, míticos que abrían un sendero mágico hacia mi mismo. Era meditación.

Leyendo el manual detenidamente, diccionario en mano, dado que el léxico electrónico era florido y complejo, di con un capítulo en las últimas páginas que hablaba de la  creación de sonidos propios: Se empezaba con una onda sonora, neutra, seca y sin carácter; poco a poco se añadían parámetros que iban cambiando el sonido inicial, en un estilo creativo y semejante a esculpir en arcilla, moldeando la materia, solo que en lugar de trabajar con un objeto sólido, el sonido trabaja con ondas acústicas.  Hundes manos y dedos en el sonido, le das profundidad, lo traes al frente, lo haces ancho o angosto, le añades zigzags u ondulaciones, construyes capas de resonancia que lo hacen inmenso o lo dejas fluir como río tranquilo, lo elevas al cielo y tintineas estrellas, o lo hundes en el océano y lo haces lamento de ballena.

Pasé la noche trabajando en forma obsesiva.  Dormí sólo dos horas, desperté fresco y lleno de energía; llegué al desayuno, ansioso de contar mi aventura. Glenys y Emilio me vieron como se ve a un loquito tierno que dice tonterías y por compasión se le escucha. Solté la carcajada y les dije que sabía que sonaba extraño, loco, que al final de la semana terminaría mi experimento y entonces, cuando les mostrara el resultado final, entenderían.

El sonido, en sus diferentes formas y volúmenes, era ya escondite donde estaba a salvo del shock cultural, de idioma o costumbres, de problemas económicos... del mundo. La noche sería, por varios años, mi compañera de trabajo. De las doce hasta las seis de la mañana: mi nuevo horario de música. 

En el pasado, componer canciones, había sido actividad espontánea, natural, como respirar. Las piezas eran colibríes, destellos de luz, fáciles de atrapar con guitarra y versos. La melodía era la primera en aparecer y de inmediato traía la idea, el sentimiento. El resto era encontrar, como en rompecabezas, las piezas correctas, las rimas. Era una musa dócil que siempre respondía al llamado nocturno o mañanero. Escribía las letras en cuadernos, servilletas, boletos de metro, papel sanitario o en la palma de la mano. Terapia humilde que acomodaba la vida y daba ánimos para continuar caminando.

La música electrónica era realidad diferente, personal-autística, sobre todo el estilo meditativo que experimentaba. Más que música, eran atmósferas. Apretando botones, pulsando teclas, cerrando los ojos y siguiendo la inspiración, mi espíritu se iba asentando. Las olas de sonido se fundían en el manto de la noche y yo iba con ellas, me dejaba llevar.

Para no divagar tuve que dividir el tiempo de trabajo: la inspiración se encargaría, la mitad de la noche, de encontrar vetas estéticas; la otra mitad, el cerebro organizaría el material: presencia, volumen, intensidad, color.

Del estilo de escultura musical, pasé después a la pintura de paisajes sonoros. El espacio temporal era la tela, los diferentes sonidos, la pintura. En mi primer paisaje esbocé el cielo con sonidos etéreos, en pinceladas enormes. Después, montañas, usando sonidos concretos, staccatos, en forma sutil para no quitarle importancia al firmamento. Una vez establecido su balance, incorporé otro sonido, in crescendo; después de alcanzar su clímax se esfumó lentamente para regresar una vez más después de otro minuto. Al final, salpiqué gotitas de ecos ad infinitum. Fue mi primer experimento.

Tiempo de llamar a los jueces. Después del desayuno les dije que les mostraría mi primera obra maestra electrónica. Los cuatro ojillos me veían con curiosidad mientras preparaba los detalles. No tenían la menor idea de lo que oirían porque yo trabajaba, todas las noches, con audífonos. Bebé y mamá pensaban que daddy estaba enloqueciendo. Había algo de razón en ello.

Oprimí el botón del secuenciador y los sonidos comenzaron su desfile. Yo tocaba en vivo la mitad, y la otra parte venía automáticamente. Si las canciones mostraban mi vida, ésta música presentaba mi alma, la médula de mi existencia, el id, el ego, el super ego y todas mis identidades pasadas, resumidas en un trozo de sonidos de cuatro minutos.

Al terminar, Emilio soltó una breve carcajada y dijo:

—Scary music—.

—Es música dramática, para teatro—agregó Glenys

—¿De qué hablas?

—De que es música para teatro. Deberías hacer un casete para llevarlo a la conferencia CODE de maestros de teatro, en agosto. Te aseguro que sería un éxito. Debo llevar muchas copias para vender.

Y así fue que Glenys descubrió mi nueva vocación, la combinación de música y teatro en un negocio familiar que duraría, hasta la fecha, veinticinco años: DramaSound.

 


 

59. Liebres y Aves de Corral.

La abuela solía cortarles las alas a las gallinas para que no se escaparan. Una por una, se las ponía bajo el brazo y el rip-rip de tijeras las dejaba guapas, ligeras y con nuevo corte de pelo.  En esta ocasión olvidó una, que a la hora del almuerzo tuvo el valor de volar sobre el muro de ladrillo del corral. 

—¡Jesús Nazareno, Se escapa la gallina! ¡Fito! ¡Corre a la calle y no regreses sin ella!

La alcancé en la avenida Bravo, picoteando migajas en la banqueta. Hice de mi mano un cucurucho para engañarla. Era gallina blanca de cara inteligente, ojos coquetos y pícaros. Merecía vivir. Cuando la atrapé, corrí al Bosque, un parque arbolado y popular con una fuente enorme de mosaicos de colores. La solté en la puerta y regresé a casa. 

Después de varias cuadras volví la vista y la vi caminando tras de mí.

—Ah cómo serás mensa...

La abuela decidió que la rebelde sería la comida del día. La descabezó, la hirvió, desplumó y comimos mole por la tarde. Yo no tuve apetito.

—Tienes que comer tu pollito, Emilio.

—No, es una gallina muerta. Las vi en el super: todas colgadas por alambres, con los picos abiertos, los ojos cerrados, sin plumas y con mucho frío. ¿Por qué tenemos qué comer gallinas muertas?

Glenys me sonrió, indicando mi turno a contestar. Me acordé de mi primo Ángel quien a los diez rehusó comer huevos porque los ponía la gallina. El resto de la niñez desayunó avena y pan tostado.

Enredé a Emilio en un discurso absurdo, explicando cómo los humanos desde las los tiempos de las cavernas, mataban para comer, o de lo contrario serían ellos el desayuno del león.

—Los leones no comen gente. Están enjaulados en el zoológico.

En Torreón, en los cincuentas, teníamos al lado de la casa, un  corral enorme con gallinas, chivos y en ocasiones hasta caballos. ¡Un corral en plena ciudad. Increíble. Yo era el encargado de echar maíz a las gallinas antes de irme al colegio. Tere, mi prima, se encariñaba con los pollitos, les ponía nombres, los metía secretamente a su cuarto y jugaba con ellos a las muñecas. Al paso del tiempo se transformaron en gallinas y le suplicó a la abuela que por favor no fuera a matar a su preferida: Cleotilde.

—No hagas tragedia. Tienes suerte que no matamos perros para comer. El Moro sería el primero en ser carne adobada.

La primera ave de corral que ajusticié, fue un guajolote. Machete en alto, listo a cercenar el cuello, cometí el error de verlo a los ojos. El verdugo no debe ver nunca a la víctima. Era guajolote calvo, de ojos dulces, dócil y bien portado. ¿Qué había hecho el pobre para merecer éste destino?.

—Órale cabrón, échatelo rápido -gritó Carlos-, no vamos a estar toda la vida agarrándolo.

Cerré los ojos y con toda el alma asesté el machetazo. Fallé. Solo corté el pico. La pobre ave entró en pánico.

—Otro chingadazo!—gritó Angel, rápido pinche Fito.

—Órale!

Fallé otra vez. Carlos me arrebató el machete y de un golpe lo degolló.

En tierra de agricultores y ganaderos yo quería salvar aves de corral, cabritos y vacas. Para colmo de males me gustaba la música. Quería ser pianista. No eran vocaciones propias de mi región. 

—Los músicos se mueren de hambre y terminan cantando en la zona roja—decían mis primos.

—Son putos— opinaban mis amigos—, comienzan con solfeo y terminan bailarines.

—¿Y Elvis? ¿Little Richard? ¿Los Locos del Ritmo? ¿A poco son putos, cabrones? 

El tío Jaime, para quitarme las ideas absurdas de la música, me llevó de cacería con varios de sus amigos, al desierto de las liebres. Todos, menos yo, armados de escopetas.

—No te apures. Tú no vas a disparar. Tu chamba es correr como endemoniado y traer las liebres a la camioneta.

—Y agárralas con huevos, cabrón, que están pesadas.

Salió la manada, sonaron las armas y salí disparado a traer a las caídas. Al levantar la primera, sentí tirón y pataleo. Chillaba en agonía. Yo, aterrado.

—!Está viva!—les grité.

—!Tráela viva o muerta, mocoso!—Todos reían. 

La acomodé sobre una piedra, ya muerta, y regresé a la camioneta, en silencio. Me crucé de brazos en la parte trasera y no hablé en todo el camino hasta llegar a casa.

—Hicimos lo que pudimos, Guille—, le dijeron a mi madre-, no lo pudimos hacer hombre. Ja ja. Ái palotra.

En un par de años conocería a los jesuitas de la Pereyra... Llegaban a tiempo a mi vida. Era la raza a la que yo pertenecía. 

Cócono al tequila era la receta favorita de la familia. La única forma de quasi-eutanasia que se aplicaba a las aves de corral en aquellos tiempos folclóricos. La abuela se acomodaba el guajolote bajo el brazo, le abría el pico y le vaciaba media botella de tequila directo al buche. Después lo dejaba libre en el corral, donde mis amigos y yo nos desternillábamos de risa viendo al pobre guajolote, embriagado y torpe, caerse y levantarse entre piedras y polvo, hasta sucumbir. La señora lo descabezaba, hervía, desplumaba, aderezaba con yerbas y especies: y al horno con el  borrachito. 

—Al menos muere contento.

—¿No le duele?

—¿Que lo descabecen? Nooo, qué te pasa—opinaba Mundis, el vecino—, el pinche cócono está bien pedo cuando lo matan. Yo cuando me las pongo, amanezco con razguños y moretones... Ja ja ja... Ni me acuerdo de nada. Cuando andas cuete nada duele, cabrón, ja ja ja.

Cuando Milo preguntó de dónde venía la carne de hamburguesas, nos la puso más difícil. Esta vez le sonreí a Glenys: su turno en la absurda discusión sobre la supervivencia humana.

-Well, Emilio, humans, as Gato says, eat animals in order to survive. It’s true that there are some vegetarians, and in time, you will be able to decide if you want to become one of them.  But for now, you are a small boy and need protein from the little animals we eat.

—I don´t want protein.

Inútil. Después de semanas de no quiero comer gallinas muertas o vacas en hamburguesas, tuve qué responder a la mexicana y cantarle claro al mocoso que si no comía vacas y pollos se lo iba a cargar la chingada, punto final y que no quería oír más pendejadas por el estilo.

Me equivoqué en la forma, no en el contenido.

Al día siguiente comimos, todos, pollo a la naranja.

 


 

58. Santa Catalina 02

Los Tizadores

Fue Vangelis quien abrió la puerta de los sintetizadores. Sus arreglos de cuerdas de armonías densas y multicolores me hacían cosquillas espirituales. Su música me evocaba universos, espacios etéreos  donde el alma podía volar y ser creativa una vez mas. Hasta la fecha, por 

dos años, la creatividad se había concentrado en la vida familiar. Sin duda los dos años más bellos de mi vida. Pero el bebé ya era niño, los pañales, historia, y la guardería y el kínder, parte de su nueva vida, de su pequeña individualidad.

El vacío musical de la guitarra sin canciones comenzó a hacer crisis. Pensaba, fantaseaba y soñaba música, pero no encontraba la forma de expresarla. Fue entonces cuando reapareció el sintetizador en mi vida.  Mi madre quien me había regalado un casete de Wendy Carlos interpretando música de Bach, en los setentas.

—¿Y qué es un sintetizador, jefa?

—un aparatito que hace música electrónica

Me lancé a la cacería de sintetizadores. Sin Internet, la búsqueda fue difícil. Google hubiera traído de inmediato todo lo referente al tema: historia, evolución, marcas: Roland, Korg, Yamaha, Moog; tiendas y precios con mapa y distancia en kilómetros. Me hubiera ahorrado meses de búsqueda. Pero en la época de las cavernas todo era difícil, sobre todo para alguien recién llegado a la ciudad. Recurrí al método prehistórico de investigación: la Sección Amarilla. Sólo dos tiendas de música en la ciudad: Ostanek y Thorold Music. Separadas por varios kilómetros, eran negocios opuestos en instrumentos y tipo de clientela. 

Aterricé primero en Ostenek, en el centro de la ciudad. Experiencia cruenta. Un energúmeno tocaba una Fender, eléctrica, a todo volumen, en una capirotada de notas estridentes que vagamente recordaban a Van Halen. Era tienda chorizo, un túnel, repleta de guitarras, baterías, efectos de pedal, flautas, saxofones, partituras, acordeones y un pequeño mostrador al fondo. Los clientes eran punks, de melenas multicolores y anillos en labios, orejas y nariz. Payasos. La música Heavy Metal siempre me ha parecido un bodoque de ruido eléctrico y gritos, hecha para nacos. Si mis abuelos pensaban que el rock era puro ruido, hubieran visto al grupo Kiss!

Finalmente vi un sintetizador, un Korg. El empleado, flaco, mal rasurado y de pelo mohawk, me explicó los pormenores de la máquina. No pude oír nada: el genio de la guitarra ahora destrozaba Magic Woman de Santana. Regresé a casa, aturdido y frustrado. Al día siguiente visité la otra tienda.

Thorold Music estaba situada al sur de la ciudad, cerca del centro comercial Pen Center, a cinco minutos de la universidad. Contaba con dos pisos, fachada de cristal y escuela de música en el sótano. Contaba con instrumentos de todo tipo, distribuidos inteligentemente en piso y paredes y un personal abierto y simpático: Tienda para niños fresas. Bob, el dueño, contestó a mi pregunta qué es un sintetizador, con un discurso de media hora sobre bancos de sonido, sistemas de sampling, ciclos de secuenciadores y programación de tambores. Denso.

—Leo, ¿Quieres mostrarle a Rafael los diferentes sintetizadores que tenemos? Tengo que hacer una llamada telefónica.

Leo era el hermano menor, menos formal, más accesible y simpático.

—Bob tells me your are Mexican. From where?

Siempre que me preguntaban de que parte venía, nadie ubicaba a Torreón, menos aun Coahuila (¿Coyojila? ¿Cabila? ¿Is it Aztec?). Se las ponía fácil y decía que era del DF. 

Comenzó con un Yamaha. Sugerí que tocara un sonido de cuerdas. Era buen pianista y fue tejiendo con sus dedos regordetos una evolución barroca de violines, violas y contrabajos, parte de un banco de sonido llamado Mystic Pad,  que me dejó atónito. La capacidad del sintetizador de producir armonía, fuerza, sonido creciente, decreciente, dedlgado, expansivo, irreal, era cosa de magia.

—Todos los sonidos han sido tomados de la realidad por la técnica de sampling. A través de un micrófono graban a un violinista que toca cuerda por cuerda el instrumento, mismo que queda impreso en el sintetizador, en su banco correspondiente de Cuerdas. Lo mismo se hace con guitarras, percusiones y metales. Me hablaba en chino, pero algo dentro de mí intuía el concepto.

Cuando pregunté por precios la realidad esfumó los sueños, la carroza se transformó en calabaza y Bob y Leo en ratones. De mil quinientos dólares para arriba. Los sonidos Sublimes, nítidos y perfectos tenían precio. Los chafas, delgados y quebradizos andaban alrededor de los quinientos, mínimo.

Regresé a casa, a la odiada Sección Amarilla. Búsqueda más detallada: tiendas a cien kilómetros a la redonda, en Thorold, Port Colborne, Hamilton, Burlington, Toronto. En las ciudades grandes los precios eran bajos, las mensualidades altas. En provincia era al revés. Para ahorrar tiempo y gasolina decidí tomarlo con más calma: compré revistas de música electrónica, leí artículos sobre el tema, me hice experto teórico sobre el asunto y, finalmente, después de un proceso de eliminación llegué al animalito perfecto, al niño de dar a besar, a la máquina adecuada a mi presupuesto: el ESQ-1, de la marca Ensonic, sintetizador americano, no lo más sofisticado, pero caballo de batalla con muchas opciones y sonidos.

Había que tomar otra chamba de urgencia. La ciudad abría un restaurante llamado Amigos que me cayó como anillo al dedo. El dueño, un griego joven y simpático, me citó a las ocho de la noche, en el negocio. Canté una tanda gratis para sus clientes. El trato era repertorio de música mexicana, de jueves a domingo, por un año.

A la semana siguiente notifiqué a la familia sobre el sintetizador. Revelé mi secreto durante el desayuno.

—¿Puedo tener yo también un tizador?

—Claro, uno de juguete. Yo te lo compro. Hijo.

Glenys, quien siempre me ha apoyado en todos mis proyectos, por locos que sean, ofreció su tiempo al proyecto. 

-Dame el nombre, yo te ayudo a buscar precios.

—ESQ-1 de Ensonic.

Después de una tanda de telefonazos me dio la buena noticia:

—Central Music, en Welland tiene el mejor precio. 

Y así llego a casa el primer animal musical-electrónico. Lo tuvimos en la sala una semana. M hundí en la lectura del manual de funcionamiento. Suerte que era gringo. Los sintetizadores japoneses tenían fama de manuales crípticos y mal escritos. 

Cuando finalmente lo conecté y toqué un acorde de cuerdas etéreas, Glenys y Milo se voltearon a ver. Después me vieron, arqueando cejas y sonriendo.

—¡Yo quiero un tizador! —gritó Milo.

 


 

 

57. Santa Catalina 01

Santa Catalina de Alejandría vivió en Egipto en el siglo cuarto. La tradición cuenta que era una joven bella, culta y cristiana. Durante la persecución romana fue tomada prisionera y torturada hasta la muerte. La catedral católica de la ciudad la representa abrazando la rueda de tortura y la palma del martirio. Santa muy milagrosa. Le pedí que me sacara del infierno de Edmonton y lo hizo con tanta gracia, que el mismo día que la universidad de Brock confirmó el contrato de Glenys, por teléfono, era la conmemoración de la Santa. 

Tiempo después me enteré que el Vaticano la había quitado de la lista de santos, porque no había evidencia histórica de su existencia. Vaya tipos. Solo para escarmentarlos le puse triple veladora a mi egipcia. Los viejitos ignorantes del Vaticano son como los de la RAE: chochean. 

La ciudad de Saint Catharines fue fundada al sur de la provincia de Ontario, a 43 grados latitud norte, a la orilla sur del lago Ontario, en la desembocadura del río Niágara, casi frontera con los Estados Unidos. Los fundadores, en mil setecientos y pico, fueron un grupo de granjeros norteamericanos, fieles a la corona inglesa que huían del movimiento de independencia de Washington en Estados Unidos.

El sitio ha sufrido diferentes metamorfosis a través de la historia: centro maderero importante, taller de construcción de barcos, lugar de hoteles de descanso y aguas termales, terreno de granjas de frutas y vegetales, centro industrial automovilístico y, en los últimos treinta años, la industria vinícola más importante de Canadá. Son uvas generosas, pero prefiero  prefiero los tintos españoles y sudamericanos, sobre todo los rojos. Para dar crédito a la región tengo que admitir que la especialidad es el Ice Wine, literalmente vino de hielo, porque se cosecha en invierno, a temperaturas de veinte grados bajo cero. Al aplastar las uvas congeladas gotea un néctar dulcísimo que va a la barrica y duerme unos meses antes de tocar el paladar de los pueden soltar hasta cien dólares por una botella. Los orientales, por ejemplo, que invaden Canadá como turistas, arrasan con cajas de Icewine.  Fueron monjes alemanes quienes inventaron el Eiswein, cuando llegaron tarde a la cosecha, después de una nevada. Al despanzurrar las uvas y degustar el vino, dieron gracias a Dios por el dulce milagro que les había traído ese invierno. Para mi: el Anís del Mono. Barato, oloroso y delicioso con espresso y pastelillo árabe.

Llegamos de noche a la ciudad. Toronto nos había entretenido en un embotellamiento de miedo en la calle Universidad, donde se llevaba a cabo el desfile de carros alegóricos llamado Caribana -Canadá cuenta con una comunidad numerosa del Caribe-, similar al de Río de Janeiro: bikinis, samba, bandas de música y chicas pechugonas bailando la batucada, disfrazadas de mariposas o libélulas. Emilio sencillamente fascinado con la diversión. 

Después de navegar cien kilómetros de la autopista  QEW (Queen Elizabeth Way, o el camino de la reina) llegamos, finalmente, de noche, a nuestro destino. La universidad estaba cerrada. Pensamos dormir en el estacionamiento pero el policía de la patrulla universitaria nos dijo que no era posible. 

¿Qué queeé? ¿Que la señora era de Brandon, Manitoba? Pues él también. Escocés de pura cepa, sí. McCain. ¿Y usted McQueen? ¿Hija del oculista Jim McQueen?Vaya coincidencia. Desde chico había dejado la ciudad e ingresado a la escuela de policía de Winnipeg. Patrulló las calles Vancouver, Toronto y Ottawa y una vez jubilado decidió tomar la oferta de la universidad de Brock.Tenía ya cinco años en este trabajo y le gustaba mucho. Después de poner en cintura a criminales, mantener en línea a estudiantes y profesores era cosa de risa, ja ja ja. Que mil perdones pero no podíamos dormir en el estacionamiento. Que si queríamos acampar debíamos ir a las Cataratas, a solo diez minutos de ahí. El camping se llamaba Koa, un sitio que recibía turistas de todo el mundo. Sitio agradable que sus hijos frecuentaban cuando iban de excursión por los bosques que bordeaban el río. Por la mañana el departamento de teatro abría a las ocho de la mañana. Gusto en conocerlos, adiós a los dos, adiós Emilio, pórtate bien, nos vemos por la mañana.

Finalmente se calló la boca. Hablaba como tarabilla y nosotros nos caíamos de sueño

Camino al camping pasamos frente a las cataratas, iluminadas por reflectores multicolores. Visión mítica, ciencia ficción, temblor de tierra. No en balde los indios, las llamaron, desde tiempo inmemorial: Thunder Waters, agua que truena.

—¿Se baña la gente ahí?

—No, Milín. Solo los pescaditos.

A la una de la mañana dimos con el camping Koa. El tipo de la caseta nos asignó un espacio al fondo de la propiedad. Estaban llenos. 

Armamos la tienda en silencio, inflamos colchones y dormimos como troncos... solo cuatro horas. Una tormenta eléctrica estremeció cielo y tierra. Ahora teníamos las cataratas sobre nosotros. Nos refugiamos en la furgoneta. Dormimos entre el equipaje como sardinas. 

Por la mañana enrollamos la tienda de campaña y regresamos a Santa Catalina. Mientras engullíamos egg muffins con sabor a cartón, en un asqueroso Mac Donalds, buscamos la universidad en el mapa y nos lanzamos a la búsqueda.

Pasamos dos semanas en las residencias de la universidad. Un cuarto doble con cocina y vista a los bosques. Glenys tuvo juntas de trabajo y Emilio y yo recorrimos la ciudad en busca de casas en renta. Aproveché para revisar en los periódicos la página de empleos y después de una semana conseguí trabajo en una tienda de curiosidades canadienses, junto a las cataratas. El dueño era hindú con ojeras de mapache, barba gris y turbante rojo eléctrico. Hablaba pausadamente, con acento golpeado, peor que el mío, acentuando puntos importantes con sus manos huesudas. Tenía ojos de águila, de mirada intensa y fría. 

-Mi tienda es la más grande de la región. Mi servicio el mejor. No hay turista que salga insatisfecho de mi negocio. Exijo limpieza, puntualidad y efectividad y pago bien. ¿Crees que tienes las cualidades para trabajar aquí?

—Por supuesto-respondí-, vengo de un país donde el turismo es una de las fuentes principales de ingresos. He trabajado en tiendas turísticas en Acapulco, la Ciudad de México y Cancún— mentí.

Encontramos casa al norte de la ciudad. No era un palacio, pero tenía un jardín enorme y la renta era razonable. Casa vieja de recámaras grandes y mal pintadas, con pisos de madera hinchados por la humedad. El dueño vivía en el sótano, con salida independiente. Gordo, rubio, estatura media, con pinta de mal viviente pero de voz amable, insegura. Era roofer, techador, por el momento desocupado debido a los malos tiempos. Resultó buen dueño. Nosotros buenos inquilinos. 

Pasamos un año en su casa y fuimos muy felices. El álbum familiar muestra fotos de la sala, sin muebles, con sarape de Saltillo de alfombra y cojines como sillones. En otra toma estamos los tres, en el jardín nevado, flanqueando un mono de nieve de bigotes de zanahoria y sombrero charro. Bella familia, joven, con chispa, anhelo de vivir, con todas sus fichas sobre la mesa y las cartas abiertas. 

Pronto entramos en la rutina:  Glenys a la universidad, yo a mi trabajo en la tienda y Emilio a la guardería, medio día solamente. El primer año fue el difícil. El departamento de teatro resultó conservador. Glenys hervía de ideas que combinaban teatro, movimiento corporal y contenido social. 

Yo entré en crisis de identidad. Desde 1965, cuando el Cervantes me enseñó a rascar la lira, en Tapalpa, Jalisco, después de componer mi primera canción, me declaré compositor, juglar, de por vida. No fue decisión, simplemente caí, como bola de billar, en la buchaca bendita de la música... Ahora vendía esferas de cristal con pueblito y nevada, banderitas canadienses, llaveros con foto de las cataratas, alces de madera, castores de hule, miel de maple, penachos y mocasines, gorros invernales de piel de conejo, postales de los grandes lagos y mil curiosidades más. Por supuesto que era etapa de ganarse la papa como fuera. No hice tragedias. Tragué mi orgullo y seguí de Mr. Chambitas.

De vez en cuando guitarreaba música mexicana con Emilio, quien me acompañaba con su guitarrita de plástico y su vocecita infantil, cantando La Bamba y bailando.

Entonces no lo sabíamos, pero viviríamos toda nuestra vida en Saint Catharines. Glenys, a base golpes, rompería la cáscara de la nuez conservadora de su departamento y dirigiría obras de teatro, de contenido social, interesantes, extravagantes y maravillosas. Emilio pasaría la primaria, la prepa, la universidad y se convertiría en un chico popular y bueno para los deportes, las chicas y la guitarra eléctrica. Yo, en la búsqueda de mí mismo, compraría un sintetizador Roland, en abonos, que me salvaría la vida: Música instrumental, abstracta y melódica, para teatro, baile, video. Fundaríamos nuestra compañía educativa: componer, arreglar y grabar discos compactos sería mi nueva actividad. El sintetizador supliría a la guitarra...por un tiempo.


 

56. LA ODISEA

La experiencia de Edmonton fue positiva. El tipo de vivencia que aprecias con el tiempo, después de evaluar y analizar lo vivido. La mente, al paso de los años re ordena datos, pone todo en perspectiva, emite su juicio y nos permite dormir tranquilos. 

Edmonton fue un cuadro cubista. Bello desde la perspectiva intelectual. Dos años que fueron parte crucial del engranaje de mi vida. Un noviciado, similar y paralelo al jesuita. En las noches invernales, eternas, meditando sobre el desierto nevado, escuchando el crack de mis pasos sobre la nieve, sentí, en varias ocasiones, una paz infinita, un vacío pleno, una sensación de estar inmerso en el Gran Espíritu, el Dios de los Hurones, el mío, el de todos. Una fuerza superior, dulce, fulminante, zarza ardiente que consumía el corazón bajo una atmósfera de 40 bajo cero. No lo vi ni escuche su voz. Solo sentí su presencia, su silencio imponente, sus alas protectoras. 

Después de caminar medio kilómetro en la oscuridad blanca e inmaculada, había que regresar...a tiempo. Perderse era común en las nevadas, congelarse lentamente el paso subsiguiente. 

—La nieve te hipnotiza, te confunde, te adormece. Caminas en círculos, hasta que te agotas, te recuestas en la nieve, y caes en un dulce sueño. Es muerte tranquila, pasiva, espiritual. Hemos tenido casos donde la persona, caminando en círculos, extraviada, buscando el camino de regreso, se congeló a unos cuantos metros de su casa. Los perdidos de invierno se duermen y mueren en silencio. Con una sonrisa.contaba, Less, el administrador del edificio—. Mejor que no sales a caminar por las noches, Gato, sobre todo cuando nieva.

La comunidad mexicana nos despidió con una carne asada en el parque junto al río North Saskatchewan. Chuletas de bisonte, mole poblano, chicharrones de jabalí en salsa verde, coronas y tequila Cuervo. Pasamos la guitarra de mano en mano, lloramos al cantar México Lindo y Querido, mentamos madres en El Rey y nos doblamos de risa con las del Piporro. Al final hubo lagrimitas, abrazos rompecostillas y promesas de escribir hartas cartas. 

Dejamos Edmonton en el verano de 1985. Glenys se había pasado horas en la máquina de coser, adaptando una extensión de tela a la tienda de campaña, con túnel que se conectaba a la furgoneta. El espacio sería comedor, cuarto de juegos de Emilio y recámara por las noches. 

Al salir de la ciudad, al alba, tomamos la autopista y vimos por última vez los campos de siembra, mitad de flores amarillas de mostaza y mitad de púrpuras de lino. El sol despegaba en el horizonte, rojo y eléctrico.

Detuve la furgoneta, bajé y besé la tierra. 

–¿Qué haces?—preguntó Milo.

—Beso la tierra.

—¿La tierra? ¿Por qué?

—Por que fue buena conmigo.

—¿La tierra?

—La madre tierra, hijo.

En el cielo, cientos de gansos viajaban al Este, en V, hacia los Grandes Lagos, tan alto que no se escuchaban graznidos, vuelo en silencio.  Nos aguardaban tres mil kilómetros de viaje. Aguantamos las eternas rectas de Alberta y Calgary, las tormentas eléctricas de Manitoba, las nubes densas de mosquitos en Thunder Bay, y el calor de 40 sobre cero y humedad rampante al sur de Ontario.

Vimos manadas de venados y búfalos cruzar las carreteras, parvadas de garzas tomando agua en pequeños lagos antes de emprender el vuelo, lobos nocturnos, por la noche, a la orilla de la carretera, aullando a la luna. El viaje fue la experiencia familiar más importante de la primera etapa en Canadá.

Emilio estaba en la edad de los por qué. Quién cuidaba los lobos. Si la mamá loba cambiaba pañales a sus bebés. De dónde venían los rayos de la tormenta y si eran peligrosos. Que si los gansos sabían leer y por qué volaban en V. Quién cortaba el césped en las praderas. Quién sostenía la luna allá arriba. Por qué los búfalos tenían joroba y caras de enojados. Glenys y yo sonreíamos y respondíamos sus preguntas. Reconocer a través de los ojos de Emilio, el mundo y sus maravillas, fue la experiencia más bella de nuestras vidas. Solo por este viaje había valido la pena venir a Canadá. 

Las praderas me recordaban mi desierto coahuilense. Territorio plano, sin fin. Horizonte tan horizontal y sin montañas -algunos cerros blancos y pelones-, que casi parece cuadro surrealista. Mi desierto cenizo, lleno de zacatales amarillos ardiendo al sol. 

La pradera verde, fresca, ondulando al viento. Los lobos canadienses, gorditos, de pelambre abundante. Mis coyotes, flacos y pequeños, pero de mirada pícara, inteligente, acostumbrados a sobrevivir en tierra adversa. Las praderas abundan en flores silvestres. El desierto produce el milagro de la flor de cactus una vez al año, como diosas invencibles, blancas, amarillas o rojas.

El niño tenía tres, Glenys 37 y yo 38. Éramos una familia feliz. El exilio nos había unido en forma casi ritual, en pacto de amor y supervivencia. 


 

55. Edmonton 5

— En el invierno del segundo año extrañé las cebollas y ajos de Egipto. ¡Vaya invierno! La calefacción no fue suficiente y los Fuentes sacaron las cobijas extras para no congelarse el rabo. Una mañana, la ñora se fue a la universidad a las siete, como de costumbre, en el despintado Pinto, que además de ruidoso era estrecho y el motor tosía al arrancar. Había tormenta de nieve, intensa, terca. La ciudad estaba cubierta por la sábana eterna del puto invierno. Normalmente Glenys se iba a las siete y regresaba a las cinco de la tarde, pero ese día volvió después de sólo una hora con la noticia que había pasado todo el tiempo patinando sobre el hielo hasta llegar al semáforo de la esquina, donde decidió regresarse. Una veintena de automóviles y un autobús estaban todavía atorados, jugando a las resbaladillas en el cruce de la avenida.

Pueblo de mierda, vaya culo del mundo donde nos congelábamos, vaya vida de perros a la que nos habían traído éstas gentes. Vaya con la chingada burra baya que había brincado la reputa valla. Tiempo de rebelión, de complot, de madrugar, de asestar el golpe definitivo. Si el Gato no se atrevía, nosotros lo empujaríamos a la decisión de largarnos al carajo, de dejar este infierno de nevadas, accidentes de tráfico, resbalones sobre hielo, huesos rotos y encierro invernal de seis o siete meses. Cambiar de aires, largarnos a una tierra donde no fuera necesario vestirse el garrero de plumas de ganso y botas de Frankestein para salir a la calle.

Y así fue que les canté la neta a mis pendejos. Al principio, como era de esperarse, se acobardaron. Les contesté, astutamente, que también había aprendido de los jesuitas, que los entendía, que también yo apreciaba al sujeto en cuestión, que había límites:

Entiendo que se les frunce a poner en su lugar al tarado, que no quieren hacer olas, bastantes problemas tenemos como para crear uno más. Pero no olviden que diariamente oigo sus quejas, que se la pasan lamentando su suerte tiritando en los rincones, añorando el pasado. Tú, pinche Fito, te pasas el invierno en babia, fantaseando en volver a Torreón. ¿A qué, bruticio? Los abuelos ya no existen. Ya no es la casa que conocías. Torreón es otro. Los campos de algodón se fueron al carajo y ahora los industriales escarban uranio y no se que otras piedras y metales. Borren a Torreón de la lista. Ahí no hay lugar para nosotros ni para los Fuentes.

Mi plan de supervivencia era trabajar en equipo, producirle al Gato, preocupaciones, angustias, ataques de pánico y claustrofobia, tomar ventaja de su famosa y ridícula hipocondría y convencerlo que seguir en este lugar era suicidio. Sabía que el pajarraco era un sacón y yo estaba preparado para sus objeciones.

—Yo me rajo.

—No me sorprende. Eres un ser amarillo, enano, con piernas de palillo y pa acabarla te llamas Piolín. También deberían apodarte cobarde, culero, sacón, apocado, estúpido, culito, eldoylasnalgas.... Tienes suerte que no te he doblado el pescuezo, animal. Te pregunto: ¿Te gusta la vida de esquimal o castor salvaje que padecemos? ¿Gripas, escalofríos, inanición y murria, agüite, depresión, falta de ejercicio y la constante monserga de cuidar al mocoso?. Todos estamos hartos. Admítanlo, tráguenlo, digiéranlo y cáguenlo. Ya me tienen harto.

—Suena a coup d'état, Hampón.

—Por supuesto, tontines.. Llamemos a las cosas por su nombre. Castro se la dejó ir a Batista, Mr. Mao a Chiang Kan Chek  y la revolución rusa borró a los zares del mapa. Para cada hijo de perra hay un valiente. Nos toca, ahora que hay tiempo dado que el segundo contrato de la ñora es por un año solamente. Le dan plaza y... estamos fritos. Madrugar, es la orden del día. 

Ahora que tampoco vamos a ejecutar al Fuentes. Sólo un sustito, joderle la salud, estropearle el sueño, darle lata, hartarlo de ésta tierra horrible al punto que si no sale, se mata.

—Suena feo ¿no?

—Sí, pero salvaremos el pellejo, su pellejo, el colectivo. Como vamos todos pegaos como suela al zapato, si el pendejo se jode nos jodemos nosotros. Ánimo, se trata de supervivencia colectiva. Nadie saldrá dañado. Solo buscaremos la salida de este laberinto. Démonos un apretón de manos de a tres, y trabajemos en equipo. Que quede claro que no le haremos mucho daño. Sólo una atarantadita. ¿Sale?

—¡¡Sale!!

..........

La rutina era la misma. Casi divertida. Veía pasar las lámparas del techo, redondas, pequeñas, de luz triste y lagañosa, a lo largo de los pasillos. Las llantitas de la camilla, oxidadas y sin aceite, lloriqueaban cargando al hipocondríaco. Tenía suerte que les caía bien a las enfermeras. Eran guapas, jóvenes y efectivas. Fui cliente regular del hospital el último invierno en Edmonton. Las emergencias eran excusa de breves y divertidos noviazgos con las chicas. Al fin y al cabo yo sufría dolor de pecho, taquicardia y temblorina, síntomas de enamoramiento...o quizás, mucho me temía, ataque al corazón.

La morena clara contaba siempre la misma historia: Iba a Cancún cada año, con su esposo, al mejor hotel junto a la playa, el Marriot, y siempre se divertían de lo lindo. México era el país más bello del mundo y todos los mexicanos, sin excepción, beautiful and cute.

La rubia iba a Mazatlán cada verano. ¡Tan barato y tan bello! Playas tranquilas donde se olvidaba de ambulancias, inyecciones, camillas y noches en vela. Las puestas del sol eran inolvidables, románticas. De hecho cada vez que regresaban a Mazatlan, el esposo y ella se enamoraban de nuevo.

—Mexico is so romantic...

Me pegaban alambritos al pecho. Las pantallas mostraban un puntito electrónico entusiasta y saltarín que representaba los latidos de mi corazón. Después pasaban a un cubículo donde el doctor me tomaba la presión y me auscultaba.

La cuarta vez que tuve ataque al corazón, supe que era mi imaginación. No era el corazón el problema. Prairie Depression -depresión de las praderas- decía con sonrisa cínica el médico de guardia del hospital. Un pecoso de pelos de elote que tenía cara de ido y hablaba despacio y en voz baja. Prairie Depression: el encierro de nieve, la lejanía del agua, océano o lagos; las escasas oportunidades musicales, la falta de galerías de arte, el desinfle anímico que destilaba la crisis económica del oeste del país. Depresión pasajera, decía, no había razón para preocuparse. Se equivocaba. La murria, como gusano de seda, me había hecho ya un hoyito en el intestino.

El doctor Madeiros era portugués, especialista en úlceras. Gordo, barbón y enorme, de ademanes rimbombantes. Me recordaba al Strómboli de Disney, por su barba negra y abundante y panza de músico. Acostado, boca arriba, con la camisa desabrochada, sentí las manazas frías y peludas del barbón, auscultando mi abdomen. Hundió la derecha con toda su alma hasta apretar el hígado como cuello de pollo, al punto que casi me desmayé.

—¿Duele?

Hijo de puta, que si dolía. Con esos bonitos modos tan feos si no estabas enfermo te enfermaba. Con el poco aliento que me quedaba y casi con lágrimas en los ojos, por el dolor, contesté con rictus idiota:

—Un poquito.

Siguió oprimiendo el triperío, induciéndome desmayos súbitos y yo mintiendo con el, un poquito, cada vez que me torturaba de nuevo.

Terminó de jugar con mi panza y escribió los jeroglíficos de la receta.

—La medicina se llama Tagamet. Una pastilla al día por dos semanas y quedará como nuevo.

A los ocho días terminó el ardor intestinal y las agruras.  Una preocupación menos. Eso sí, había que controlar la depresión o seguiría minándome la salud. Tenía noches de insomnio en las que inclusive oía voces interiores reprochándome la decisión de venir a las praderas. Posiblemente estaba enloqueciendo. Ben Tarver, profesor de la universidad y compañero de aguas, me había recomendado una psicóloga llamada Coliton.

De regreso de la universidad, al abrir la puerta de la casa, me dijo Glenys:

—Dios mìo, ¡Estás amarillo¡

—¿Amarillo? Noooo.

—Vete en el espejo.

Fui al baño. Efectivamente, mi cara tenía el color de una yema de huevo. Vuelta con Strómboli.

—Ha contraído hepatitis. Reposo de tres. Su hígado está inflamado.

—Me late que el Tagamet es el que me causó esta situación, doctor.

—Qué cosas dice, ja ja. ¿Por qué piensa eso?

—Porque desde que empecé con la medicina despido un olor raro, químico, extraño, metálico.

—Es su imaginación. Regrese a casa, guarde reposo por tres meses, tome la nueva receta y nos vemos después de su recuperación.

Después de tres días en cama, desesperé.

—Este cabrón no sabe nada, Glenys. ¿Por qué no te lanzas a la farmacia  preguntas sobre efectos secundarios del Tagamet? Me late que ése es el problema.

—Me late tu latida.

Y se fue volando a la farmacia.

Emilio no entendía por qué diablos no podía acercarse a su papá. Lo oía jugando con sus carritos tras la puerta de la recámara. Le preguntaba a su madre, con frecuencia: Is Gato still yellow? La Glenys contestaba en voz baja: A bit.

Las noticias de la farmacia me reivindicaron. En el librote de medicinas, en la sección de Tagamet, al pie de la página, en letras pequeñísimas, hablaba de casos raros, uno en un millón, en que la medicina podía producir hepatitis química. La noticia me llenó de paz y  rabia. Me daban ganas de arrancar esa página, hacerla bola de papel, y metérsela en la boca a Madeiros. Era un pendejo. Yo, un millonario.


54. Edmonton 4

Los mexicanos llegaron en diciembre como regalos de Santa Claus. Al principio eran dos, uno de Zacatecas y otro de la capital. Carlos era bajito, moreno y cachetón, plomero de profesión, que hablaba rápido y no se le entendía nada porque se comía las eses.  Enrique era arquitecto desempleado que se quejaba constantemente del gobierno canadiense: opinaba que eran una bola de hijos de perra que ponían exámenes tan difíciles que era imposible para médicos, abogados o arquitectos inmigrantes lograr una licencia de trabajo. Carlos se defendía con chambitas que cazaba en la comunidad latina.  Decía que el pendejo de Enrique no había hecho ni una casa, en Canadá, y él, en cambio, ya había arreglado más de mil excusados en la ciudad. 

—Es que te gusta vivir entre la mierda.

—No seas baboso.

Nos conocimos accidentalmente, en un bar del West Edmonton Mall, el centro comercial más grande de Canadá, que contaba con pista de patinaje y un lago con submarino. Mareaban cada uno su cerveza, por horas, para no gastar, viendo el futbol americano en la tele. Me contaron que había una enorme comunidad mexicana de inmigrantes que el gobierno canadiense había acumulado en Edmonton con la esperanza de que el frío y el desempleo los regresara a su patria.

El centro comercial estaba repleto por las ventas de Navidad. Buscaba regalos para Glenys y Emilio. Ella siempre me ha costado trabajo: los perfumes le causan alergias, nunca le atino en ropa, tampoco en aretes y collares. Eso sí, le encantan los libros. Le compré uno de arte, fotos de obras de Miró, su pintor favorito. A Milo le llevaba un traje de Spiderman, con todo y máscara. Su carta a Santa Claus, escrita por Glenys, pedía expresamente una máscara de Panam, como él decía.

—¿Y qué diablos haces tan lejos del terruño?

—Me casé con una canadiense y...

—No la jodas, yo también, ja ja ja.

—Sí, pero la tuya es india, pendejo.

Eran inseparables: masoquista y sádico, tonto y astuto, enemigos y amigos hasta la muerte. A ambos, los canadienses les parecían fríos, la comida una mierda, el clima, insoportable. Enrique había emigrado para cambiar de aires. Se había hartado de trazar diseños para una compañía de construcción en Toluca, que le pagaba una miseria. Era alto, calvo y de ojos tan juntos que parecía bizco. Vestía buena ropa, se expresaba bien, vocabulario extenso y gramática decente. Tenía un odio africano contra el mundo. Carlos era su blanco preferido. Sabe Dios qué traumas espinosos llevaba en el alma.

El plomero era indocumentado. Decidió quedarse en el país después de unas vacaciones en las Cataratas del Niágara. Sus primos trabajaban en las granjas de fruta de Ontario, donde pudo acomodarse, pero prefirió buscar oportunidades en Alberta.

—Brillante idea, pendejo.

—Tan brillante como la tuya.

Cuando nos despedimos, de abrazo y toda la cosa, me invitaron a ver la pelea de Azumah Nelson contra Wilfredo Gomez. 

—La veremos en casa de Élfego -dijo Carlos-, en corto circuito.

—Ja ja ja, ah cómo serás pendejo, en circuito cerrado, animal.

—Pos eso...

intercambiamos números de teléfono y regresé a casa.

Antes de Navidad el reporte del tiempo había pronosticado un Chinook. Glenys me explicó que este fenómeno meteorológico no era frecuente, pero ciertamente típico de la provincia de Alberta. En un día, el invierno se convertiría en primavera. De 30 centígrados bajo cero, la temperatura subiría a diez o quince grados sobre cero. Por supuesto que no le creí; imposible que en un día el termómetro hiciera semejante cabriola. En el supermercado, bancos y pasillos de nuestro edificio no se hablaba de otra cosa. La vecina me bromeaba diciendo que mañana you are going to feel like in Acapulco, que sacara las sandalias y bermudas porque el calor sería fenomenal. Y lo repetía de nuevo: fenomenal. Conversábamos frente al ventanal que daba a la calle, desde donde se veían toneladas de nieve acumuladas al lado del estacionamiento, lo cual hacía la historia más inverosímil. Me reí interiormente pensando que todos, Glenys y el resto del mundo me querían jugar una broma. Al cabo es mexicano. Seguro se la traga. Ja ja.

Por la noche el tic-toc-tic-toc del deshielo se fue transformando en chorrito; por la mañana era río que bajaba rápido por la avenida hacia las alcantarillas.

Fue día mágico: soleado, lleno de aves, minifaldas, ciclistas, picnics en los parques y ambiente de feria. Trepamos a Emilio en la carriola y nos fuimos de picnic: botella de vino, sándwiches y biberones en la mochila, dispuestos a gozar de la breve primavera. Yo, el incrédulo, tuve que cargar la chamarra que había llevado por si las moscas. Al mediodía ya sudábamos. Tuvimos larga conversación en el parque. Los planes a corto y largo plazo que antes nos preocupaban, el futuro incierto, nuestra continua lucha contra los elementos anímicos y económicos, los veíamos ahora, gracias al chinook y su sol andaluz, con mirada optimista, actitud positiva. Increíble como el estado del tiempo influye en nuestra persona. No paramos de hablar los tres en todo el día. Emilio, con ojos vivos y manos expresivas, narraba larguísimas e interesantes historias, con su tierna lengua de bebé, que no entendimos, pero comprendimos. Contaba su historia, su breve experiencia en el mundo, en la familia donde le había tocado aterrizar. 

Jugamos fútbol, volamos un papalote y armamos figurillas con piezas de Lego, bajo un maple sin hojas,  sobre mi sarape de Toluca. Comimos y brindamos por el futuro. Sobreviviríamos.

Había una línea negra de nubes invernales en el horizonte, contenidas por la mano invisible del viento cálido que venía de las montañas rocosas. La línea que los nativos llamaron desde tiempos remotos Chinook y que después de medianoche soltaría de nuevo la fiera del invierno. Cierto: el termómetro bajó cinco centígrados por hora. Por la mañana los camiones quitanieves invadieron las calles de la ciudad una vez más. Los ríos de agua se congelaron y los coches patinaban de nuevo. Regresamos todos a nuestras rutinas invernales de abrochar botas de invierno, vestir chamarras gruesas, meter el gorro de invierno en la cabeza y caminar como retrasados mentales sobre el hielo.

La fiesta de la pelea de box, en la casa de Élfego, fue todo un éxito. Fuimos los tres. Emilio jugó con los otros niños en el jardín, Glenys y las señoras cotorrearon sin parar en la cocina preparando mole y arroz;  los hombres, tomábamos tequilas y coronas, sentados frente al televisor, haciendo apuestas, mentando madres y jurando que cualquier boxeador mexicano les podía partir la madre a los dos, en un segundo. Azumah Nelson fulminó a Wilfredo Gomez en el décimo primer round. Enrique se embolsó los cincuenta dólares que había apostado a Carlos. Era mucho dinero para el plomero.

—Los africanos son más fuertes que nadie, baboso.

Glenys había encontrado el paraíso de teatro en la universidad; yo, la colonia mexicana que me ayudó a superar la soledad espantosa de la ciudad en crisis económica apodada Deadmonton.

53.Edmonton 3

La locura es un cierto placer que sólo el loco conoce. John Dryden

El invierno me aisló más. Fue estación de nevadas densas y cero visibilidad que paralizaba la ciudad, cerraba colegios y comercios. Las máquinas  quitanieves navegaban día y noche limpiando la calle, acumulando la nieve en el camellón central, al punto que se elevó un muro que borró de la vista las casas al otro lado de la avenida. Frente a nuestro departamento del segundo piso todo se veía blanco: el estacionamiento, la calle y el horizonte, como una gran sábana blanca extendida hacia el horizonte. Tiempo de practicar inglés viendo televisión mientras cuidaba a Emilio. El chiquillo había hecho de la sala, una pista imaginaria de hockey sobre hielo para emular a su héroe, Gretzky. Jugaba todo el santo día. Yo era el portero, el anunciador y el público. Cuando regresaba Glenys había que mostrar, como en la televisión, la repetición de las mejores jugadas del torneo, que se sabía de memoria. Yo tenía que anunciarlas idénticas.

Iba a la guardería la mitad del día, tiempo que yo aprovechaba para leer sobre arqueología maya. La nostalgia del terruño buscaba, no el pasado inmediato, sino el milenario, el mitológico, astronómico y mágico. En Toronto había asistido a una plática, en la biblioteca central, de una gringuita llamada Linda Schele. Artista pintora, graduada en la universidad de Texas. De vacaciones a Yucatán, al ver la tumba de Pacal Votan, en Palenque, se enamoró de la cultura Maya y cambió los pinceles por la arqueología. Me impresionó el cariño que mostraba por los mayas, los del período clásico y los contemporáneos, los chamanes, guías y ayudantes. Compré varios de sus libros y vacié la imaginación en las selvas de Yucatán y Veracruz, en los Olmecas de Tres Zapotes, San Lorenzo y La Venta, los mayas, zapotecas,toltecas, aztecas. El exilio me lanzó a un abismo hipnótico, obsesivo y fascinante  que se desenvolvió durante varios años. Así contrarresté la cultura canadiense, la europea, que es lo única que tienen. El pasado remoto pertenece a los primeros habitantes del país: esquimales, Hurones, Haida y demás tribus honorables que el hombre blanco colonizó y semi destruyó. 

Glenys y Emilio se familiarizaron con los dioses mayas y aztecas. Los tres seguíamos el calendario sagrado, con sus veinte símbolos y trece números -hasta la fecha lo hacemos-; visitábamos al jaguar del zoológico, el día Jaguar, y los orangutanes el día Chango. Yo, secretamente me hería con puntas de obsidiana y secaba la sangre en algodones que quemaba después en varas de copal, como los antiguos mayas. La primera aparición de Venus, como estrella de la tarde o de la mañana, era día de sangre, incienso, y danza. 

El exilio clavaba los colmillos a fondo. Extrañaba a los amigos, a la familia materna, los mariachis y los tacos de hongos del Tecolote

Los viajes a Europa y el lejano oriente, las giras y conciertos de la Fauna, las fiestas cuasi orgías de casa llena y ríos de alcohol, habían sido experiencias que viví una vez, pero que no extrañaba. El presente siempre ha sido más intenso y excitante, aunque tragara mierda.  Lo pasado pasado. Que lo lloren los románticos. Tampoco soy patriota obsesivo. Mi patria corre en mi sangre y a mucho orgullo. Pero geográficamente me siento ciudadano del mundo. Cualquier país es bueno para vivir, y Canadá lo es, por el momento. Dinero, fama, poder, siempre me han parecido valores ridículos que le van a Maquiavelo, pero no a mi. Eso de Nunca perseguí la gloria, jamás me ha parecido acto de heroísmo; el poeta lo sabía, no sus lectores. Prefiero la frase Sic transi gloria mundi. Me cuadra. Celebro la vida, pero solo aquí y ahora, a la más vale pájaro en mano...

En Torreón, durante mi niñez, me sentí atrapado en el desierto. ¡Los dos mares tan lejos de nosotros! El pescado del mercado olía mal. Los camarones, mi platillo favorito, eran de lata... no teníamos mare nostrum. Edmonton, lejos del Atlántico y Pacífico, me iba asfixiando. La vida de departamento, en ciudad de economía en crisis, no era fácil. Pueblo fantasma.  

Glenys había hecho migas con vecinos del primer y tercer  piso, con quienes intercambiábamos niños durante las largas mañanas de invierno. En casa de Jake jugaban a los vaqueros, en la de Jonathan a los monitos, y en la de Emilio todo era hockey sobre hielo. Las mamás, por supuesto, me veían con desconfianza. ¿Qué hacía un hombre cuidando niños? A fin de cuentas Alberta era provincia de cowboys, de machos, tierra de siembra y ganadería, cuna del famoso rodeo llamado Stampede, de la ciudad de Calgary, donde había  jaripeo , coleadores, manganas, pasos de la muerte, carreras de diligencias...  ¡Y yo cuidando chamacos, carajo! 

Compramos un espantoso Ford, Pinto, modelo viejo, gris y ruidoso que Glenys manejaba para ir a la universidad. Una vez que obtuve la licencia de conducir me sentí como adolescente manejando por primera vez. Estaba harto de ser rata de autobuses, de mochila al hombro, libro para leer y fruta pal camino. Manejar en Canadá era experiencia diferente. No se valía sobornar a los cuicos, no se corría en la ciudad a más de 50 kms por hora; se conducía con extrema precaución y jamás se usaba el claxon. Extrañaba mis manejadas de loco por Insurgentes, rebasando a todos con rechinada de llantas, dedo al aire y mentando madres.

El invierno del primer año en Edmonton fue casi apocalíptico. Muy largo. Del otro lado de la calle estaba la única tienda de abarrotes de la cuadra, ahora inaccesible por el muro de nieve del camellón que ya medía cuatro metros de alto, dos de ancho y aumentaba conforme las nevadas se sucedían. Pero los adolescentes adictos a las dos máquinas recreativas de juegos electrónicos, Gálaga y Tetris de la tienda de abarrotes, hicieron un hoyo en el muro que dio paso a los vecinos de un lado y de otro de la larga avenida. 

Y ahí precisamente aterricé una tarde, mientras Glenys, de vuelta de la universidad, cocinaba un espagueti a la boloñesa.  El jueguito Gálaga me llamó la atención y pasé la tarde disparando, desde mi nave espacial, a todos los marcianos, jets y personajes estrafalarios que se me ponían enfrente. No pasé del nivel dos, pero me piqué y regresé al siguiente día y al siguiente y siguiente hasta llegar al nivel 10. Cuatro chiquillos venían cada tarde a ver mis proezas digitales. Después de dos semanas el nivel 15 se puso perro. Una víbora multicolor me frustraba el avance y yo explotaba en ¡chingaos y carajos! que causaban risa a los chiquillos. Uno de ellos me dijo, tímidamente, que si no me sabía el truco jamás pasaría al nivel 16.

—¿Qué debo hacer ahora?—le pregunté en inglès.

—Aprieta el botón izquierdo, dos veces, cuando le tires a la serpiente y luego luego aprietas el derecho, de inmediato. Apunta bien que solo tienes una oportunidad.

Y maté a la culebra galáctica y pasé al nivel 16 y les compré a los muchachillos gaseosas y chocolates. Una semana después vencí al universo entero y me coroné rey y señor del cosmos. 

 


 

52. Edmonton 2

La fe del carbonero

Las praderas canadienses son famosas por inviernos crudos y tormentas de nieve apocalípticas. El termómetro baja a menos cuarenta centígrados y la visibilidad es nula. El viento hace de las carreteras una pista de patinaje. Como lámparas, hay que conectar los coches a la electricidad para arranquen por la mañana. Los estacionamientos tienen enchufes.

Por las noches me gustaba salir a caminar en la nieve. La planicie me traía recuerdos del desierto de mi tierra. Ambos tienen inmensidad y silencio, son una clase peripatética de metafísica y teología. Cubierto por doble chamarra, abrigo, gorro y botas para la nieve, meditaba media hora (el cuerpo no aguantaba más). Suficiente  para cargar la batería. La del alma, la de la fe.

La fe, en mi vida, hasta el momento, había sido como culebra inquieta cambiando constantemente de piel. Había comenzado con la de niño, la que mamas de la madre y te injerta la abuela, la fe del por la señal, la primera comunión, la de me quiero ir de jesuita. Me sostuvo por años. Es efectiva un rato, hasta que te haces adulto y te toca sacar la casta, enfrentarte Dios y decirle que crees porque estás convencido y no porque te lo dijeron. 

Durante el noviciado se hizo fe terca, sólida, casi invencible, de adolescente entusiasmado. Creí más, crecí en devoción y convicción, casi me hice santo: me clavé el cilicio lo más que pude, le puse entusiasmo a los chicotazos de la disciplina y afiné la puntualidad en los horarios. Era fe de hierro, bella, ingenua, sincera, ignaciana. Además, era colectiva: alrededor de treinta novicios íbamos y veníamos al escuchar el sonido de la campana, de la capilla al salón de clases, a la limpieza de pasillos y jardines, al comedor, a la pérgola, al campo de futbol, a la camarilla, y de nuevo a la capilla a rezarle a Dios una y otra vez hasta aburrirlo.  Si nos hubiéramos decidido, hubiéramos movido montañas sin ningún problema. Era fe inmersa en convicción y celo religioso. Nos habíamos lanzado al abismo ciego de la confianza espiritual, seguros de que el Señor nos recibiría, siempre, en sus manos.

Al llegar a la capital, los estudios de filosofía la moldearon, como vaso de barro en el torno del intelecto. Las tesis de Tomás de Aquino me parecieron acertadas para su época, no para la mía. La herida de la duda moderna cortaba arteria mayor, sangraba profusamente y un curita no podía contener semejante hemorragia.

Alberto Navarro y Jorge Manzano trajeron la metafísica de Emerich Coreth, la locura de  Nietszche, las dudas de Kierkegaard y la música de Wagner. Sin estos dos jesuitas mi vida fe no hubiera crecido. Crecer implicaba crisis, duda, angustia, búsqueda. La vida idílica y campirana del noviciado en Puente Grande nos había proveído de una fe  tierna, protegida por la clausura y el celo de nuestros superiores. La nueva vida de la capital y los estudios de filosofía nos dieron nueva fe, con ojos para ver, manos para palpar, semejante a la de Tomás el Mellizo.

Y así fue que crecí en fe y angustia, que es la única fe que entiendo: la que rompe el cascarón, se libera y encuentra otro cascarón para romper, y así va creciendo en sucesivas crisis y renacimientos. No es un eterno retorno sino una espiral que se abre en círculos más grandes a cada vuelta, buscando el infinito, proceso que termina sólo con la muerte, con la visión total del objeto de la Fe.

Cuando regresé a la capital de mis aventuras de casado en León Guanajuato, recibí una llamada telefónica de mi madre. Detrás de su voz tranquila noté un tono preocupado. Conocía ese ardid materno que usaba siempre para no alarmarme con malas noticias. Yo me hacía el ingenuo y le seguía la corriente porque sabía que tarde o temprano soltaría prenda. Tenía cáncer en los huesos pero estaba en tratamiento naturista y todo se estaba solucionando, lo cual quería decir, entre líneas, que la cosa era grave. Fue el principio de un largo calvario, un año, que empezó en casa y terminó en el hospital del ISSTE, donde se fue consumiendo de dolor y morfina, hasta el final del camino. Pedí compasión, milagros, puerta de salida, pero nadie me oyó del otro lado y tuve que tragarme el bocado amargo y lento, en un proceso de tortura mental y física que terminó en el panteón municipal. Morir era cosa natural, pero sufrir hasta lo indecible era juego sucio del destino. 

Mandé la fe a la mierda. 

Me olvidé de Dios.

Pasé seis meses en estado zombie, ido, de la realidad y de mí mismo. Dos personas me sacaron del hoyo: Licha, mi esposa y Tita Pérez nuestra amiga.

Borré de mi vida el concepto del Dios personal.  En su lugar se instaló al Omnipotente, al Causa Causarum, la energía previa al Big Bang. Un Dios sin barbas ni trono que había creado el universo y lo dejaba rodar y rodar. No más oraciones, no más arrodilladas.

Me zambullí en cuerpo y alma al trabajo, primero en mi negocio de bolsas de piel, después en la compañía de teatro de Luis de Tavira. 

Tenía muchos amigos jesuitas y ex jesuitas, pero el tema de la fe era algo personal, privado, no se llegaba con los amigos diciendo ¿bueno y sigues creyendo? Y así, deambulé con la fe básica, por unos años.

Fue en Berlín, Alemania, años después, cuando se abrió el archivo de nuevo. Tomaba el desayuno, café y huevos con tocino, debajo de una sombrilla, en la terraza de un restaurante cercano a la Mercedes Benz. La noche anterior habíamos dado una función fantástica y los músicos celebramos hasta la madrugada. La gira de la Sombra del Caudillo de Tavira casi llegaba a su fin. 

Había llovido toda la noche y el cielo estaba todavía encapotado. Divisé un organillero cruzando la plaza. Se dirigía a nosotros, los turistas de las sombrillas. Se plantó frente al restaurante y destapó el instrumento. Bello organillo de la fábrica alemana Frati, como los de México que se habían importado en tiempos de don Porfirio. Cuando empezó a girar la manivela y trajo las notas del Danubio Azul, simultáneamente se abrió el cielo, mostrando un rayo de luz intenso y de la plaza volaron las palomas. Todo sucedió al mismo tiempo, como si alguien les hubiera dado una señal, una pauta teatral: el brillo del sol entre las nubes negras, el vuelo de palomas y la música de Strauss. Inmóvil y sorprendido gocé del momento, treinta segundos de eternidad pasajera, bella, irrepetible.

De pronto se diluyeron las imágenes, el cielo y las palomas, el organillero y las sombrillas, como si la lluvia hubiera regresado y el mundo se tornara acuático. No supe que pasaba hasta que sentí en las mejillas la humedad tibia de las lágrimas. Bajaban como ríos, sin motivo, por iniciativa propia, por el pasado, por mi madre, por la fe perdida, por el dolor, la soledad, el destino... Me envolvió una fuerza superior, una paz infinita de alas y luz y música.

Había caminado más de la cuenta en campo abierto. La alfombra de nieve se extendía a lo lejos hasta hacerse cielo, sin horizonte ni frontera. Todo era blanco, blanco, blanco. No sabía si caminaba en la nieve o en el cielo. Regresé al apartamento.

—¿Cómo te fue en tu paseo?

—Muy bien. Uno que otro lobo.

—¿En serio?

—Bromeo

 

 




51.Edmonton

El choque cultural me atacó definitivamente en Edmonton, cuando caí en la cuenta que no había compuesto ni una canción en más de un año. Si Nietzsche tenía razón, que la vida sin música era un error, entonces algo andaba mal en mi vida.  No era lo mismo ser cantante de cantina que compositor. En Europa la cantada había sido de diversión, aventura, oficio de paso; en Canadá, cantar por necesidad le daba un tono triste al oficio. Me tranquilizaba pensar que la crisis era pasajera y que en cuanto asentáramos cabeza las cosas cambiarían. Además, la causa era familiar y, como mascarón de proa, el bebé iba por delante en el barco de la vida.  Cuántas veces no había oído la frase, las cosas que no hace uno por los hijos. Muy cierta: por ellos, uno se tira a un hoyo, pide limosna, limpia zapatos y canta La Bamba por un dólar.

Componer canciones había sido siempre, y es todavía, una actividad natural: llega cuando quiere, aterriza e inspira, procesa la realidad en letra y música y funciona como liberación espiritual y terapia. Si las canciones no venían espontáneamente, no estaba dispuesto a forzarlas. Son como el amor: vienen directamente del sentimiento; se puede fingir con el cerebro, pero no con el corazón. Traté de convocarlas, atraerlas, engatusarlas, con rascada de cuerdas, tarareada de versos y melodías, pero no dio resultado. Si las canciones no quieren venir que chinguen a su madre: fue la conclusión de la primera crisis.

Mi vida en Canadá era hasta el momento un remolino de cambios de casas y ciudades, lo cual no permitía asentar el alma. Además, cambiaba de piel como las culebras, en proceso lento y subconsciente que re acomodaba el pasado, presente, y hacía del futuro una gran incógnita. Más que miedo tenía curiosidad por el porvenir.

La imagen del Gato de México se iba esfumando en la nueva aventura.  Es casi increíble lo que la imagen de uno mismo influye en la vida. Y es eso solamente: una imagen, una entidad transparente e irreal que hemos creado para definirnos aunque no corresponda necesariamente a la realidad. En los setentas había sido un Gato ruidoso, inmerso en vida social, fiestas, amigos, conocidos, desconocidos, comparsa y multitud de desmadrosos.  Ser popular me divirtió al principio. Al final resultó juego cansado, triste... Lo único que me salvó de perderme de esa avalancha de fiestas y tequila fueron las rolas: cuando a medianoche brotaba la canción de la guitarra, como extraña flor nocturna, exótica y liberadora. Sin ese instante de identidad, auténtica y clara, hubiera enloquecido. Y es que la imagen imaginaria de uno mismo a veces toma posesión y hace un quítate tu pa poneme yo, que te hace caminar por la vida como un verdadero pendejo, sin identidad propia, como zombie.

Cuando hablo del caos de voces y gritos, no me refiero a los amigos, que siguen siendo los mismos y son parte de mi vida y corazón; más bien a la multitud anónima de bufones y borrachos que yo mismo había creado y tolerado.

El Gato bohemio se transformó en Edmonton, gracias a Dios, en Simón del desierto, un esenio austero a quien le gustaba la vida familiar, pañales, paseos por el parque, botellas de leche, los besos de la esposa y del bebé. Me había transformado en un verdadero pater familias.

Glenys, que había pasado la vida de universidad en universidad, se encarriló de inmediato a la rutina de campus, teatro y juntas de departamento. Tenía contrato por un año. Se notaba feliz y optimista, como pez en el agua. A fin de cuentas regresaba a su país y su raza, al terruño.

Tomamos un apartamento cerca del centro comercial South Gate.  El edificio estaba casi vacío a causa de la recesión económica. Los dueños ofrecían un mes gratis de renta para atraer inquilinos. Hordas de trabajadores de la provincia de Alberta emigraban en masa al Este del país, Toronto, Montreal, Quebec, en busca de trabajo. Sólo el centro de Edmonton, el estadio de Hockey y la universidad parecían tener vida.

Emilio tuvo compasión de nosotros y aprendió a ir al baño: los pañales pasaron a la historia. Ahora hablaba  un dialecto de español e inglés con tierna pronunciación de bebé. Cantábamos juntos, él con su guitarra de plástico, yo con la de madera. Imitaba todo lo que  hacía su padre. También se contagió, como todos los niños de la ciudad, de la fiebre del hockey sobre hielo. El equipo de los Oilers y su jugador estrella Wayne Gretsky, transformaban la económicamente aporreada ciudad de Edmonton, en la capital del mundo del deporte en Norteamérica. Los dos años que pasamos en la ciudad, los Oilers ganaron consecutivamente la copa Stanley. Cada vez que Gretzky metía gol, Edmonton se cimbraba de lado a lado en gritos de júbilo.

Edmonton era ciudad fantasma con ínfulas deportivas. Me faltaba todavía conocer lo interesante de este lugar: el invierno y los mexicanos.


 


50. Toronto 3
Edmonton

El primer año fue de aterrizaje y pasó rápido. Aprendí inglés básico y recorrí todos los restaurantes y bares latinos de Toronto. Glenys hizo buenos contactos en universidades y escuelas de teatro. Había mandado una solicitud de trabajo a Edmonton, Alberta, y aguardábamos respuesta. Buscaban maestra de actuación y movimiento. Había dejado el restaurante y trabajaba en la escuela de teatro de Tony y Louise, amigos de Montreal radicados en Toronto.

La nueva vida tenía mucho de deja vu. En nuestras respectivas juventudes habíamos tomado chambitas básicas, trabajos de ocasión, de esos que no dan pena cuando se es joven. Yo fui mesero en un pueblito al norte de Portugal, lavé platos en tascas de quinta categoría en Copenhagen y limpié pisos en La Pensión Belén, el hotelucho más deprimente del barrio gótico de Barcelona. Glenys había trabajado de mesera en Nueva Zelanda, ayudante de enfermeras en un hospital de Manitoba y edecán de conferencias en Montreal, incluyendo la Expo 67. Pero andar pidiendo frías a los treinta y tantos y con bebé recién nacido era otra cosa. Los tiempos, planes y lugares se habían cuatrapeado y en el cubilete de la vida caímos al revés en el paño verde. Pero nunca nos quejamos ni lamentamos nuestra suerte. Sabíamos que en uno o dos años las cosas cambiarían y sentaríamos cabeza. Emilio era, sin duda, el dinamo que activaba la energía familiar, el optimismo y el instinto de supervivencia. Si habíamos hecho lo más, sin duda haríamos lo menos.

En el verano tuve más trabajo en bares y restaurantes. Los sitios pequeños no tenían presupuesto para músicos; pagaban mitad en efectivo y mitad con cena gratis, trato que los músicos odiábamos. Esos trabajos se tomaban sólo en caso extremo. Los negocios grandes, en cambio, ofrecían contrato de meses y se trabajaba de jueves a sábado; fue la oferta que me ofrecieron los uruguayos de La Cumparsita: tres meses. Sitio elegante, de bifes, churrascos y demás deleites argentinos; decorado estilo gaucho, con sombreros y boleadoras colgadas de las paredes, sillas de montar, mesas rústicas tipo hacienda y meseros de faja roja y botas. Tuve que incorporar varios tangos al repertorio, incluyendo la Cumparsita, que era pieza favorita de la dueña. Aunque la Bamba seguía siendo la popular, sobre todo para los clientes canadienses.

En Septiembre el restaurante Chi-Chis (sic), cadena gringa de comida tex-mex de sabor horrible y efectos de bomba intestinal, buscaban, decía el periódico, un cantante latino, de preferencia mexicano, para amenizar durante las fiestas patrias. Acudí de inmediato y me contrataron. Requerían atavío de mariachi, pero me negué a hacer el oso y se conformaron con camisa de bordados aztecas y botas cordobesas. Era sitio enorme, con restaurante principal al centro y cinco salas de fiestas alrededor. El manager era mi guía: Necesito música romántica, de inmediato, para la mesa 16, donde una pareja celebra su primer aniversario de casados. Y ahí llegaba yo, más puesto que un calcetín, cantando Bésame mucho, aunque el par de anglosajones no entendían por qué diablos les habían ensartado este cantante de camisa floreada a la mitad de su conversación. Apenas terminé de cantar cuando el manager me señaló la sala contigua donde se celebraba un cumpleaños y se imponía el Happy Birthday. El 16 de septiembre hubo gran celebración: piñatas en el patio, horrible imitación de mole y tacos al pastor que sabían a cartón, meseras vestidas de chinas poblanas, y yo, cantando México Lindo y Querido. Fueron cinco días de hacerle al bufón pero la paga fue buena.

En otoño llegó el Yo-Yo, un bar que todos los cantantes conocíamos porque cada mes cambiaba de nombre y dueño. Cuando fui a buscar trabajo los albañiles borraban el nombre Bekele, que apenas hace un mes anunciaba el café etíope. El nuevo manager era argentino y mañoso. Un gordo monumental de barba cerrada y voz chillona que me quería enredar en un sueldo de hambre:

—Gato, tenés qué comprender que el negocio es nuevo y no tengo gita. Vos venís del teatro, tenés qué entender el mundo gitano.

Hablaba sin parar, con ademanes dramáticos de cantante de ópera. Hicimos arreglo de tocar los viernes, tres horas, a cincuenta dólares la noche. Firmamos contrato. Insistía en sus ideas teatrales y me explicaba que cada noche me presentaría como el El famoso Mejicanote, y entonces yo saldría de la cocina cantando Guadalajara a todo pulmón. Algo espectacular, Gato, yo también fui teatrero y sé de estas cosas, ya verás: será algo fenomenal .

El sitio tenía mala reputación, fuera quien fuera el dueño. La policía rondaba la calle todas las noches. A la tercera semana, era sábado, regresé a casa a las diez de la noche.

—¿Por qué tan temprano?—preguntó Glenys. Emilio de pie, detrás de ella, en pijamas, aguardaba respuesta.

—Se enfriaron un chino-contesté los más discreto que pude para que Milo no se entendiera.

—Who got frozen?— preguntó Emilio.

Nos reímos mucho. El niño entendía perfecto español, inclusive el caló.

Una vez que dormimos a Milo le expliqué a Glenys lo sucedido: durante la primera tanda de canciones, cuando yo cantaba una del Piporro, en la mesa del fondo comenzó la bronca, primero a golpes, luego a navajas y a balazos. El chinito murió sentadito, sobre la mesa, como dormido. Cerraron el changarro y el argentino fue a parar en la cárcel.

—Creo que ya estuvo bueno de restaurantes, ¿no crees?

—Uno más, Glen. Falta un mes para irnos a Edmonton. Puedo levantar alguna pasta en el entretanto

En lo que encontraba otro, Emilio y yo añadimos nueva actividad a nuestra excursión matutina: El Dropping Center, lugar comunitario que además de oficinas y salones de clases, tenía una sala enorme, tipo guardería infantil, con columpios, muñecas, pelotas, además de cocina y comedor diminutos para que los niños jugaran a la comidita mientras las mamás nos sentábamos a verlos. Alrededor de quince o veinte señoras observábamos nuestros vástagos. Yo era el único macho en el corral y me veían no solo con desconfianza sino con temor. Quién sabe qué mañas traerá este mexicano, pensaba que pensaban. En cuanto entraba al lugar con el chamaco, se refugiaban en una esquina. Yo me concentraba en Emilio y los otros niños que navegaban su mundo con más alegría y entusiasmo que el de los adultos.

Ser mamá resultó más difícil de lo que imaginé, sobre todo cuando el bebé empezó a caminar y lanzarse con toda el alma a la tarea de descubrir el mundo, bajando y subiendo escaleras, husmeando debajo de camas y roperos, abriendo puertas y cajones, levantando tapetes, inspeccionado estufa, abriendo el refrigerador, arrastrando sillas... todo el santo día. Glenys regresaba de la escuela de teatro y ambos lo poníamos en cama, le contábamos su cuento, unos días en español, otros en inglés, y finalmente dormía el sueño del guerrero. Entonces salía yo, guitarra en mano a tocar tres horas seguidas en el restaurante. ¿De dónde sacaba fuerzas? Lo único que puedo decir es que Dios da la piedra conforme al sapo.

Al terminar el año en Toronto nos fuimos a Edmonton, Alberta, al noroeste del país, donde Glenys había conseguido la plaza de maestra de teatro. Aunque la universidad era strong in the drama department, la ciudad, me habían advertido mis amigos latinos, era un cementerio. Hace un frío de todos los diablos, tiene desempleo rampante por la crisis económica, hay más chinos que en Pekín, más indios que en Machu Pichu, más bares que Ciudad Juárez y tiene el sobrenombre de Deadmonton. Tu dirás.

Todo sería más o menos cierto, sobre todo los inviernos, a cuarenta centígrados bajo cero, y las apocalípticas tormentas de nieve. Pero olvidaron mencionar lo más importante, y que me salvaría la vida en esos dos años de prueba: había una grande comunidad mexicana.

 


49. Toronto 2
Biberones y pañales

El shock cultural es juego mental interesante. Sigues siendo el mismo, pero detrás de ti y en silencio, tu sombra y gemelo comienza a comerte el mandado sin que te des cuenta. Es como desarrollar una nueva personalidad, un nuevo sistema de protección y defensa contra la nueva cultura. La diferencia entre turista e inmigrante es enorme. Como turista había cruzado Europa en un juego de serpientes y escaleras, siempre con la certeza que volvería al terruño; pero el asunto de Canadá era diferente, no había planes inmediatos de retorno. 

Por las mañanas Glenys visitaba escuelas de teatro buscando trabajo y yo me dedicaba a ensayar y estudiar inglés. Los desayunos eran comunitarios. Emilio, en su silla alta se las arreglaba para embarrar de huevo su mesita, el piso, toda su cara y el babero. Hablábamos mucho, hacíamos planes, improvisábamos tácticas de supervivencia y teníamos sentido del humor y la certeza de que el futuro nos sonreía

Después del mediodía ella se iba al restaurante y yo salía a navegar la carriola por las calles del centro. Mis estaciones de rutina eran la Galería de Arte de Ontario, de la que ya éramos miembros a pesar del recorte de presupuesto, el parque a espaldas de la galería y después el centro de la ciudad. 

El arte plástico ha sido siempre, para mi, fuente de inspiración para la música, un motor de creatividad y equilibrio mental, un placer enorme.  Picasso, Duffy, Tamayo, Dalí, eran, y son todavía, parte de la exposición permanente de la galería y mi sala preferida. La de Emilio era el espacio de esculturas de Henry Moore. Siempre le causaban gracia los Chac-Mols.

Después nos íbamos al parque, a los columpios y sube y bajas, a socializar con otros bebés, casi todos orientales pues la galería está situada en el corazón del barrio chino.  

La siguiente etapa del paseo era Yonge Street, la calle más antigua de Toronto, que empieza en el Lago Ontario,  cruza el corazón de la ciudad y sube recta, varios kilómetros, hacia el norte.  Navegábamos el río de turistas, músicos ambulantes, cazadores de gangas y ofertas, niños saliendo de las escuelas y embotellamiento de automóviles. Recuerdo el día cuando la fila de carros, circulando de sur a norte, de pronto quedó inmóvil, congelada, sin razón aparente. Aguardarán la luz verde, pensé. Pronto me di cuenta que el problema estaba mucho antes del semáforo: frente del primer automóvil, sentada en el asfalto, una ardilla pelaba una nuez, tranquila, sin prisas, ignorando el ruido de automóviles y las sonrisas e impaciencia de los conductores. Nos quedamos a verla hasta que terminó de comer. Después cruzó la calle, subió la banqueta y se perdió entre los peatones. Los coches continuaron su camino, siempre en silencio pues tocar claxon estaba prohibido. 

Después visitábamos mi  bar preferido, el Irish Pub, donde meseras y gerente me conocían como The Mexican. Las meseras simpatizaron conmigo, desde el principio, porque cambiaba pañales en la barra. Los hombres me odiaban, por supuesto. Emilio tomaba su biberón y yo mis Coronas, antes de regresar a casa.

Los canadienses que yo conocía, en su mayoría eran blancos, de origen inglés, escocés o francés. Pronto descubrí que el país era, y es todavía, un coctel de diferentes razas. Sobre todo en las grandes ciudades. Toronto tiene barrio chino, polaco, italiano, ucraniano, griego, judío, etcétera. Aprender inglés era un reto porque cada barrio tenía su propio modo de hablarlo. El primer año, cuando  fui a la tiendita de la esquina a preguntarle al chino si tenía crema de cacahuate, peanut butter, se me quedó viendo y me dijo que no, que no tenían eso. Después de explicarle con ademanes lo que quería, le repetí la palabra en inglés, peanut butter y finalmente entendió:

—Ahhhh, You mean Pian Bo?

Pian bo. Los polacos le llamaban pinuut buttterrr y los colombianos pinabara. Según el barrio, el inglés cambiaba de acento y pronunciación. Ni Glenys hablaba inglés correctamente en esas condiciones.

Había oído hablar de un café, famoso por contratar cantantes de habla hispana. Situado en la calle Danforth del barrio griego. El café se llamaba El Caballo de Troya, donde actuaba un grupo musical de griegos y chilenos, exiliados de sus respectivos países que combinaban quenas, charangos y buzukis para expresar arte y política en griego y español. Era un lugar pequeño, apenas para treinta personas. No tenían licencia para servir alcohol, la cual estaba en trámite desde hacía años, y en su lugar había café colombiano hecho en todos estilos y postre.

En el intermedio hablé con mis vecinos de mesa, chilenos exiliados, músicos que tocaban en otro café, en la misma cuadra y calle, llamado Café Lyra. 

—¿Querés conocerlo? Vamos.

El sitio era similar al otro Café, en espacio, menú y ambiente.

—Combinamos moderno con autóctono —dijo Juan Carlos, el congero.

—Por eso no somos tan populares entre nuestra propia gente—añadió el flautista—, les parece que estamos traicionando nuestras raíces andinas. Pero así nos gusta. Punto.

En el pequeño escenario, lleno de instrumentos y micrófonos, vi una batería. Nadie la tocaba. Llevamos semanas buscando baterista. Y así fue conseguí otro trabajo inmediato, solo que éste no pagaba... Sacaban los gastos de renta y mantenimiento del local, solamente. Era como regresar a una Fauna multi latinoamericana: un ecuatoriano a la quena, chilenos en congas y guitarras y yo a la batería.

 



48. TORONTO
Invierno

1982

Después de la gira a Europa con la compañía de teatro de Luis de Tavira, tomé el tren a París, de ahí volé a Canadá donde me aguardaban Glenys y Emilio, en Brandon Manitoba, en casa de los suegros. De ahí viajamos los tres, después varias semanas, a Toronto, nuestro destino final.

Emilio había nacido el 20 de marzo, en la Ciudad de México. Glenys tuvo embarazo delicado, de casi completo reposo sobre todo los últimos meses cuando transformé la Combi en ambulancia. Cargaba a la señora de la cama a la furgoneta, y de ahí, con todo y colchón, al escenario de teatro donde dirigía la obra El Cíclope, La Sirena y el Arco, basada en la Odisea. Al principio había pensado en cancelar la producción pero después de considerar pros y contras decidió seguir adelante.

La obra se estrenó en diciembre, en el Teatro de la Ciudad, con buena recepción de parte de público y críticos. Así terminó su etapa de teatro en México. Había hecho historia con sus técnicas de movimiento de la Escuela de París de Jacques Lecoq. Colaboró en producciones teatrales de la universidad con los mejores directores de teatro de la época y también había sido maestra de máscara y movimiento, en el Centro Universitario, dirigido por Luis de Tavira. Todo se lo debemos a Tavira, bromeábamos. Y era cierto.

Vivíamos en Cuernavaca, en la casita del condominio con alberca, en la paz idílica de jardines, arroyos, tabachines, días soleados y noches estrelladas. Ahí planeamos el cambio de país, sopesando pros y contras en una lista de varias páginas que evaluamos, casi diario, durante meses.

A principios de marzo dejamos la casa, cargamos la van con nuestras pertenencias, los muebles eran del dueño de la propiedad,  y tomamos la autopista a la capital, a esperar el bebé. El Chato Aziz y Lidia Pico nos ofrecieron su casa para aguardar el día del nacimiento. El diecinueve de marzo, el muchachillo dio señales de querer nacer y salimos, de madrugada, al Hospital Metropolitano. Nació al siguiente día, a medianoche. Lo vi a través del cristal: azul, inquieto, con esa mirada ciega de quien viene de otro mundo y sabe más que nosotros.

Aterrizamos en Toronto al principio del verano. Jackie y Tom Bonic, amigos de Glenys, nos invitaron a quedarnos en su casa hasta que consiguiéramos dónde vivir. Tom era ex jesuita de la provincia canadiense, ex misionero de la India que había conocido a la Madre Teresa. Congeniamos de inmediato y me apunté de voluntario a las renovaciones del sótano de la casa que era un caos de tierra, palas y tubos de agua. Planeaba nueva recámara y baño para las niñas. Además de intelectual era albañil y carpintero, perfeccionista hasta el último detalle. De ayudante de albañil, sin experiencia en mezcla y cuchara, pagaría nuestra estancia.

El alud de acontecimientos, obras de teatro, burocracias, cambio de país, giras, aduanas, bebés recién nacidos, nos impidieron ver los nubarrones de catástrofe económica que se avecinaban sobre ambos países. El peso se devaluó a pesar a las promesas caninas de López Portillo y al mismo tiempo Canadá declaró una recesión de caballo que afectaría la economía  dos o tres años. Atrapados en el sandwich de ambas fronteras decidimos seguir los planes, sin cambios, trabajar duro y ahorrar mucho.

Desde México había decidido que sería mamá por un año, encargado de pañales y biberones.

          —¿Estás seguro?— preguntaba Glenys, incrédula.

          —Claro, lo he pensado mucho, no te apures. Además, con el inglés de tres centavos que hablo, ¿dónde diablos voy a conseguir trabajo a estas alturas? Mejor cambio pañales y aprendo la lengua.

Después de dos meses rentamos casa en la esquina de Shuter y Sherbourne. Casita pequeña, recién renovada, con ventanales grandes y tragaluz enorme en el cubo de la escalera que daba luz estilo Cuernavaca. Ubicados cerca del centro de la ciudad, era ventaja de día y desventaja de noche, cuando los vagabundos del hotel de beneficencia Salvation Army vagaban por el área. El parque de enfrente, donde pasaríamos horas enteras en la primavera y verano, era un descanso de pinos nevados en diciembre y amplios jardines en abril.

El primer año fue el difícil. Más que empleos había despidos. Los amigos de Glenys en universidades y teatros se excusaban, que quizás un año o dos, por el momento no había trabajo. Ontario y Quebec eran las provincias más afectadas por la recesión. Las únicas posibilidades eran Edmonton o Vancouver.

Le entramos al toro por los cuernos. El invierno trajo la primer nevada y había que moverse. Me apliqué a buscar trabajo de guitarra en restaurantes y bares. La experiencia europea me había revelado que La Bamba era poderosa y abría puertas en este tipo de negocio. El dueño del O Sole Mío me contrató por un mes. Un viejito italiano que quería ambiente íntimo, romántico, familiar y nada de Bambas ni cumbias.  Treinta dólares la noche, y sólo los fines de semana. Sueldo de hambre pero no tenía opción.

Sobrevivir el invierno era la consigna. En éstas regiones el termómetro sube y baja no solo la temperatura, sino el estado de ánimo. La famosa winter blues o depresión anímica de invierno hace estragos durante los días nublados y oscuros. No es lo mismo tener al gentío encerrado en oficinas, casas y apartamentos, que suelto en parques y avenidas. Lo supe en marzo, cuando no sólo las minifaldas sino también las sombrillas de restaurantes hicieron su aparición. Tuve tantas ofertas de trabajo que no me daba abasto. Ahora sí tocaría La Bamba y el Querreque hasta la náusea. Había comprado nueva guitarra, una Yamaha que aguantaría mejor la resequedad de invierno. La de Paracho había sufrido un tétanos de madera por falta de humedad.

Durante el invierno Glenys consiguió trabajo de mesera, turno de día, en un restaurante elegante, donde la mayoría de los empleados eran gente de teatro, actores y actrices que la pusieron al tanto del mundo de la farándula teatral y le proporcionaron contactos que serían muy útiles en el futuro próximo. Llegaba rendida, con la bolsa a punto de reventar de propinas. Apenas cruzaba el umbral de la puerta cuando yo salía, guitarra en mano, a mis turnos de noche.

Sobrevivimos el invierno. Emilio era el sol de nuestras vidas. Glenys tenía 34, yo 35 y Emilio iba a cumplir uno. 




47. Jose

El caso de mi padre, en casa de mi madre, había sido sopesado, juzgado, condenado, guardado bajo llave y definitivamente olvidado. José Fuentes era persona non grata en casa de los abuelos. Cada miembro de la familia tenía mala opinión del tipo, aunque con diferentes matices y grados de antipatía. Es un alcohólico sin remedio, decía la abuela; le pegaba a Guille, contaban las tías; que se venga a vivir con nosotros, cuando se emborrache, lo encierro en el corral, y yo lo cuido, opinaba tiernamente el abuelo.

      —Es un artista—insistía mi madre—: escultor, excelente carpintero y brillante maestro de inglés.

En la primavera de 1965, durante mi segundo año de noviciado, recibí una carta de Momo Cepeda, mi primo, haciéndome saber que mi padre vivía en Guadalajara, a media hora de donde vives. La noticia me impactó. Lo daba por muerto hacía mucho tiempo. Sabía que casi le doblaba la edad a mi madre. Seguramente era ya un viejito.

Tuve larga conversación con Domingo Orozco, el padre maestro de novicios. Lo puse al tanto de la historia familiar, de la abuela, del odio de los parientes, de niñez confusa entre contradicciones. Al final sencillamente me dijo: ¿Quieres conocerlo? Contesté que sí. Sonrió, me estrechó la mano y dijo: buena decisión, hermano. El jueves lo lleva a Guadalajara el hermano Fadul.

Pedro Páramo. Pensé en el personaje del libro toda la semana. Regresar al pasado me preocupaba, pero al mismo tiempo sentía obligación moral de enfrentar los fantasmas de la niñez. La oportunidad de poner la casa en orden, revisar el pasado, escuchar la versión paterna de la historia, era cosa de justicia para él y para mi.

Me distraje en las clases, no me concentraba en la oración; anda como ido, hermano, opinaban mis compañeros. Finalmente llegó el  jueves.

Fadul era el hermano sastre. Padecía tartamudez crónica y era pésimo chofer. Frenaba con frecuencia, sin necesidad y por manía, y respondía las groserías de los otros conductores con risas y jaculatorias. Gracias a Dios era viaje breve, de menos de una hora. Ya en Guadalajara me dejó frente a la catedral, en la plaza arbolada y tranquila que tanto me gustaba. Me recogería más tarde, a las seis.

La noche anterior había hablado por teléfono con él, quien propuso que nos viéramos en la puerta del museo de los dinosaurios. Me hizo gracia. Yo hubiera escogido la plaza, algún parque, el lobby de un hotel. El museo de los dinosaurios...

Había visto solamente una foto de él: la que tenía mi madre en su cofrecito de recuerdos, donde lucía bigote a la Arturo de Córdova y un panamá que le daba aire de vividor o artista. En esos tiempos le apodaban El Ché, por su amor al tango, que bailaba y cantaba, según mi madre, como profesional. Una cuadra antes de llegar al museo lo divisé. Según mi madre, era alto y apuesto. Pero cuando vi en la multitud al chaparrito, supe inmediatamente que era mi progenitor. Había encogido. 

De pie, frente a la puerta de los dinosaurios, con traje a cuadros estilo comediante gringo, sombrero de gánster, corbata de moño y su clásico bigote delgado, sonrío y me dio un abrazo moderado y afectuoso. Yo estuve bien: cálido, simpático y abierto: todo un novicio jesuita, modesto, de traje negro y corte de pelo de sardo.

Conversamos a la Felini, en ambiente surrealista de reconstrucciones óseas de dinosaurios, fotografías de excavaciones, maquetas, textos de arqueología, etc. Tenía voz grave y agradable que no correspondía a su estatura. Su traje a la Bob Hope y corbata de moño tenían explicación: de niño, su familia había emigrado de México a Chicago donde había crecido con sus hermanos, amontonados en un apartamento diminuto, mientras  mis abuelos trabajaban duro para mantenerlos. Mi padre era mitad gringuito.

Siguió hablando sin parar. Me contó  el viacrucis de su vicio, la cruda moral del divorcio y el encuentro providencial con Alcóholicos Anónimos. Todo con lujo de detalles e historias terribles de vagabundeos de pesadilla en las calles de Chicago, donde había vivido entre basureros antes de ser atado a una cama de hospital para curarse del vicio.

Los Fuentes eran originarios de Teocaltiche, Zacatecas, decía, y se dividían en dos grupos: doctores y militares. Doctores y militares: Los imaginé de pie y en fila india, en batas y uniformes, estetoscopios o rifles al hombro. Mundo de prácticos. El mundo de los soñadores pertenecía a mi lado Orduña. También había doctores, por supuesto, pero predominaba la guitarra, el baile y el canto. 

Su historia de la familia me hizo recordar la genealogía inicial del evangelio de Mateo:  prosa densa y aburrida de incontables matrimonios de fulanitos con perenganitas que constituían el imponente árbol genético de los Fuentes.

Cuando terminó me dijo si tenía alguna pregunta. Como soy malo para andarme por las ramas, se la solté de sopetón.

      —Sólo una: ¿Por qué que nunca nos buscaste? Ni una carta, ni un telefonazo.

Tragó saliva, carraspeó, puso en orden sus pensamientos y dijo: Fue tu abuelita la causante. Digo, no justifico mis errores y acepto que yo fui la causa de  los problemas, pero tu abuelita tuvo su parte. Llegó por ustedes y se los llevó a Torreón sin avisarme. Inclusive regresé a Torreón, meses después, pero tu abuelita me corrió y me dijo que no volviera.

Mi abuela era de armas tomar, cierto, pero eso no explicaba su silencio de años. No dejas un hijo flotando en el olvido como si no existiera.

No insistí en la pregunta. Pensé que era incapaz de contestarla en ese momento. Más adelante habría tiempo de aclaraciones.

Me invitó a su casa y acepté. Me aclaró de antemano que su esposa actual no tenía nada qué hacer con el pasado. La había conocido mucho después del divorcio y lo había ayudado mucho durante la etapa de Alcohólicos Anónimos. 

Salimos del maldito museo y buscamos su coche. Conducía un Chevrolet espantoso de los cincuentas con un candado enorme frente al cofre que parecía lengua. Me pueden robar el motor, hijo, por eso puse la cadena. Solté una carcajada que lo hizo reír. Manejaba peor que Fadul.

Tener su propia academia de inglés fue sueño de toda una vida. Había ahorrado hasta el último centavo en lo que consideraba era su especialidad: la docencia. Pasó años dando clases particulares, enseñando en colegios públicos, compañías de negocios y en programas de televisión. Le sobraba iniciativa.

El edificio parecía casa gótica, cárcel o manicomio.  Ocupaba casi media cuadra y tenía tres pisos con largos ventanales protegidos con rejas de hierro forjado. Nadie puede robarme, hijo, nadie. Y ésa era su neurosis: el temor de perder lo que tanto sacrificio le había costado acumular.

Me paseó por los salones de clases, todos equipados, en cada pupitre, con audífonos, el último grito de la moda. La voces  del profesor Fuentes y esposa explicaban el curso hablado en cien capítulos que incluían vocabulario, gramática y conversaciones, entre los dos, sobre el estado del tiempo, la gente y sus costumbres en Chicago. Me llamaron la atención las grabadoras, injertos de plástico y metal que parecían tostadores. Yo las hice, hijo. No iba a gastar miles de pesos en grabadoras. Me ahorré más de la mitad del gasto y mira: funcionan a las mil maravillas. Admirable. No se le atoraba nada. Sillones y mesas, por aquí y por allá, eran producto de su carpintería. Era todo un Homo Faber. Tenía facilidad de manos, y en eso me parecía a él. Un gene a su favor

Me presentó a su esposa, codirectora, administradora y maestra; señora agradable y modesta, bajita como él. Hacían buena pareja.

Seguimos el tour de la academia. La distribución de casa, salones, corredores y pasillos parecían diseñados por Escher, después de una cruda de albañil. Arquitectura militar, funcional y económica. Le había costado trabajo encontrar un arquitecto dócil, que no diera lata y llevara a cabo sus ideas peculiares de espacio, pero lo había conseguido. De su biblioteca, en el tercer piso, podía ver y controlar todos los salones de clases, gracias a las aberturas disfrazadas de columnas que le permitían ver el tráfico de alumnos y maestros en los salones de La Academia Fuentes. Además, tenía un circuito de sonido para escuchar lo que se decía durante las clases.

Mi madre tenía razón: era creativo e inquieto. Ciertamente controlador. Otro gene que me había pasado.

La biblioteca era grande y rectangular. La mayoría de los libros eran de texto de historia, métodos de enseñanza, manuales de carpintería y electrónica, la constitución de Los Estados Unidos, una Biblia monumental y la colección completa de escritos de Rudyard Kipling, quien era su héroe. Cada salón de clases estaba tapizado con citas del escritor.

Descorrió una larga cortina roja y apareció un bar, réplica perfecta de cantina de hotel, con barra, mostrador y escaparate con todo tipo de bebidas alcohólicas. Sonrío con picardía y satisfacción y me dijo:

       —Todas las mañanas, lo primero que hago, antes de ir a la academia, es venir a la biblioteca y abrir esta cortina. Después apunto con el índice a todas las botellas y le digo al alcohol: ¡Te vencí!

Había que reconocer y admirar la satisfacción de la victoria que celebraba cada mañana al reencontrarse con su antiguo enemigo. Mi padre un militar de la vida civil, guerrero excéntrico y original que en el infierno de su vida había encontrado la puerta de salida; mejor dicho, el túnel de salvación que él mismo había escarbado.

Lo admiré siempre por su energía, disciplina y sentido práctico. Cuando lo invadió el cáncer, al final de los setentas, volé varias veces a Guadalajara, a visitarlo. Murió tranquilo sabiendo que habíamos hecho paces.

El día del primer encuentro, en el museo, dije que lo perdonaba, solamente para quitarle un peso de encima. Con el tiempo el perdón se hizo más sincero. Perdonar es un acto que sale del corazón, nunca de la cabeza.

El me vio siempre como el hijo perdido. Yo lo consideré siempre cel esposo de mi mamá, mi explicación genética, amigo, tío maravilloso. Lo había odiado en la niñez, lo perdoné en la adolescencia y lo comprendí en la madurez. 

Aunque nunca esperé nada de él, me extrañó que no me incluyera en su testamento. Un tostador-grabadora hubiera sido buena idea.

La paternidad es un bello y largo camino. Se lleva al niño de la mano, se le muestra el mundo, se le ayuda, educa, se le enseña a volar y con el tiempo él mismo abre las alas y se lanza a explorar el universo. Fue lo que hizo el abuelo conmigo, quien fue mi verdadero padre.

 



48. El Caperuzo 2

Durante los dos años que pasé en León Guanajuato nos vimos con más frecuencia. Licha y yo viajábamos a Guadalajara y ellos a León. Las señoras no eran precisamente amigas pero se llevaban bien. Sancho y yo teníamos amistad de conversación eterna, de asociación libre donde todo iba, fuera tema trivial o filosófico. Cuando se enteró que mi suegro había dejado el litigio por la vida campestre y que tenía rancho y ganado, se entusiasmó con la idea de conocer vacas. Los quesos son entidades magníficas, Feroz. Hay que investigar ese proceso.

El licenciado Solís era hombre tranquilo y agradable, un verdadero Gandhi leonés, justo y honesto. Durante las elecciones estatales le habían asignado, el día de la votación, vigilar una urna de sufragios. Por la tarde, rufianes del partido en el poder llegaron con costal de boletas fraudulentas y entablaron larga conversación con el licenciado, pero no lograron engatusarlo. Era la obligación del partido defenderse a como diera lugar. Debía entender que cosa de justicia; el partido de oposición llevaría el país a la ruina. Como no daba señales de soltar prenda llamaron a la capital. El Presidente se encargaría de aflojarlo. Le pasaron el teléfono.

      —Licenciado, el Señor presidente quiere hablar con usted.

No hubo poder humano que lo indujera al chanchullo; la urna permaneció sellada hasta que la recogieron a la media noche.

      —La conciencia, Feroz. Nuestra compañera de vida. No nacimos solos, vinimos al mundo envueltos en conciencia. Bello ejemplar el papá de Licha. Ya que estoy aquí en León de los Aldamas, lo quiero conocer.

Los suegros nos invitaron a cenar, ellos también querían conocer al amigo del Gato que se interesaba en vacas de ordeña.  Me preocupaba la química del grupo. El amigo del Gato no tenía pelos en la lengua y no era apto para familias. 

      —Te vas a comportar, cabrón, no vayas a salir con tu fuego y esas chingaderas.

      —¿Qué pasó, Feroz? Soy diplomático de nacimiento.

El día de la visita, en el umbral de la casa, antes que Alicia los presentara, Sancho se adelantó y estrechó la mano del licenciado: ¡Jorge Sánchez a la orden!  Todos sonrieron. Obviamente lo conocían de oídas.

Antes de la comida el anfitrión nos invitó a Sancho y a mí, a pasar a la biblioteca, a tomar un trago y conversar. Las damas recorrían los jardines con ladridos de fondo, cortesía de los dóbermans, Golden y Júpiter. Para mi sorpresa, el licenciado simpatizó con Sancho. Celebraba sus puntadas: sus teorías: que amasar pan equivalía a una acción política, que las vacas sagradas de la India daban leche divina y que el mundo era la barca de Ulises.

La comida transcurrió sin novedad excepto por algún cabrón o chingao que se le escapó y que los anfitriones graciosamente ignoraron. Sandrita fue el catalizador.  Sus preguntas y respuestas tenían encantada a la señora y las hijas. Cuando la niña hablaba, Sancho escuchaba. Le tenía cariño entrañable y la respetaba. Siempre me llamó la atención su paciencia en contestar sus preguntas, aclarar situaciones, explicar sus dudas.

Después de comer los caballeros nos fuimos al rancho. Nos esperaban caporales y trabajadores. El patrón presentó a Sancho como un joven que había estudiado economía en Alemania. A mí me conocían como el joven hippie que hacía bolsas de piel. El establo que visitamos tenía alrededor de treinta vacas, cada una en su cubículo. Pastaban pacientemente alfalfa y de vez en cuando nos veían con ojos dulces y maternos. El sistema de sonido tocaba adagios de Mozart. Eran vacas cultas. Está comprobado que dan mejor leche escuchando música clásica, dijo el licenciado.

      —¡Magnífico!

Después explicó el proceso de la ordeña automática. Los aparatos eran de aluminio y las mangueras de plástico transparente. Aquí no había mosquero ni ollas de peltre despostilladas para la ordeña. Aquí se producían los mejores productos lácteos de la región. Leche, yogurt y queso de todos estilos. Para mi hipocondría y terror de bacteria éste lugar era paradisíaco.

Me perdí en tanta explicación técnica de tubos,  conductores y químicas, pero el Sancho escuchaba, preguntaba, movía fierros, acariciaba vacas, inspeccionaba monitores, decía ¡fuego! y declaraba a gritos que el licenciado había fundado un bello pueblo vacuno.  

Regresamos a tiempo para la merienda al aire libre. Todas sentadas en sillas de jardín conversaban animadamente. Gísela había superado la timidez inicial y los Joges iban y venían una vez más.

.....

Un año después las dos parejas planeamos vacaciones a Manzanillo durante Semana Santa. Acampamos en la playa, en una bahía íntima y paradisíaca. Largas caminatas a la orilla de mar, visitas a mercados, iglesias, artesanías  y comidas en restaurantes de la ciudad.  Por la noche prendíamos fogata, yo cantaba, Sancho hablaba y las demás escuchaban. Las canelitas bien cargadas de aguardiente iban minando, conforme pasaba la noche, la paciencia del Caperuzo. Cuando compartíamos tequilas él y yo solos, la conversación y los insights fluían toda la noche, celebrando el In Vino Veritas; pero en público siempre perdía control. Se lo había dicho en varias veces,  que se calmara, pero negaba que se ponía necio: Eres demasiado perceptible, Feroz. Esa noche perdió la paciencia y le gritó, en forma salvaje, a Gísela. La celebración terminó con un ¡chingada madre! y cada familia a su tienda.

Al día siguiente, domingo de Resurrección, se levantó muy temprano, a las cuatro y media de la mañana. Licha me despertó. Mejor que checas a dónde va. No vaya a ser que nos fugue. Abrí la puerta de la tienda y lo vi en traje de baño caminando lentamente a la orilla del mar. Estuvo de pie un rato viendo el horizonte y a paso lento se sumergió en el agua. Se fue nadando, luchando con las olas y después tranquilamente avanzó al horizonte, lento pero seguro.

A las siete me levanté a prender la fogata y Licha preparó el desayuno. Gísela le hizo trenzas a Sandrita, le dio su ración de zanahorias y preparó café para todos. Estaba preocupada por Joge, aunque juraba que era buen nadador, pero en albercas. Nunca lo había visto nadar en el mar.

Nos sentamos a la orilla de la playa a esperarlo. A las diez se fueron las tres a caminar y me tocó hacer guardia. A las once divisé un puntito en el horizonte. Poco a poco se acercaba, nadando en cámara lenta, a la antigüita, brazadas abiertas y meneo de cabeza a ambos lados. Ya en tierra firme caminó hacia mí, serio, mojado, con los bigotes de morsa escurriendo. Una vez frente a frente, me dijo con mirada penetrante:

      —¡Feroz! ¡Cristo ha resucitado!

Y como daguerrotipo antiguo, de esos que captan el alma además de la imagen azorada, el momento quedó impreso en la memoria y ha caminado conmigo cuarenta años. Ése era el verdadero Caperuzo, sólo y su alma, escupido del mar como Jonás, bautizado en ese instante por Juan y vuelto a la vida por Jesus de Nazaret.

...

De nuevo nos perdimos la pista. Comprendía que era intenso, como demonio de Tasmania, y me daba mis brakes. Nos volvimos a encontrar a final de los setentas. Ambos divorciados. A Gísela se le había agotado la paciencia y vivía con otro mexica en Alemania. 

Yo estaba inmerso, en cuerpo y alma, en el teatro. Glenys yo trabajábamos en una obra de Pepe Caballero, La Madrugada, de Juan Tovar, que describía el complot, emboscada y muerte de Francisco Villa. Sancho se entusiasmó con el tema revolucionario. Lo invitamos a los ensayos y daba su opinión aunque no se la pidieran. Insistía que los actores que protagonizaban los criminales de la emboscada debían  practicar su rol matando gallinas a mano limpia, hasta hacerlas mierda. Todos soltamos la carcajada.

      —¡Hablo en serio cabrones!

Se hospedó con nosotros en la cabaña de Acopilco. La primera noche al regreso del ensayo, al ver el desorden del lugar, se detuvo en el umbral, abrió los brazos, meneó la cabeza y dijo:

      —¡Mira nada más en qué chiquero viven, par de cabrones! 

La sangre se me subió inmediatamente a la cabeza. El plural me enfureció. Jamás habíamos cruzado la línea de insultar novias o esposas. Caminé a la puerta de salida y con la cabeza le hice señal de seguirme.

      —¿Y ora? ¿Qué pedo?

Salí al bosque y subí la colina. La luna llena se filtraba entre los pinos y jugaba al claroscuro. A tropezones, después de diez minutos llegamos los dos a la cima. 

      —Cuando voy a tu casa me callo el hocico, aunque no me guste tu afán limpieza,  tu orden anal y microscópico. Pero cuando vienes a la mía no tienes ningún derecho a criticar, hijo de puta. Menos aún insultar a Glenys. Trabajamos como burros y no hay tiempo de ordenar casa, animal.

Sabía que en cualquier momento me podía matar de un golpe o hacerme masa de pan. En lugar de callarme le dije que se fuera al carajo y no regresara más.

Inmóvil, plateado por la luna como cuadro de Botero, gordo, pelón y dudoso, sin decir palabra dio la media vuelta y bajó en silencio la colina. No se detuvo por sus cosas, siguió bajando hasta la carretera y se lo comió la noche.

A la mañana siguiente Glenys me preguntó si lo había corrido. No, tuvimos una platiquita. Aclaramos puntos. Fue todo. Algún día regresará, ya verás. Justamente en ese momento, por la ventana, vi la calva emerger de la escalinata de los estacionamientos. Salí a recibirlo.

      —He caminado toda la noche por los bosques, cómo Zaratustra. La luna es buena consejera. Pido una disculpa, Feroz. Necesito tu perdón y el Glenys.

........

La última etapa de nuestra amistad transcurrió en Cuernavaca. Glenys y yo trabajábamos en La Sombra del Caudillo, obra de Luis de Tavira. Sancho noviaba con una millonaria capitalina que le duró poco. Después se enredó con una psicóloga americana que traía al condominio, de visita, y pasaban las noches en la alberca y en la cama. Le duró más, pero le salió respondona y así no había trato.

En la primavera del setenta y uno tuvimos largas conversaciones en el jardín. Ejercicio terapéutico que nos hizo bien a ambos. Teníamos mucho de qué hablar pero hasta entonces no habíamos tenido tiempo suficiente para hacerlo. Las panaderías, negocios de piel, obras de teatro y viajes a Alemania habían moldeado la amistad como proceso de acción; por fin llegamos al río de la reflexión y soltamos las amarras del pasado, de la soledad de la niñez, del crucigrama de la adolescencia, de la luz de Ignacio de Loyola en nuestras vidas. Hablamos de mi padre, del suyo: los desconocidos; de sus tías, las mías y la abuela; nuestras madres, señoras solas, frágiles, cruzando la existencia con un mocoso a la espalda. Entonces descrubrí, gradualmente, no a Sancho ni al Caperuzo, sino a Jorge, al niño indefenso que cubría su epidermis con tanta armadura de metal para defenderse, no del mundo, sino de sí mismo. El toro Miura tenía corazón de paloma.

En 1982 y Glenys, Emilio y yo nos mudamos a Canadá. No lo volvería a ver. Habíamos arreglado que una vez instalados en Toronto vendría a visitarnos. Nos vimos por última vez en un bar en la Zona Rosa, en la capital, bajo una sombrilla de Corona Extra, viendo al mimo parar el tráfico y regalar palomas y flores imaginarias. Hablamos poco. Él regresaría a Alemania, a visitar a Sandrita. Después a Los Ángeles California a saludar a su madre que vivía con un hombre que no tenía belleza.

Tiempo después, ya en Toronto, recibí varios mensajes electrónico con la noticia de su muerte. Que había olvidado cerrar la llave del gas, decían unos. Otros opinaban que se había suicidado.

Sólo Dios sabe lo que pasó antes de su último resuello. Lo cierto es que hasta ese día entendí que habíamos sido almas gemelas, arrieros del mismo camino y que ahora andaba yo rolándola prácticamente solo, en el planeta tierra. 
 


 

47. El Caperuzo

La  Araña Lazcano insistía que conociera a Sancho, que era parecido a mi, que casi igualito, que los dos éramos explosivos e intensos, un par de pinches locos. Además de gran conciliador en las broncas de La Fauna, el Arácnido era mi confidente, casi padre espiritual. El caso es que me metió la curiosidad de conocerlo.

Cuando ingresé a la Compañía, en Puente Grande, Jalisco, en 1964, tuve un breve encuentro con el susodicho. Novicios y juniores eran parte del comité de recepción. Las familias de los nuevos candidatos, treinta y tantos, se paseaban por los jardines del seminario. Mi madre, tías y abuela vinieron a despedirme. Pasamos el día saludando curas y conversando con las otras familias. Al atardecer, cuando cerraron el portón de clausura y desapareció el bullicio, se formaron, en la pérgola, pequeños grupos de juniores, novicios y postulantes . Divisé a un tipo caminando decididamente hacia mi grupo: lentes a la John Lennon, paso militar y boina española terciada. Se cuadró al llegar y dijo con voz estentórea:

      —¡Yo soy el Caperuzo!.

Pensé que bromeaba. Había algo irreal o teatral en él. Tenía ojos vivos e inteligentes, labios gruesos, piel morena y era gordito pero ágil. Cuando hablaba, impostaba la voz; cuando escuchaba hacía morros y te miraba fijamente. Me dio la impresión de estar tocado, iluminado...o quizás era genio. 

      —Soy de Torreón—contesté a su pregunta ¿De dónde eres?

      —Entonces tienes que conocer a Daniel y Murra, nuestros especímenes de tu polvorosa tierra, la de los tajos llenos de cagada, ja ja ja.

No recuerdo más. Tocaron la campana y el grupo se disolvió. Seis años después nos encontraríamos de nuevo en la capital.

El edificio de puente Grande era salchicha partida a la mitad: juniores a un lado, novicios al otro, incomunicados por estricta separación de clases. Solo nos veíamos en el comedor, divididos también en dos grupos de mesas a lo largo del refectorio, frente a la oficial, la de maestros y superiores. Durante las comidas se leían trozos de la Biblia y libros edificantes. Sancho y pandilla se aventaban bolitas de pan, muertos de risa; nos hacían caras desde el otro lado y daban lata a los meseros. Me divertían.

A pesar del muro de disciplina y regla del silencio, se colaban historias de travesuras y barrabasadas del juniorado. Sancho era frecuente protagonista de estos chismes que incluían gritos, pleitos, escapadas al río y otras de conflicto conflicto con la autoridad. La más seria narraba una confrontación mortal con el padre Valenzuela, maestro de español, lumbrera y genio de las letras. Mientras explicaba la clase, Sancho levantó la mano pidiendo la palabra y Valitas lo ignoró. Intentó una segunda vez con igual resultado. Ser ignorado era pecado capital en su mundo. Podía tolerar gritos, aguantar insultos, aceptar retos, pero no ser ignorado.

La mano siguió agitando el aire y el padre continuó hablando. Entonces rompió el silencio con su voz aguardentosa:

      —¡Padre, le estoy pidiendo la palabra!—, y subió el volumen de la voz:

      —¡Se lo pido como jesuita!

El salón era una olla presto a punto de reventar. La clase conocía  sus caperuzadas, pero ésta, definitivamente, olía a catástrofe.

       —¡Se lo pido como ser humano! 

Valenzuela siguió hablando del arte de escribir, temas de composición, de cuidarse y no redactar estilo Juanito, de escribir lo que se quería decir con las menos palabras posibles...

Entonces explotó la bomba a todo pulmón:

      —¡¡Pues entonces chingue usted a su madre!!

      Nunca supe las consecuencias de esa mentada. Lo cierto es que un año después el Caperuzo dejó la orden. Las malas lenguas contaban que lo habían corrido.

Ocho años después, en el filosofado, la Araña me puso al corriente de sus andanzas: se había casado en Alemania y  estudiaba economía. Quería regresar a México y planeaba un viaje de tanteo, de búsqueda de trabajo. 

Vino solo. No las traje porque necesito movilidad. Sin Internet, el  periódico era su mejor amigo y pasaba las mañanas tomando café frío, los alemanes lo toman así, buscando detalladamente en la sección de empleos, subrayando con tinta roja lo que le interesaba. Cuando encontraba algo interesante se acariciaba los bigotes de morsa y decía en voz baja pero audible: magnífico. Después hacía llamadas telefónicas y apuntaba las citas en su libreta. Era metódico, ordenado y limpio. Su maleta de viaje era un mundo organizado de ropa, libros, cremas, lociones, radio, grabadora portátil Grundig y llaveros, todo perfectamente acomodado como cuadro de Escher.

El problema eran las citas de trabajo. Le serví de chofer varias veces. Me pagaba con botellas de tequila o desayunos en Vips. Llegaba a las entrevistas lleno de entusiasmo y agresividad, con morros, boina terciada, paso militar, explotando su mantra de voz supersónica a la persona del otro lado del escritorio: ¡Soy el hombre que necesita!

      —No la chingues, cabrón, los asustas.

      —Es parte del proceso, Feroz.

      —Así nunca vas a conseguir chamba.

      —Ellos se la pierden. No tienen belleza. Son sólo chibolos.

El punto central de su pensamiento Sanchezco era la división de clases: la humanidad entera se dividía en Mariscales, Maquinistas y Chibolos. Los primeros tenían belleza, educación y eran fieles seguidores de la Paideia griega, en especial de los ideales estético-guerreros de Homero. Los maquinistas eran trabajadores, importantes en el proceso, pero llamados a una vocación modesta, no tenían belleza pero eran felices. Los Chibolos no valían pa pura chingada y eran nacos.

¿Bromeaba o iba en serio? Todo era posible en Sancho. Tomé su visión del mundo con humor. Mi primo Alberto, el Coyote, que estaba de visita en esos días, pensaba que era broma.

de Sergio Leone. Imposible negarse. Cuando se ponía vehemente y visionario no había escape. Nos gusto todos el filme, más que  El Bueno, el Malo y el Feo. A Sancho le había impactado tanto que por el resto de sus días seguiría hablando de fundar un pueblo, a la McBain, el irlandés del filme. 

Regresó a Alemania sin trabajo, decidido a traer a la familia y establecerse en Guadalajara.

      —¿Sin trabajo?

      —Sin trabajo.

      —¿De qué vas a vivir?

      —Feroz- así me decía siempre —, he decidido hacerme panadero.

De nuevo le perdí la pista, dos o tres años. Cuando regresé del largo tour de Europa, después de aterrizar en el DF viajé a Guadalajara  a visitar los amigos: Memo Cervantes, el Pollo Sahagún, el  Alvarote y Sancho, quien ya era panadero profesional. Trajo de Alemania docenas de recetas de pan de diferentes sabores: centeno, comino, orégano, cebolla, papa y muchos más. Había mucho qué hacer, decía, había más tiempo que vida y los clientes se multiplicaban. Seguía hablando mientras golpeaba, doblaba, enroscaba y lanzaba contra la pared el trozo enorme de masa que se ablandaba al castigo y terminaba en pequeños trozos alargados que hacían cola para entrar al horno.

      —Amasar es ejercicio en filosofía  Feroz. Tengo a Aristóteles bajo control—.Sabía que los clientes, en su mayoría, eran compañeros ex jesuitas, grupo de apoyo, de amistad de la buena, brothers in arms. Imaginaba a Sancho ofreciendo su mercancía a los cuates, con su frase estereofónica de ¡Soy el panadero que necesitas!

Terminó su turno matutino y llamó al relevo, Gísela, la esposa. Era alta, rubia, mas bien delgada, que hablaba un español divertido. Me caía bien. Parecía equipada para vivir con la tromba de energía que era el Caperuzo. Hacían buena pareja. Ella lo admiraba. Joge tenía muy buenas ideas, Joge era decidido, Joge era un brillante ecónomo que los pinches mexicanos no apreciaban, Joge, joge, Joge. No le faltaba razón, Jorge era inteligente, seguramente genio. Su problema era que no bajaba del mundo ideal al práctico...que era el aspecto de su personalidad que nos unía. El mundo de pesas y medidas no era para nosotros. Éramos soñadores incorregibles.

Sandrita se veía de doce, rubia como su madre, con las facciones inequívocas de su padre. En carácter no se parecía a ninguno de los dos. Era dulce, precoz, inteligente y directa. Conversaba cómodamente con los adultos. Sancho le explicaba el mundo;  Gísela la mantenía sana, con una dieta criminal de zanahorias, papas y lechugas. Yo le pasaba a la niña, de contrabando, Gansitos Marinela. De saberlo, Gísela me hubiera desollado vivo, y no le faltaría razón.

La estufa no paraba en todo el día. Hacía un calor seco y asfixiante en toda la casa y había que abrir ventanas y tener el abanico encendido en la cocina.

Gísela tomó posesión de la cocina. Sancho le dijo que  el Gato y él se iban a trabajar. Que había más tiempo que vida.

      —No venir tarde poque hay que gepartir pan a los clientes.

Eran las doce del día. Nos fuimos a pasear en coche mientras seguía diciendo que había mucho qué hacer, que tenía muchos en quién pensar y que la vida era muy corta. Era un discurso largo, salpicado de feroces y ¡fuego!, que era su muletilla o moto de guerra favorito. Remataba el fuego con mirada militar, decisiva y morros furiosos. En el transcurso del día fui captando su lógica, su mundo, sus fantasías, su locura; locura que era similar a la mía. La diferencia estaba en que yo la despistaba y él la vociferaba al mundo. Yo era, y todavía soy, un loco que no come lumbre, y el era puro ¡Fuego!

Recorrimos Guadalajara de lado a lado. Nos detuvimos en varias construcciones de edificios que aprovechaba para hablar del pueblo que había que fundar, exclusivo para amigos: artistas, ecónomos, doctores, abogados, todos.

Ya en casa, brindamos con té de canela, azúcar y chisguete generoso de aguardiente. Sellamos amistad eterna, sin decirlo. Se entendía. Amistad tipo Villa y Fierro, Aquiles y Patroclo, amistad que duraría hasta el día de su muerte.

 




46. El Genio de la Lámpara (de baterías)

Cuando abrí la botella y salió el genio, me concedió, sin que se los pidiera, tres deseos, tres caminos, tres vidas.

      —¡Ah cómo serás mametas!

No eran caminos sencillos. El genio de zapatos de me las pagas, dorados y picudos, con turbante y camisa de mangas bombachas, me concedió lo que quise pero me dejó sin libro de instrucciones.

      —Oh, plis, ¡puta madre! Me cai que el padre Valenzuela te agarraría a madrazos, mazo en mano y te rompería las patas por simplón.

Y como quien corta un pastel, lo hizo en tres rebanadas. Tres deseos, tres decisiones, tres dados rodando sobre la mesa.

      —Tres cochinitos cagándose en la cama. Muchos madrazos les dio su mamá...

Ahora veo todo más claro. Sobre la montaña de la vejez todo se divisa mejor:  rutas, caminos, murallas, ríos, sueños, puentes de cuota, ciudades, barrios, amores y decepciones... Sin el manto del orgullo, supongo que empiezo a ver las cosas como son y no como aparecen. Los errores ya no causan insomnio y me dejan roncar a gusto.

El genio tomó las de Villadiego como alma que se lleva el diablo y desapareció de mi vida. A los dieciséis me dejó el paquete de la primer decisión. A través de la distancia puedo ver claramente a Fito tratando de salir del atolladero. El chico Esperaba venir a este mundo con papá, mamá y casita donde vivirían felices y colorín colorado. Vaya que le jugaron chueco. El papá no salió parrandero ni jugador. Solo borracho. Cuando Fito apenas gateaba, el señor hizo de la vida de doña Guille un verdadero infierno. Vino la abuela con las uñas de fuera al rescate, y como en Misión Imposible salimos de noche, sin avisar y de prisa, de Monterrey a Torreón

Y fue con esa botella, no la del genio, la del infle, donde la burra torció el rabo y la torre de naipes de la niñez se desplomó en cámara lenta hasta llevar el momento en que Fito deshojaba la margarita descifrando el me quiere o no me quiere o sepa la chingada. Inventó que lo querían y se fue de jesuita.

Las decisiones de la juventud son como burbujas. Mientras vamos dentro de ellas todo es seriedad y compromiso. Parecemos la pura verdad. Cerramos los ojos y hacemos contratos personales a largo plazo que en ese momento tenemos la certeza moral que son correctos, y nos lanzamos a la alberca sin llanta salvavidas. Pero la vida no es un mapa dibujado sobre papel. La vida es un ente orgánico que evoluciona, da vueltas, echa piruetas y su esencia es el cambio, la metamórfosis.

      —Ah cómo te encanta el pedo y el olor a caca.

      —Déjalo, Hampón, está rumiando su vida.

       —¡Rumiando! No seas güey, Piolín, el tipo está justificando sus pendejadas, las metidas de pata y consecuencias que sufrimos todos nosotros, los que vamos pegados como pegarropas al suéter de su reputa vida.

Dentro de la burbuja de la primera decisión todo parecía lógico. Sinceramente quería ser jesuita, a imagen y semejanza de mis maestros de la Pereyra a quienes tanto admiraba y que me habían casi liberado de la depresión de falta de padre. Pero el subconsciente es como rosca de reyes con varios monitos dentro. No los ves, pero cuando vayas rebanando otras porciones, en el futuro, te pueden tumbar los dientes. Y mientras más ingenuo seas, más dolorosas las consecuencias. Los divorcios, cambios de colegio, de carrera, de casa, de itinerario o de país, son inevitables cuando se ve claro que la cosa no es por ahí. Es cierto que la mitad del género humano rompe contratos personales por cansancio o cobardía;  pero la otra mitad cambia de rumbo después de pensarlo bien, sopesando pros y contras. La lección que aprendemos en la mayoría de las decisiones y compromisos rotos, no es que lo bailado nadie nos lo quita, sino que Dios escribe derecho con renglones chuecos.

Y entonces aterrizó el segundo deseo o decisión de vida, fue dejar la orden, arrendarme, detener el proceso ignaciano de siete años. El síndrome de las carreras truncadas. Frank Lloyd Wright abandonó la carrera de arquitecto,  Pedro la de pescador,  Arrupe la de médico, Pablo la de Fariseo, Javier Solís la de carnicero...

      —...Tongolele la de monja, Ghandi la de criminal, Trump la de payaso...

Ya no tenía diecisiete. Ya era adulto de veinticuatro. La formación jesuita me había dado herramientas para armar y desarmar problemas y soluciones, lo cual me quitaba, irremediablemente, la cómoda miopía de la ignorancia, la del me apendejé y no supe lo que hacía. Una vez fuera de la estructura espiritual de La Compañía de Jesùs, me lancé al caos. Decisión correcta que me trajo de por greñas durante tres años.  Me lancé al libertinaje, a las chicas, las fiestas, al desmadre total. La puesta al corriente me llevó a Alaska, Madrid y el resto de Europa, hasta aterrizar en Montserrat, donde recuperé la cordura y la paz.

De regreso a México me asenté diez años en artesanía, pintura y teatro.

La tercera decisión importante en mi vida, fue cambiar de país. Más que personal era asunto familiar. Glenys y yo nos casamos en 1980. Emilio nació en el ochenta y dos.  En esos tiempos López Portillo era el presidente, el que defendería el peso mexicano como un perro, sabiendo que la devaluación era inminente. Antes de este cabrón habíamos tenido a Echeverría y su folclórica esposa, la Adelita. Mucho antes reinó el pozole -trompa y oreja-, Diaz Ordáz y granaderos que lo acompañaban. La nefasta hormiga atómica, arriera y ladrona, vendría poco después de Portillo. Vaya tropa. May you live in interesting times.

El General Madruga era teatro de denuncia. Basada en La Sombra del Caudillo de Martín Luis Guzman. Luis puso en escena las tretas del gobierno para continuar en el poder, que culminaron en la carnicería de Huitzilac, donde asesinaron a Francisco R. Serrano. No sólo el tema, sino la forma, los soldados bailaban charlestón y los diputados se iban de putas, provocó que la universidad detuviera nuestros sueldos. Luis nos dio la noticia y añadió nos liberaba del compromiso. Que entendía que eran condiciones de trabajo imposibles. Nadie desertó.  El proyecto denunciaba no sólo el gobierno corrupto del pasado, sino también el presente. Queríamos participarc en la denuncia. Hubo que apretarse el cinturón por un año. Además nos vigilaban. Después de medianoche al salir del teatro, en automóviles negros estacionados a cierta distancia. Para colmo, El grupo Cúcara y Mácara, en julio del mismo año, había sido agredido, con garrotes y barras de metal, en plena representación, en el Teatro Juan Ruíz de Alarcón.

A los treinta y cinco me harté de la corrupción gubernamental, de los dictadores, de las primeras damas, de la contaminación, la burocracia y los narcos que empezaban su larga y exitosa carrera. La reina de las artes en México era la señora Lopez Portillo, quién decidía gustos y presupuestos. Bajo su égida íbamos nosotros, los teatreros, músicos y bufones de su corte.

Para colmo de males el camión de la basura no pasaba en nuestra calle, en Cuernavaca. Los vecinos de la colonia tiraban desperdicios a la orilla del río y la pestilencia trajo las moscas verdes y espantosas.

Una lista larga de pros y contras, discernimiento de espíritus, comenzó el proceso de decisión. Incluía razones familiares, sociales, políticas e hipocondríacas. Si el camión de basura no pasaba en Canadá, emigraríamos a Noruega, era nuestra broma.

Canadá tenía, y tiene todavía, un sistema parlamentario que impide acumulación de poder en el primer ministro (me equivoqué con Harper pero Justin Trudeau vino a darme la razón una vez más).

La devaluación del ochenta y dos me dio el último empujón. Tomamos la decisión juntos, aunque inicialmente era bronca personal. Viviríamos en Canadá con la idea de regresar a México en el futuro.

Nos establecimos en Toronto, en la calle Shuter, esquina con Sherbourne, casi a las orillas del Lago Ontario.



43. El Casorio

Nos casamos en Brandon, Manitoba, Canadá, el 22 de diciembre de 1980.  La temperatura marcaba menos 44 grados centígrados, con un viento glacial indescriptible. Típico invierno de las praderas canadienses. Las autopistas desaparecen en la ventolera, los aeropuertos cierran pistas, los colegios  cancelan clases, esparcen sal en banquetas, limpian nieve en calles y salidas de cochera y el radio notifica  los accidentes automovilísticos; después anuncia el estado del tiempo: que en dos días habrá sol, pero la temperatura seguirá a menos 44.

No era mi primer invierno en Brandon. La Navidad del año anterior planeamos dos semanas de vacaciones a Nueva York y Canadá. Después de la Big Apple aterrizamos en Winnipeg y tomamos el autobús a Brandon. Dos horas de viaje. Ambas ciudades casi colindan con la frontera americana, North Dakota, y, cosas del destino, con Fargo, aunque los Coen no habían filmado la película todavía. La frontera cae en el paralelo 49, tierra brava de praderas inmensas, donde tribus de Cree y Ojibway cazaban búfalos con flechas y a caballo, hasta que llegó el hombre blanco y los encerró en reservaciones. El Francisco Villa canadiense había sido Louis Riel, mestizo aguerrido que perdió la revolución y fue ajusticiado por el gobierno.

Atrás del autobús había un refrigerador con sándwiches y refrescos, cafetera, pastel, estante con chocolates, dulces y una caja de plástico con dinero. Regresé a mi asiento.

      —No está la que despacha.

      —No hay.

      —¿No? ¿Y a quién le pago?

      —Toma lo que gustes, sumas el total y depositas el dinero en la caja. Si necesitas cambio lo tomas de ahí mismo.

      —No jodas, Glenys, ¿Te cai? ¿No se lo roba nadie?

Me impresionaban estos canadienses ingenuos que durante el verano ofrecían canastas de frutas y vegetales a la orilla de la autopista, frente a sus granjas, con el precio escrito en el asa, y al lado, la famosa cajita del dinero.

Brandon era ciudad chica. Ademas del cine la única diversión era el deporte. Natación era obligada; no hay canadiense que no nade como profesional. No se burlaban de mi al verme nadar de perrito porque son gente amable. Mi escuela de natación habían sido los tajos de Coahuila, que cruzas como Dios te da a entender, o te ahogas. Otros deportes incluyen hockey sobre hielo, pistas de patinaje, cross Country skiing (esquís sobre nieve en superficie plana) y cacería.

Los hermanos de Glenys nos invitaron a esquiar, un día soleado de treinta menos cero. Salimos temprano en la mañana a Clear Lake, cada chico con su novia. El cross country  skiing era deporte de locos. Los primeros quince minutos fue un resbaladero constante para mantenerme en pie. Tan fácil que sonaban las instrucciones: los brazos y piernas se impulsan rítmicamente con ayuda de bastones mientras deslizas los esquís. Al fin agarré la onda y me incorporé al grupo. Sería la última vez que metería los pies a ese par de chalupas de mierda.

Congeniamos bien los papás de Glenys y yo. Florence era de ascendencia inglesa que incluía al abuelo español,  lo cual explicaba la vitalidad mediterránea de la familia. Jim era escocés con gotas de sangre irlandesa. Había formado parte de la aviación militar canadiense durante la segunda guerra mundial. De regreso a la vida civil contrajo matrimonio y la pareja se estableció en Toronto, donde terminó la carrera de optometrista.

Cada noche, después de la cena, llegaba la tropa de amigos de Bruce y Lance, los cuñados. Traían guitarras, armónicas y cerveza. Venían a conocer al mexicano que se casaría con Glenys. Toqué la Bamba miles de veces para los chavos, y la Paloma, para Flo, que era su canción favorita. 

Una semana antes de la ceremonia llamé por teléfono a Torreón, para notificar a la abuela. Mi madre ya había fallecido a estas fechas.

      —¡Pero si eres divorciado! La iglesia no te permite casarte de nuevo.

      —Lo sé, abuelita, pero... de todos modos me voy a casar.

      —¿Por la iglesia Católica?

      —No, por la protestante.

Casi se desmayó. Aventó el teléfono y le trajeron las sales. Quizás me faltó delicadeza. Nuestro hogar siempre había sido, como rezaba el papel en la puerta principal, católico, y no se admitía propaganda protestante. Los chiquillos teníamos permiso de apedrear a los herejes que venían en parejas, vestidos de negro, Biblia en mano, sudando la canícula de agosto.

El Pastor, amigo de la familia, sugirió que trajera la guitarra y cantara durante la ceremonia. Canté piezas de la misa Brilla el Sol, cuya letra había escrito años antes, con música de Carlos Camacho. Fui de traje y corbata, por tercera vez en mi vida. Odiaba las elegancias pero por deferencia a los papás de la novia y la dignidad de mi raza de bronce, me pareció gesto obligado. La iglesia estaba vacía. Solo la familia y los Gartrie, mejores amigos de los McQueen. Las Segundas nupcias son siempre discretas, a menos que fueras Dalí y te casaras por cuarta vez en Notre Dame, con mil invitados y desplante de pompa y circunstancia.

El viento glacial cimbraba los vitrales. En las llanuras, desprovistas de montañas y barrancos, el viento corre como loco, aulla en callejones, chilla entre puertas y ventanas y vacía las calles de seres humanos. Mi cuñado Bruce, en el jardín de la casa, para impresionarme, vaciaba vasos de agua al aire que aterrizaba como confeti de hielo. 

Anillos, beso, firma de acta matrimonial y al restaurante. Brindamos, como buenos escoceses, con Glenfiddich en las rocas, escuchando breves discursos de los cuñados, discursos que no se parecían a los del abuelo en las bodas de mis tías, cuando en la mesa principal le decía al novio: Si no hace feliz a mi hija, ¡lo cuelgo de las orejas, cabrón!  Todos soltábamos la carcajada, excepto el novio, quien con sonrisa nerviosa no sabía que decir. 

Cenamos roast beef a la inglesa con Bordeaux y terminamos la cena con La Bamba y La Paloma. La celebración fue breve, dado que al siguiente día viajábamos a Acapulco, a la luna de miel. En diez horas cambiaríamos de temperatura ambiente: de menos cuarenta a cuarenta sobre cero.

La última noche en Brandon, noté desde la ventana de la sala, destellos de colores moviéndose en el cielo. Pensé que eran fuegos de artificio y salí al jardín a cerciorarme. Era un espectáculo de rayos y pinceladas cósmicas, multicolores, cubriendo el cielo a tal velocidad que parecían efectos especiales de película. Los cuñados, gritaron desde la puerta:  They are Northern lights, Gato. Aurora boreales, que ocurren cuando los vientos solares afectan el campo magnético de la tierra, dice la enciclopedia. Pero prefiero la interpretación de los indios canadienses y esquimales, cuya tradición las interpreta como las almas de sus ancestros que desde el cielo nos saludan.

1981y 82 serían nuestros últimos años en México. El General Madruga, inspirada en la novela La sombra del Caudillo, fue nuestra última colaboración con Luis. 

Cansados de los fríos de Acopilco, rentamos una casita en Cuernavaca, en un condominio horizontal de cinco viviendas y alberca común. Un pequeño paraíso selvático con coro de grillos durante la noche y pájaros durante el día. Diario íbamos a los ensayos a la capital. Cien kilómetros de ida y cien de regreso valían la pena con tal de regresar por las noches a la paz idílica de Cuernavaca. Desayunos en Las Mañanitas, comidas en Los Tabachines, conciertos en el quiosco de la plaza principal y visitas al Palacio de Cortés a ver a Diego, los domingos.

Nos despedimos de Acopilco con una gran paellada. Paco Subirats, amigo y compañero de excursiones por la Zona Rosa y galerías de arte, fue el mago culinario de la fiesta. Se aplicó la mañana entera a llenar la enorme olla de barro, con arroz, pollo, camarones y demás ingredientes. Era un día espléndido de primavera. La brisa siseaba entre los pinos y el sol parpadeaba entre el follaje. Del estacionamiento, al lado de la carretera, había que subir 120 escalones para llegar a las tres cabañas. El Pollo Ruiz Sahagún, amigo y ex jesuita, era nuestro vecino. Don Antonio, el dueño, tenía otras cinco al otro lado del camino. Había  agua y drenaje. El problema era la electricidad. Uno o dos  diablitos se encargaban de abastecer todo el complejo. Si un vecino ponía la cafetera o se rasuraba, la luz casi desaparecía.

Vinieron alrededor de cuarenta amigos: Los Palacios, Aziz, Sánchez, Derbéz, Livingston, Lazcano, Micher, El Caperuzo y familia, Bardo y hermano, Bob el saxofonista, actores de la obra, vecinos excéntricos y mariguanos de la montaña y uno que otro colado que nunca identificamos. Siguiendo la secuencia de bebidas puedo reconstruir el ambiente: comenzamos con tequila, whisky, cerveza y ron, después botanas, más tarde Riojas con paella y carne asada, Cointreau con el postre, seguido de más cerveza para no perder el hilo del festejo. El volumen de la conversación fue elevándose entre voces, carcajadas y gritos, y de pronto, como efecto teatral shakesperiano: ¡boooom!, cayó una tormentón bíblico de truenos, rayos y centellas... que nos valió madres y seguimos conversando, empapados bajo la lluvia. Sólo unos cuantos se refugiaron en la cabaña. En la guarapeta alguien estrelló, por accidente, una botella de tequila en las escaleras. Quebec, nuestro perro callejero, se lanzó a lamer todo lo pudo. Al día siguiente el pobre amaneció con cruda de albañil, como sus dueños y seguramente como los invitados.


42. Circo, Maroma y Teatro. 2
 
Me lancé de inmediato a la tarea que conocía: componer canciones; a la que conocía a medias: escribir música instrumental; y a la desconocida: seguir la guía de un director y ensayar con actores. Había  trabajado con Luis, tiempo atrás, en La Apostasía, con La Fauna, improvisando música abstracta y modelando ambientes sonoros. La misión de Sechuán era diferente: concreta, melódica, adaptada a una historia que tenía principio, desarrollo y fin. El trabajo pedía cohesión, humor, tragedia y fidelidad a la visión de Brecht a través de los ojos del director.  

Tuve claro desde el principio que la música sería parte del todo: dirección, escenografía, vestuario y expresión corporal: trabajo de equipo. Luis me dio libertad creativa, me hizo sentir parte del grupo y escuchó siempre mis sugerencias. Me apliqué en cuerpo y alma al proyecto. La pausa musical de un año, regresó con hambre retrasada a devorar la tarea. Traía en el coche la guitarra y componía canciones en casa, en la calle, restaurantes, galerías, en libreta, servilletas, papel del baño, lo que fuera. Cinco temas musicales y alrededor de veinte canciones, era el reto, y me gustaba. Era como regresar a los viejos tiempos de rockero, aunque con otro disfraz. Ya no componía cuando me daba la gana y aguardaba que la canción como hoja de otoño. Ahora me habían dejado una tarea grande y había límite de tiempo. 

Le propuse a Luis contratar tres o cuatro músicos para la temporada. Piano, saxofón, flauta y guitarra. Yo tocaría la batería. Me dio luz verde y una semana después me reuní con los candidatos en el Vips de Altavista e Insurgentes, que ya era mi oficina. Los candidatos eran Memo Sanchez Bardo, su hermano Erik, a quienes ya conocía, y Bob, el hippie escocés que tocaba saxofón y flauta transversa. Hablamos de Luis, De la obra, de ensayos y sueldo. Básicamente estuvimos de acuerdo aunque tenían preguntas que a su tiempo se irán aclarando. En una semana o dos iniciaríamos ensayos. Como yo, eran neófitos del teatro. Ya no era el único extraño en el escenario: la banda entera venía de otro mundo.  

Una vez que leí el texto de la obra, las canciones fueron saliendo una tras otra, como salchichas. Mi estilo de trabajo era obsesivo. Imposible detener el proceso, excepto para mostrar a Luis mis adelantos. A medianoche me despertaba una idea, tomaba la guitarra y la grababa. Acomodaba el rompecabezas de canciones de Kurt Weill, adaptando letras en español y componiendo nueva música en diferentes ritmos mexicanos. No era traducción literal. Más que la letra era el espíritu lo que me interesaba,  la idea, la dinámica de cada pieza. Un director y músicos alemanes habían situado la acción en China. Ahora aterrizaban, los personajes, en un barrio bajo de México y había que darles vida.  

Durante los ensayos de la tarde en el Teatro de la Ciudad, una tropa de niños callejeros se colaba por la puerta principal a curiosear. Cargaban cajas de bolear calzado y trapos de limpia coches. Luis, que no permitía extraños durante el trabajo, les dio permiso de entrar cuando quisieran, con la condición que se estuvieran quietos. Es por ellos y para ellos que hacemos este tipo de teatro, nos dijo. No asistían a los ensayos, también entraron, gratis, al estreno. 

De Tavira decidió que los músicos tocarían trepados en andamio de albañil, a metro y medio de altura, a la izquierda del escenario. Lo reforzaron con doble metal y madera para soportar los cuatro instrumentistas..

     -No jodas, Gato, ¿Cómo chingaos vamos a tocar encima de esa mamada? No somos payasos, cabrón. 

     -Órdenes de Luis.  No hay de otra. ¡Órale, a empericarse!  

No éramos los únicos trabajando en las alturas. Tere Rábago, en el papel de la Viuda Shin, andaba en zancos, toda la obra. Cheto tenía que rellenarse toneladas de hule espuma, bajo el vestuario, para dar la talla de un gordo tipo Sumo, que hacia entradas de cirquero al escenario, dando maromas y cabriolas. Parecía truco de ciencia ficción. 

El vestuario de todos incluía  máscaras de trapo y ropa vieja, andrajos, excepto los tres dioses que bajaban del cielo, que Luis transformó en licenciados, trajeados, de sombrero y portafolios.  

La disciplina de ensayos era estricta: se trabajaba hasta la madrugada y se pedía a todos el cien por ciento. Ritmo de trabajo inhumano, pensaba, sobre todo a las dos de la mañana, cuando el cuerpo reclamaba la almohada y el director quería repasar, una vez más, toda la escena. Lo increíble es que nadie protestaba, al contrario, lo daban todo, como si la vida les fuera en ello. Y les iba.  

Se aprendieron rápido las canciones. Mi trabajo era enseñarles, no a cantar, que no era ópera, sino a incorporar la música a la actuación. Enseñarle a seguir el ritmo de la música y mantener el volumen siempre audible. Había de todo: entonados, desafinados, privilegiados y los que moverían sólo la boca en canciones de grupo por falta absoluta de ritmo y oído. Era el caso en la pieza de la Fábrica de Tabaco, la más fuerte de la obra, donde los explotados trabajaban como robots y el capataz chasqueaba su látigo al ritmo de la música. La batería, simulando la maquinaria de la fábrica, machacaba el ritmo con bombo, tarolas y platillos a todo volumen. Los de primera fila se tapaban los oídos y Luis, desde bambalinas, me hacía señas de más fuerte, más fuerte. Se incorporaba el acordeón en tajadas de staccatos, a compás de tres por cuatro en La menor, como vals siniestro. El saxofón apoyaba las voces llevando la melodía. La expresión corporal de Glenys y la dirección de Luis, transformaron ésta escena en un cuadro de Grosz o un ambiente cinematográfico de Fritz Lang. Momento realmente épico de la obra. 

El día del estreno se llenó el teatro. Los músicos nos subimos al andamio y afinamos instrumentos. Dieron la tercera llamada. Las luces del teatro se apagaron lentamente. La obertura abría con una Polka, mitad alegre, mitad siniestra, norteña y energética, con saxofón llevando la melodía. El acordeón hacía un puente musical que conducía al tema romántico de shen-Te,  seguido de la canción del Aviador. Un redoble de tarola  traía el tema del Aguador, alegre y cómico y cerrábamos, de nuevo,  con la polka, mientras se levantaba el telón y mostraba el barrio miserable de Sechuán-Tepito.  

Sobrevivimos todos un año de ensayos, trabajo intenso de sacrificio personal y colectivo. No me cabía duda que El teatro era cosa de locos:  labor de veinticuatro horas, pegajoso y necio que absorbe todo tu tiempo. Como el Bolero de Ravel, es cíclico, intenso, hipnótico, repetitivo, da vueltas y vueltas, montado en caballitos de feria de pesadilla, ensayo tras ensayo, canción tras canción, bostezo tras bostezo ¡y vuelta la burra al trigo una y otra chingada vez! Es como una borrachera que termina con cruda de albañil y te deja embarrado en el piso, inconsciente y guacareado. Despiertas por la mañana, semi muerto, desayunas lo que encuentras en el refri,  te lavas el hocico, regresas al teatro, entras al cuarto de ensayos ¡y pides más! ¡Uta madre!  

Los teatreros sufren de una adicción incurable que se llama masoquismo escénico. 

Más de doscientas veces, entre ensayos y cien presentaciones, los músicos ascendimos al andamio.  Después de las doscientas ya nos Sabíamos todo de memoria: el texto, las entradas y salidas de actores, las rutinas de los tramoyistas,  cambio de escenas, todo. Desde arriba, como dioses de un  olimpo tercermundista, veíamos escena y el público, acción y reacción y el intercambio de energía. Había diferentes tipos de público: El Tonto: cuando la actuación era excelente y el aplauso flojo;  El Bobo, cuando los actores estaban cansados y aplaudían con entusiasmo; El Ideal: cuando actores y músicos ofrecíamos un espectáculo perfecto, lleno de energía y el aplauso era largo y con bravos.  

La obra fue un éxito. Luis había tomado por sorpresa a público y críticos con una producción original, modesta en presupuesto pero artística, imaginativa y genial. Había logrado un trabajo en equipo, coordinado y entusiasta, donde actores, productores, tramoyistas y músicos habíamos sacado el macho del agua.  

Después de Sechuán vinieron otras producciones: Los Veraneantes, La Madrugada, La Sombra del Caudillo, Rojo y Pardo, Séptimo no Robarás Tanto., el Cíclope la Sirena y al Arco, dirigidas por Luis de Tavira, Pepe Caballero, Glenys McQueen, Juan Antonio Hormigón, Germán Castillo. El teatro ha sido la mejor escuela de arte que he tenido.  

Los músicos brincamos del andamio de Sechuán a Suiza, Holanda, Alemania y Francia, durante la gira teatral de Europa, con la obra del Luis, El General Madruga. Sería nuestra última aventura teatral. Habíamos sido banda de quiosco, trío de boleros, soldados, cantantes de corridos, limosneros... Siempre parte de la obra, aprendiendo que lo que pasaba en escena era un reflejo de la realidad.
O quizás la realidad misma...  

De París volé a Toronto, Canadá, donde empezaría una nueva vida, investido de un nuevo avatar-nagual.

 
25 de febrero 2017

41. Circo, Maroma y Teatro
 
Poco después de regresar de Europa, me casé. Mi primera esposa era bella, inteligente y psicóloga. Habíamos sido novios antes de mi viaje a Madrid y nos escribimos con frecuencia durante mis correrías. Fuimos felices los cuatro o cinco años que vivimos juntos. Cuando llegó el divorcio yo tenía claro que éramos buenos amigos, pero no precisamente esposos. Fue un divorcio amistoso.
 
En ese tiempo me dedicaba a la artesanía en piel. Las bolsas pirograbadas se habían hecho populares gracias a contactos de amigos en universidades y oficinas. No me interesaban las tiendas de artesanías por el porcentaje elevado que se embolsaban. Al mismo tiempo hice paisajes en pieles grandes que vendía a precio alto y me ayudaban con el presupuesto: playas, bosques, muchas iglesias: la de San Francisco Javier de Tepotzotlán, Notre Dame, Santiago de Compostela, Ronchamp, Vezelee y otras. 
 
Tomé clases de pintura con Robin Bond y Theo Campesino y al poco tiempo decidí que la música ya no era mi camino. Cerré mi libreta de canciones y me dediqué a pintar.
 
Visitaba galerías públicas  y privadas y me hice fanático de Tamayo, Toledo, Picasso, Calder, Klee y Kandinsky. El color y la forma se me revelaron como nuevo lenguaje espiritual, paraje milagroso donde me sentía a salvo, libre. Algo que no sucedía con las canciones. Por supuesto que hablo del acto de contemplar, no de pintar, que tenía, como todo actividad creativa, sus bemoles. Pasaba horas en el Museo de Arte Moderno y el Carrillo Gil, viendo pinturas. No me interesaba tanto la forma, fondo y perspectiva. Era puro placer, pausa espiritual, empapar el alma de belleza como si fuera esponja.
 
A los veintidós, en Madrid, había tenido la primera experiencia de contemplación estética viendo Las Meninas. Experiencia parecida a la  consolación espiritual ignaciana. Cuando se llega a ser uno con el objeto estético y desaparece por un  instante sublime la dualidad. Como llegar a la cima de una montaña desde donde se  contempla el paisaje de la vida, en absoluta paz; como quien nace de nuevo.
 
Puse un estudio de pintura en Acopilco, en una cabaña que al mismo tiempo me servía de lugar de meditación y salvaguarda del teléfono, el enemigo de la creación, según Hemingway. En mi caso lo odio sólo porque no sé usarlo. Después del primer hola ¿cómo estás? se me acaba el tema, enmudezco, la mente se pone en blanco y quedo atrapado en el bla bla bla del otro lado de la tripa. Frustrante. Hace treinta años que no levanto el auricular. Me limito a mensajes de texto en el celular. Punto.
 
Pintaba frenéticamente, echando fuera ilusiones, frustraciones y rabietas. Desnudos, abstractos, paisajes, retratos, todo salía en pinceladas rojas, amarillas y negras, en estilo expresionista. En caliente y de repente volvía a ser mi lema. Tenía prisa en liberar energía que no había sido quemada en el camino, pisarle las de corvas a la vida, liberarme...
 
Un día llegó Luis de Tavira, compañero jesuita, fiel amigo de la Fauna, figura de teatro importante. Genio. Me tomó a la mitad de un proyecto de pirograbado. Mientras yo dibujaba explicó que empezaba una obra de teatro, escrita por Bertolt Brecht: La Honesta Persona de Sechuán que le parecía interesante por su carácter político y social.
 
Brecht me era desconocido. Es un dramaturgo alemán... Siguió hablando de los actores, problemas de presupuesto y búsqueda de teatros. De pronto y sopetón me ofreció el trabajo de escribir la música y adaptar al español las canciones de Kurt Weill.
 
      —Luis,  he dejado la música hace meses. Ya colgué la guitarra.  Ahora me dedico a la pintura—,Contesté, firme y amable a un tiempo.
 
Titubeó por una milésima de segundo y de inmediato lanzó la red: ¿Y, tienes modelos para pintar?  Caí en la trampa:
 
      —Cuestan mucho. Quitarse la ropa y posar inmóvil por una hora se cotiza muy alto hoy en día. Dibujo figuras de yeso. Horrible.
 
      —Puedes venir a los ensayos a dibujar actrices mientras actúan.
 
      —¿Gratis?
 
      —Sí claro. Eso sí, usan mallas, Gato, mis obras son decentes—. Ambos soltamos la carcajada.
 
A la semana siguiente fui al ensayo al Centro Universitario de Teatro. Me asignaron una esquina donde no estorbara. Como los actores no se quedaban quietos, las sesiones se redujeron a bocetos. Fue ejercicio excelente en atrapar la esencia de los cuerpos en líneas.
 
A la mitad del ensayo vino la experta en movimiento, Glenys McQueen. En cuanto entró al cuarto de ensayos, la chica me hizo click.
 
      —¿Cómo dices que se llama?—le pregunté a uno de los actores.
 
      —Glenys.
 
      —¿Cómo?
 
      —Pinche Gato, ¿tas sordo o qué?: ¡GLENYS!
 
Amor a primera vista: flecha al corazón, campanas en repique, alarma de incendio, temblorina, brinco al abismo, alas abiertas, vuelo... Eso de mi parte, porque de su parte le fui completamente indiferente. Ya la iré trabajando, pensé.
 
El teatro era un mundo raro, como dice la canción. Conocía actores, pero no en masa, no en camerino, todos hablando a la vez, desnudándose sin pudor ni malicia, ellos y ellas; maquillándose, contándose chismes, chistes o comentando escenas, poniéndose vestuarios y corriendo a lo largo del pasillo como turba de gitanos obedeciendo al timbre que daba la tercera llamada.
 
Eran un cóctel de personalidades de diferentes clases sociales, talento, edades, credos y convicciones políticas. Había entre ellos, sana y mala competencia, amores, amistad, a veces envidia y odios. Éste ambiente, combinado con la energía escénica, creaba una fuerza de grupo tan poderosa en el escenario que cuando el teatro estaba lleno y el público abierto y ávido, la noche explotaba en un alud de aplausos y bravos que fusionaba espectadores y actores en una sola unidad mágica.
 
Conocía el clímax emocional de los conciertos de la Fauna, sobre todo en la canción Falsos Profetas, la que cerraba las presentaciones y disparaba nuestra energía al público, que como pelota de tenis regresaba a nosotros, a ellos, a nosotros, una y otra vez, en un juego catártico que nos dejaba a todos renovados y exhaustos. Lo mismo sucedía en el teatro pero de forma diferente. El teatro tiene balance de intelecto y sentimiento. La obra incluye autor-texto-escenas, director y actores. Los rockeros tenemos sólo la canción: verso-verso-estribillo-verso: humilde caballito de batalla que dura tres minutos pero justifica toda una vida.
 
Los grupos musicales éramos otra raza. Cuatro o cinco monos que se llevaban bien o había  riesgo de matarse. La membresía se depuraba a base de simpatías, antipatías y después de una larga etapa de contratos y despidos quedaban los definitivos, los compatibles, cuadrilla fiel de ensayos, grabaciones, giras y borracheras.
Después de días de audiciones y ejercicios corporales vino la primera sesión de lectura de texto,. Luis me invitó y la experiencia me dio más luz sobre el mundo de la actuación. Conocía los cuerpos en movimiento; Ahora escuchaba sus voces, más bien la de sus caracteres: Shen-Te, el aguador, la señora Yang, la viuda Shin, los tres dioses que en esta adaptación eran Licenciados y la Familia. Brecth situaba la acción en la provincia de Sechuán, en China. Luis la trajo a Mexico, a la capital, concretamente a Tepito, La Lagunilla, las vecindades.
 
      —¿Ya la música? ¿Quién la va a componer?—Preguntó una actriz.
 
      —Trabajo en ello -Respondió Luis con su acostumbrado tono críptico que imponía un silencio que sólo él podía romper. Obviamente yo era el elefante en el cuarto.
 
Días después Luis hizo la propuesta . Para convencer, utiliza todos los medios intelectuales a su alcance, que va acumulando en una pirámide altísima de razones válidas: capoteos de plaza. Pero el argumento que te funde y te deja indefenso, la puntilla,  es el argumentum ad corem, cuando menciona la amistad, el compromiso del arte a la sociedad, especialmente a los oprimidos, a los pobres de de Sechuán y Tepito.
 
Acepté porque siempre he confiado en Luis, como artista. Siempre. Ésta vez me regresó a mi verdadera vocación, Estaba perdido y había sido encontrado, y se lo agradezco en el alma. Veinte años después me saldría otra vez del huacal, y otro genio, Pablo Neruda, me regresaría de nuevo a La Canción.
 
Se llaman Ángeles de la Guarda
 

 

40. El Aduanero


Emilio Jacquez fue aduanero toda su vida en Matamoros Tamaulipas, que en aquellas épocas era ciudad terregosa en verano y lodazal horrible en otoño. Es lo que recuerdo de las dos visitas que hice con mi madre a principios de los sesentas.  Los bisabuelos Vivían en casa grande de madera, oscura pero acogedora, con pisos que rechinaban, cortinas floreadas y trampas de ratones en la cocina.
 
Don Emilio era hombre responsable, de gorra y uniforme oficiales que inspeccionaba, diariamente, morenos y güeros que iban y venían en direcciones opuestas de la frontera. Bien parecido, alto y robusto, ojos vivos de niño y mirada inteligente, salía temprano a trabajar con lonchera y termo. Manejaba un Ford viejísimo que tartamudeaba siempre al empezar.
 
Mamá Mariquita era simpática, buena para contar historias, siempre en estilo dramático aunque fueran triviales. Usaba ambas  manos, tocando índices y pulgares a un tiempo para acentuar frases. Era bajita y delgada, con cara de niña traviesa, ojos pequeños y mirada penetrante como mi abuela. Caminaba dando pasitos rápidos y cortos. Mi madre la imitaba perfecto.
 
hacían buena pareja. Nunca los vi discutir. Habían llegado a un punto en la vida donde se entendían bien, seguramente porque ya habían superado la etapa de las discusiones, dado que eran diferentes y ella de carácter fuerte. Nunca supe si habían tenido más hijos además de doña Trini. Tuve la impresión que había sido hija única pero ahora lo dudo. Aquellos eran tiempos de familias numerosas. Quién sabe...
 
Según me contaron, los Jacquez habían venido de Francia a trabajar en los campos de algodón de Texas. Posteriormente cruzaron la frontera y se establecieron en Coahuila. Mi abuela era entonces una chica bella e inteligente que tocaba la mandolina para sus padres, en la sala, los domingos después de la misa. Un día mientras veía pasar la gente desde el balcón, observó un jinete de sombrero ancho y espuelas de plata. El tipo la miró, se enamoró de ella a primera vista, y a la semana siguiente fue a pedir su mano. Le prometió darle una vaca si se casaba con él, lo cual era costumbre antigua y tribal, pero sin duda también, puntada del abuelo, quien tenía un sentido de humor muy folclórico y norteño.
 
No sé cuánto tiempo duró el noviazgo pero ambos, Trinidad Orduña y Trinidad Jacquez contrajeron matrimonio y se fueron a vivir a la hacienda llamada Cleto, cerca de San Pedro de Las Colonias, Coahuila, donde fueron muy felices. La mayoría de los buenos recuerdos familiares habían sucedido en ese lugar.
 
Nunca supe cuándo murió Mamá Mariquita, solo recuerdo que don Emilio se quedó solo, ya jubilado, en Matamoros. Cuando cumplí doce años la abuela nos dio la noticia que su papá estaba ya muy viejito y que vendría a Torreón a vivir con nosotros. Yo feliz, amaba al bisabuelo y guardaba buenos recuerdos de mis visitas a la frontera. Se le preparó un cuarto que daba al patio, mi madre le compró sábanas nuevas, las tías le hicieron un arreglo floral en el buró y todos fuimos a la central camionera a recibirlo.
 
Ya no era el mismo. Se había hecho pequeñito y su mente no funcionaba bien, sin duda alzheimers, que en esos tiempos, para nosotros, era enfermedad desconocida. Apenas reconoció a su hija, menos a sus nietas. Yo me presenté con un soy Fito que lo hizo reír. Regresamos a casa. Mi nuevo oficio sería el de lazarillo.
 
A pesar de su edad, el aduanero tenía una energía fuera de lo común,  era inquieto y andariego. Yo lo perseguía por calles, plazas y mercados, disculpando sus imprudencias, explicando que se le iba la onda y que era mi bisabuelito. De la mano lo regresaba a casa.
 
En verano yo jugaba beisbol con mis amigos en un campo baldío y polvoriento. La abuela insistió en que lo llevara. Yo respondí que estaba muy viejito para correr bases. La abuela cerró la discusión diciendo no te hagas el payaso.
 
Cuando mis amigos me vieron llegar con don Emilio no supieron qué decir.
 
      —Es mi bisabuelito— les dije.
 
      —¿Tu qué?
 
Lo sentamos en una piedra donde se quedó quieto las nueve entradas. Hablaba solo y hurgaba sus bolsillos de vez en cuando buscando algo que nunca encontraba. Era su tic.  Al terminar el juego el nos invitó a todos a la nevería. Todos pedimos esquimales: paletas de crema cubiertas de chocolate. Desde entonces fue invitado de honor a todos los juegos.
 
Durante las tardes de canícula lo sentábamos frente a la casa, en la mecedora, bajo las lilas. Las vecinas pasaban y algunas conversaban con él y siempre se reían, cosa que intrigó a la abuela: ¿De qué diablos se ríen? Fuimos con Chabelita, la vecina que vivía al lado, quien explicó que Papá Milo ofrecía billetes de veinte dólares a las vecinas, cambio de favorcitos.
 
 -Claro que sabemos que su papá es de mucha edad  y no liga bien lo dice. No se apure, comadre, todas entendemos. Pero ya en broma le digo que a veces, cuando no me alcanza pal chivo, casi le arrebato los dolaritos-, y soltó la carcajada.
 
Recibía cada mes, por correo, el cheque de su pensión. Mi madre o las tías lo acompañaban al banco a depositarlo. Un día me tocó a mí. Tomamos el ruletero y nos fuimos al banco del centro. Era grande, de techos altos y arquitectura de los treintas. Parecía iglesia y el ruido de pasos y voces se filtraba a las bóvedas en forma que parecía irreal. Olía a salón de clases y a perfume de mujer. Era banco de película. Don Emilio no encontraba el cheque.
 
      —¡Muchacho! -me gritó— ¿Qué hiciste con el cheque?
 
       —¿Yo? Nada, yo no lo tengo. Usted lo trae en la bolsa.
 
Se lo buscó en todos los bolsillos y no lo encontró.
 
      —Yo no lo traigo! ¡Tú te lo robaste! ¡Policía! ¡Policía!
 
Vino el policía y tras él un grupo de curiosos.
 
      —Devuélveselo, mañoso!— me gritó el policía.  Yo solté el llanto.
 
Vino el gerente a ver qué pasaba. El policía explicó la situación, llamándome mocoso mañoso todo el tiempo y refiriéndose al bisabuelo como pobre viejito. El gerente se arrodilló para verme y dijo:
 
      —Oye, yo te conozco...¿No eres el hijo de Guille?
 
      —Si—, contesté entre puchero y puchero.
 
Me llevó a su oficina y llamó por teléfono a casa. Pidió hablar con mi madre. Explicó lo que pasaba y alcancé a oír la voz de doña Guille que sonaba, por el auricular, a vocecita de ratón de caricaturas: Mi abuelo olvidó el cheque. Salgo al banco enseguida.
 
Esa noche la abuela me explicó que los ancianos eran como niños y que muchas veces no sabían lo que decían y hacían. Mira hijo, sé que mi papá no es fácil de cuidar y te agradezco mucho lo que haces por él. Mañana es sábado, viene Trinidad, día de cine y restaurante. Me plantó un beso en la frente.
 
Al día siguiente el abuelo saludó al suegro con apretón de manos y lo invitó a la mesa a probar la carne adobada que traía del rancho. Nos sentamos todos en el comedor.  Nuero y suegro conversaron como viejos amigos. La charla era lógica y el tema interesante para ambos: la cosecha de algodón que éste año se había dado muy bien en Coahuila; la de sorgo, soya y canola en Matamoros; las avionetas fumigadoras que aniquilaban al enemigo número uno de La Laguna: el gusano rosado. Todos estábamos atónitos de don Emilio y su conversación lógica y sensata. Los sábados era racional hablando con el nuero. El resto de la semana no daba pie con bola.
 
Terminamos de comer y nos fuimos al cine, abuelos, suegro y yo.  Dos películas de vaqueros y cuatro idas al baño de aduanero y lazarillo. Después fuimos al restaurante donde el abuelo se lucía invadiendo la cocina, dando probaditas a cacerolas, en un caos de cocineros, pinches y meseros. Al final, Don Roque, el dueño, lo conducía amablemente a la mesa.
 
Cuando Las excentricidades y locuras del bisabuelo aumentaron en número e intensidad, la abuela lo llevó al doctor de la familia, a quien apodábamos El Pior es Nada, por inútil. El único remedio a esa edad, dijo el galeno, es darles a los viejitos por su lado. No lo contradigan, síganle la onda y no lo hagan enojar. Y así, cada noche, cuando lo ponía en cama, siempre me decía que arriba del ropero había diez perritos, que si por favor le traía el más bonito. Yo lo bromeaba y preguntaba si quería el chihuahueño de orejas blancas, el pequinés de cara idiota o el bulldog horrible y panzón. Siempre ganaba el chihuahueño.
 
      —Pon cuidao, muchacho, no me lo vayas a tirar.
 
Al cumplir un año en Torreón, Don Emilio se escapó. Llegué del colegio y la abuela, muy preocupada, me mandó por tierra y mar con la consigna de no regresara sin él. De inmediato fui a la Alameda, donde solía alimentar palomas, después a la Plaza de Armas donde pasaba horas matando el tiempo sentado en una banca. Por último, al mercado, donde compraba plátanos machos que le encantaba masticarlos crudos. Me dio terror ir a buscarlo al Banco Central y regresé a casa.
 
Anochecía y todas habían regresado del trabajo y hacían llamadas telefónicas a la policía, hospitales, estaciones de trenes y autobuses. Nada. La tía Irma sugirió llamar a la difusora de radio para reportarlo perdido. Rebeca llamó y dio la descripción del bisabuelo. Prendimos el radio para escuchar el boletín. Era la hora de la tardeada. Las llamadas del público se transmitían en vivo dando una lista de parejas que supuestamente bailaban en la pista imaginaria. Fulanita bailaba con fulanito, perenganita con perenganito y en eso consistía la diversión de los jóvenes, antes del facebook. El locutor describía el ambiente del baile, los cócteles, Pérez Prado y su orquesta, Elvis Presley, Paul Mauriat, Glen Miller, todos los famosos amenizaban la tardeada y era el programa de radio más famoso de La Laguna.
 
Finalmente dieron la noticia. El locutor, con voz seria, pidió ayuda a los radioescuchas para localizar a Don Emilio Jacquez, que no había vuelto a casa en todo el día.  Después se hizo el payaso: Vaya parranda que agarró Don Emilio, a ver, a ver, ¿no andará por ahí raspando suela en la pista de baile? Echen ojo en las parejitas: tiene pelo blanco, pantalón caqui, camisa azul y botines cafés. Si lo ven, sáquenlo de la pista porque ahora va a tocar Perez Prado el mambo Número Ocho, no vaya a ser que nos infarte.
 
La familia indignada, la abuela furiosa, Irma al teléfono pidiendo hablar con el estúpido locutor. Yo, divertido, a punto de soltar la carcajada pero en ése momento mi madre me echó ojos de pistola y me calló la boca. Entonces me di cuenta  que la cosa era seria.
 
Pasó una semana sin noticia del bisabuelo. La abuela en cama, llorando inconsolable. Las hijas se turnaron para cuidarla durante el día. Gracias al programa de radio los parientes de la región se enteraron de las malas nuevas y tuvimos tantas visitas que atiborramos el refrigerador con antojitos y coca colas.
 
Ésta es la versión que recuerdo del final de la historia: Papá Milo quizo regresar a Matamoros. Se unió a un grupo de vagabundos y todos viajaron de grumetes en un carro vacío del ferrocarril que iba al norte del país.  En el camino, mataron un cerdo salvaje, lo medio cocinaron y se lo comieron. Don Emilio sobrevivió el viaje hasta Matamoros, donde falleció en el hospital, de infección intestinal.
 
La noticia causó conmoción en Torreón. Salió en todos los periódicos y todos Lloramos la muerte de Papa Milo, quien había tenido las agallas de regresar, por puro instinto y a la brava, a su frontera, a su terregoso Matamoros, a su casa grande de madera, oscura pero acogedora, con pisos que rechinaban, cortinas floreadas y trampas de ratones en la cocina.
 




39. Las Dimisorias
 

dimisorias:
1. s. f. pl. RELIGIÓN Permiso que dan los obispos a sus súbditos para que puedan recibir las órdenes de otro obispo.
2. dar dimisorias a alguien coloquial Despedirle o echarle bruscamente y con malos modos.
3. llevar alguien dimisorias coloquial Haber sido despedido con brusquedad.
 
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Entrar a la Compañía de Jesús fue la primera decisión importante de mi vida. La segunda fue pedir las dimisorias y dejar la orden.  A los diecisiete me fui de jesuita por una razón muy simple, a esa edad es difícil tener complicadas: Quería ser como mis maestros jesuitas. Era vocación de camaleón.
 
Después de varios cambios de colegios y escuelas primarias, había llegado finalmente a la Pereyra, donde esa raza de maestros célibes de buen humor, cuervos vestidos de negro, brillantes en el salón de clases, comprensivos y simpáticos en la conversación, me intrigaron. Los curas de la parroquia, que sermoneaban con trémolo y sin convicción, no se parecían a éstos.
 
Al principio no me hicieron gracia dado que educaban niños ricos, las colegiaturas eran altas y mi madre tenía qué trabajar más para completar el pago mensual. Poco a poco, con su estilo suave y afectuoso me enredaron en la telaraña, hilos y cadenas de la mística ignaciana y a lo largo de dos años de preparatoria fui descartando otras opciones vocacionales.
 
Mi madre quería que fuera arquitecto o médico. Para complacerla tomé el bachillerato de medicina.  El doctor Sabú, -solo recuerdo el apodo-, nuestro maestro, nos hizo leer, casi memorizar, el libro de  Anatomía de Leo Testut, su héroe.  Bajo su tutela practicamos cirugía, abriendo barrigas de perros en aras de la ciencia, extirpando partes no vitales de las inocentes criaturas. Un cuidador de coches, en la Alameda, que usaba parche de pirata en un ojo,  nos proporcionaba los caninos por veinte pesos cada uno. Si los regresábamos vivos nos devolvía cinco.
 
Se practicaba cirugía con anestesia, instrumental esterilizado, tapabocas y batas, como en hospital profesional. Sabú observaba todo sin perder detalle.
Mi perro sobrevivió, pero reprobé el examen porque, de acuerdo con el galeno, fue toda una carnicería. Había extraído  un segmento de intestino grueso. No estuve mal con el bisturí, el problema fue la cosida. Terminé haciendo bordados y nudos ciegos que hacían gruñir a Sabú: Terrible, absurdo, inhumano. ¡Carajo, había sido su estúpida idea la de hacer de nosotros, mocosos adolescentes, notables cirujanos ¿y se quejaba de nuestras estupideces quirúrgicas?  El canino regresó a La Alameda, me devolvieron cinco pesos y yo taché de mi lista vocacional la carrera de medicina.
 
¿Abogado? Ni de chiste. Leyes era refugio de desertores frustrados de otras carreras. Además los abogados tenían fama de chuecos y ladrones, tal cual como vendedores de coches.
 
En mi familia había abogados, charros, médicos, agricultores, funerarios, bailarinas, políticos y cantantes, pero la mosquita de hacerme jesuita ya me había picado y aunque al principio no lo sabía, mi suerte estaba echada.
 
En 1964, el 31 de Julio, me incorporé a las filas. Duré seis años y medio en la orden. El noviciado me amarró, a doble nudo y para siempre, la espiritualidad ignaciana. El Juniorado me abrió las entendederas a la Paideia griega, Homero, los trágicos, los existencialistas franceses y la literatura universal.  La etapa de filosofía fue difícil, pero gracias a Alberto Navarro y Jorge Manzano, la metafísica de Coreth y el existencialismo de Kierkegaard me abrieron nuevas formas de ver la vida y solucionar problemas. Era la época  post-conciliar, cuando la Teología de la Liberación puso de nuevo y en primer plano a los pobres. Se dividió el clero entre conservadores y liberales, ángeles y diablos. El jesuita Porfirio Miranda, torreonense, causó revuelo con su libro Marx y la Biblia; los conflictos en Centro América se agudizaron y se escuchaban historias de sacerdotes guerrilleros, algunos excomulgados por el Vaticano, que defendían a los campesinos, de voraces terratenientes. La Iglesia exigía obediencia y no toleraba sacerdotes comunistas.
 
En medio de la danza La Fauna cantaba "Hipócritas Mal Nacidos" y el conflicto social comenzaba a afectarme. No dudaba de la Compañía, dudaba de la Iglesia, del Vaticano y su pasividad. En tiempos en que en Centro y Sudamérica la CIA asesinaba políticos, desestabilizaba gobiernos y provocaba golpes de estado, la Iglesia permanecía callada y cómplice. Tuvieron qué pasar más de cuarenta años para la que el Vaticano dejara su agenda burguesa y retomara el interés por los pobres y los débiles. Si Francisco hubiera sido Papa en mis tiempos...
 
Tuve que detenerme en el camino, hacer examen de conciencia, revisar prioridades, pedir consejo. Enrique Ponce de León y Jorge Manzano me ayudaron en el proceso. El primero ofrecía una taza de café durante las consultas; el segundo una copa de tequila. Un místico y un filósofo genio. Estaba bien asesorado.
 
Siempre he pensado que, en caso de decisión, los dos caminos posibles son correctos y al mismo tiempo equivocados. Si hubiera seguido en la orden podría haber sido buen sacerdote... o a lo mejor un descarado coscolino jugando a las cebollitas con las señoras de la Congregación. ¿Quién lo puede saber? Conozco uno o dos sacerdotes jesuitas, playboys, que tuvieron qué haber salido de la orden hace mucho y siguen tan campantes en las conquistas. Lo mismo pienso de otros amigos que siendo esposos felices o infelices pudieron haber sido jesuitas brillantes.
 
Cuando se decide entre dos opciones, la mejor técnica sigue siendo el volado. Basilio, el monje patriarca y ermitaño de Montserrat, tomaba decisiones cruciales abriendo la Biblia al azar e interpretando el contenido.  Los oráculos griegos abrían la panza de un chivo y en el tripero veían el futuro. Mi amigo Esteban, vidente y vagabundo belga, al llegar a una nueva ciudad se metía a una caseta telefónica, abría el directorio, ponía el índice donde fuera y llamaba a ése número.  La persona al otro lado del alambre ya lo esperaba. En la Ciudad de México contestó la llamada el actor Abel Salazar. En un mes, Esteban, tuvo a la comunidad artística mexicana como alumnos de meditación y yoga.
 
El voto de castidad hizo crisis como renuncia a la paternidad y la familia. El noviciado a los diecisiete no era el filosofado a los veintidós. Camus, Sartre y demás tropa existencialista me trajeron nuevo vocabulario para entender la realidad y analizar y poner en tela de juicio, no sólo el status quo, sino mi vida misma.
 
 
San Francisco fue un revoltijo de hippies,  flores y mota. El festival jesuita era escaparate de nuevas formas de apostolado: Titiriteros, actores, poetas excéntricos, locos, y la mayoría, genios. La Fauna era grupo conservador comparado con esa tropa de extravagantes.
 
De regreso a México viajé a mi terruño.
 
La desilusión de mi madre fue enorme. Entonces caí en la cuenta que no sólo yo había tenido vocación jesuita; también ella había asumido la suya y muy en serio: la de ser madre de un futuro sacerdote. Durante siete años su vida había girado en torno a esta realidad. Sus relaciones sociales, actividades de voluntaria en hospitales, ayuda a los pobres, retiros y ejercicios eran parte de su misión.
 
Como no había manera bonita de decirlo se lo lancé de sopetón: He dejado la Compañia de Jesús. Carajo, nunca supe dorar la píldora. Mis amigos piensan que es porque soy norteño pero a veces creo que soy sencillamente bruto y un cero a la izquierda para dar malas noticias; y ésta, para ella, era malísima.
 
He olvidado, o bloqueado, cuál fue su primer reacción. Su bella cara en éstas situaciones adquiría un dejo de tristeza que me hacía sentir terriblemente culpable. Ésta vez no se trataba de un examen reprobado o un vidrio roto, como en los viejos tiempos. Ésta vez era una noticia que nos afectaba profundamente a los dos.
 
Recuerdo el ambiente, pesado y difícil que sembré en la familia durante esa semana. No pude explicar las razones de mi salida, claras para mí, imposible de entender para ellos. Hablar mal de la iglesia era tema prohibido; criticar al Papa, sacrilegio; mencionar dudas sobre el voto de castidad, una peladez. Hice lo mejor que pude y aunque no entendieron mis razones, respetaron mi decisión.
 
Los mil kilómetros de regreso a la capital se me hicieron eternos. Me acordé de la primera vez que llegué borracho a casa, a los quince, tumbando macetas, haciéndome el payaso, cantando El Hijo Desobediente. Le hizo mucha gracia a mi tío Jesús, quien me metió, vestido y todo a la regadera, para que se me pasara. Mi madre estaba tan furiosa que, en la mañana, cuando me sirvió el menudo que había traído el tío, pa la cruda, me dijo::
 
-No quiero borrachos en ésta casa, ¿entendiste? Una más y te largas.
 
-Esos son los pelaos, Fito, bienvenido al club -me dijo Jesús mientras me cerraba un ojo.
 
-¡Cállate, Jesús!
 
Ahora no tenía quince, sino veintitrés, y esto era más delicado que una borrachera y no se curaba con menudo. Jamás dudé de mi decisión pero aprendí que las importantes duelen y se cargan a la espalda de por vida.
 
En Cuencamé se me ponchó una llanta. En otras circunstancias hubiera entrado en pánico. Ésta vez tranquila y humildemente me arrodillé y aflojé los tornillos del rin, escuchando la coyotiza  cantando a la luna. Puse la de repuesto, volví al volante y después de ocho horas de ver pasar recuerdos sobre la línea blanca de la carretera, divisé las Torres de Satélite.

 

 
38. Las Giras de la Fauna
 
Al principio, la capital fue nuestro centro de operaciones. Tocamos en diferentes eventos jesuitas y en conciertos privados con conocidos y amigos. Teníamos el repertorio ya dominado, estábamos listos para la próxima etapa: las giras.
 
Los colegios jesuitas de León, Guadalajara, Torreón, Chihuahua y Tampico organizaban los eventos. Maestrillos y estudiantes se encargaban de la venta de boletos, publicidad, renta de teatro y hospedaje.
 
Éramos novedad. Nadie había visto jesuitas rockeros, menos aún, greñudos y con repertorio de protesta, desgañitándose para cambiar el mundo. Para los jóvenes éramos portavoces de sus ideas. Había intercambio fantástico de energía en cada concierto. Una cosa era componer la canción, otra, comunicarla a un público inteligente, joven, abierto y dispuesto. Después de todo, eran estudiantes de jesuitas y tenían barniz ignaciano. Muchos de ellos, años después, serían portavoces de causas humanitarias, como escritores, líderes políticos, fundadores de organizaciones sociales, etc. De alguna forma pienso que La Fauna puso su grano de arena en esas generaciones.
 
Por el momento los chavos eran boleteros, pega-pósteres, taquilleros, choferes y correveidiles de la causa musical. Gracias a ellos, nuestra tarea, en cada plaza, se concentraba en estudiar posibilidades acústicas del teatro, instalar equipo, conectar amplificadores y ensayar.
 
La música, durante las giras, no era lo difícil más difícil, sino la travesía, el viaje, la carretera, el encierro en la van -furgoneta- que era grande pero no suficiente. Como lata de sardinas viajábamos los cinco, cuatrapeados y revueltos entre guitarras, tambores y amplificadores. Era como viajar en carreta de gitanos. Si andábamos de buenas todo iba bien: la conversación, el paisaje y la cantada. Si estábamos de mal humor el viaje era largo y la compañía un infierno. En vano Pablo Posada, el superior, se empeñaba en contar chistes o historias para distraernos.
 
Diseñamos un sistema rotatorio de choferes en viajes de larga distancia, donde, por las noches, uno dormía sobre el amplificador del bajo, otro manejaba y los tres restantes le hacían plática para que no se durmiera. De día, con paisaje y sol, la manejada era fácil. La noche era más complicada, sobre todo en carreteras de doble circulación, donde duplicas la atención, aprietas las manos al volante, te concentras en las franjas blancas e intermitentes bajo la luz hipnótica de los faros y das cabeceos momentáneos seguidos por un sudor frío y una voz interior que te grita: ¡Despierta pendejo!
 
Al regresar del concierto de Tampico, Javier, el Pato, chofer en turno, se quejaba de dolor de espalda. Pensamos que quizás le había dado un aire que pronto se le pasaría. Dado que el tipo  no era escandaloso, nos preocupaba su estado.
 
       —¿Quiere que maneje, cuñao?—Preguntó La Micha.
 
       —Creo que sí, éste chingao dolor me está matando.
 
Se acostó en el amplificador del bajo. El dolor se agudizó, tenía fiebre altísima y sudaba.
 
Íbamos a la mitad de distancia entre Tampico y el DF y Faltaban tres horas para llegar .Algunos opinamos que debíamos parar en Tulancingo o Pachuca a buscar un doctor, pero  Pablo Humberto decidió que lo mejor era seguir a la capital, en caso de complicaciones. Para que el Pato no nos oyera, hablábamos en secreto, a señales, ojo pelón y alarmados
 
La Araña Lazcano le dio un sorbo de tequila al paciente para calmarle el dolor. El Enfermo pidió otro, y otro. !Suficiente! Gritó Posada. El Arácnido, que había sido misionero en la Tarahumara, me contó al oído que en la sierra, en emergencias, para dolor o heridas, un cabronazo de tesgüino era la mejor medicina cuando no había galeno en el área.
 
La Micha manejó el último tramo a la capital. Internamos al Pato en el hospital, ya en la madrugada. Estaba blanco y exhausto. Resultó piedra en el riñón. El doctor, por la mañana, explicó que era uno de los dolores más agudos en la lista de padecimientos clínicos.
 
Javier se recuperó y regresó a dar lata en menos de una semana.
 
Durante los viajes, cada uno tenía un talento personal para ayudar al grupo a sobrevivir las carreteras. La Araña era fantástico conversador y sus historias de la niñez en Guadalajara, tenían colorido y humor. Era el conciliador de broncas y diferencias, la voz de la razón.
 
El Pato era buen navegante, un GPS humano que dirigía las travesías por autopistas, carreteras, caminos de terracería y demás. Tenía facilidad nata para establecer relaciones, lo que nos ahorró tiempo y solucionó problemas de comunicación.
 
Pablo era padre y amigo para nosotros. Aguantarnos no era fácil. Tenía treintaytantos, nosotros veintitantos. Era poeta y dibujante, artista tranquilo que pertenecía al lado civilizado y meditativo de las artes. Viajar con la bola de locos tuvo qué haber sido difícil. Nunca se impacientó, siempre escuchaba y daba una orden sólo en caso extremo.
 
Yo, cuando andaba de buenas, era optimista, chistosamente norteño; pero de malas era odioso. Mi lema era En caliente y de repente, que aplicaba a todas las áreas de mi vida: tomar decisiones, comenzar una discusión o empezar un proyecto.  A veces ni yo me aguantaba.
 
La Micha solucionaba problemas. Debo decir simplificaba problemas, prácticos o anímicos. Cuando el botón rojo de alarma se encendía, en el grupo, durante los viajes, Juan Manuel permanecía sereno, expresaba su opinión, tranquilamente, y todo regresaba a la normalidad. Además era un mecánico brillante. Nos salvó la vida, en las carreteras, varias veces, especialmente aquella, entre Nuevo México y Arizona, en ruta al Festival de Jesuitas Artistas en San Francisco, California, cuando el motor de la Van se declaró en huelga. No arrancaba y el problema, lo obvio, no era la batería. Bajo el sol infernal del desierto El Conejo abrió el cofre, metió mano entre cables y fierros ardiendo, hasta encontrar el problema. Con su típica calma, sudando pero tranquilo, nos mostró un trocito de metal y dijo: Éste cabrón era todo el problema.
 
Dice el dicho que si quieres saber quién es, viaja con él un mes. Encerrados en la caja de metal con ruedas y constante run run, cargando y descargando equipo, comiendo en restaurantes de quinta o primera, hablando sin parar o callados, viendo pasar árboles y casas, carretas y ganado, La Fauna fue experiencia vital que me hizo ver que La Canción era mi vida, lo más importante que tengo: un viaje musical fantástico acompañado de amigos y una eterna autopista.

 
 

37. Jack In The Box.
 
Pasamos una semana en Houston. Jesús y Francis vivían en el piso 21 de un edificio de departamentos. Él salía temprano a trabajar y regresaba a las cuatro. La abuela y yo matábamos las mañanas viendo el canal de televisión latino, muertos de risa por el lenguaje pocho que hablaban los locutores. No daban pié con bola.
 
Francis era una irlandesa agradable que se encariñó con nosotros desde el primer día. Se pasaba la vida cambiando y lavando los pañales de Ricardo, el nuevo bebé. Llamaba a la abuela, mommy, y se desvivía por complacerla. No hablaba pizca de español, por lo que establecimos un lenguaje a señas que nos divertía mucho.
 
 Por las tardes, Chuy nos paseaba por la urbe en su flamante camioneta de doble cabina y escopeta atravesada en la ventanilla trasera. Cada día una atracción diferente: el zoológico, el museo de los niños, el de arte, el de la salud, el valle de los búfalos. Al final del día  terminábamos dando la vuelta en el centro de la ciudad que era un bosque fantástico de edificios de hierro y cristal.
 
            —Yo trabajo ahora en éste edificio —dijo el Negro señalando el rascacielos dorado. Nos dijo que su jefe era un judío y odiaba a los mexicanos.
 
            —¿Y tú qué diablos haces trabajando para él? —protestó la abuela.
 
            —Porque soy el mejor mosaiquero de Houston, jefa. Llevamos una relación estricta de negocios y no tenemos ningún problema en la chamba. Mi equipo de trabajo es de veinte albañiles, aztecas y prietos como yo, ja, ja, ja, ¡tiene qué aguantarnos!
 
 Houston era entonces el centro económico de la fiebre de oro negro: el petróleo. Los  nuevos millonarios manejaban Chevrolets convertibles con defensas de oro y cuernos de toro como mascarón de proa. Entre vacas y chapopote acumulaban más riqueza y la economía del estado ya competía con la de California.
 
 Nos detuvimos en el Franklin Bank. Jesús tomó la escopeta, se bajó del vehículo y me indicó que lo siguiera.
 
            —¿Vas a robar el banco? —gritó la abuela.
 
            —No jefa, ja ja, voy a hacer un depósito, no tardo. Vente Fito.
 
 Mientras caminaba con la carabina apuntando al piso, me explicó que en Texas era legal cargar escopeta en las ciudades. Pero si te agarran con una pistolita veintidós, te carga la chingada, ja ja ja. Así son los gringos, hijo, absurdos.
 
 El policía del banco saludó al Negro de Hi Jesse! What's new? Hablaron en inglés un rato, hicimos el depósito y regresamos a la camioneta, donde recontó a la abuela las leyes de armas de fuego en Texas.
 
            —Están locos. Por eso hay tantas balaceras.
 
Lo más destacado de Houston fue el restaurante de hamburguesas llamado Jack in the Box. Tenía una torre altísima, coronada por una caja roja de sorpresas de donde salía, lentamente, la cabeza descomunal de Jack, el payaso con cuello de acordeón, nariz de zanahoria y sombrero de bufón. Me parecía mágico, sobre todo cuando el pompón del gorro se quedaba temblando en el aire, al final de la aparición. Cada diez minutos se elevaba de nuevo. Hubiera pasado el día entero viéndolo, sin aburrirme. Las hamburguesas y leches malteadas de Jack, eran también, como todo en Texas, gigantes.
 
La semana pasó rápido. La última noche fuimos a cenar carne asada al restaurante Taste of Texas, donde había meseras de minifalda, botas vaqueras y escotes generosos. Cada vez que venían a la mesa, el Negro y yo intercambiábamos sonrisas pícaras. La abuela negaba con la cabeza y entornaba los ojos.
 
            —!Peladas! Deberían taparse las anginas.
 
Francis pasó la cena ocupada con los biberones y pañales, pero al final hizo una pausa para decirle a la abuela, usando a Jesús de intérprete, que amaba locamente al Negro, que quería ir a México a visitarnos y conocer su bella familia. La abuela le contestó con un beso tronado en la mejilla.
 
La conversación de sobremesa se centró en El Gordo, el hijo de Jesús que vivía con la primera esposa, Lupe. La abuela quería que el niño viviera con nosotros.
 
            —Esa vieja, como siempre te lo dije, está loca. El gordo debe vivir conmigo. Yo te lo crío. Acordaron que sí, que se arreglarían los papeles de custodia y yo tendría un nuevo compañero de juegos.
 
 Al día siguiente salimos a Beaumont, a visitar a la tía Carmelita. Los tres nos despidieron en la terminal de autobuses. La abuela los abrazaba, bendecía y besuqueaba hasta que el sistema de sonido anunció la salida.
 
 El chofer del Greyhound, con gorra de capitán de barco, detrás de un atril dorado y flanqueado por dos banderas gringas y dos azafatas rubias, inspeccionaba, sonriendo, los boletos de cada pasajero. Era autobús extra ancho, con cafetería y bar. Mejor que un avión, bromeamos.
 
 Durante el viaje Jugamos Damas Chinas en el tablero portátil. Doña Trini era campeona. Nadie le ganaba nunca,  ni las tías, vecinos o amigos de la casa. Con la canica entre pulgar e índice brincaba obstáculos e invadía el triángulo opuesto, con sonrisa giocondesca de satisfacción de niña traviesa. Pasamos media mañana jugando. Se dejó ganar una vez para no desanimarme, pero no dije nada.
 
 El resto del viaje contemplamos el paisaje: granjas de ganado bovino, tierra verde y fértil, pozos de petróleo, autopistas anchas y bien pintadas, sin hoyos ni manchas de aceite.
 
La tía Carmelita era prima de la abuela. Habían vivido juntas en la niñez y se querían mucho. Nunca supe en qué circunstancias había terminado en los Estados Unidos; lo cierto es que los padres de la abuela, papá Milo y mamá Mariquita, habían vivido siempre en la frontera de Tamaulipas/Brownsville, donde él trabajó de aduanero toda su vida. Durante la revolución pasaba armas de contrabando a las tropas de Villa.
 
Llegamos a Beaumont por la tarde. Pewee y Arthur, mis primos, vinieron a recogernos. Hablaban terrible español pero se daban a entender. Pewee, el mayor, manejaba un Chevrolet viejo de los cincuentas, de colas picudas, motor ruidoso y sin aire acondicionado. El primo tenía los párpados caídos y un corte pelo tan engomado y hacia arriba que parecía estar siempre asustado. Era pequeño, de tez blanca y delgado. Arthur era alto, gordo, moreno de labios gruesos, lentes grandes y redondos.
 
             —So, ¿tu eres Pito?—preguntó Arthur.
 
             —¡Fito!  —corregí muerto de risa.
 
             —Es el hijo de Guille —añadió la abuela.
 
El calor era húmedo y endemoniado. Extrañaba el aire acondicionado de la camioneta de Jesús. La cercanía al Atlántico traía aires de canícula que exprimían la piel y agobiaban los pulmones. Para colmo, al atardecer llegaban las nubes de mosquitos zumbadores. Por la noche, en los parques públicos, durante los juegos de béisbol, entre innings, rociaban con DDT a público y jugadores, lo que apaciguaba los insectos solo unos minutos.
 
 La casa de los parientes era muy vieja, estilo victoriano, de recámaras grandes, techos altos y ventanas enormes, cada una con abanico eléctrico que funcionaba día y noche, metiendo aire caliente y húmedo que ni de chiste refrescaba.
 
 La tía Carmelita y otras señoras nos aguardaban en la veranda, tomando limonadas. La abuela bajó del coche y abrazó a su prima, echaron su lagrimita, se dijeron mutuamente que estaban igualitas, que no habían cambiado y el que los años no les hacían nada. Las otras señoras eran parientes lejanas y se añadieron rápidamente a la conversación.
 
La prima se veía de setenta, morena, de voz grave y agradable, ojos dulces y pelo corto, me cayó bien desde el principio. Su esposo era un viejito de bigote y pelo blanco, bajito y sonriente, que vivía en su mundo y apenas conversaba.
 
Arthur me hizo señal de entrar a la casa. Subimos las escaleras y entramos a su cuarto. Las paredes estaban tapizadas de pósteres: Marilyn Monroe, Hendrix, Ray Vaughn, Mickey Mantle, César Chávez, Zapata, Toro Sentado y fotos de ruinas Mayas y Aztecas.
 
Me dijo que tenía diecisiete años y quería ser ingeniero aeronáutico. Le dije que yo sería doctor. Me echó un discurso contra los médicos a quienes calificaba de crooked putos y ladrones.
 
            —Tienes cara de lawyer, Fito.
 
            —¿Qué es eso?
 
 Justo en ese momento, desde la planta baja, gritó la tía a Arthur: que cortara el césped de inmediato, que los jardines ya parecían jungle.
 
            —Yeah, ok, coming! –gritó, y luego me dijo: Look how fast I corto el grass.
 
El jardín trasero era enorme, y efectivamente parecía jungla. La cortadora de césped echaba bocanadas de humo y Arthur, casi corriendo, dejaba copetes de hierba por todos lados. Al terminar, bañado en sudor, se engulló, una tras otra, cuatro latas de Root Beer. Se golpeó el pecho, lanzó un eructo ensordecedor y gruñó:
 
            —Fuckin Pewee... He never cuts the grass!
 
La algarabía de señoras invadió el jardín. Cada una con su silla, en fila india, se acomodaron alrededor del asador. Casi todas de lentes oscuros a la Liz Taylor y abanicos de cartón en constante movimiento.
 
Pewee preparó las hamburguesas. En total éramos alrededor de veinte parientes, todos hablando al mismo tiempo en inglés, español y pocho.
 
La hija mayor de la tía, Karen, estaba casada con George y eran bailarines profesionales de Ballroom. Tenían casas de campo en Florida y Lake Tahoe. Le seguía Junior, un tipo alto y musculoso, bien parecido, recién llegado de Vietnam, que pronto se iría a Houston, a vivir con Jesús, mientras se adaptaba a la vida civil. Nobleza obligaba, ya que el Negro había pasado dos años, al principio, en casa de la tía, aprendiendo inglés y asimilando la cultura norteamericana.
 
 En la segunda tanda de hamburguesas llegó otra prima lejana, quinceañera, de vestido rosa de crinolinas, tacón alto y gafas Ray-Ban que le daban aire de actriz. Era muy bella.
 
            —Trini, ella es Lizet, la hija de Diana.
 
Se saludaron de beso y la abuela me señaló como hijo de Guille. La chica me plantó un beso en la boca que me estremeció. Me tomó completamente por sorpresa. Sentí un hervor bonito en el pecho. Nunca me habían besado en los labios. Me enamoré instantáneamente de ella. Traía un novio con cara de tonto, invadida de acné, que me pareció poca competencia.
 
Por la noche le conté a la abuela lo sucedido.
 
            —¿Y tú te dejaste?
 
            —¡Me llegó de repente!
 
            —Me llegó de repente me imitó con voz cómica—. Esa tipa es una frívola.
 
No entendí la palabra, pero por la forma en que lo dijo sonaba a que Lizet era mala chica. La verdad es que junto con Jack in the Box, fueron las mejores experiencias de mi primer viaje a Texas.
 
 
 
 
 

 

36. El Gran Escape
 
La abuela educó los hijos, los nietos y biznietos. Nunca tuvo descanso. Con razón no tenía paciencia. De la vida de la hacienda a la ciudad supongo que las cosas cambiaron radicalmente para ella. El abuelo administraba campos de algodón para los Purcell y vivía en el rancho Santa Mónica, a una hora de distancia, donde pasó gran parte de su vida.
 
La abuela administraba la casa: cocinera, chamana, electricista, podadora, albañil, plomera y nana. Los primeros seis años de vida estuve bajo su égida todo el día, hasta que llegaba mi madre por la tarde y había cambio de turno.
 
La abuela Sufría de artritis en las rodillas, riumas que la atormentaban en días nublados, sobre todo en invierno, cuando pasaba horas enteras en cama. Nunca supimos si era artritis real o achaques imaginarios, dado que la condición desaparecía de inmediato con anuncios de buenas noticias; la mejor, que la ponía sana y de buen humor, era la proposición de un viaje, corto o largo no importaba, con tal de salir de las cuatro paredes y escapar de la rutina.
 
Un telefonazo del sobrino, gerente de la Ford, era suficiente para cambiarla de señora artrítica, en viajera jovial y feliz, con itinerario, chofer, maleta y nieto. Sí, yo era su compañero de aventuras. Hicimos varios viajes a la capital en coches nuevos de traslado. Visitábamos parientes y conocidos que nos paseaban por Chapultepec, Xochimilco, La Alameda y el Museo de Antropología. Era como si viviéramos otra vida, otra realidad, ella otra abuela, yo otro nieto. Se tornaba amable, de buen humor, aventurera y curiosa por conocer nuevos sitios y gentes.
 
El viaje más memorable nos llevó de Torreón a Houston, Texas. Toda una aventura que selló, para siempre, nuestra amistad itinerante. Una semana antes, la abuela estaba en cama con agudo dolor de rodillas, cuando su hijo, mi tío Jesús, llamo por teléfono:
 
       -Está enferma y en cama -dijo la tía Irma-, no creo que pueda ir a Houston.
 
Casi le dio infarto al escuchar la respuesta y gritó:
 
       -¡Pásame el teléfono! ¿Jesús? Hola hijo cómo estás. ¿Yo? Muy bien. No no no, ya ves cómo son mis hijas de exageradas. Solo un dolorcito en la rodilla pero nada serio -sin despegarse del teléfono escuchó la noticia. Sonriendo, me echó una mirada traviesa y feliz. Levantaba el pulgar anticipando buenas noticias. Se despidió, colgó y me dijo con cara de hada madrina-:¿Quieres ir a Houston?
 
Yo brincaba de gusto. Mi madre y las otras tías vinieron a la recámara a escuchar las buenas nuevas: Chuy nos invitaba a Houston, todo pagado, a conocer a Francis, su nueva esposa.
 
       -¿Y tus rodillas mamá? - preguntó Rebeca.
 
La abuela no la escuchó. Había salido al desván a buscar las maletas. Las hijas se miraban entre si, sonriendo: Serían libres por un mes.
 
No solo ir a Houston me ponía feliz, sino también ver de al Negro Jesús, mi tío preferido, modelo masculino de mi niñez, como el abuelo. De joven, cuando vivía con nosotros, trabajaba en Ceballos, Durango, en el rancho de Jaime González, su mejor amigo. Ambos eran norteños de pura cepa: mezclilla, cinturón ancho de hebilla grande, botas vaqueras y Stenson.
 
Jesús se casó muy joven y el matrimonio fue un fracaso. Después de un tiempo decidió  irse de mojado a los Estados Unidos donde estudió carrera corta en montaje de azulejos en construcción. En México, con esa especialidad hubiera sido un albañil a secas, pero en el otro lado el tipo era experto en su ramo y los contratos de trabajo en rascacielos, entre Houston y San Antonio, le brindaron una rebanada generosa del American  Dream.
 
Llevaríamos solamente la maleta enorme de vaqueta para hacer el viaje más fácil. Sus cosas ocupaban más de la mitad de la valija: vestidos floreados, zapatos de medio tacón y tantos frascos de medicinas que parecía botica ambulante. En el espacio restante acomodé mi ropa, veinte soldaditos, trompo, balero y cuentos de Supermán.
 
-No, no puedes llevar el patín del diablo. ¿Qué? No, ni desarmado. Tus primos en Beaumont tendrán muchos juguetes. Tranquilo.
 
Mi madre me abrumó de encargos y consejos: no olvides lavarte los dientes, no subas los codos a la mesa, da las gracias, reza tus oraciones... Me lo siguió repitiendo aun en la edad adulta cada vez que viajaba.
 
Una semana después, todas nos despidieron en la terminal de autobuses. La abuela, radiante y de humor excelente, daba las últimas instrucciones: sacar al patio, por las mañanas, los veinte pájaros y pericos, limpiar las jaulas, meterlos al mediodía cuando el sol se ponía bravo; regar las plantas y los árboles de la banqueta, poner veladora a San Antonio por las noches y ordenar otro tanque de gas para la estufa.
 
A las nueve de la mañana salió el autobús, Transportes del Norte, casi vacío. En media hora llegamos a Matamoros Coahuila, donde la abuela tenía mucha parentela. Me hablaba de ellos, de sus antiguas haciendas, ganado y aventuras revolucionarias. Usaba voz agradable de abuelita de cuento.
 
No hubo parada en Parras de la Fuente donde había más familia con más historias que la abuela seguía narrando. Nunca me aburrió su conversación, al contrario, tenía arte para la descripción y era imposible dejar de escuchar su estilo engatusador.
 
 
De Parras en adelante, para mí, era territorio desconocido. Me impresionaba lo grande que era el desierto, tan seco, espinoso y partido por la canícula. Pasaban camiones de redilas, repletos de campesinos enguaripados que parecían cuadros de Diego Rivera. Los había visto infinidad de veces haciendo cola, larga, frustrante y eterna, afuera del Banco Agrícola.
 
Merendamos lonches de huevo con chorizo y frijoles refritos en la terminal de Saltillo. Miles de pajarillos cruzaban el desierto formando densas nubes que ondulaban en el cielo.
 
       -Emigran -dijo la abuela.
 
En Monterrey el autobús se detuvo una hora. Fuimos a la iglesia. La abuela sacó el rosario y bisbiseaba oraciones frente a la imagen de la Virgen.
 
       -Rézale, hijo, para que nos vaya bien.
 
Llegamos al anochecer a Nuevo Laredo. La terminal de autobuses era enorme y la fila, en la Aduana, larguísima. El gringo de la ventanilla tenía cara de ardilla, granos en la nariz, lentes redondos y pequeños.
 
       -¿Qué edad tiene el chamaco? -dijo con voz chillona.
 
       -Doce.
 
       -¿Es tu hijo?-preguntó el muy igualado.
 
       -Es mi nieto.
 
       -Necesito permiso escrito de su madre. Es la ley -dijo la ardilla, en tono definitivo, mientras devolvía los pasaportes.
 
Nos sentamos en la sala de espera, digiriendo la noticia. Nunca había visto a la abuela tan afligida. La abracé y le dije que no se preocupara. Me abrazó y me dijo que un telefonazo lo podría arreglar todo.
 
No fue así. Los sábados las instituciones de gobierno estaban cerradas. Mi madre prometió mandar el documento el lunes, a la oficina de correos de Nuevo Laredo.
 
       -Hijo, busca en la maleta el frasquito de mejorales que ya me agarró el dolor de cabeza.
 
Justamente cuando buscaba la medicina se acercó un maletero a la abuela. Le dijo que había oído su conversación con el migra, que no se apurara, que en San Pedro de Roma las cosas se podrían arreglar.
 
       -¿San Pedro de Roma? -preguntó la abuela, confusa.
 
       -Sí, señora, es un pueblito, a ciento cincuenta kilómetros de aquí, con aduana chiquita donde todo mundo pasa con una pequeña mordida. El autobús sale ahora mismo y es el último. ¿Quiere que le diga al chofer que la espere?
 
Corrimos a la taquilla, compramos los boletos, la abuela le dio diez pesos al maletero y empezamos nueva aventura.
 
La noche era oscura, sin luna ni estrellas. El chofer gordo, con bigote de morsa,  atrabancado y fumador. El autobús brincaba en el camino de terracería. En las curvas, la abuela rezaba su Ánimas benditas del purgatorio y dibujaba cruces en el aire.  No pudimos dormir.
 
Era cierto que todos los caminos iban a Roma: pasamos la frontera temprano, de Ciudad Miguel Alemán a San Pedro de Roma, Estados Unidos, por la mañana, sin problemas. El aduanero vio los pasaportes y nos dejó pasar de inmediato, sin mordida.
 
Desayunamos en el restaurante de la terminal. Yo pedí la hamburguesa y leche malteada del póster. La mesera sonrío y dijo:
 
       -You’ll love it, it is our specialty!
 

 
 



 
35. ALGO PARA RECORDAR
 
 
Mi madre era una artista atrapada en el laberinto ciego de un mundo de machos. Divorciada y joven, con la criatura a las espaldas, se le complicó la vida. No pudo refugiarse en la religión porque la iglesia rechazaba su estado civil. El cura se la puso difícil: Tienes que regresar con tu esposo. Es la única forma en que podemos aceptarte. El famoso esposo nos había abandonado y desapareció sin dejar rastro.
 
La música clásica fue uno de sus refugios. Rachmaninoff uno de sus héroes. El concierto número dos para piano y orquesta fue su verdadera religión. Demasiado complejo para mi, no entendí la música del ruso; pero en la adolescencia la señora me contagió su gusto por Bach. Me compró un casete de sonatas para flauta; memoricé breves segmentos que le tarareaba, medio desafinado, cosa que le hacía mucha gracia.
 
El concierto de Rachmaninoff lo retomé en la madurez. Más que lo escuchaba más que entendía la melancolía del compositor y la de mi madre.
 
Las primeras imágenes que guardo de ella son de adioses y despedidas. La camioneta de Recursos Hidráulicos la recogía temprano en la mañana para llevarla a la oficina central de Lerdo, Durango. Como mis otras tías, había estudiado para secretaria en la Escuela de Comercio, donde aprendieron el arte de la taquigrafía, caligrafía y rapidez dactilar en la máquina de escribir. La oficina de gobierno, donde pasó gran parte de su vida, era edificio austero, aburrido y oscuro, rodeado de jardín sin flores y siempre empantanado. Como sus hermanas, poseía talento natural para socializar, lo que la mantenía ocupada los fines de semana. Mi madre en el trabajo, yo todo el día en casa, con la abuela, que era estricta, y el Moro, que daba la pata y me divertía.
 
Un sábado mi madre me invitó a una de sus reuniones con sus amigas, Las Franch, hijas de un español acaudalado, que vivían cerca de nuestra casa. Me llevó para que  jugara con el hermano chico, El Peque, que era casi de mi edad. La casa era enorme: la sala era de techo alto con molduras labradas, la escalera de baranda barroca y alfombrada, chimenea con bajorrelieves griegos y sillones del mismo estilo, enormes y tan acolchados que casi te tragaban.
 
Las Franch eran alegres y siempre me cayeron bien. El Peque no estaba y me mandaron a jugar con Manina, la más chica. Congeniamos desde el principio y hablamos, o mejor dicho, habló sin parar, de su colegio, sus amigas, el caballo que tenía en el rancho y su viaje a Texas. De vestido y zapatos blancos, con el moño rojo a la cabeza, parecía niña de cuento.
 
Después nos sentamos todos en la sala a tomar limonada y galletas, mientras el jardinero, en el patio, hacía figuras caprichosas en los arbustos, con las tijeras de podar. Sus ojos miopes se acercaban tanto a las hojas de metal que pensé que podía cortarse la nariz.
 
-¡Guille! -exclamó la mayor- ¿Cuál nos vas a contar hoy?
 
No entendí. Todas miraban a mi madre como niñas aguardando una sorpresa. Guille sonrió y dijo:
 
-Algo para Recordar.
 
Explotaron en aplausos y gritos de júbilo. Parecían niñotas grandes. Como yo, la más chica tenía diez, la mayor veinticinco. Mi madre veintisiete. Todas vestidas de colores alegres de verano, sentadas correctamente y tomando limonadas en una tarde mágica, perfectas para una fotografía.
 
Era la primera vez que la veía en acción, rodeada de su público, cómoda y segura de sí misma, como pez en el agua. Poco a poco fue desenredando el hilo de su narración. Primero describió el océano bajo el cielo azul salpicado de gaviotas; el trasatlántico, las albercas, restaurantes y salas de juego. Los pasajeros viajaban de Europa a Nueva York, y mataban el tiempo en juegos de tenis, cocteles y banquetes de etiqueta.
 
Gary Grant -Nicky Ferrante-, guapísimo, caminaba por la borda, seguido por miradas románticas de mujeres y  cámaras de paparazzis. Buscaba la cigarrera que una amante italiana le había regalado.
 
Me sorprendía el arte de mi madre: sus ademanes, cambios de voz, volumen y velocidad de narración. Tenía voz de seda, perfecta para películas románticas. Mientras hablaba, su mirada se paseaba suavemente por el público, que no perdía detalle de la historia.
 
Sin duda era talento heredado de los abuelos, magníficos narradores: Don Trini, de batallas revolucionarías; la abuela, de vida campestre en la antigua hacienda.
 
Las invitaciones a contar películas se multiplicaron. Su grupo de amigas fue creciendo al punto que los fines de semana tenía compromisos por toda la ciudad. Liz Taylor, Clark Gable, Montgomery Clift, Audrey Hepburn, Brandon...toda la parvada de Hollywood me era familiar. A los once, yo estaba secreta y locamente enamorado de Liz Taylor y Kim Novak. En la pared de mi cuarto, entre Charles Atlas y El Llanero Solitario, tenía un poster de Liz, de la película Un Gato Sobre el Tejado Caliente, recostada sobre la cama y en fondo.
 
-¿Qué le ves?-preguntaba la abuela.
 
-Ta bonita.
 
Desde el día de las limonadas tuve un aprecio especial por mi madre. Me partía el alma imaginarla en la oficina, días enteros, tecleando documentos estúpidos sobre pozos de agua, cuencas, ríos, presas, drenajes, campos de riego...
 
Yo no soñaba en trabajar para ayudar a mi pobre mamá, como el cerdito de Cri-Cri. Mis fantasías eran medievales: ataques con catapultas, flechas y fuego a las oficinas de Recursos Hidráulicos. Espada y guillotina a los jefes e ingenieros y la coronación de mi madre como reina absoluta.
 


34. Las Cruzadas.  
 
La niñez fue una aventura difícil, sobre todo los primeros años, cuando se es indefenso y el instinto de supervivencia no ha despertado todavía. En el escenario teatral de esos tiempos había actores malos, buenos, crueles, amorosos, indiferentes: Madre, abuelos, tíos, tías, sirvientas, caporales, vecinos, curas, maestros, todos fueron parte de la obra teatral de mi niñez. Hubo escenas malas y buenas, levantadas de telón a destiempo y pocos aplausos del respetable.
 
Una soledad de caballo caracterizó mi niñez. Amenguaba momentáneamente con la visita semanal del abuelo, y por las noches, cuando regresaba mi madre de los dos trabajos que tenía y me contaba el cuento de los tres cochinitos para me durmiera pronto y en paz .
 
Necesitaba una puerta de escape. La encontré en el cine. Cinelandia se llamaba la sala. El matiné de los domingos comenzaba a las once, pero siempre llegaba una hora antes. La señora de los boletos me llamaba El niño madrugador. A los veinte primeros nos daban pósteres, figuras de plástico, revistas y demás baratijas que atraían la muchachada.
 
Tobor el Magnífico, El Manto Sagrado, Cantinflas Bombero, Godzila, Demetrio el Gladiador y muchísimas más...  mi preferida de esos tiempos: El Príncipe Valiente, con Robert Wagner y Janeth Leigh. La era medieval fue la fantasía que vino a mi rescate: Caballeros, damas, duelos, cruzadas y conquistas, magos y pócimas. El cine fue la puerta de escape perfecta. La película no terminaba con las palabras The End, continuaba durante el día y toda la semana.
 
La maestra se frustraba con mi cara de ido y me reportó a la dirección muchas veces. Ausente de la vida real que no me interesaba, flotaba en mi mundo personal: Cruzado una semana, Príncipe Valiente la otra.
 
Tarareaba los temas musicales de las películas y, cuando mi madre me compró la armónica, las tocaba todas a la perfección. Tiene talento musical, decían sus amigas, lo cual en esos tiempos no significaba nada. "Los músicos son panzones y terminan en la zona roja" decía el adagio popular.
 
A la pregunta ¿Qué quieres de regalo?, en navidad, cumpleaños o día del Santo, la respuesta a todos era la misma: soldaditos medievales del Puerto de Liverpool, y les mostraba la foto del catálogo. En dos años acumulé cientos de monitos: arqueros de rodillas, lanceros a punto de atacar, infantería de escudo y espada al aire, caballería empuñando lanzas de torneo
 
Mi amigo Emilio Herrera se contagió de la obsesión y en un año tuvo trescientas figuras. Su papá era el gerente de la tienda, lo cual le proveyó también de catapultas,  castillos y puentes levadizos.
 
Mi ejército contra su ejército en el cuarto de juegos de su casa fue el pasatiempo que nos entretuvo meses enteros.  Los fines de semana estaban dedicados a la batalla. Las montañas eran el ropero y dos mesas. El barranco, la base de la ventana, el piso era el  valle, bloques de madera las trincheras. Alternábamos campos de batalla y castillos después de las guerras.
 
Nos tomaba un día entero acomodar ejércitos, caballos y catapultas. Los reyes estaban siempre estratégicamente protegidos. Los generales eran quienes iban al frente de los soldados. Una vez que terminábamos de acomodarlos ya era hora de comer y Emilio cerraba el cuarto con llave. Ricardo y Pepe, sus hermanos menores, no tenían permiso de entrar hasta no terminar la batalla, al final de la semana.
 
-Milo y yo preparamos una guerra de caballeros medievales.
 
-Toma, corre a la tienda y trae cinco tomates grandes, una cebolla, dos velas de sebo y una lata de Mole Doña María.
 
-Mis soldados tienen qué subir la montaña.
 
-Y tú tienes que ir a la tienda, ¡córrele!
 
Salía disparado repitiendo una y otra vez la lista, ya que la abuela me mandaba a la tienda cuando ollas y cacerolas hervían y había olvidado algunos ingredientes.
 
Al día siguiente comenzó la batalla, metódicamente y alternando turnos matábamos de a uno por uno: Este arquero dispara su flecha, con el índice dibujábamos en el aire la trayectoria y tumbábamos un soldado enemigo. Milo comenzaba siempre diezmando mi retaguardia, yo, su vanguardia.
 
Después de atacar la mañana entera con catapultas y movimiento de tropas, había tregua para recoger soldados muertos que regresaban, más tarde, como tropas de refuerzo.
 
Un rey era malo y vestía de negro, el bueno de blanco. Después de días enteros de lucha, como al final de las películas, los dos reyes se enfrentaban en duelo de espadas y uno tenía que morir.
 
Traía los mandados al revés, -un tomate, cinco cebollas, dos moles Doña María y diez velas de sebo-; memoria de gallina en la vida real,  pero el juego memoria increíble. Sabía siempre dónde estaban todos mis soldados, cuántos habían muerto, cuántos estaban vivos y las bajas del ejército de Milo. Sun Tsu hubiera estado orgulloso de nosotros.
 
Una Navidad le pedimos a Santa Claus disfraces de caballeros. Era tiempo de actuar: haríamos torneos de lanza, caballero blanco contra negro; juntaríamos a los amigos del barrio y habría princesas que atarían pañoletas a la lanza de cada caballero. Mi madre, después de buscar por todas las tiendas, encontró un traje de Príncipe Valiente (escudo, espada, casco y armadura de plástico). A Emilio le regalaron un traje de cruzado con los mismos atavíos. Acordamos tener nuestro duelo el primer día del año: enero del 1957. Ambos teníamos diez años.
 
A ambos lados de la calle, sentados en el cordón, los treinta chiquillos aguardaban el espectáculo. Pepe era mi escudero y Ricardo el suyo. Nuestros caballos eran escobas viejas con riendas. Dos varas de metro y medio eran lanzas, con bolas de trapo amarradas a las puntas, única condición que nuestras madres habían puesto. La escena teatral fue un éxito.
 
La era de los torneos terminó cuando ya no vino nadie. El tema de indios y vaqueros era más popular: John Wayne suplantó a Robert Wagner. Robert Mitchum vino a Torreón a filmar varios westerns y la moda de cow boys invadió la región.
 
-No se te olvide: dos kilos de tortillas, un kilo de sal, dos cebollas y un jabón cortadura.
 
Salí corriendo a toda velocidad. El calor derretía el asfalto en las calles, los niños andábamos descalzos durante el verano y había que hacer carrera de relevos, de sombra en sombra, de árbol en árbol, para evitar pies calcinados. Fui primero a la tortillería, había cola: diez señoras impacientes.
 
-Ya mero salen las tortillas, ya le empacamos la masa a la máquina- dijo Blanca Nieves, la más chica de las tortilleras. El aparato tosía petróleo que olía a masa y combustible. El engranaje crujía como motor de carcacha. Las tortillas, infladas y calientitas,  desfilaban sobre la banda de lona y caían  en el canasto. Una por una, las señoras salieron con sus respectivos tambaches. Yo salí disparado con el mío, sin fijarme al cruzar la calle.
 
La camioneta frenó, pero no suficiente. La defensa me rompió el brazo y rodé por el asfalto. Vecinos y tortilleras salieron a ver al niño accidentado que gritaba de dolor, no por el cúbito y húmero hechos trizas, sino por el  asfalto hirviendo que me tatemaba.
 
Recuerdo el interior de la ambulancia, la sirena, el llanto de la abuela y la enfermera gritando: !No chille!, ¿Qué no es hombre?
 
Milo vino al hospital,con sus papás, a visitarme. Envuelto en celofán y moño rojo, me trajeron una armadura, casco y escudo de cruzado.
 
-Alíviate para tener más torneos de caballeros- dijo Milo.
 
Sonreí, sabía que los huesos rotos habían terminado mi etapa de caballero medieval. Durante mi convalecencia encontraría un pasatiempo que me haría muy feliz y popular: narrador de películas. Los gringos le llaman Storyteller,  que en buen español significa Cuentero.

 
33. LA FAUNA 3
 
Semanas después del concierto en Guanajuato, Mario nos dio la noticia que se había integrado al grupo de teatro de Luis de Tavira. Los ensayos eran por la noche y no interferirían con los de La Fauna. Hablamos de posible conflicto de horarios. Si los ensayos musicales eran intensos, los del teatro era más, pero insistió en que no habría conflicto.
 
Al mismo tiempo Jaime Villar nos propuso dar un concierto en nuestra sala de ensayos -el establo-, en un mes, para la prensa y casas grabadoras. Traería todos sus contactos del medio artístico; sería evento importante y crucial para darnos a conocer.
 
Una vez fijada la fecha, los faunos le avisamos a Mario que tuviera cuidado con su voz. Él y yo éramos los solistas, cada uno a cargo de cantar sus propias canciones que alternábamos durante el concierto. Los cuatro éramos indispensables: sin bajo no había alma, sin órgano o guitarra eléctrica no había puentes musicales y sin solistas o batería todo sería un fracaso.
 
Llegó la fecha del evento, al final del otoño. Era un sábado soleado y tranquilo. Llegaban los invitados de Jaime, un coctel de periodistas, productores y artistas. Llegaron también amigos nuestros y compañeros jesuitas y el sitio estaba a reventar.
 
Nervioso, yo veía el reloj que avanzaba rápidamente a las doce del día. No había señales de Mario. Cuando llegó la hora, al verme en estado cataléptico, me dijo la Micha:
 
     -No se apure, cuñao, de que llega, llega.
 
     -Lo vi en la mañana-añadió La Araña-, todo está bien. Miren, ahí viene...
 
Cruzó los jardines, se aproximó a nosotros y sencillamente dijo que no tenía voz y no cantaría. Por un instante nos quedamos mudos, boquiabiertos. La olla presto de los corajes me calentó la sangre y la tapadera de adrenalina explotó de tal forma que no recuerdo bien lo que pasó. Vagamente recuerdo a Chente Arredondo separándonos. Supongo que hubo empujones o puñetazos...
 
Mentando madres y en estado energúmeno, atravesé los jardines, a zancadas, hacia la puerta de salida: tomé un Taxi, llegué al aeropuerto, volé a Manzanillo y me hospedé en un hotel económico a la orilla de la playa. Como era baja temporada estaba vacío. El cuidador, Pedro, me asignó una habitación, ofreció sus servicios de cocinero y pasé dos semanas en calidad de ermitaño, contemplando el mar. Tiempo de tranquilidad, reflexión, paz, casi inanición.
 
En los atardeceres de nubes incendiadas y mar rugiente, como juego de Tetris, las ideas se fueron acomodando poco a poco. La ecuación Fauna, si la Araña y la Micha la aceptaban, seguía en pie, por supuesto, pero sin Mario. No lo odiaba, de hecho siempre me cayó bien, pero éste negocio musical y jesuita pedía compromiso y disponibilidad absoluta....¡y voz!
 
Un mar de gaviotas se codiciaban sobre las olas la comida del día. El sol se zambullía, rojo y ardiente, como metal fundido, siseando en la cubeta del mundo. La ira se me había pasado y en su lugar una paz extraña y surrealista tomaba su lugar. El olor a pescado asado interrumpió mis pensamientos. Pedro cocinaba mi platillo favorito: mojarrita al mojo de ajo:
 
      -Órale Gato, te la adorné con camarones y el Riesling está frío, llégale.
 
Cocinaba en su asador. Pedro era un Picasso del paladar. Había trabajado en varios restaurantes de Manzanillo pero los gringos habían invadido la región y ahora traían cocineros de la capital. Diariamente nos sentábamos frente al mar y conversábamos de su mundo y el mío. Por supuesto que el suyo era más interesante.
 
Los últimos días en el mar traté de concretar, afinar y resumir mis pensamientos. La Fauna era nuestro proyecto común y lo tomábamos en serio. Era parte de nuestra vocación personal y religiosa. Para mi, la génesis de la canción, los arreglos colectivos, los ensayos y conciertos, eran la médula de mi vida. Desde los bosques de Tapalpa, donde aprendí la pisada de LA, que Memo me enseñó, hasta el momento presente, la canción, como entidad, era la base de mi existencia.
Cantábamos a la justicia, a la esperanza; despotricábamos contra la guerra y la hipocresía, creíamos en nuestro mensaje, ensayábamos hasta reventar, íbamos en serio. Era un compromiso con nosotros mismos, con Arrupe y la Compañía, con el público de los teatros.
 
Regresé a la capital, me hospedé en un hotel y los llamé por teléfono. Nos quedamos de ver en el Vips de Insurgentes, al día siguiente por la mañana. Sus voces sonaban conciliatorias, lo cual me tranquilizó. Pasé la tarde pensando qué iba a decir. Simplemente citaría los hechos: Mario había perdido la voz, yo, los estribos. Ambos éramos la causa de la catástrofe... Yo no tenía excusa y ofrecería disculpas.
 
A las diez llegamos los tres al restaurante. Le prohibieron la entrada a la Araña porque vestía "ropa indecente-: una camisa hecha de jerga de trapear que estaba muy a la moda. El Vips no era precisamente lugar elegante, pero el anfitrión insistía que no era decente. Mandaron llamar al manager y al gerente y demás autoridades del lugar y finalmente le dieron luz verde. La distracción rompió el hielo y nos reímos de la situación Una vez aclarado el pasado, entre chilaquiles y cervezas discutimos el futuro del grupo. Teníamos una gira en dos semanas. Había que reclutar al nuevo miembro. Ellos propusieron a Javier Ávila, teólogo, apodado el Pato. Era cantante, tenía buena voz y tocaba guitarra. Aprobamos todos la proposición.
 
      -Yo le digo a Gudelia-dijo La Micha.
 
     -¿A quién? -pregunté.
 
     -Ja ja, es el otro apodo que tiene Javier-contestó-: ¡Gudelia!
 
 

 
32. MI NAGUAL
 
 
Al volver de Europa me fui de retiro a una casa de ejercicios situada en la colonia Polanco, cerca del instituto Patria. Un remanso de silencio, donde el ruido y smog capitalino no llegaban. Comenzaba el invierno. No fueron ejercicios espirituales de mes, sólo de dos semanas. Enrique Ponce de León SJ fue mi guía.
 
Necesitaba restablecer paz y equilibrio de alma, reencontrar mi camino, reafirmar las decisiones que había tomado durante la última etapa de La Fauna, antes de volar a Madrid. Enrique, sabio director espiritual, me regresó la paz...y el nagual me dio la brújula:
 
Una de tantas mañanas, antes de la primera plática con Enrique, al salir al jardín encontré el césped cubierto de escarcha. Sentado en una banca de piedra asimilaba ideas y meditaciones. El silencio organizaba prioridades, amenguaba temores, iluminaba la oscuridad y abría nuevos senderos. El pasado descendía como hojas de otoño planeando en cámara lenta.
 
Algo me distrajo, un objeto semi cubierto bajo la escarcha: un pajarito muerto. Me arrodillé para verlo mejor, rompí la capita de hielo y lo acurruqué entre mis manos. Estaba frío como paleta, con los ojitos cerrados y el pico semi abierto. Me impactó el animalillo, me enterneció.
 
-Eres tú, Gato-me dijo el Hampón. Tas muerto.
 
Me senté de nuevo en la banca, lo acurruqué entre mis manos, cerré los ojos y le pedí a Dios un milagro: la vida del gorrión.
 
Abellera, la astróloga de Barcelona, me decía siempre que yo necesitaba un tótem, un nagual, animal protector, como los indios canadienses, los aborígenes de Australia o los chamanes mexicanos. En la aventura de Alaska y Vancouver había conocido nativos que labraban en madera su animal protector en la punta del tótem que protegía su casa, sobre otras imágenes esculpidas con temas de ardillas, lobos, zorrillos, cuervos, castores. Hay tótems al oeste de Canadá que miden hasta treinta metros de alto, con el animalero labrado alrededor y en la punta el mamífero o ave que protege a la tribu.
 
El animal protector llegará a tu vida y lo reconocerás de inmediato, me había dicho la catalana.
 
Lo seguía calentando entre mis manos. De vez en cuando abría las palmas para verlo: no daba señales de vida. Lo calenté con vaho, con oraciones, concentrado completamente en su resurrección. No era menos que Lázaro...merecía un milagro.
 
En el museo de historia de Toronto hay un tótem altísimo cuya imagen superior es una rana. Siempre tuve curiosidad por qué una tribu había escogido una rana como santa patrona.
 
Después de cinco minutos abrió un ojillo. Mi corazón se aceleró. Le sonreí, abrió el otro ojo, me miró por un segundo y estremeció su cuerpecito. Me vio a los ojos por un segundo, después al cielo, a la derecha, a la izquierda y de nuevo a mi, sin entender qué pasaba.
 
Se sentó en mis manos, extendió sus alas y emprendió el vuelo, muy bajo, al principio, ganando altura poco a poco hasta elevarse por encima de los álamos. Después se perdió en la distancia.
 
Sentado en la banca, brazos cruzados y cabeza agachada, dije la palabra Gracias Señor un millón de veces. El verbo volar había adquirido un nuevo significado en mi vida. No el vuelo del águila, mítico e imperial, tan sólo el humilde vuelo de un gorrión.
 
-¿Estás bien?- preguntó Enrique al empezar la entrevista.
 
-Sí, ¿por qué?
 
-Te ves raro.
 
Desde ese día adopté a gorriones y avecillas menores como mis nagualitos. Ellos me cuidan y yo los cuido. He salvado palomas, tórtolas, canarios, gansos; algunos atrapados en estacionamientos, otros con alas rotas en jardines, algunos atarantados después de choques contra ventanas o a punto de ser engullidos por gatos.
 
Recuerdo uno que no pude salvar:
 
Lo vi desde la ventana de la cocina, al fondo del jardín, por la mañana, bajo la sombra de los maples: un petirrojo. Me extrañó que no buscaba semillas, sólo caminaba de un lado a otro. Me fui a trabajar al estudio de grabación, en la planta alta que da al jardín. Ahora estaba de pie bajo el pino. No era joven, era gordito y torpe. Seguí trabajando, grabando música. Al mediodía me fui de compras y olvidé el asunto.
 
Por la tarde lo espiamos todos, desde la cocina. Estuvimos de acuerdo que tenía problemas para volar. Emilio notó que caminaba raro, casi cojeando. Glenys pensaba que estaba enfermo. Al siguiente día lo ví de nuevo bajo el mismo maple, pero ésta vez había dos tórtolas, echadas a poca distancia de ella, viéndola. Al mediodía llegaron varios gorriones, más tarde dos palomas, todos echados en círculo en torno al petirrojo, inmóviles, en actitud de adoración. Los pájaros por naturaleza son inquietos, pero ahora estaban hipnotizados, viendo a su amigo, acompañándolo en sus últimos momentos. ¿Era un ritual o despedida?
 
A la mañana siguiente vi su cuerpecillo muerto bajo el maple. Saqué la pala, cavé un hoyo y lo sepulté. Hacía treinta años que el gorrión había resucitado. Se cerraba un círculo y se abría otro.
Mi amigo el hurón, Aguila que Vuela, adoptó su nombre al salvar un águila atrapada en las ramas de un pino. Supongo, entonces que mi verdadero nombre es Gorrión Que Resucita.
 
 

31. LA FAUNA 2

Cantábamos menos canciones comerciales e incorporábamos material nuestro; nos íbamos definiendo como  grupo de rock de protesta y ahora nos unía, más que la diversión, la convicción. Hablábamos el lenguaje de los jóvenes de nuestros tiempos y la música parecía ser un medio poderoso de comunicación. Pensábamos en hacer de La Fauna nuestra forma de apostolado, que en lugar del magisterio en colegios jesuitas, que era la etapa que seguía al terminar filosofía, iríamos a buscar las ovejas perdidas. Los jóvenes que estudiaban en nuestros colegios, eran ya ovejas del redil. 

Decidimos pedir permiso a Roma, al Padre Pedro Arrupe, General de los jesuitas.  Eran tiempos de cambios sociales y religiosos. El Concilio había revolucionado la imagen, y a veces el contenido, de las órdenes religiosas. En éste contexto nuestra proposición no parecía descabellada. 

Redactamos y enviamos la carta confiando que Arrupe nos entendería. Él había sido marcado, toda su vida, por el cambio. De la carrera de medicina cambió a la de Jesuita. Estudió filosofía y teología  fuera de España, en diferente países, porque el gobierno de Franco había expulsado la orden. Se ordenó sacerdote en Kansas, USA.  Fue Misionero en Japón, y durante su trabajo en Hiroshima, el imbécil de Truman arrojó la bomba atómica sobre la ciudad. Arrupe organizó los primeros grupos de rescate. Intelectual, místico y hombre de acción. Nuestra carta estaba en buenas manos.

La Micha y La Araña se hartaron de intercambiar bajo y guitarra entre canciones. Los arreglos pedían otro instrumento, otro músico. Entonces invitamos a Mario, el salvadoreño: cantante, excelente compositor y guitarrista: perfecto para la Fauna. Fuimos cuatro una vez más. Mario era de la escuela tipo trova, peña, con sabor latinoamericano. La Araña y yo éramos rockeros. La Micha ecléctico y con raíces clásicas. Estábamos bien equipados. 

Nos lanzamos a los ensayos, arreglos, coros, discusiones, pleitos, reconciliaciones: el proceso natural de la creación colectiva. En un mes habíamos armado un repertorio básico. Íbamos encontrando nuestro sonido y estilo. Yo era desesperado y necesitaba resultados inmediatos, de lo contrario montaba en cólera. Mario era berrinchudo pasivo. La Micha era intelectual y mediaba entre Mario y yo, sin convencernos. La Araña era el gran conciliador. Gracias a él sobrevivimos todos en tiempos de crisis.

Al mes llegó la respuesta de Roma: "Adelante con la idea..." No recuerdo los pormenores, sólo el sentimiento de alivio, gozo y responsabilidad. Ahora La Fauna era un proyecto oficialmente jesuita. 

Jaime Villar, experto en publicidad y amigo de los jesuitas, se convirtió en nuestro manager y promotor. Era Amable, culto y solucionaba problemas sin ahogarse en vasos de agua.  Humberto Posada SJ, nuestro nuevo superior, era pintor y poeta, abierto siempre al diálogo y aunque no era domador de leones, supo controlar a los cuatro salvajes veinteañeros.

El Padre Rovalo, administrador económico del filosofado nos hizo un préstamo para comprar instrumentos, dado que los que usábamos, a excepción de la batería -cortesía de Tere Levy-, pertenecían a la capilla. El papá de La Micha, Don Manuel, gerente de la Chrysler, nos vendió, en abonos y precio especial, una furgoneta grande para las giras.

Una vez equipados, regresamos al cuarto de ensayos. Se avecinaba el primer concierto, nuestro debut. Jaime había movido cielo y tierra para lograr que el Festival Cervantino nos abriera las puertas del teatro Juarez de Guanajuato.  

Estrenamos furgoneta y viajamos al festival. Debutamos el 22 de marzo de 1971 . Luis de Tavira y Ricardo Govela fueron los diseñadores y técnicos de iluminación. Posada nos presentó como grupo de jóvenes jesuitas que buscaban un nuevo estilo de comunicación con el mundo. El concierto fue un éxito. Las críticas nos trataron bien y regresamos a la capital con nuevos bríos.



 
30. Regreso de Europa
 
Vi la Ciudad de México entre nubes, desde el Alitalia. No había cambiado en dos años y medio: ahí estaba el Zócalo, La Catedral, Reforma, y al fondo, los volcanes. Día perfecto, soleado y sin smog, para regresar a casa.
 
Al aterrizar, mi lado práctico, si es que tengo uno, estaba preocupado por el futuro inmediato: techo y comida. Mi lado interior: tranquilo. Los jesuitas me habían abierto el camino a la espiritualidad; La Fauna, a la Canción, con mayúscula, como centro de mi vida; las comunas hippies de Oregón y Europa, jóvenes de mi generación, me enseñaron a decir No al status quo y a la guerra. Beatles, Dylan, Santana, Keruac, Huxley... eran los profetas de los tiempos.
 
La estrategia de supervivencia la había madurado en el último año en Barcelona. El plan era sencillo: usar las técnicas de La Floresta y establecer un pequeño negocio de piel. Produciría bolsas artísticas con dibujos originales: "La bolsa será cara, pero dado que será bella, la comprarán", pensaba mi atolondrado gene de negocios. Mykonos sería el nombre de mi firma, en honor a Grecia, adonde nunca había podido llegar.
 
Compré dos metros de piel natural, color beige, impecable, suave pero firme, perfecta para mi idea. Experimenté diferentes tintas y acrílicos pero no me gustaron los resultados. Unas se desparramaban, otras no se adherían con firmeza.
 
Comentando con amigos mi frustración, Dolores mencionó la palabra pirógrafo:
-En lugar de pintar, quemas la piel, Rafael. Y lo quemado queda. Yo he pirograbado en madera, no es difícil. Todo es cuestión de moderar el calor: al rojo vivo para imprimir oscuros. Suavecito para áreas luminosas. Sonaba fantástico. De inmediato compré uno.
 
Me encantaron los resultados. Pasé dos semanas haciendo pruebas en diferentes estilos: claroscuro, línea, contraste. Había encontrado el camino.
 
Instalé el taller en el departamento: mesa de trabajo, martillos, tijeras y un bloque de madera para perforar. Lo primero era diseñar en cartón los patrones para monederos, bolsas de asa, de mano y sombreros.
 
Caídos del cielo vinieron Memo el artesano y Juan Carlos, Antiguos admiradores y seguidores de La Fauna, quienes me sorprendieron con ésta proposición:
 
-Tenemos 16 y 17 años respectivamente. Ya no queremos vivir con nuestros papás, pero no tenemos dinero para rentar un depa. ¿Podrías darnos cobijo? Nosotros te lavamos la ropa, los trastes, te compramos el mandado y demás.
Me enternecieron los muchachillos. Los adopté de inmediato. Fueron mis "gatos" por un año. Mantenían la casa impecable, ayudaban con el taller de piel, hacían mandados y no daban lata. Cuando me iba de parranda o coscolino, por la mañana me servían menudo, picoso y calientito y una caguama fría. Ni la reina Isabel tenía butlers como los míos.
 
Pedí un préstamo al banco, compré diez pieles enteras y me lancé al trabajo: copiar patrones sobre las pieles, cortar a tijera, perforar a martillazos y coser. Veinte bolsas tomaron dos semanas. Inaceptable para mis planes de producción. Con práctica y manos ampolladas, pronto reduje el tiempo a la mitad.
 
Después venía la parte creativa, el dibujo pirograbado, que en tono sepia, daba a las bolsas un aspecto mágico. Unas tenían motivos renacentistas, las demás grecas Aztecas. En unos meses diseñaría motivos griegos, árabes, cubistas y, por encargo, sugerencias del comprador, lo cual doblaba el precio.
 
Cuando terminé las diez muestras, me lance al mundo a buscar clientes. Los amigos compraron una bolsa para sus esposas o novias. Las amigas compraron una y ordenaron más, para otras amigas. Algunas siguieron ordenando y se transformaron en mis distribuidoras, en oficinas de gobierno, universidades, colegios, y conventos. La demanda ya era superior a la oferta. Delegué el cortar, perforar y coser, a los butlers. Yo me clavé a dibujar.
 
En medio de la revolución artesanal, contraje matrimonio con Licha, bella e inteligente mujer que terminaba su carrera universitaria. Nos establecimos en León Guanajuato, el centro cuerero de México. Sus cuñados eran distribuidores de calzado y pronto diseñaron estrategias de producción y ventas para Mykonos.
 
Entrené una tropa de señoras, divididas en grupos de diez, enseñándoles mis técnicas. Aprendieron de inmediato. Cuidar el detalle a cada paso, era fundamental, sobre todo al coser con cinta gruesa de piel, sin aguja, a mano. Se llevaban las pieles a sus casas y entregaban en una semana el trabajo hecho. Les pagaba tres veces más que las fábricas y estaban felices. Casi era ya hippie capitalista, pero no explotador.
 
Contraté a Memo el artesano como dibujante y pirograbador. Llegó en autobús, feliz de formar parte del proyecto. Ambos pasábamos días enteros ocupados en diseñar y pirograbar.
 
El ciclo transcurrió tranquilo por un tiempo: producir, vender y volver a producir. Alicia, los cuñados, Memo, las señoras, los clientes y yo, vivíamos en León en completa armonía. Pero, como dicen los chinos: la luna no es siempre redonda.
Un día, al abrir los rollos de piel, encuentré hoyos de garrapata por todos lados. Para colmo de males, el precio, repentinamente había subido al doble. La explicación que se me dio era que la piel americana que trabajábamos ya no se podía importar. El presidente López Portillo había cambiado tarifas y políticas. Me dio en la madre y Cerré el changarro.
Alicia y yo regresamos a la capital. La provincia ya nos quedaba chica. Seguí pirograbando, ésta vez tratando de hacer algo más artístico, en estilo figurativo y abstracto. Me inscribí en la academia Bellas Artes, pero me aburrí de copiar modelos de yeso y me fui al estudio de Teodoro Campesino. Al año me fui al de Robin Bond, quien me enseñó que el arte es libre y no tiene estilo. Participé en tres exposiciones colectivas.
 
Olvidé la música por un tiempo, pero... la luna no es siempre redonda
 
 


29. LA MUERTE DEL ABUELO. 
 
Se nos fue apagando como un pajarito, meses después de su jubilación. Un administrador de haciendas de algodón, sin rancho ni caballo, no tenía nada qué  hacer en la ciudad. Se aburría sentado en el patio bajo el limonero. 
 
Manejé de noche los mil kilómetros de la capital a Torreón y pasé unos días en casa. La abuela, mi madre y tías expresaban su preocupación: 
 
      -Está triste.
 
      -La transa de Rodolfo lo terminó de doblar.
 
      -Nunca le pagó el préstamo. ¿Cómo diablos lo iba a hacer? ¡Estaba en bancarrota!
 
      -Un ladrón. ¡Se llevó dinero de su jubilación!
 
      -Un hijo de puta -añadí.
 
      -¡No digas malas palabras! -dijeron a coro.
 
Había que hacer algo para sacar a Don Trini de la depresión. Decidimos hablar con Momo, mi primo, quien lo quería entrañablemente. 
 
      -No se apuren, me lo llevo a trabajar a la funeraria. Sobran cosas que le pueden interesar.
 
Prácticamente lo adoptó, le inyectó nueva vida, le inventó responsabilidades y le devolvió el optimismo.  El abuelo, sin experiencia en el oficio mortuorio, administraba el negocio como si fuera rancho. Trataba a carpinteros y choferes como caporales que, muertos de risa, lo obedecían. Se hizo famoso por sus comentarios estridentes e ingenuos durante los velorios; por su afán de barrer la banqueta a las cinco de la mañana y cuidar celosamente las carrozas estacionadas en la calle.
 
      -Los domingos le pago y lo llevo a los toros-reportaba Momo-, Lleva las cuentas de sus gastos al detalle, je je. Incluye hasta las Coca Colas que se toma. Lo dejo encargado del negocio cuando viajo. Mis amigos bromean y opinan que dejo la iglesia en manos de Lutero.
 
Momo, Jesús Cepeda, había estudiado filosofía y humanidades con los jesuitas, en California. La vida para él ha sido siempre un reto que se toma con humor y sabiduría. 
 
La sobrina del abuelo, Elisa,  también le ofreció trabajo temporal, en Tampico, como supervisor de un equipo de trabajadores que instalaban estructuras de metal para bodegas. Fue mala experiencia. Regresó a las dos semanas con un pie destrozado. Un poste de metal se había desplomado y hubo varios heridos.  Don Trini sufrió cirugía, yeso y reposo de dos meses. 
 
De nuevo a la silla del patio.  Ahora sí parecía el final. Las muletas y bastón eran demasiado. Se dedicó a matar el tiempo leyendo periódicos y revistas de agricultura. Fue entonces cuando las tías Bibi y Rebeca le dejaron en la mesa del patio una copia de El Quijote de la Mancha. El primer día lo tomó en las manos, leyó la portada y lo puso de nuevo en la mesa. Al tercer día hizo lo mismo, lo pensó un momento y ...comenzó a leer.  A sus ochenta y tantos, descubrió el gusto por la literatura. 
 
Su educación había sido práctica y autodidacta: era genio para las matemáticas, sumaba de hilerita hasta cincuenta cantidades, mejor que calculadora. Su caligrafía era impecable. Los ranchos que administró durante su vida requerían no sólo números, sino intuición para sembrar, adivinar la temporada de lluvias y cosechar a tiempo el algodón. Él había sido parte del auge algodonero de los cincuentas. Tiene su lugar en la historia.
 
Leyó el libro de principio a fin, a veces en silencio, otras riendo y comentando para sí mismo las ocurrencias del Quijote. Las pláticas de sobremesa, con la familia, eran ahora conversaciones sobre el libro y sus personajes. La Bibi, aprovechando el éxito, le fue dejando, en la mesa del patio, libros de otros autores.
 
El abuelo volvió a caminar, recuperó la salud, el optimismo y tomó trabajitos eventuales: barría banquetas y tiraba basuras por cincuenta centavos, a pesar de las protestas de la familia: 
 
      -Papá-se mortificaba mi madre- ¿Cómo que tiras basuras? Tienes tu casa y no te falta nada. ¿Qué irán a pensar los vecinos?
 
      -No quiero estar de oquis, hija, necesito trabajar. Además, fíjate -y se reía-, a veces me dan hasta un taquito.
 
Recibí la noticia durante un ensayo con la Fauna. Agonizaba en el hospital. Deshice de nuevo los mil kilómetros en el Datsun.
 
Ya no pude hablar con él. Pasó sus dos últimas semanas, inconsciente. El oxígeno lo mantenía vivo y su respiración era agitada.
 
Durante el día, abuela y tías lo cuidaban. Les propuse a los primos El Coyote (Alberto) y el Oso (Jaime), cuidar al abuelo, por las noches,  en relevos. Eran solo unos chiquillos de apenas 14 años, pero estaban dispuestos.
 
Un año antes, durante la agonía de mi madre, las tres tías pernoctaron en el hospital, en relevos. Ahora los nietos cuidábamos del patriarca. 
 
Me tocó a mi despedirlo de éste mundo. A las dos de la mañana dejó de respirar. Vino el doctor y dos enfermeras a tratar de resucitarlo. En vano.
 
Hice arreglos para llevármelo de inmediato. Me dijeron que lo esperara en la parte trasera del hospital, en la puerta de las basuras, dijo la estúpida Enfermera. Me lo trajeron en camilla de ruedas, cubierto con una sábana que le quedaba corta. El cielo estaba estrellado y el aire olía a jacarandas. Conversé con el abuelo unos minutos, en lo que llegaba Carlos, mi primo, en la carroza. Cuando llegó nos dimos un abrazo largo, fuerte.
 
Me fui a casa a dar la noticia. Lloramos y nos consolamos mutuamente. 
 
Antes de dormir me tomé un tequila doble. Soñé al abuelo cruzando los campos de algodón en su caballo favorito. La acequia venía crecida y el agua se derramaba. Las libélulas volaban como pequeños helicópteros y el sol había desaparecido en el horizonte. 
 


 
28. Avenida Insurgentes.
 
Fui hundiendo la uña en la capital. Me gustaba el estilo de la ciudad. Después de Torreón y Puente Grande  el DF era puerta maravillosa al anonimato, al gentío de gente caminando por las calles, formándose en el metro, invadiendo taquerías, sentados en coches embotellados tocando cláxones, echando maromas y tragando fuego en las esquinas...un paraíso. Después de la lupa disciplinaria de cuatro años, donde cada movimiento y pensamiento era escrutado, me sentía un dichoso grano de arena en la playa urbana del mundo.
 
Una noche, ya tarde, cuando conducía a casa por la avenida Insurgentes, me detuve en luz roja. Observé junto la banqueta, un cuerpo tirado en la calle. Bajé de inmediato. Era un borrachito. Lo arrastré hasta la puerta de una casa mientras gruñía sandeces. Le puse veinte pesos en la bolsa y me fui.
 
Pasé mala noche. Pensé que quizás no había hecho suficiente. ¿Cuántos como él  no habría en la ciudad: Limosneros y gente desesperada? ¿No debería hacer algo por ellos? Por la mañana decidí que eran, en cierta forma, mi responsabilidad. Tomé la costumbre, desde entonces, de caminar por Insurgentes, sólo y de noche, levantando borrachos, hablando con teporochos, hippies y malvivientes. Del Monumento a Obregón a la estatua de Cuauhtémoc, ida y vuelta cada noche. Discípulo de Aristóteles de día, Samaritano de noche:  era la misión.
 
Durante mis andanzas la policía me detuvo varias veces. Melena y facha me delataban como marihuano.
 
      -¿Onde trais la droga, cabrón?
 
      -Qué pasó, jefe. Me cai que no le hago al asunto.
 
      -Manos a la pared.
 
Esculcaban, manoseaban y hurgaban hasta calcetines y zapatos.
 
      -¿Qué chingaos haces a éstas horas, matador?
 
      -Paseando, jefe, paseando.
 
En dos ocasiones, para salir de problemas tuve qué identificarme como jesuita. Me llevaron, enpatrullado, al seminario. Humberto Posada, mi superior, atestiguaba en mi favor y los policías, apenados, pedían perdón estrechándome la mano, a veces besándola con un perdón padrecito.
 
Mi centro de operaciones era el Donidonas de Insurgentes Sur, frente a la difusora de radio y la tienda de discos. Al regreso de las caminatas, en la madrugada, tomaba ahí, siempre y religiosamente, chocolate caliente.
 
Un día me sorprendió una lluvia torrencial al regresar de Reforma. Caminé varios kilómetros bajo el diluvio hasta llegar a la donería. Al entrar, vi un tipo excéntrico y loco, que vestía fondo de mujer, como camisa, me dijo:
 
      -¿Te mojaste porque quisiste o porque te agarró el chaparrón de chingadazo?
 
Solté la carcajada. El dependiente me sirvió el chocolate y el loco contó su historia:
 
      -Me llamo Edgardo y soy el Marco Polo mexicano. Éste fondo que traigo puesto es de la última gringa que me chingué. Me lo traje de recuerdo. Salí de mi casa hace diez años y he viajado por todo el mundo...
 
      -¿En serio, a dónde?- pregunté.
 
     -Bueno, pa que des un ligero quemón te diré que te conozco Tampico, Ciudad Juárez, El Paso, Sinaloa y he viajado hasta a Oaxaca. ¿Cómo la ves?
 
      -Increíble... ¿Cómo te llamas?
 
     -Ya te dije que me llamo Edgardo y soy el Marco Polo mexicano. Desde chamaquito supe que lo único que quería hacer en la vida era viajar sin parar. Y es a lo que me dedico.
 
Pelo de alambre, corte de cazuela, pómulos morenos e hinchados, gordo y cuerpo de tamal cubierto con fondo de mujer, no paró de hablar en toda la madrugada. Dada mi timidez para interrumpir conversaciones, se aprovechó y contó sus aventuras con detalle. El dependiente me veía con cara de "no le creo nada"; yo le parpadeaba insinuando "está loco, déjalo que hable".
 
La forma en que narraba su historia era exagerada y cómica, pero también interesante y llena de pasión. Si Luis de Tavira lo hubiera puesto en escena, sin maquillaje ni vestuario, tal como era, verborreando su monólogo, hubiera sido obra de teatro fenomenal. Edgardo hablaba sin comas ni puntos, de seguidilla andaluza, enchorizando, sin respirar y viéndote a los ojos. No había forma de escapar
 
      -Mi héroe es Marco Polo, ¿lo conoces? -sin darme tiempo a contestar, continuó:- Era un italiano que viajó por todo el mundo en camello: Rusia, China, Italia, España, Estados Unidos... todos los países conocidos en su tiempo.
 
Cuando la aurora se reflejó en los charcos, pensé que era buen momento para interrumpir y ausentarme. Nos despedimos de abrazo y carnal.  Personaje inolvidable. Además, compartíamos al loco veneciano como héroe.
 
Cuando los ensayos de la Fauna se intensificaron, tuve que dejar las aventuras nocturnas. En la última caminata, al regresar a casa, subiendo el empedrado, me asaltó un grupo de chavos malvivientes. El más grande me tomó por el cuello y pidió el dinero o la muerte. Los demás amenazaban con navajas y cuchillos. Saqué la cartera, treinta pesos. No traía más.
 
      -¿Qué te pasa cabrón? Si no te estamos pidiendo limosna, ¡suelta la marmaja!
 
En ese momento, inspirado por el Espíritu Santo, un chiquillo con voz de pito, interrumpe el asalto y grita:
 
      -¡Es el padrecito! ¡Es el padrecito!
 
      -¿Cuál chingao padrecito?
 
      -El del seminario, ¡el baterista!
 
Me jalaron por las solapas y me vieron a la luz del farol.
 
      -¡Chin, padrecito, perdón perdón –exclamaron todos.
 
El domingo vinieron los asaltantes a misa y nos saludamos.
 
      -Tu me salvaste la vida- le dije al voz de pito.
 
Fue el fin de mi etapa samaritana en las calles de la capital.
 
 
 

 


27. LA FAUNA I
 
El cambio a la capital fue intenso. De la vida campestre de Puente Grande, espiritual e idílica, a la gran ciudad, había que echar varias maromas mentales para seguir el ritmo frenético de la urbe. Entre la lógica de Aristóteles, las tesis de Tomás y estar atrapado en un embotellamiento de tráfico, todo era igual para mi. La ciudad era una locura de turistas, reporteros, deportistas, granaderos, carteristas y vendedores de flores. Las Olimpíadas habían puesto a la ciudad en estado de celebración. El shock de Tlatelolco en estado de sitio. Dos mundos difíciles de balancear al mismo tiempo.
 
La televisión mostraba protestas contra la guerra de Viet Nam. Dylan se desgañitaba y Nixon, el mofletudo,  ordenaba el regadero de Agente Naranja sobre inocentes campesinos de Laos.
 
En esos días históricos e intensos, nació La Fauna. Grupo de rock, de amigos, de jesuitas, de compañeros de aguas, salvajes a veces, camaradas otras, buenos para las giras. El nombre nos pareció lógico. Nuestros apodos eran faunescos: El Conejo (Juan Manuel), La Araña (Fernando), El León (tuvimos qué ponerle apodo fauno a Manolo) y yo, el Gato. Metamorfoseamos los Michas de Puente Grande, a La Fauna del DF, en un mes.
 
Tere Levy nos regaló la batería. No más sierras de carpintería ni timbales de cueros olorosos a vaca. La primera vez que me senté frente a tambores reales  fue experiencia mística. Fui tocando, tímidamente, platillos y tarolas hasta familiarizarme con los sonidos. Me pellizqué. No soñaba.
 
Tardamos semanas en decidir dónde ensayar. Guitarra eléctrica, bajo, órgano, batería y cuatro músicos ruidosos ameritaban espacio aislado. Pensamos en rentar sitios fuera del filosofado: la casa de la Micha, la de algún amigo. Encontramos mejor solución: había un establo abandonado, atrás del edificio del filosofado, más allá de los jardines. Exploramos el lugar. Bodega de techo alto, paredes en buen estado, lejos de la comunidad, lo cual nos pareció ideal. Cuestión de escombrar fierro viejo, vigas, jaulas y suciedad. Pusimos manos a la obra y en una semana tuvimos nuestro "Hoyo Funky", como le llamó más tarde el reportero del Excélsior.
 
Como grupo, comenzamos tocando La Misa Hossana, los domingos, en la capilla comunitaria. Ceremonia que atraía docenas de chavos de la colonia, curiosos de ver los padrecitos rockeros. En realidad los que llenaban el templo eran los que venían a escuchar la homilía del padre Jorge Manzano, recién llegado de Alemania. Lucía melena negra y abundante, a dos aguas, que aterrizaba en caireles sobre los hombros, como el Gurú Maharashi. Moreno, bajito, de rostro impenetrable, tenía el don de la palabra. El micrófono amplificaba su vocesita segura y grave, embadurnada de poesía, del Cantar de los Cantares, Romeo y Julieta, Nietzsche, Sartre, Shakespeare y anécdotas fantásticas que se le ocurrían en el momento. Dejaba en los corazones un sabor a eternidad y amor universal. Más que orador, era profeta.
 
Debutamos como La Fauna en la primera fiesta del filosofado con repertorio de canciones comerciales. La Micha cantó en inglés Al Maestro con Cariño. Tocamos otras tres que no recuerdo. Tuvimos éxito. Hasta los viejitos milenarios venían, ensotanados y sonrientes, a felicitarnos.
 
Poco a poco incluimos canciones de nuestra cosecha. Cada quien contribuía a los arreglos. La Micha hacía las armonías vocales; era el único que leía nota, los demás éramos cerriles para el pentagrama. Invertimos horas y horas en el establo hasta que armamos un repertorio combinado de canciones nuestras y comerciales.
 
Fue en esos días cuando nos quedamos sin bajista. Manolo, después de mucho pensarlo, había decidido dejar la orden. Habló con nosotros y entendimos sus razones. Quedamos tan amigos como siempre.
 
La Araña adoptó el bajo, la Micha guitarra y órgano y yo en la batería. Supongo que para asimilar la noticia de Manolo nos dedicamos a experimentar e improvisar piezas instrumentales por un tiempo. Nos clavamos en el establo a tejer improvisaciones electrónicas, inspiradas en Hendrix, Iron Butterfly y demás psicodélicos de nuestra época. Cada día partíamos de cero, con un acorde de guitarra o bajo y seguíamos la inspiración, los tres, en comunicación simbiótica.
 
 
Hubo una sesión que fue la catarsis de la búsqueda: una improvisación de una hora, que titulamos Singapur. Ese día vivimos la experiencia del trance, navegando paisajes anímicos en explosiones de sonido y pasajes meditativos, asimilando Tlatelolco, Viet Nam y la salida de Manolo.
 
 


 

26. MEXICOPOLIS
 
 
Salimos de Puente Grande temprano en la mañana, en autobús rentado, rumbo a la capital. Cerrábamos el primer capítulo de nuestra vida jesuita. Habíamos invertido nuestra adolescencia en el cerro, estudiando literatura y espiritualidad, de los diecisiete a los veintiuno. Ahora, en la juventud, cambiábamos de geografía y etapa de estudios.
 
Nos despedimos de compañeros y superiores, y visitamos, por última vez, la capilla comunitaria. Éramos alrededor de treinta. El viaje transcurrió sin novedad y llegamos a la Ciudad de México por la tarde.
 
Barranca del Muerto, Desierto de los Leones, Niño Perdido, nombres de calles que aparecían en los letreros del periférico y nos hacían gracia. Hacíamos justicia al título de la película de Pedro Infante, Del Rancho a la Capital. Aunque licenciados en letras, lo pueblerino se nos notaba a leguas. El encierro monacal de cuatro años pesaba sobre nuestras espaldas.
 
Después de navegar por el tráfico capitalino, el autobús llegó por fin a Río Hondo número uno, el Instituto Libre de Filosofía. Típico edificio jesuita: austero, sólido, privado.
 
La gran metrópoli me quedaría grande, por un rato, pero en unos meses se convertiría en mi ciudad favorita, a pesar del smog y embotellamientos de tráfico. Nunca había vivido en una orbe de millones de habitantes. Habría qué aprender rápido el nuevo ritmo y estilo de vida.
 
En las aulas del filosofado había que crecer intelectualmente: Aristóteles, Santo Tomás, Kierkegaard, Hegel, Coreth... En realidad no tenía madera de filósofo. Las humanidades me habían sentado mejor. La historia y literatura eran materias que me apasionaban. La filosofía sería un reto, sobre todo el Tomás de Aquino y el malabarista mental de Hegel. Tomás me hizo perder la fe, Hegel la paciencia.

La Metafísica de Emerich Coreth fue el libro central de los dos años de filosofía. El Viudo Navarro lo explicó bien, lo disectó bonito, lo transmitió a fondo. Intercalando ideas con experiencia personal; mezclaba lo intelectual con lo humano. Más existencialista que tomista. Más amigo que maestro.
 
Lo mismo pienso de Jorge Manzano, quien nos trajo a Kierkegaard, Regina Olsen, Wagner, Los Cuatro Caminos, el Cantar de los Cantares, Romeo y Julieta e incontables anécdotas e historias biográficas, bíbilicas y personales.
 
El Viudo y Manzano fueron maestros, amigos, consejeros y guías. Aprendimos de ellos no sólo en el salón de clases, sino también en reuniones bohemias, con tinto, guitarras y charlas hasta la madrugada. Petit comité de diez o quince. Mario y yo cantábamos nuestras últimas composiciones; Espinoza a Lara y Chavela Vargas. El Viudo hablaba de política, psicología, arte, filosofía, de ser jesuitas, del mundo actual, de la teología de la liberación...y se armaba la discusión. El salón de clases era sólo el trampolín que nos zambullía en esas reuniones memorables.

El contacto social fue factor decisivo en mi acercamiento a la gran ciudad. Mis compañeros capitalinos me guiaron en el complicado proceso de adaptación: Invitaciones a reuniones y comidas, paseos por la ciudad, visitas al Museo de Antropología, Bellas Artes, la Galería de Arte Moderno, Coyoacán y el Museo Frida Kahlo.
 
Descubrí que la vocación jesuita iba más allá que ser educador o misionero. Conocí compañeros que defendían campesinos en Centroamérica, en medio de la guerrilla; otros ayudando prostitutas; el famoso padre Trampas era párroco en las Islas Marias. El concepto de "Caballería Ligera" de Ignacio, se aplicaba, en tiempos modernos, a diferentes formas de entrega y apostolado. Ser Jesuita equivalía a ser abierto, adaptable y apasionado, dispuesto a llevar el mensaje y compasión de Jesús a donde fuera necesario y la conciencia lo dictara.
 
Ricardo Zermeño me enseñó a conducir. La licencia de manejar era obligada en el DF. Ruben Aguilar fue mi maestro de arquitectura, explicándome iglesias barrocas y sitios históricos. Miguel Aguayo era mi héroe, pintor y poeta, genio.
Asi fue el primer año, 1968.
 
Los Juegos Olímpicos y la matanza de Tlatelolco conmocionaron la ciudad. El dientón Díaz Ordaz mandó los granaderos. Esa misma noche varios jesuitas, participantes de la protesta, contaron historias de horror.
 
Por ese riempo, caminando por Insurgentes, descubrí a Bob Dylan. La voz de perro me impactó. El dependiente de la tienda de discos tradujo The Times are Changing. Entre Tlatelolco y Zimmerman se fermentaban mis primeras canciones de protesta que pronto estrenaría con La Fauna.
 
Come gather 'round people
Wherever you roam
And admit that the waters
Around you have grown
And accept it that soon
You'll be drenched to the bone.
If your time to you
Is worth savin'
Then you better start swimmin'
Or you'll sink like a stone
For the times they are a-changing
 
 


 
25. ROMA
 

La estación de trenes de Roma era un caos. Alrededor de mil almas gritando al mismo tiempo. Yo ardía en temperatura y necesitaba dormir. Esa noche supe que el cansancio puede más que el hambre. Saqué la bolsa de dormir, me senté en la banca más cercana, que estaba repleta de italianos, y empujé con los hombros al vecino, me metí en la bolsa y seguí empujando con los pies, a él y a toda la fila, hasta quedar acostado. Escuchaba las quejas, gritos e insultos, pero me tenían muy sin cuidado. Estaba al límite del agotamiento. Si me hubieran matado me hubiera dado igual. Me dormí en un segundo.
 
Conociendo la rutina de los colegios jesuitas, sabía que hasta el día siguiente podría contactar al Gordo Godínez, quien estudiaba teología. Nadie abriría a medianoche.
 
      -¡Signore! ¡Signore! -escuché una voz en la lejanía-, ¡Signoreeeeee!
 
Abrí los ojos pero no podía ver nada, sólo la luz de los faros del techo. Las voces seguían llamándome: "Signoreeee"
 
Finalmente los vi: eran dos carabinieris. La estación, a las tres de la mañana, estaba casi vacía. Mostré mi pasaporte, después el boleto de tren, que no tenía validez pues ya había llegado a mi destino. No se permitía a nadie dormir en la estación. Ambos me indicaron la salida:
 
      -¡Subito! -gritaron al unísono.
 
Enrollé la bolsa, cargué la mochila, salí de la estación y crucé la calle, a la plaza del Cinquecento que estaba enfrente. Ya no tenía fiebre; tampoco energía, nada. Solo sueño, un sueño devastador que casi me doblaba las rodillas.
 
En la plaza había un restaurante vacío, rodeado de sillas y mesas amarradas por cadenas, por donde me arrastré, entre las patas, hasta llegar a la puerta. Perfecto escondite. Me metí de nuevo en la bolsa y me dormí.
 
Desperté a las ocho de la mañana, cuando llegaron los meseros a re acomodar sillas y mesas. No me dijeron nada. Cargué la mochila y me puse a caminar. El tráfico en torno a la plaza era intenso. Le pregunté a un policía dónde estaba la basílica de San Pedro. Señaló el rumbo y me dijo que la Via Nazionale me llevaría directo.
 
      -¿E distante?- pregunté
 
      -Cinque chilometri.
 
      -Tu puedes Gato -me dije-, cinco kilómetros son pan comido.  
 
En realidad, dadas las condiciones, eran mucho, pero saqué energías de la nada: caminé la Via Nazionale, la del Plebiscito, la Emanuele II, crucé el Tíber frente al castillo Sant'Angelo y finalmente llegué a la Via de la Conciliazione, donde me detuve ante la vista de la basílica de San Pedro. Bajo la luz dorada de la mañana era visión celestial. Lloré  de alegría. Regresaba a la casa del Padre.
 
Caminé el último kilómetro con más entusiasmo. Llegué a la plaza y contemplé por un rato la Columnata. Después entré al templo. Di gracias a Dios...
 
Cerraba un círculo de mi vida.
 
Después de una hora salí a buscar el colegio de los jesuitas. Llegué al mediodía. Le dije al hermano portero que buscaba al padre Godínez. Dijo que no estaba, que podía esperar en el vestíbulo. Después de una hora lo oí llegar, reconocí la voz y sus pasos.
 
      -Gordo
 
No me reconoció.
 
      -Cabrón Gordo, soy yo.
 
      -¡Gato! ¡Gato! Qué chingaos te pasó? Pensé que estabas en España. ¡Uta! Hueles a león.
 
Nos reímos.
 
      -Me aporreó la vida, carnal -dije.
 
Subimos a su cuarto. Le dije que me moría de hambre y salió de inmediato a la cocina.
 
Me lavé la cara en el baño. Vi la imagen del espejo: ojeras de Drácula, melena enlodada que caía como melcocha hasta la cintura, bigotes de aguamielero y  ojos rojos de conejo.
 
       -Querías candela.  La tuviste-, me dije.
 
Godínez llegó con charola llena: sopa de papas y chorizo, pizza, queso y una botella de tinto. Devoré todo.
 
      -Te conseguí habitación en el cuarto piso.
 
Subimos. Le agradecí sus cuidados.
 
       -Un día me pagas con canciones, je je -y se fue a su próxima clase.
 
La ventana del cuarto era pequeña pero la vista espectacular: Las cúpulas del Panteón y el Vaticano emergían sobre la ciudad, bajo la luna.
 
El regaderazo de agua caliente me derritió hasta el alma. Después me eché en la cama y dormí dos días seguidos.

Me despertó el gordo:
 
      -Pensé que te habías muerto, mi cabrón. Dormiste dos días al hilo. Te traigo sopa de mariscos, chuleta de cerdo y un Chianti. Con ese banquete volví a la vida.
 
Después del infierno del viaje de Génova, las dos semanas que siguieron fueron paraíso. Godínez era popular en el barrio. Su pasión por la ópera, viene de familia de tenores, lo había hecho famoso con chefs y mánagers de restaurantes, modistos, diseñadores, pintores y dueños de galerías. Fueron dos semanas de tour artístico, turístico y gastronómico. Roma en verano: arte, sol, música y celebración.
 
Por las mañanas recorría sitios históricos y galerías. Por la noche, cuando Godínez terminaba clases, conversábamos por las calles por un rato y terminábamos en algún restaurante del centro, donde cantaba arias, a dúo, con el chef o el manager. Los clientes aplaudían y pedían más. Me sentía en película de Fellini..
 
La última semana fue memorable. Se canonizaba a una santa española y el colegio jesuita recibió varias invitaciones.
 
-¿Quieres ir, Gato? Me dieron un boleto, pero ese día tengo examen. Es asiento de primera: sitio de embajadores y gente importante.
 
-Me veo hippie y no tengo ropa adecuada.
 
-Te disfrazas. Te consigo un traje negro. Con  tu pelo largo y barba, darás la pinta de cura ortodoxo,  ja ja.
 
Y así fue que llegué a las primeras bancas de la basílica de San Pedro, con los embajadores, quienes  me saludaban, devotamente, inclinando la cabeza. De traje negro y Cristo al pecho, realmente parecía diácono ortodoxo.
 
El templo lleno por completo. La mitad españoles, celebrando a la santa de su tierra. Al entrar Pablo VI en la Silla Gestatoria, cargada por guardias suizos, una ola de aplausos y gritos de viva El Papa, se unieron al órgano tubular y el coro, que entonaban el motete Tu Es Petrus, de Palestrina.  Se encendieron simultáneamente las luces del altar y La Gloria de Bernini. Mientras el Papa avanzaba impartiendo bendiciones, los corazones latían de prisa y el clímax espiritual colectivo llegaba al éxtasis.
 
Días después, desde la ventanilla del Alitalia, de regreso a casa, divisé por última vez  la cúpula de San Pedro. Roma había sido perfecto broche de oro para cerrar la aventura que había empezado en Alaska y concluyó en el Vaticano.
 
Cruzando el Atlántico, pensé en los ángeles guardianes que me habían salvado en el camino: Cassià, Estanislao, Godínez, Frank, Hernández, los hippies de Oregón... Gente bella a quienes les debo la vida.
 
Un güisqui doble en las rocas me irradiaba cuerpo y alma, asentaba ideas, sobre las nubes: cerraba un círculo. Se abría  otro.
 



 
24. Civitavecchia
 
Cuando la nave atracó en el puerto, el cielo se nubló de inmediato y la misma lluvia que padecía Barcelona el día anterior, aterrizó en Génova. Ese chipi-chipi constante bajo el cielo panza de burro comenzó a molestarme de nuevo.
 
Bajando la pasarela del barco nos mezclamos bastardos y aristócratas, seda y mezclilla. Un hippie de barba de dos metros, mochila gigante y parchada, se emparejó conmigo, extendió la mano y dijo:
 
-Peace brother. My name is Jack.
 
-Peace -contesté-, my name is Gato.
 
-This fucking city stinks, man, trust me. Fuck Genoa! If you don't have money, it will treat you like shit.
 
Le dije que mi inglés era terrible y el tipo se soltó hablando en español con acento andaluz y gringo. En lo que bajamos a tierra firme me contó toda su vida en tres minutos: había nacido en San Francisco California, hijo de actores, estudió bellas artes en Berkeley, doctorado en historia de arte renacentista, odiaba la sociedad, la política y el status quo en general.
 
Al tocar tierra firme dije que era mexicano y soltó la carcajada.
 
-Mi platillo favorito son las enchiladas, ja ja ja ja.
 
Era rubio, de cejas pobladas que ocultaban los ojos de lince; la melena lacia se le enredaba siempre en la barba y su tic consistía en echarse el pelo hacia atrás constantemente. Me preguntó si tenía dinero, dije que no. Dónde pasar la noche, dije que no. Me dijo que no me preocupara, que conocía un sitio dónde dormir y comer bien... gratis.
 
Se veía de cuarenta, aunque daba la impresión de ser viejo prematuro. Seguro tenía treinta. Usaba abrigo rojo de gamuza y botas de explorador. Su mochila me recordaba la pirámide mayor de Tikal. Llevaba toda una casa a las espaldas.
 
-Voy a Florencia, bro, con una de mis mujeres. Te invito a quedarte una semana. I have good contacts in the best art galleries y hay varias exposiciones interesantes this month. One in the Palazzo Pitti that will be very interesting, Gato: ¡esculturas de Bernini!
 
Pasamos la noche en un refugio de Franciscanos. Éramos grupo peculiar: hippies, vagos y drogadictos. La sopa era platillo único, hecha por monjas, deliciosa, que incluía verduras y trozos generosos de res. Además servían vino tinto.
 
Fratello Francisco, después de comer, nos guió al dormitorio común.
 
-Non dimenticate di dire la vostra preghiera-dijo antes de salir.
 
-Que recemos nuestras oraciones -tradujo Jack-, sure, fratello, ja ja ja ja ja.

 
Afuera, la lluvia seguía cayendo, inmisericorde. Las gaviotas dormían y soñaban en el cocinero del barco tirando las sobras de comida. Yo soñé al abuelo, montado en su caballo, cruzando la acequia llena de libélulas azules.
 
Por la mañana tuvimos que ir a misa, si queríamos desayuno. Al final de la ceremonia canté con los monjes el Ave Regina, que me sabía de memoria.
 
-Fuck-comentó Jack- hablas latín or you fake it? Ja ja ja ja.

Salimos al mediodía a la carretera, cargando nuestros garreros. El hippie tenía estilo personal y paciencia para pedir rait. No se lanzaba a la carretera precipitadamente con el pulgar al aire:
 
-Si te conocen, te llevan. Es cuestión de presentarse. Just introduce yourself, bro.

Nos sentamos en la gasolinera más cercana a la autopista y cuando los conductores bajaban a llenar el tanque, Jack conversaba con ellos, en italiano, con voz suave y afectada. Les decía que su madre agonizaba en un hospital de Florencia y quería llegar a tiempo. Era mal actor, pero le metía ganas.
 
Después de dos horas y diez intentos, el número once picó. Un comerciante veneciano, gordo, de barba cerrada y mejillas rojas que olía a vino y ajo. Hablaba sin parar con voz ahogada por flemas, en un italiano tan melódico que parecía argentino. Jack lo dejó hablar y solo intervenía con monosílabos: certo, conformemente, mamma mia...
 
Pasé una semana en Florencia, en el departamento de Linda, más hippie y loca que Jack. Tenía cinco gatos y un perro callejero, con quienes entablaba largas conversaciones en italiano. Rubia, desabrida, pero buena cocinera y fanática de Bruegel:
 
-Bruegel es Nietzsche en color.
 
Juntos visitamos el Palacio Pitti, La Galería Ufizzi, el palacio Vecchio, el Campanario del Giotto y demás sitios históricos. La noche de mi despedida, después de comer caracoles, pizza y Chianti, caminamos por la ciudad. Las nubes se abrieron y la luna llena iluminó Florencia. Momento poético que Jack interrumpió en el Puente Vecchio para orinarse en el río.
 
-Now the fucking Arno river is famous! Ja ja ja.
 
Linda celebraba sus puntadas con carcajadas histéricas que empezaban en tono alto, como guacamaya, y bajaban en cascada hasta que le ganaba la tos.
Regresamos al departamento y conversamos toda la noche en una nube de mota tan densa, que hasta los gatos estaban intoxicados.
 
-I don't get it, bro: ¿Qué clase de hippie eres que you don't smoke dope? Ja ja ja-. Linda lo secundó con cascada y tos.
 
Nos terminamos dos Chiantis y agotamos el tema de Freud combinado con Bruegel, Nietzsche y Dalí.
 
Dormí con tres gatos ronroneando en mi cuello. La luna seguía llena en la ventana, pero el radio anunciaba lluvia toda la semana. Apenas podía creer mi suerte.
Por la mañana, después del desayuno, Jack me compró el lote de cinturones de piel de La Floresta. Pagó con un fajo de liras y me aseguró que era buen precio. No conté el dinero para no ofenderlo. Error mío, pero el hospedaje y excentricidades compensaron la transacción.
 
Me lancé a la carretera antes del mediodía. Caminé dos horas pidiendo aventón. Nada. Mi próximo destino era Siena, donde, según Jack había un refugio fantástico de Benedictinos. Linda me había preparado una baguette con carnes frías y queso parmesano que me sostuvo todo el día.
 
Un vendedor de gallinas me levantó a mitad del camino. Entendí que vendía su mercancía en mercados públicos entre Florencia y Siena. Conocía a los benedictinos, que vendían queso y licores en los mismos sitios. Tarareaba canciones y era afinado. Me preguntó si conocía a un amigo, Jorge, que vivía en Perú, según él "cerca de México".
 
Había monjes españoles en el refugio benedictino, dos de ellos exiliados del gobierno franquista. Les hablé de mi estancia en Montserrat y mi experiencia con los ermitaños. Los puse al tanto de los acontecimientos en Barcelona. Pasé dos días en el convento, trabajando en la hortaliza, con otros vagabundos, que pagaba hospedaje y comida.
 
Visité la catedral de Siena, que como la de Compostela, era un coctel de estilos que resultaban en un milagro espiritual de arquitectura: románico, gótico, clásico, todo en uno. La fachada de mármol le daba aspecto etéreo, místico. Parecía dibujo de manuscrito medieval. El interior era otra sorpresa: columnas de mármol negro y blanco en rebanadas horizontales que les daban aspecto árabe.
 
Decidí tomar el tren a Roma. Me había hartado de las carreteras. Además me sentía mal. Cuerpo cortado, escalofrío y dolor de cabeza. Los monjes insistieron que me quedara unos días más, que la influenza arrasaba la región, pero yo tenía prisa de llegar a Roma... y a México.
 
En la estación de trenes, el tipo de la ventanilla me dijo a gritos que ese montón de liras no alcanzaba para llegar a Roma. Traté de hacerlo entender que me diera un boleto hasta donde alcanzara la plata, pero no entendía. Era un viejito cascarrabias.
-¿May I help you? -dijo el tipo detrás de mi-. I'll tell him what you want, don't worry.
Era británico, elegante y amable. Le explicó al viejo, en perfecto italiano, lo que yo pedía. A regañadientes me dio el boleto.
 
-!Civitavecchia!-gritó.
 
-That city is near Rome -me dijo el inglés- almost at the gates. You'll be fine.
 
En realidad, Civitavecchia estaba a cincuenta kilómetros de Roma, que en mi estado de salud equivalía a mil kilómetros.
 
El resfriado empeoró durante el viaje. Ardía en temperatura y me aterraba la idea de quedarme una estación antes de Roma. Sin duda terminaría en un hospital.
 
En Tarquinia, a la mitad del camino, el tren se detuvo dos horas. El boletero explicó que reparaban parte de las vias. Era cuestión de seguridad. Los pasajeros italianos protestaban a gritos.
 
Creo empecé a delirar, porque mi vecina de asiento, una señora simpática y maternal, me preguntó varias veces si me sentía bien. Varias veces dije que si, pero no me creyó. Llamó al boletero y le pidió dos aspirinas. El tipo trajo también un vaso de agua y después de engullirlas y dar las gracias, me dormí de nuevo.
 
El tren continuó la marcha alrededor de las diez de la noche. Al poco rato llegamos a la penúltima estación, donde se agotaba mi boleto:
 
-Prossima stagione: ¡Civitavecchia! - Gritó el de la gorra azul, y comenzó a inspeccionar los boletos. Me gritó dos veces que le diera mi boleto. Me hice el dormido. Gritó dos veces más . La señora le dijo de no molestarme.
 
Me dejó en paz.
 
A las once y media de la noche entramos a la Ciudad Eterna.
 
 
 
 
 
 


23. Génova

 

La mañana del veinte de diciembre de 1973 amanecimos con la noticia que Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno de España durante la dictadura franquista, había sido asesinado por la ETA. Una bomba anti tanque lanzó el coche por los aires, lo elevó tres pisos, cruzó azoteas y aterrizó con gran estruendo en el patio de la Iglesia jesuita San Francisco de Borja, donde acababa de oír misa y comulgar. La Operación Ogro se llevó a cabo quince minutos antes del juicio de diez líderes anti franquistas, entre ellos un sacerdote católico.

Fue un invierno lluvioso, crudo y gris. Las Ramblas desiertas. Sólo los vendedores de castañas asadas, en las esquinas del barrio gótico, le daban toque amable al barrio viejo. Se sentía el temor en el aire; reverberaban conversaciones sotto voce en bares y restaurantes.

       -¡Chucha! -decía Joel-, van a agarrar inocentes y culpables. ¡Van a llenar las cárceles! España ya parece Chile.

Abellera me llamó por teléfono al día siguiente. Habían apresado a varios culpables. Faltaban otros, pero tenían los nombres y los anunciaban en la televisión.

       -Gato, uno de ellos se apellida Fuentes. Yo que tú me iba de inmediato del país. Peligras.

       -¿De qué hablas mujer? No soy vasco ni estaba en Madrid cuando sucedió el atentado. Tranquila.

       -Lo sé. Sé que estoy siendo paranoica, pero cuando lanzan la red, atrapan todo tipo de peces. No distinguen. Cuídate.

De todos modos pedí consejo a varios amigos incluyendo a Jordi, Eulalia e Iñaki, que era vasco. La mayoría opinó que los temores de la astróloga eran absurdos, pero que no estaría por demás salir a dar la vuelta a Perpignan y regresar en una o dos semanas.

La verdad es que ya tenía tiempo madurando la idea de regresar a México. El pasado se había asentado, el shock de la salida de los jesuitas y la entrada al mundo real estaba superado... aunque en realidad, o al menos en mi caso, es proceso de toda una vida.

       -Vaya pues, el imbécil ha dejado de pensar con las patas.

       -Necesitaba tiempo, Hampón. Las decisiones de éste calibre no son fáciles de tomar.

       -¿Y ora tú? ¿Qué chingada mosca te picó? ¿Te crees el Padre Pardinas o la Doctora Corazón? pajarraco baboso.

       -La salida de la compañía le movió el piso-dijo Fito-. Además, ya extraña a los amigos... y yo extraño los hot cakes de la abuela.

       -El gato manda, Hampón, te guste o no-interrumpió Rafael.

       -Excepto cuando se encabrona o se pone cuete. Entonces yo mando y ustedes corren como viejas-. Yo soy El Valiente de la lotería, culitos, grábenselo.

       -El Diablito, diría yo -bromeó Piolín.

Todos se carcajearon.

       -Chinguen todos a su madre.

Atraparon al famoso Fuentes ésa misma semana. Ahora tuve tiempo de planear el viaje con más calma, aunque la atmósfera de la ciudad era un manojo de nervios. Viajaría por barco a Génova, de ahí a Roma por tierra, y de la ciudad eterna a México. De inmediato compré boleto de Alitalia, abierto. A éstas alturas la alcancía había bajado considerablemente. Los viajes a París, Inglaterra y Copenhagen habían minado la cuenta del banco. Hubiera sido mejor esperar unos meses y hacer plata, pero… ya se me quemaban las habas.

Puse como fecha de partida el mes de marzo, el comienzo de la primavera. Corría ya 1974, y corría rápido. Compré boleto de barco, Barcelona-Génova, en la compañía Epirotiki, misma que me traía malos recuerdos de viaje frustrado. Un año antes había llegado al puerto de Barcelona, listo para zarpar a Atenas, tierra espiritual de mis educadores jesuitas: Ramiritos, Escamilla y Flores Mateos, que nos habían transmitido, en Puente Grande, el concepto de la Paideia griega y...
 

Jamás olvidaré la tragedia Antígona, dirigida por Flores Mateos y actuada por juniores en el jardín del noviciado, una noche de verano de 1969. Los balcones de los tres pisos del edificio servían como palcos de teatro, desde donde, novicios y superiores vimos a Creonte, Tiresias, Ismene y Antígona, discutiendo con fiereza el asunto del entierro de Polinices. Todos los papeles, como en la antigua Grecia clásica, eran actuados por hombres. El Corifeo, o director de coro, era Basaguren, que con voz de trueno, estereofónica y grave, explicaba los vericuetos de la acción:

“He aquí que llega Creonte, hijo de Meneceo, nuevo rey del país en virtud de los

acontecimientos que los dioses acaban de promover…”
 

...desgraciadamente el sueño del viaje griego, por mar, se esfumó la misma mañana de la partida. Un marinero con boina azul y barba gris vino a dar la noticia a los pasajeros:

       -Señoras y señores -dijo en español, con acento griego- El viaje se ha cancelado debido a problemas políticos en Grecia. Aeropuertos, muelles y demás vías de comunicación están cerradas.

Ahora que me dejaba España, decidí despedirme en forma oficial de todos mis amigos. Peregriné por un mes a través de La Floresta, Montserrat, Costa Brava, Sabadell y puntos intermedios. Reuniones, guitarreadas y borracheras. La Floresta me despidió con peyotada y Henrix a todo volumen. Montserrat, con meditación y comida vegetariana. Los locos de Sabadell -comunidad hippie de pintores y escultores-, con vino tinto, velas y conversación hasta la madrugada; la Costa Brava, la mayoría eran chicas, con asoleadas en la playa y margaritas.

En marzo me invitó Enrique a la Tasca, a tocar cinco tandas de despedida. Puso mi póster y un letrero: Última semana del Gato, el mexicano. Me sentí como perro de circo, pero el truco publicitario funcionó. Vino tanta gente que casi pensé en quedarme otro rato en Barcelona. 

Por fin llegó la primavera. Pude acomodar todo mi garrero en la mochila, incluyendo el ukelele, que cambié por la guitarra, por cuestión de espacio.

Aunque el boleto del Epirotiki era de segunda me dejó casi sin fondos. Había tenido qué pagar deudas y renta, lo que exprimió la cuenta de banco. Ingenuamente pensaba: De Génova a Roma me iré de rait y en el colegio jesuita de Roma, buscaré al Gordo Godínez, quien me dará cobijo por tres semanas en lo que sale el avión a México.

El día de la despedida final en el puerto, sólo invité a Abellera. Las despedidas en masa siempre me han deprimido; como aquella en la estación de trenes en Torreón, cuando me fui al noviciado. Fueron a despedirme la abuela, mi madre, primos, tías, sobrinos, amigos, el perro y el gato. Bello detalle de la familia venir a la estación, pero fue intenso. Después de diez horas de viaje, al pasar el tren por Aguascalientes, todavía traía la despedida atorada en la garganta y el corazón apachurrado.

Abellera vino al puerto, de caftán afgano, rojo y bordado en plata. Se veía muy bella.

Barcelona estaba envuelta en niebla, con pátina de luz tenue y misteriosa, como pintura de Pissarro. Además del nuestro, había tres barcos de carga, un turco y dos portugueses. Gran actividad de grúas y obreros. Nuestro navío se llamaba “Odiseo”, lo cual me pareció buena señal.

Llegó la hora de las despedidas y las gentes se abrazaron, se decían adiós en catalán, italiano y otros idiomas. Abellera me dio un abrazo largo, intenso, cálido y eterno. 

       -Todo va a estar bien Gatito-me dijo al oído-, hoy tienes buena posición de planetas. Nos besamos.

Ya en la cubierta, como hormigas nos dirigimos a la popa, agitando pañuelos y lanzando besos. Nunca había visto a Barcelona desde la perspectiva del agua, del mar: casas, árboles, restaurantes, avenidas, todo se veía tan europeo, tan antiguo, tan bello. Colón, trepado en su columna eterna, desde las alturas, señalaba con el brazo extendido el puerto de Veracruz.

Divisé a Abellera en la multitud, nos dijimos adiós en la distancia. La sirena del barco espantó gaviotas, aceleró corazones y soltó las amarras del muelle. En cámara lenta nos fuimos alejando del puerto. Entonces supe que despedirse por mar era más doloroso que por tren. Tras el barco, el surco de agua se expandía conforme avanzábamos; pelícanos y gaviotas se excitaban y, para mi sorpresa, nos seguían y seguirían hasta Génova.  Cada vez que el cocinero lanzaba las sobras de comida al mar, había lucha de picos y alas.

La hélice giraba ahora a toda marcha. La ciudad se hundía lentamente en el horizonte, hasta que desapareció. Entonces me di cuenta que sólo yo quedaba en la popa, paralizado, hipnotizado por la estela de agua. Me quedé ahí hasta que cayó la noche y empezó el frío.

Bajé entonces a buscar la segunda clase. Como los niveles de Dante, pasé primero por el cielo, donde los de primera clase tenían fiesta de vestidos largos, cocteles, un trío de jazz, meseros de blanco y corbatas de moño azul. Un piso más abajo, la segunda y tercera clase, que parecían iguales: cuatro filas de asientos, como autobús, en galerones semi oscuros donde los pasajeros cabeceaban o leían periódicos y revistas. La tercera estaba al fondo del navío. Sobre el piso había familias árabes comiendo de ollas de barro que olían a paella. La cerveza y Coca Cola costaban una fortuna. El vino era barato. Compré una botella.

La fiesta de los de arriba se extendió hasta la madrugada. Engullí un sándwich de atún y me tomé media botella de vino. Dormí hasta las seis de la mañana, cuando nos despertó la balacera: disparos de escopeta. Dos árabes y yo decidimos ir arriba, a ver qué pasaba. Eran los de primera, practicando tiro al blanco. Un cañoncito disparaba discos al aire que los tiradores de buena puntería desintegraban a perdigonazos. Las chicas aplaudían, le atinaran o no. 

Por la tarde, el sistema de sonido anunció, en varios idiomas que nos acercábamos a Génova. Corrimos, las tres clases, a cubierta, juntos pero no revueltos, a ganar sitio en las barandas para vislumbrar el horizonte.

 





22. Nuestra Señora de las Alturas

Regresamos a Barcelona por el sureste de Francia. La capilla de Ronchamp era parte de nuestro itinerario. Constantino insistía que Le Corbusier uno de los arquitectos más importantes del siglo XX y no podíamos dejar pasar la oportunidad. Joel y yo accedimos a regañadientes. Nos urgía llegar cuanto antes a Barcelona. Habíamos tomado un departamento diminuto cerca de la Plaza España y nuestras pertenencias estaban todavía en cajas y maletas.

Una vez fuera de la autopista entramos en los bosques de Ronchamp y en media hora llegamos a la capilla Notre Dame du Haut. Apareció sobre la colina como visión fantástica, como cuento de hadas, sueño de niños.

       -Las torres parecen baguettes y el techo sombrero de hermana de la caridad-le dí lata a Constantino.

       -Hippie de mierda.

Bromeaba. La arquitectura me pareció increíble, caprichosa, como escultura de Miró; pariente lejana de los espacios de Ramírez Vásquez y Barragán, a quienes había visto en las calles del DF.

Dimos varias vueltas en el coche, lentamente, admirando las texturas blancas de granito: campanario, ábside, capilla exterior. No era Notre Dame, ni la catedral gótica de Barcelona o La Sagrada Familia, pero tenía fuerza espiritual, lenguaje claro, cristalino, música y libertad. Era una iglesia para los tiempos post conciliares de renovación, de apertura.

Una vez dentro, la capilla evolucionaba suavemente en vitrales de colores y muros blancos que ondulaban a través del espacio. El altar era austero, blanco, con una vela roja en el centro. A la derecha emergía, del piso, una cruz de travesaño alto delgada y humilde. Dos púlpitos caprichosos que parecían actores del Bauhaus emergían del muro izquierdo, un cuadrado y el otro ovalado.

Tomamos media hora deambulando en el interior. El sistema de sonido, discreto y de ecualización impecable, tocaba la sonata número uno, para chelo, de Bach. Impresionante lo que sonido y vista, tiempo y espacio, imprimen para siempre en la memoria.

Llegamos a Barcelona en la madrugada. Llenamos el tanque en una gasolinera y continuamos por el centro de la ciudad. Joel manejaba. Había tanta luz en la avenida Paseo de Gracia que olvidó prender los faros del Citröen. En un minuto nos detuvieron dos jeeps de la Guardia Civil.

       -Todos paraos en fila viendo al comandante -dijo el gordo.

Los tricornios, pianos de cola al revés, parpadeaban con los faros nocturnos.

       -¡Identificación! -gritó el comandante.

Joel me vio, se encogió los hombros y soltó un risita nerviosa.

        -¿Le hace tanta gracia lo que dice el comandante? -le gritó en la cara el otro gordo.

       -Mi amigo está un poco sordo -interrumpí-, es por eso que se ríe. Creo que no entiende bien lo
que pasa, oficial.

       -¡A callar, carajo!-gruñó el gordo 1-, saquen las identificaciones y a callar.

Por fortuna acabábamos de cruzar la frontera. Teníamos los papeles en orden.

       -¿Qué tanto traen en el coche? -dijo el gordo2

       -Maletas y mochilas, venimos de París.

       -¿Quién es Bianchi? -dijo el comandante mientras hojeaba el pasaporte de Joel-, chileno. ¡Coño! ¿hay otro chileno? ¿ya son dos? ¿No serán rojos éstos cabrones?

       -¿Rojos? -preguntó Joel.

        -Sí, comunistas -gritó el tercero, el tímido, envalentonado por sus compañeros-, ¡seguro vienen a
alborotar a los estudiantes!

        -¡Exacto! -gritó el comandante-. ¡Todos a la comisaría!

        -Pero no me hemos hecho nada malo -, protestó Joel a pesar que le hacía señas de callarse.

        -¡Silencio, carajo!

       -repitió el gordo 1 y lo empujó hacia el jeep.

Pasamos la noche en la comisaría. De pie.

        -¡Y sin moverse, cabrones! -había dicho el tímido.

La situación era kafkiana. Olvidamos prender los faros del coche y ése era nuestro crimen. Por la mañana, agotados y de mal humor fuimos puestos en libertad.

Ahora las noticias de los periódicos, los sermones de Cassiá y las historias de represión y tortura que corrían en secreto por bares y plazas, cobraban nuevo significado. Parecía absurdo que un dinosaurio derechista como Franco estaba todavía vivo, y Allende había sido asesinado meses antes.

Joel era chileno, fichado con la sospecha de ser comunista. Yo había vivido un año en Montserrat, protegido por el Abad Rojo. Ninguna tenía cola que le pisaran, pero desde entonces vivíamos inquietos.

 

21. Los Michas

 
Después de la formación espiritual del noviciado pasamos al otro lado del edificio, al juniorado, a estudiar dos años de humanidades: cultura griega y latina, francés, oratoria, composición castellana, historia del arte, latín, griego.
 
Nuestros maestros eran educadores notables: Escamilla, Gómez Robledo, Valenzuela, Ramírez, Villaseñor. Cada uno pieza importante en nuestra formación. El Viejo Valle era el director espiritual: místico, santo y organista virtuoso.
 
Una vez "del otro lado", finalmente conocí varios juniores que admiraba desde el noviciado: Nájera y Murra que eran paisanos torreoneneses; El caperuzo, Navarro, La Araña Lazcano, Larrea, López y otros más. Al mismo tiempo llegó un cargamento de nuevos juniores del noviciado de San Cayetano, Estado de México: Aguilar, De Tavira, Micher, Govela y otros más. Esta combinación de Puente Grande y San Cayetano, hizo del juniorado un coctel de locos, genios y místicos que formarían parte de mi vida, algunos como compañeros, otros como amigos entrañables.
 
Durante las vacaciones en la Sierra de Tapalpa, descubrí la guitarra, gracias a Memo Cervantes, el más chico de mi generación del 64; tan chico que parecía estudiante de primaria: ojos traviesos, lampiño, intelectual y bueno para el fútbol.

Era un día soleado de Julio. Tocaba la guitarra, a la orilla del valle, debajo de un pino. Hoy en día lo pienso como un buda joven debajo del árbol de la sabiduría. No lo sabía entonces, pero ese trozo de madera y alambres me abrirían la puerta a la Canción: pequeño universo de tres versos y un estribillo, que como el pozo del pueblo, sacia la sed de infinito en pequeñas dosis.
 
Le pregunté si me podía enseñar a tocar.
 
      -Claro, es re fácil. Mira, pones estos tres dedos en estas tres cuerdas y ya tienes la pisada de La. A ver, inténtale.
 
      -¿Así?
 
      -Rasca las cuerdas con la otra mano. Ja ja... no suenan. Tienes que apretar más. Ja ja, se te movieron los dedos.
 
      -Pones los dedos en las cuerdas de arriba, así, y es la pisada de Mi. Al final viene la de Re, que es la más difícil porque todos los dedos se hacen bolas.
 
Y como un ciego guía a otro ciego, me enseñó tres acordes en media hora.
 
Las fiestas anuales del juniorado, que eran pocas, celebraban cumpleaños de superiores, nacimiento de santos y fechas jesuitas importantes. Incluían poesía, música y discursos. De Tavira hacía pininos teatrales de farsas y trozos clásicos. Su imaginación exuberante creaba personajes que, durante las presentaciones, arqueaban las cejas de los superiores.
 
Micher tenía un grupo musical, Los Michas, al cual me adherí el primer año. La Micha, su apodo oficial, tocaba piano y era buen arreglista. Larrea y La Araña Lazcano eran los guitarristas. Como yo era neo-junior, casi novicio todavía, me dieron un tamborcito para llevar el ritmo.
 
      -Cuñao Micha, no la chingue, quiero tocar batería.
 
      -Ja ja ¿Cuál batería?
 
      -Cierto, no hay. Pero si me fabrico una, ¿la puedo tocar en el grupo?
 
      -Claro que sí cuñao. Siga soñando, je je. Lléguele.
 
Ése mismo día hablé con el hermano vaquero:
 
      -¿Tiene cueros de vaca, hermano?
 
No tenía, pero que en dos días mataría una y habría piel disponible. Le expliqué la idea de los tambores. Me llevó por todo el establo mostrándome botes y tapaderas hasta que dimos con el tamaño correcto. Me dijo que sí, que me haría unos tamborcitos. En una semana estarían listos.
 
Después fui con el hermano carpintero quien me prestó dos sierras circulares, mis nuevos platillos, con la advertencia que las orillas tenían filo y tuviera cuidado de no cortarme.
 
En dos semanas la batería estuvo lista. Parecía broma. El bombo era un tambor destartalado, de la banda fe guerra del Instituto Patria, que encontramos en una de tantas bodegas.
 
Los Michas se murieron de risa de la invención. Debuté con los tambores en la siguiente fiesta con el grupo. La comunidad reaccionó con curiosidad, humor y con el tiempo se acostumbraron a las cacerolas. Además fui sacando sonido de diferentes ángulos de platillos y los cueros. En Baladas y bossa novas sonaba casi como bateria real.
 
El padre Valle era organista virtuoso... y mi director espiritual. Cuando se enteró que comenzaba a escribir canciones, se ofreció a transcribirlas en notas. Mire padre que no es para tanto, que son cancioncillas de principiante y que no le quiero quitar su tiempo y que gracias y Dios se lo pague. En vano. Se convirtió en mi amanuence musical. Me sentía mal, yo era un pelagatos y el tipo tocaba a Bach y las misas de Palestrina que cantábamos en el coro.
 
Y sucedió que Palestrina, La Micha, el viejo Valle y Memo Cervantes fueron mis educadores de música. Mejor que un conservatorio.
 
Los estudios ocupaban gran parte de nuestras vidas. El griego estaba griego, lo mismo el latín. Los clásicos e historia del arte fueron los remansos de mis tiempos de junior. La Composición castellana, a cargo de Valenzuela, era un ejercicio literario constante que nos sacó del homo cavernarius al homo sapiens. Muchos de los escritores jesuitas, actuales, fueron sus alumnos.
 
Conocí a Mersault gracias a Camus, y a Camus gracias a Escamilla. El Extranjero llegó a mi vida y odié a Hegel sin conocerlo (faltaban dos años para odiarlo en forma, al llegar a la etapa de filosofía). Adopté para siempre la visión subjetiva-existencial de la vida. Más Kierkegaard y Heiddeger que Sartre.
 
Los Michas éramos un grupo de amigos. No sólo ensayábamos canciones, conversábamos sobre nuestra vocación, pasado, familias, dudas, luchas... Hijos de nuestra generación, admirábamos a Bob Dylan, Janis Joplin, Los Beatles. Veníamos de diferentes puntos geográficos y clases sociales. La Araña de Jalisco, La Micha y Larrea de la capital y yo de Torreón. Había buena química en el grupo. Los ensayos eran proceso creativo que moldeaba canciones y repertorio, al cual todos contribuíamos con diferentes ideas y practicando hasta morir.
 
Pero el gusto duró, para, solo un año. En 1966 yo era el único miembro del grupo que cursaba primer año de juniorado. Ellos eran de segundo. En el verano del 67 todos, menos yo, se fueron a la capital a estudiar filosofía.
 
      -No se apure, cuñao -dijo la Micha-, lo esperamos en el DF.
 
      -Un año se pasa de boleto -añadió la Araña.
 
La Araña tenía razón. El año se pasó rápido. En el 68 dejamos el juniorado y viajamos a la capital. Ése año Los Michas se convertirían en La Fauna, yo vería a Pelé en el Azteca durante la Copa Mundial; los juegos Olímpicos enloquecerían a México y Díaz Ordaz provocaría la matanza de Tlatelolco.
 



 
20. Regreso a Barcelona 
 
 
El negocio de piel en La Floresta era un triunfo del capitalismo hippie. Desde la curtiduría a las tiendas turísticas de Madrid, Ibiza, Compostela y Barcelona, el proceso implicaba docenas de manos, leña en la chimenea, cigarros de mota, botellas de tinto, bolsas, sombreros, sillas, monturas, navajas cortando, hilos cosiendo, Rolling Stones desgañitándose, sueños, amores, pleitos, contratos, sueldos...
 
Al final de un largo año de trabajar en la comuna, llegó la despedida.
 
-Al menos llevas la cartera repleta -sonrío Jordi-. Cuando se agote el asunto regresarás. Todos regresan.
 
-Gracias por todo, Jordi. De Montserrat a la Floresta no dolió el brinco, me trataste bien.
 
-Tampoco dolerá de la Floresta a Barcelona. Toma -me extendió una hoja de papel arrugado-, son direcciones y números telefónicos de amigos. Todos hippies, ja ja ja, vaya referencias, pero con ellos tienes cobija y judías por un rato.
 
Además de los contactos me dio un lote de diez cinturones nuevos, de la mejor piel, en caso que te lleguen las vacas flacas.
 
Eran las nueve de la mañana. Todos dormían. La despedida de la noche anterior nos había dejado exhaustos. Ácido, peyote, vino y yerba. De los cuatro elementos sólo el tinto fue mi amigo. Nunca me entendí con el resto, ni siquiera con la benévola mariguana.
 
El tren llegó a Barcelona por la tarde. Los Margall, un matrimonio de edad avanzada, parientes del monje Basilio, me aguardaban. Tendría casa y comida por precio moderado. Eran pareja salida de película europea de los cincuentas. Eulalia tenía ojos dulces y boca triste. El sombrero blanco de fieltro le iba mal: el ala ondulaba en torno a la cara y le daba aire cómico; pero tenía voz grave, interesante, sexi, a la Joan Crawford.
 
Salvador era chaparro y callado, vestía siempre pantalones que le quedaban grandes. Su abrigo oscuro tenía botones estilo militar que con la piocha blanca le daban aire de príncipe ruso. El sombrero, tipo detective, sólo mostraba los cachetes rojos. Había que agacharse para ver sus ojillos de ratón.
 
Apenas cupimos en el Fiat color crema. Con la mochila repleta, la guitarra y el ukelele, apenas había espacio en el asiento trasero. La tarde se había nublado sin remedio y sentí de pronto unas ganas terribles de regresar a Mexico. Quizás era la cruda o el cambio de escenografía.
 
El enano activó los parabrisas, que parecían de juguete, y se lanzó al tráfico y lluvia.
Vivían cerca de la Sagrada Familia, en una casa antigua, como ellos, pequeña y oscura. Mi cuarto era una ratonera de dos por dos metros, sin ventana, cama rechinadora y una mesa de palo que no se estaba quieta cuando escribía.
 
Eulalia era terrible cocinera, pero su conversación era interesante. Su tema favorito eran las aventuras que habían tenido, vacacionando en diferentes países del mundo. Era buena para contar historias.
 
 
Él, era telefonista retirado, que se pasaba el tiempo haciendo crucigramas en la sala, sin prender la lámpara aun en días nublados, gastándose los ojos en periódicos arrugados.
 
Uno de los contactos de Jordi resultó ser una astróloga profesional llamada Abellera. Treintona interesante y hippie, que me introdujo al mundo de las cartas astrológicas. El pelo rojo le daba aspecto de pitonisa y hablaba pausadamente mezclando catalán y español. Tenía una biblioteca colosal de tomos de filosofía, teología y astrología. Su clientela incluía políticos y actores famosos.
 
- Eres un acuario típico, Gato, necesitas poner los pies en la tierra -me decía con frecuencia-.
 
Me enseñó los principios de la astrología; me prestó libros y afinó mi intuición, que según ella, era como un músculo que había que ejercitar con frecuencia.
 
-La intuición es espontánea, no puedes forzarla. Se nace con ella -y añadía su latinajo favorito-: Quod natura non dat, Salmantica non praestat.
 
Aprendí la parte interpretativa de la astrología. Mi problema eran los números. Había que sumar y restar horas y minutos de ambos lados de Greenwich para calcular ascendentes y fechas astrológicas de nacimiento, en tiempo local.
 
Después de repasar conmigo una y otra vez los cálculos de varias cartas astrológicas, Abellera dijo que era caso perdido para los números. Me consoló diciendo que la interpretación era lo importante, que no me desanimara.
 
La cabra tira al monte: regresé a la tasca del Barrio Gótico a cantar. Sólo los fines de semana porque era temporada baja de turismo. El cantinero y dueño, Enrique, andaluz de pura cepa, era amigo fiel que curaba mis males con diferentes combinaciones de licores: Menta y Cointreau para el estomago; vino tinto y chorrito de coñac para el insomnio; Aromas De Montserrat con clavo para el dolor de muelas; gárgaras de vodka para garganta irritada; tequila, sake y ginebra para la murria. Las consultas y medicinas eran gratis. Fue el mejor galeno de mi vida (con perdones del Luis Márquez, galeno y buen amigo).
 
Mi repertorio incluía canciones folclóricas mexicanas y algunas sudamericanas. La rutina era la misma: canciones románticas por la tarde, para familias, y por la noche, cuando el bar se llenaba de bohemios, cantaba Guadalajara, México Lindo y Querido, Ay Jalisco y otras. La preferida y esperada por todos, mediterráneos o nórdicos, era La Bamba. Ésta pieza mágica cerró siempre mis noches de bares y restaurantes en Toronto, Copenhagen, Londres, Amsterdam, Tokio y Shanghái.
 
Entre la astrología y el restaurante estuve ocupado primavera y verano, ahorrando para las vacas flacas. Abellera me daba clases martes y jueves. Dejando los números a un lado, se dedicó a enseñarme la relación de las partes con el todo, que era como armar un complicado rompecabezas de casas, signos, planetas, influencias, ascendente, destino, pasado y futuro. Como si detrás de la realidad y vida diaria, existía una telaraña donde estábamos todos adheridos como moscas, desde el momento del nacimiento hasta que reventábamos.
 
Trabajamos en mi carta astrológica para practicar. Aprendí que es un proceso que no termina nunca, dado que después del nacimiento el movimiento de planetas y los aspectos que producen entre sí, van abriendo nuevos horizontes y posibilidades que es la base de la astrología predictiva.
 
-Los planetas no determinan, inclinan solamente -decía Abellera citando a mi astróloga preferida, Montpurgo-. Podrás superar el conflicto entre la luna y marte de la carta de tu nacimiento, te lo aseguro.
 
Poco a poco me confió trabajo de interpretación de casos sencillos de algunos de sus clientes. Sin nombres, sólo dibujos de casas, signos y planetas, para respetar su privacidad. Corregía mis errores, discutíamos desacuerdos y terminábamos hablando de mis tiempos de jesuita. Le costaba creer que había pasado siete años en la Compañía.
 
-Difícil de creer. Con esa pinta que tienes pensaría más bien que has sido vagabundo toda tu vida. De cura no tienes ni los bigotes. Vestía siempre camisas marroquíes, botas cordobesas, mezclilla y pelo largo. Mi uniforme de esa época.
 
Conocí en ese tiempo a Joel, un chileno millonario que, absurdo, era pobre y no tenía dónde vivir. Su padre, abogado rico famoso, dirigía una firma importante en Santiago.
 
Joel era el heredero de firma y fortuna, a condición que siguiera la carrera de leyes. Había estudiado dos años en la universidad de Santiago, pero pronto se dio cuenta que la abogacía no era su vocación. Quería ser pintor de óleo y caballete. A su padre le dio el ataque.
 
Terminó en Barcelona, con una pensión de hambre que le proporcionaba una tía de Valparaíso.
 
El día que lo conocí vino al bar con varios de sus paisanos, ellos y ellas, a la paella y al tinto. Oí su acento sudamericano desde mi banquillo. Argentinos, pensé. Durante el intermedio se acercó Joel y me preguntó si me sabía alguna canción de Violeta Parra.
 
-Sólo me sé Gracias a la Vida.
 
-¡Chucha! Es mi preferida. Cantála pues...
 
En abril llegó, retrasada, la primavera. En días soleados tocaba en el patio exterior, frente a las Ramblas. Enrique y las dos meseras volaban entre las mesas con charolas de paella, percebes, mejillones, langostas, sangrías...
 
Otra noche regresó Joel, a cenar, acompañado de una chica muy bella. En el intermedio los fui a saludar. Me invitaron una copa y conversamos brevemente. Se presentó:
 
-Me llamo Joel y ésta es mi prima Esmeralda, quien está de visita por una semana en España. Estudia ciencias políticas en París.
 
Dije que mi nombre era Gato Fuentes y les hizo gracia. Conversamos un rato sobre los problemas de Allende, Estados Unidos influenciando la política en Chile, la crisis económica...
 
Al día siguiente fuimos los tres al Museo Picasso. Después, a comer al restaurante argentino Bife y Malbec, donde la conversación giró en torno a Joel. Buscaba trabajo y departamento. La pensión de la tía no le alcanzaba ni para gastos básicos
 
-Si sabés de algún departamento, notificáme, Gato.
 
Contesté que andaba en las mismas. Tres meses viviendo con la pareja de viejitos en cuarto estrecho y sin ventanas, afectaban mi estado ánimo. Necesitaba un cambio.
 
Nos despedimos. Quedamos de vernos, los tres, el próximo invierno, en París. El padre de Joel, acompañado de la familia, rentarían una finca, donde pasarían un mes de vacaciones. Convencer a Juan de regresar a Chile y estudiar leyes, era parte de la agenda.
 
-Tenés que venir, Gato -dijo Joel.
 
-No la jodas cabrón -contesté-, si tu padre me vé, me manda al carajo. Soy hippie,
 
-Ja ja ja, pero si tu andas más elegante que yo. ¿Sabés cuánto pagué por éste saco de mierda? Seguro tus camisas árabes eran más caras.
 
Nos despedimos. Esmeralda regresó a París y Joel a su cueva a pintar sus óleos surrealistas. Después de dos semanas me llamó por teléfono. Había encontrado un departamento.
 
-Es caro, Gato, pero lo compartiremos cinco.
 
-¿Cinco? ¿Quiénes?
Me explicó que Beto Valenzuela, su mejor amigo, hijo del cónsul chileno en Barcelona, vivía con otros dos bolivianos, hijos de embajadores, en un edificio de la calle Balmes, al noroeste de la ciudad. Buscaban otros dos inquilinos.
 
-¿Pa qué chingaos nos necesitan? Dices que los tipos con niños ricos, ¿no? ¡Ni modo que nosotros los vamos a ayudar a pagar la renta, Joel!
 
-Beto quiere hablar con nosotros. Dice que tiene una proposición interesante.
 



19. ANCHORAGE (Alaska)
 
​Llegamos a la ciudad a media noche, aunque el sol flotaba todavía en el horizonte sobre las montañas nevadas. Pronto se elevaría de nuevo. Horario de verano.
 
La historia de Anchorage es un guión de película: yacimientos de oro en el siglo XVIII atrajeron aventureros de todo el mundo, vía Seattle, que viajaban apretujados en barcos de vapor, cargando pertenencias y sueños. A principios del siglo XX las vías del tren llegaron a la ciudad y establecieron otra ruta de  comunicación con el continente. La cercanía con Rusia y su posición estratégica trajeron bases militares, aeropuertos y misiles apuntado a Moscú. En 1964 la ciudad casi desapareció por completo a causa de un terremoto que resultó ser uno de los más devastadores de la historia (9.2 Richter). El movimiento telúrico abrió naturalmente yacimientos de petróleo y la ciudad resucitó de nuevo: florecieron universidades, se impulsaron las artes, la industria aeronáutica y refinerías petroleras.
 
"I survived the earthquake of 1964" rezaba la camiseta del empleado de la gasolinera donde llenamos el tanque.
 
      -¿Qué significa eartquake?-pregunté a Carlos.
 
      -Sepa.
 
Dimos con un hotel barato, el "Nelson", de precio razonable que incluía desayuno. El gordo del escritorio vio mi pasaporte detenidamente casi tocando la nariz en el documento. Después me miró como a animal raro y dijo:
 
      -Mexican?
 
      -yes.
 
      -je je. Yo soy de California -dijo con orgullo- y hablo el españolo.
 
Más que hablar el españolo lo hacía pedazos con erres salivosas y lengua de trapo, pero se apreciaba el esfuerzo. Además era simpático y buena bestia. Cada vez que nos veía entrar y salir del hotel cantaba If you go to San Francisco y hacía la señal de la paz con ambas manos. Vestía camisas hawaianas con dibujos de playas y flores multicolores. Su calva brillaba como bola de billar blanca y sus cachetes rosados le daban aire de Buda.
 
Dormimos un día entero. Ni los gritos, balazos y patrullas nos despertaron. Fue noche de acción en el centro de La ciudad, nada serio, pleitos de borrachos.
 
Carlos salía en las mañanas a dar la vuelta, siempre de buen humor. Yo necesitaba un galón de café y varias horas para despertar. No nos hablábamos hasta el mediodía, dado que los dos mundos eran irreconciliables. Por la tarde éramos, de nuevo, primos y compañeros inseparables de viaje.
 
Abundaban los Mac Donalds, Taco Bell, Burger king, Jack-in-The-Box y demás joyas de la gastronomía norteamericana. "El Paìs de las eternas nieves", del padre Llorente, ya no existía. Ni trineos tirados por perros, ni nieve, ballenas, iglus ni celo apostólico. Anchorage parecía más bien el Dodge Town del sheriff Dillon del programa de televisión. Aun así era un sitio fantástico, ideal para tarjetas postales y pósteres. Situada entre las montañas nevadas de Chugach y los glaciares de la bahía, la ciudad tenía perfil majestuoso.
 
Frecuentamos el bar llamado Kodiak Bear donde nos hicimos amigos del cantinero-mesero-cocinero, Frank, mitad indio Cherokee, mitad esquimal, cuya especialidad eran las chuletas asadas de bisonte. "You have to eat them with whiskey", opinaba con voz pausada y grave, "otherwise they taste like shit". Era mecánico de aviones, negocio donde había amasado una pequeña fortuna que le permitió abrir el restaurante.
 
Su clientela incluía esquimales, chinos, latinos, griegos, italianos, polacos etc. que invadían el sitio los fines de semana. Kodiak Bear era el bar más popular del centro de la ciudad, sábados y domingos, cuando había música de rock en vivo: cinco hippies de varios tamaños y colores, tocaban a la perfección Led Zepellin, Rolling Stones y Jimy Henrix. Tres meseras en traje de baño y colitas de conejo animaban el lugar. Erik, un ruso monumental de cara ancha y músculos descomunales, actuaba como bouncer, saca-borrachos, cuando la clientela se entusiasmaba con las chicas.
 
Los primeros días exploramos la ciudad: los muelles, la iglesia jesuita donde la secretaria corroboró mis historias del padre Segundo Llorente.
 
Fuimos al mercado al aire libre, donde los cazadores de osos y lobos vendían pieles. Los chinos, griegos e italianos tenían puestos de comida; abundaban los vendedores de escopetas, arcos y flechas, colmillos de morsas, aceite de hígado de tiburón y ballena. Los esquimales vendían esculturas talladas en marfil y los indios mostraban bolsas, alforjas de piel y collares. Un indio de ojos azules y dos metros de altura vendía trampas de osos, raquetas para caminar en la nieve y esquíes. Abundaban los puestos de carnicería: venado, alce, salmón y chuletas de foca. Dos viejitos, vaqueros y desdentados, cantaban baladas de tiempos de la fiebre de oro, pulsando banjos y guitarras. La multitud enorme de turistas y curiosos llenaban el lugar. Un mercado auténtico del viejo oeste.
 
A la semana nos aburrimos. Carlos quería regresar a México. "Dos días más", le dije. En realidad no había nada qué hacer en la ciudad. Había excursiones a hoteles enclavados en los bosques, pero de bosques habí amos ya tenido suficiente.
 
Preferimos turistear en barcos que navegaban a la Isla de Fuego, Fire Island, famosa por haber sido campamento del capitán Cook, en el siglo XVIII, donde, a principios del siglo XX se había fundado un pueblo que desapareció repentinamente a causa de una fiebre misteriosa. La isla había sido también base naval, en los cincuentas.
 
Nos preparamos para regresar a México. Frank revisó el motor del coche, cambió el aceite y bujías: "Everything’s okay, guys". Compramos provisiones y nos dimos un día para descansar. Nos aguardaban, de nuevo, miles de kilómetros, pantanos, bosques y precipicios. Después de una larga siesta salimos a caminar por Ancorage, por última vez .
 
Entramos a una tienda enorme de artículos piel que no conocíamos: bolsas, abrigos y botas en pieles demink, oso, zorra, lobo, rata almizclera. Todo carísimo.
 
Mientras bobeábamos vimos una rubia guapísima al fondo de la tienda, una gringuita. Caminamos hacia ella hablando en español en voz alta, en lenguaje florido. Leperadas. Ella sonrió y en perfecto español nos dijo:
 
      -Sé que son mexicanos . ¿De qué parte vienen?
 
      -¡Perdón, señorita! No sabíamos que hablaba español. Somos brutos de Torreón –contesté.
 
Ella muy seria pero amable:
 
      -No se apuren, estoy acostumbrada a los latinos payasos como ustedes. Llegaron por avión?
 
       -No, en Datsun, manejando.
 
       -¿En serio?
 
       -Sí, desde el DF.
 
            -Dios mío, qué aventados. Mi esposo no está por el momento, pero simpatiza con locos aventureros como ustedes. Si quieren, pueden regresar a las ocho de la noche. Él también llegó a Alaska como trotamundos, directo de Monterrey.
 
 Por la tarde, entre güisquis y chuletas de bisonte, Frank nos dijo que Hernández era un hombre riquísimo, que dominaba el imperio de la piel en Norteamérica.
Regresamos a las ocho. Hernández era un tipo alrededor de cuarenta, moreno, con mucho carisma y ojos vivos. Le caímos bien.
 
      -¿Qué onda paisanos? ¿Que se vinieron en coche desde México? Ja ja.
 
      -Lo difícil fue pasar British Columbia. Nos contó de su aventura en Juneau, Fairbanks y Anchorage, cuando sólo y sin dinero tuvo qué abrirse paso haciendo todo tipo de trabajos. En el negocio de las pieles, había comenzado como empleado de una fábrica donde aprendió la técnicas de curar, curtir, cortar y coser las pieles. Después de unos años se independizó y estableció un pequeño negocio de botas y guantes. El negocio creció poco a poco y con trabajo y esfuerzo se convirtió en el número uno.
 
      -¡La cena está lista! -dijo la esposa desde la cocina
 
      -Fui a Monterrey en la mañana y traje tortillas, chilaquiles, sopes, tacos, cabrito, mole y demás antojitos. También Cerveza Tecate, Don Quijote. Pásenle a lo barrido.
 
 Tenía avión privado y volaba a México dos veces por semanas. Viajes de negocio y visitas a la familia. Después de la basura de MacDonalds la comida mexicana era un banquete de lujo.
 
      -¿Dónde están hospedados?
 
      -En el Hotel Nelson.
 
      -No la chinguen, es un nido de ratas. Sálganse de inmediato. Tengo varias casas en la ciudad que uso como bodegas de piel. Hay una en la calle Tundra Crescent Número 30: dos recámaras de primera, refrigerador con comida y cerveza. Aquí están las llaves.
 
Los dos, apenados, insistimos que no se preocupara que ya íbamos de regreso a México y que se lo agradecíamos mucho. Pero Hernández no era fácil de convencer. Nos dijo que le caíamos bien, que éramos raza del norte y se sentía obligado a tratarnos como amigos. Además eramos un par de locos que había que cuidar. Nos reímos de su puntada.
 
       -Cuando llegué a Alaska hubo gente generosa que me ayudó. Desde entonces ayudo a los aventureros y locos como ustedes. Déjense querer, no sean mensos.
 
      -Así es de obstinado-sonrió la esposa-, acepten la oferta.
 
Tundra Crescent número 30 era un paraíso. Casa moderna, elegante, con veranda y balcón frente al muelle, donde vimos llegar barcos de China, Australia y Estados Unidos, cuyas tripulaciones terminarían, tarde o temprano, en el Kodiak Bear . Las recámaras enormes, las camas king size, la cocina impecable con refrigerador tamaño familiar, repleto de pizzas, jamones, salchichas, carne de bisonte y cerveza. "Cómanse todo, están muy flacos. El fin de semana mando a mi achichincle a que les llene el refrigerador de nuevo".

 Nos quedamos una semana más. Hernández nos llevó a esquiar, a recorrer las veredas nevadas de las montañas en snowmoviles (motocicletas de nieve); pescamos en la bahía y nos paseó en su yate particular. Comíamos en sucasa, cabaña moderna en un bosque, con música del Piporro. Era norteño de pura cepa.
 
Una semana después emprendimos el retorno. Cruzamos la frontera de Alaska a Canadá en condiciones infrahumanas: llantas ponchadas, fríos glaciales, cansancio y discusiones.
 
 Al llegar a Oregon recobramos el buen humor. Nos hospedamos dos días en la comuna hippie que ya conocíamos:
 
-Peace and Love -nos dijo el patriarca de la comunidad, y nos hospedaron tres días.
 
 
 



18. Hospitales
 
Las pruebas de hospitales y peregrinaciones interrumpieron la rutina del noviciado. San Ignacio quería que el postulante, fuera del seminario, viviera en carne propia lo que había aprendido en libros de vidas de santos y clases de espiritualidad: cuidar enfermos, lavar pisos, preparar comidas, mendigar de puerta en puerta.

Adolescentes de sotana negra y cruz al cuello, a las órdenes de párrocos y doctores, salimos al mundo en grupos de tres o cuatro, el primer año a hospitales y el segundo a peregrinaciones.
 
Nos entregamos a las pruebas con entusiasmo. A los diecisiete los novicios poseíamos una fuerza de voluntad increíble. Nuestra vitalidad estaba encausada a La Mayor Gloria de Dios, lema de San Ignacio que resume la mística de su orden.
 
La prueba de hospitales, para mi, fue un reto. Tengo aversión a clínicas y sanatorios. El olor a desinfectantes y medicinas me da náusea; el ir y venir de enfermeras y doctores, insensibles y neutros, me enerva. Ni qué decir de las odiosas colas en las salas de admisión.
 
Limpiar llagas de enfermos incurables fue prueba mayor. Mientras el doctor explicaba el uso de pinzas y algodones en heridas, sentí que me desmayaba. Hablaba del tema como hablar de papas y tomates, sin tacto, trivial, insensible. Al final la explicación nos condujo a la sala. Había enfermos de todas edades y clases sociales; algunos jóvenes como nosotros, atados a la cama de por vida. Doloroso.

Era hospital católico, administrado por monjas de la Caridad. La superiora era española, enfermera diplomada de alrededor de setenta años que poseía una energía inagotable y una capacidad increíble para el sacrificio. Pequeña, de voz grave, ojos azules y joviales, caminaba siempre de prisa por todas las salas. Cada noche venía a visitarnos:
 
“Yo también fui novicia, hermanos. Es ahora, cuando conviven con el sufrimiento humano y su vocación puede encenderse en el amor incondicional a Dios. Tenemos que darnos siempre en forma total, sin reservas”

Nuestro horario comenzaba a las cinco y media de la mañana: oración, misa, desayuno, visita a enfermos, curaciones, fregar pisos, aplicar inyecciones y rezar en la capilla, con las monjas.

Recuerdo varios episodios del hospital, pero el del quirófano merece mención.
 
No recuerdo por qué razón asistí a una intervención quirúrgica. ¿Quizás la superiora me quizo poner a prueba? Nunca lo supe. Recuerdo que que era una extracción de tumor canceroso. Fui en calidad de observador, por supuesto. Sobre la sotana: bata, tapabocas y gorrito de regadera. Cirujano, enfermeras y anestesista rodeaban al paciente, tapado por plásticos y telas. Solo veíamos vientre y cara.

 Comenzó la operación cuando el instrumentista dijo "¿listos?". En ése momento alguien, detrás del grupo, prendió el radio. Giraba rápidamente el botón de sintonía pasando las estaciones, que hacía gárgaras electrónicas, hasta que se detuvo en el sitio correcto: una radionovela cursi en el clímax de una discusión de divorcio. Pensé que bromeaban. No: ¡operaban con radionovelas de fondo! Los diálogos, del quirófano y radio, se intercalaban:
 
      -Sabía que Estela era tu amante, ¡desgraciado!
 
     -Bisturí y gasa.
 
     -No es amante, solo amiga, buena amiga.
 
     -¡Hipócrita! Me das asco. ¡Quiero el divorcio!
 
     -Más gasa, sigue sangrando. María no es tan tonta.
 
     -Nooo -exclamaron todos.
 
     -¡Gasa!
 
     -Roberto es un bruto, opinó el anestesista ajustando la máscara de oxígeno al paciente.
 
Tuve que cerrar los ojos. Había sangre y ya cortaban el tumor.

     -Aguja y cadgut. Hay que saturar de boleto. La chismosa fue Hermelinda. Pinche vieja problemática.
 
     -Siii -dijeron a coro.
 
Yo, en shock. Mi idea de cirujano era el doctor Kildare. Esto era escena de los Polivoces.
 
     -Por bruto lo cacharon -, más gasa.
 
     -Me late que no se divorcian-dijo en voz baja el instrumentista.
 
     -De seguro -afirmó el cirujano-, Gloria es una cobarde.
 
Fue operación breve. Terminó con los comerciales de la radio novela. Supuse que en la próxima intervención quirúrgica tendrían noticias sobre el divorcio
 
Por la noche hablé con mis compañeros.
 
     -Como estuvo la operación, hermano Fuentes?- Preguntaron.
 
     -Casi me desmayé. Muy impresionante.

 

 


17. Daguerrotipos
 

Los nietos conocimos a los abuelos demasiado tarde. Padres de nuestros padres, los abuelos eran "gente mayor", viejitos tiernos que no entendían los tiempos modernos y pensaban que el pasado había sido mejor.
 
Por mi madre, supe que mi abuela paterna, María, había sido una santa. La admiraba mucho y conservaba una foto de ella, muy antigua, de cartón grueso y orillas adornadas con motivos Art Nouveau. Se veía de cuarenta, muy bella, cara de poeta, tez blanca, ojos negros, nostálgicos y pelo corto partido a la mitad.
 
Me mostró también la del abuelo paterno, José: ojos dóciles, cara delgada, mentón prominente y nariz recta que remataba en un bigote a la Zapata. Pelo corto y lacio, con copetito jovial e ingenuo que contradecía el bigote revolucionario.
 
Mi padre solía decir que los Fuentes eran doctores o militares. El abuelo se veía doctor, pero nunca lo supe. De su generación de principios de siglo, conocí solamente a su hermano, Alfonso, en Teocaltiche, Zacatecas - de donde se origina toda la familia-. Había sido Dorado de Villa. En la pared de la sala tenía una foto enorme de los Dorados, posando frente a un furgón de tren. Alrededor de sesenta guerreros armados hasta los dientes.
 
      -Yo era un jovencito de quince años -decía el tío Alfonso-. Era espía de Los Dorados. Pasaba mapas e información militar entre tambaches de tortillas. Mira Rafael, este bigotón en la tercera fila, es mi hermano, José de Jesús. Me lo fusilaron los pelones en Chihuahua.
 
Todos en la fotografía tenían número, con los los nombres correspondientes al pie de la foto. Pancho Villa era el siete de la primera fila, en cuclillas, empuñando un Máuser. Mi tío José de Jesús era el 21, de bigote grande y puntiagudo, posando con una 30-30. El tío Alfonso aparecía a la orilla izquierda de la fila superior, luciendo un Fedora negro -era muy joven para usar sombrero de dorado-. Se ve tipo dinámico e inteligente: un espía.
 
Pasé en Teocaltiche sólo un día, suficiente para apreciar la energía y entusiasmo del tío, que a sus ochenta, todavía disparaba con buena puntería. En el corral, con la 45, tumbó siete latas de cerveza vacías, espantando guajolotes y gallinas.
 
      -Te toca-me dijo mientras cargaba la pistola.
 
      -Paso, tío.
 
Los abuelos maternos eran otra historia, aunque en el mismo contexto revolucionario. Mi foto preferida, donde aparecen los dos, fue tomada por casualidad, cuando un fotógrafo ambulante pasaba por la hacienda - llamada Cleto-, cerca de San Pedro Coahuila.
 
      -¿Qué llevas bajo ese trapo negro, amigo? -preguntó el abuelo.
 
      -Es mi cámara fotográfica, señor. ¿No quiere que le saque una foto? Mire, traigo algunas que he tomado de varias familias de la región. El abuelo las vio.
 
      -Muy buen material, muy buena ancheta. Prepara el aparato en lo que llamo a mi señora.
 
La abuela y las sirvientas cocinaban un cabrito, cuando escucharon los gritos del abuelo.
 
      -Arréglate mujer, que vamos a sacarnos una fotografía.
 
      -¿Dónde?
 
      -Aquí afuerita, acabo de contratar al fotógrafo.
 
Se puso su vestido blanco, floreado, su preferido. Se recogió el pelo con dos peinetas adornadas de perlas y salió al patio. El abuelo se había cubierto de chaparreras, sombrero de ala ancha, pistola y Mauser. El caporal ensillaba su caballo favorito para la foto.
 
No es foto oficial, posada. Es escena campirana, espontánea, que interrumpe la rutina del rancho y plasma en papel la felicidad de aquellos días. La composición no es frontal, más bien de tres cuartos. La abuela al pié del caballo, recargada suavemente en la pierna del jinete, con sonrisa fresca y natural. Sus ojos pequeños y penetrantes, nos miran atentos.
 
El abuelo viste chamarra de gamuza oscura, chaparreras de buena vaqueta, sombrero de ala ancha, Máuser en la manaza derecha y riendas en la izquierda. La 45 dormida en la funda de piel bordada.
 
La abuela sonríe, la vida es bella. Él está serio y va a la guerra. Ella goza de la ocasión y la mañana es bella. Él vive para el momento histórico y es guerrero villista.
 



16. LA FLORESTA

Jordi era hippie y gran amigo del monje Basilio. Venía a Montserrat con frecuencia, a visitar las ermitas y meditar en la cima. Alto, barbón y greñudo, tenía voz de actor y fumaba pipa. Era líder de una comuna de artesanía de piel.
 
      -Tengo alrededor de cuarenta trabajadores. Pagamos bien. Somos una comuna tranquila, internacional.
 
      -Internacional?
 
      -Sí, hay dos daneses, un inglés, cuatro portugueses, dos americanos y el resto son españoles.
 
      -¿En Barcelona?
 
      -No, en La Floresta, un bosque entre Barcelona y San Cugat. Una casa vieja, grande y agradable. Te gustará.
 
      -No tengo experiencia en trabajar con piel.
 
      -Es fácil, no te apures, hay tareas variadas y diferentes proyectos, desde pequeños monederos hasta sillas de montar.
 
      -¿Cuándo puedo empezar?
 
      -Cuando quieras. Te dibujé este mapa para que no te pierdas. El tren te lleva directo al lugar.
 
El mapa mostraba Montserrat, Cugat, La Floresta y Barcelona.  Una cruz  marcaba la casa de Jordi.
 
Después de ermitaños y montañas, la comunidad hippie me pareció secuencia lógica en mi proceso. Como cambiar de refugio. No estaba listo para salir del cascarón. Fui de la comunidad jesuita a la benedictina. Ahora a la hippie.
 
       -Cuidado con la droga –me dijo Estanislao al despedirse-, no olvides que son hippies. Tú no eres.
 
      -Jordi es buen chico –se despidió Basilio-, ya verás que te trata bien. Esos jipitines son buenos y trabajan duro. Cuídate.
 
Me costó abandonar la montaña: el olor tomillo y yerbabuena, el canto gregoriano, las noches de luna, la mirada cristalina de los ermitaños... Siempre imaginé la montaña como una gran mano. En su palma vivíamos nosotros, protegidos por ella.
 
El viaje en tren fue tranquilo. Leía, por milésima vez, "Pedro Páramo",  al ritmo monótono de durmientes. Me acordé del viaje de Torreón a Guadalajara, a los diecisiete, al noviciado jesuita. El tren era símbolo de cambio. Mi abuelo, en su adolescencia, había viajado por tren a la frontera, con sus amigos del rancho. Cuando se le acabó el dinero, cuenta que bailaba el Jarabe Tapatío en la calle:
 
-Los gringos nos echaban monedas y nos gritaban que bailáramos charleston. Ja ja
 
Pasamos San Cugat y llegamos a La Floresta. El aire olía diferente, a pino. El sonido del viento lijaba copas de árbol y el sisear subía y bajaba de tono, en largas ondas perfectas. El viento de la montaña era diferente, corría sin obstáculos.
 
Jordi abrió la puerta. Vestía bata roja, marroquí, bordada en dibujos azules. Me dio un abrazo fuerte y un cálido "¡bienvenido, Gato!". Fumaba marihuana su pipa Sherlock Holmes. Se hizo a un lado para mostrarme la enorme sala, donde alrededor de veinte hippies, ellos y ellas, sentados sobre alfombras turcas gastadas y desteñidas, trabajaban la piel.
 
      -Éste es el Gato, el mexicano de quien les hablé-, dijo en voz alta.
  
Un "hola" colectivo -manos en el aire y sonrisas.
 
Olía a incienso, mariguana y piel. El techo blanco, de vigas negras de cedro, reflejaba las siluetas temblorosas de los hippies, a la luz de la  chimenea, tipo art nouveau, que chisporroteaba. Encima, un póster de Jimmy Henrix con sombrero floreado y ojos en trance, rascando su Fender. Había otros pósteres en las otras paredes: el Gurú Maharashi, Bob Dylan y Dalí besando un gato.
 
Los Rolling Stones cantaban Wild Horses en la grabadora de casetes. Todos trabajaban en silencio o conversaban en voz baja. Parecía escena de cuento: Blusas, camisas y faldas multicolores -turcas, afganas e hindúes-.
 
 
 



15. Tok (Alaska)
 
Mi sueño de Alaska comenzó en el noviciado, leyendo los libros del Padre español Segundo Llorente, misionero jesuita, que se convirtió en el Francisco Javier del Polo Norte, navegando las pampas de nieve a temperaturas de 50 centígrados bajo cero, atendiendo las pequeñas comunidades esquimales del Círculo Ártico.
 
-You guys are absolutely crazy -dijo el migra gringo con sombrero de Boy Scout que masticaba tabaco y escupía por el colmillo -. Are you telling me you crossed the Canada Alaska Higway in this piece of shit?-, señalaba al Datsun y se carcajeaba-: ¡Ja ja ja, you are fucking nuts!
 
Gordo, tosco, de manos enormes y panza monumental, tenía ojos azules e inquietos y papada abundante que temblaba como gelatina cada vez que se reía.
-Se Parece al oso Yogui-, murmuró Carlos, aguantándose la risa.
 
La aduana, en medio de los bosques, rodeada por alambrada de púas, como pequeña prisión, era la puerta entre Canadá y Alaska. Dos astas con banderas de ambos países le daban aspecto oficial al cuartel. Era sitio simbólico, línea imaginaria donde cruzaban a placer, osos, alces y humanos.
 
Una güera desabrida con lentes de fondo de botella revisó minuciosamente nuestras visas, estampó ambos pasaportes con toda su alma y nos condujo a una sala enorme donde había cientos de fotos colgadas de las cuatro paredes. Prófugos del FBI, de frente y perfil, de todas edades, colores y nacionalidades. La luz fluorescente hacía la sala más inquietante todavía.
 
      -If you see any of these sons of bitches -gritó desde la oficina contigua el gordo- don’t approach them, just phone 911 and report them to the police.
 
      -¿Qué dice?
 
      -Que todos estos son muy peligrosos. Que llamemos a la chota si acaso los vemos.
 
Había de todo: típicos criminales de película, mal vivientes, teporochos, pachucos, marihuanos; pero también amas de casa, abuelitas, adolescentes ingenuas, hasta niños.
 
      -¿Mira éste? -murmuró Carlos- , se parece a Tuco mi amigo de San Pedro.
 
      -Je je je.

       -We have mafia from Chicago, serial killers from Texas, crazy Chineses from San Francisco and some Mexican "Panchos" from your country, ¡Ja ja ja!
 
El Boy Scout nos despidió en el estacionamiento. Nos dio mapas y panfletos.
 
      -You guys be very careful! God bless, kids. Don´t forget, Tok is only 100 kms away from here. They have excellent beer and women, ja ja ja ja!.
 
Era típico sargento de película. Detrás del pitbull tosco y salvaje, tenía corazón de ardilla. Él y la desabrida
 
vivían en Tok, que como pronto sabríamos, era un pueblito insignificante de alrededor de cien cabañas y un hotel-bar, tipo película de vaqueros, donde pasaríamos la noche.
 
El Alaska Highway, del lado americano, era flamante autopista, con amplio acotamiento. Después de la terracería de British Columbia, el Datsun, al fin, levantaba 120 por hora. Después de Tok, iríamos a Faribanks, la capital, y posteriormente a nuestra última meta, Anchorage, en la costa sur del estado.
El día era soleado, idílico: nubes de algodón, halcones planeando los cielos y manadas de venados en los valles. La autopista, recta, recortaba perfectamente el bosque a ambos lados.
 
Uno de nuestros pasatiempos preferidos para matar el tiempo, era repasar eventos de la niñez. Carlos, Ángel -su hermano apodado El Cerillo- y yo, habíamos compartido infinidad de aventuras en la funeraria de San Pedro. Mi tía Adelina la administraba. Era casa grande que servía de carpintería, tapicería y oficina. Cuando había "servicio", los dos ayudaban en los aspectos prácticos del negocio: velas, féretro, capilla ardiente, café a dolientes, viaje en carroza al panteón y ayudar en el descendimiento del féretro.
 
También se encargaban de cobrar notas por toda la ciudad. La mayoría de los clientes, en San Pedro, pagaban en abonos y había que visitarlos a domicilio cada mes: Carlos, Ángel, media docena de amiguillos y yo. Después de recorrer la ciudad, en medio de polvaredas, la mitad de la ciudad no tenía pavimento, cobrábamos notas en el barrio de Saltillo, el barrio alegre que durante el día lucía triste y deprimente. Cerrábamos filas, nerviosos, viendo las señoras platicar en las puertas de las casas, tomando el sol y cerveza Don Quijote, viéndonos con ojos desvelados y sin expresión.
 
Recuerdo que al pasar por una de las casas, una mujer gorda me tomó por sorpresa y me levantó en brazos, carcajeándose:
 
-¡Me gusta este pequeño cabrón para echarme unos capiruchos! Ja ja ja.
Yo luchaba y gruñía, hasta que finalmente me dio una amistosa nalgada y me soltó. Sus amigas explotaron en risas y gritos. Salimos corriendo.
 
Después de media hora de dejar la aduana, llegamos a un tramo de construcción. Nos detuvimos en el letrero de ALTO y el abanderado vino a hablar con nosotros. Sería el primer alaskeño civil con el que habláramos.

-You jave to güeit because der is traffic cominggg.
 
Tenía problemas para hablar inglés. Pensé que sería indio canadiense o esquimal.
 
      -¿Güerr are yu from? -preguntó.
 
      -¡México! -dijimos al unísono.
 
      -Ja ja ja, qué la chingada, ¡yo también!
 
      -Ja ja, ¿de dónde eres?
 
      -De Michoacán
 
      -Nosotros somos laguneros.
 
Se llamaba Roberto. Nos contó brevemente sus aventuras: los pozos petroleros eran fiebre de oro que atraía aventureros de todo el mundo. Pagaban bien pero había que trabajar como burros. Llevaba apenas dos meses en Tok, pero sus hermanos en Fairbanks ya estaban encarrilados. Le contamos brevemente nuestras aventuras, nos reímos, despedimos y retomamos el viaje.
 
Al anochecer, llegamos a Tok. Bromeamos que se parecía a Chávez, Coahuila, por insignificante. Antes de registrarnos en el "Young's Hotel", que era cabaña enorme de techo a dos aguas, nos metimos en la taberna "Broken Moose".
 
El cantinero era chimuelo, con brazos de Popeye, incluyendo tatuajes. Nos sirvió cerveza "Old Stock", de Manitoba, Canadá, de 12% de alcohol.

      -The best beer I have, folks. For real men!
 
 



14. Noviciado II
 
 
A cada uno de los recién llegados nos asignaron un novicio del segundo año, un ángel, que por un mes nos enseñaría las nuevas rutinas, costumbres, horarios y estilo de vida. Nos llevaba a la sastrería, los establos, el comedor, cocina, campos de deportes, explicándonos cómo funcionaba el micro-mundo jesuita de Puente Grande.
 
Me tocó un ángel llamado García Richaud . Un tipo fantástico, inteligente y abierto, con sentido común fuera de lo común, que me guió, como Virgilio a Dante, por los infiernos, purgatorios y cielos de la propiedad. Diferentes áreas de trabajo donde todos: cocineros, mecánicos, choferes, vaqueros y sastres, laboraban de sol a sol, en silencio y disciplina monacal. Era la tropa de hermanos coadjutores, allanando el camino a los "escolares", los niños bonitos que llegarían a ser, en un futuro lejano, sacerdotes.
 
García era oriundo de Guadalajara, había sido campeón de golf. Durante las vacaciones del noviciado, en la Sierra de Tapalpa, me enseñó a jugar ése deporte con ramas de árbol, como palos, y cacas de vaca como pelotas.
 
El edificio de Puente Grande estaba divido entre noviciado y juniorado, dos mundos diferentes, dos abismos. Los novicios aprendíamos el abc de la vida espiritual, leíamos vidas de santos y nos familiarizábamos con el léxico jesuita. Los juniores estudiaban los clásicos, hablaban Latín y leían a Homero y los existencialistas franceses.
 
Los novicios vivíamos una disciplina estricta, bajo la jefatura del padre maestro. Los juniores gozaban de más libertad, quizás para compensar la presión de los estudios que eran intensos. Se oían historias de juniores "quebrados", agotados por el uso excesivo de neuronas que nosotros entendíamos como "ataque de nervios" o depresión. El encierro de cuatro años no era apto para menores. Yo padecí migrañas intensas, "a causa de la disciplina conventual" decía la psicóloga. La olla presto hervía el caldo espiritual, día a día, y nos transformaba de pelagatos en jesuitas, pero a veces la tapadera explotaba.
 
Los juniores eran traviesos y brutos, rompían la regla del silencio: guerreaban con bolitas de pan durante la comida y nos metían zancadilla cuando servíamos la comida. Corrían historias que algunos de ellos navegaban el río Santiago, bajando los rápidos vertiginosamente, metidos en llantas salvavidas, a gritos y sombrerazos, mentando madres y chocando con cañas y rocas. A la hora de la cena veíamos a los sobrevivientes luciendo chipotes y rasguños.
 
Alberto Valenzuela, "Valitas", era toda una institución en el noviciado. Maestro de español, crédito que se queda corto, porque en realidad era un Miguel Ángel de la educación. Las nuevas generaciones de novicios éramos piedras cuadradas y sin forma, sin ortografía ni gramática decente, que don Alberto, a punta de martillo y cincel, corregía nuestros errores diariamente, hasta sacarnos del abismo de la ignorancia lingüística. Su gata imaginaria, Marcolfa, se comía los pellejos de gazapos que escribíamos en los ejercicios de estilo.
 
Era bajito y contrahecho, ligeramente jorobado, metido en la eterna sotana negra, siempre rabona, con la faja-cinturón a la altura de las axilas, cara de murciélago simpático, ojillos pequeños, brillantes, traviesos e inteligentes.
 
Durante las comidas, se encargaba de corregir al lector, el junior trepado en el púlpito frente a las mesas del comedor que leía la Biblia y otros libros edificantes. Era la antigua costumbre monacal de leer en el refectorio: distraía al monje de los placeres sensuales de la comida. Cuando el junior leía mal o se equivocaba en pronunciación, la voz de Valenzuela resonaba, en latín, como la de Dios en el juicio final, con fuerza devastadora:
 
 ¡REPETAAAS!
 
 
 


13. Avatares.

 
Los apodos pegajosos, los que se meten en la piel y te acompañan de por vida, se transforman poco a poco en avatares, personitas, angelitos de la guarda, casi mascotas que te siguen como sombras hasta la muerte. El sobrenombre tiene, en las culturas antiguas, la magia del tótem, del nagual. El primer contacto con animal o planta puede determinar tu apodo, que además de nombrarte, te protege. El famoso indio Siux Toro Sentado, recibió este nombre después de mostrar valor en la batalla. Su apodo previo, en la niñez, el que le dio su madre, era Tejón Saltarín, por inquieto.
 
Algunos nombres, como Cuauhtémoc, Águila que cae, último emperador Azteca, resultaron proféticos.
 
Tuve amigos con apodos terribles. La Señora era compañero de la prepa. Cuando hablábamos por teléfono y contestaba la mamá, preguntábamos por La Señora y ella respondía tranquilamente : Sí, Gato, ahora te lo paso.
 
La Mamuta, Mangön, Güajas, Campamocho, Calzonudo, Tuco o Casquitos, eran sobrenombres que llegaban para quedarse, te gustara o no.
 
Yo tuve varios: Gato, Fito, Hampón y Piolín. Los dos primeros, cortesía de la abuela. El tercero por pandillero y el último tiene anécdota:
 
Cuando los primos tejanos mandaron por correo aéreo la bolsa del ejército, llena a reventar de ropa de medio uso para los parientes mexicanos, me tocaron, además de varias camisas Penny, un par de tenis Convers, blancos con dibujos rojos, nuevecitos e impecables. Era la moda de los niños ricos de esos tiempos y ¡me habían llegado gratis!
 
      -Te quedan grandes-dijo la tía Bibi-
 
      -Ja ja ja, es cierto- rieron todos.
 
      -No es cierto, me quedan casi a la medida. Solo un poquito grandes en la punta, pero se me ven bien y con mis pantalones Lee estarán perfectos.
 
      -Se ven padres, Fito -mintió el tío Chuy-
 
En realidad me quedaban enormes, no como payaso de circo, tampoco, pero ciertamente grandes, tanto, que al día siguiente en el colegio, los venenosos de mis compañeros me bautizaron como  , el canario de las caricaturas, pequeño y de patas enormes.
 
Los cuatro apodos al paso del tiempo, se transformaron en avatares, disfraces, máscaras, instrumentos de supervivencia, fuerzas liberadoras de energías reprimidas y sueños frustrados. Se enroscaron como ratas en el fondo mi conciencia.
 
Durante mis vagabundeos en Europa, caminando en carreteras y autopistas, tuve tiempo de identificarlos, separarlos y saber en qué momento brincaban y aparecían:
 
      -¡No te dan rait esos hijo de puta! -rebuznaba el Hampón-No sé pa qué chingaos nos trajiste al descampado a sudar la gota gorda durante el día y morirnos de frío por las noches.
 
      -Da miedo andar estas carreteras sin tráfico -dijo Fito-.
 
      -¡Cállate marica, tú le tienes miedo hasta a tu sombra!
 
      -Fito tiene razón-contestó tímidamente Piolín-, es peligroso andar por estos caminos.
 
      -Cálmense, andamos de viaje, enfriando la mollera, aclarando ideas, planteando situaciones y encontrando salidas... ¡Serios!
 
      -Uta, ya abrió el hocico el Gato, el filósofo. Serás mamón. ¿Qué no te das cuenta, animal que el idiota de Rafael se equivocó al irse de jesuita, y ahora viene a España dizque a "encontrarse"?
 
      -El tipo sinceramente creía tener vocación en el 64.
 
      -Sí cómo no. El tipo sinceramente creía tener vocación en el 64, ja ja ja. ¡Cuéntame una de vaqueros!
 
      -Es cierto, quize ser jesuita, y no me arrepiento. De hecho sigo siendo Ignaciano -explicó Rafael-, si no hubiera sido jesuita estaría completamente perdido
 
      -Vaya con el marica.
 
-Hablo en serio, la vida está llena de recovecos, vueltas, paradas de trenes, salidas de autobuses, paseos a caballo...
 
      -...Rompidas de hocico, descalabradas de coco, pendejadas a morir, migrañas y diarreas.
 
      -Se dice roto en lugar de rompido.
 
      -¡Callate, pajarraco ignorante!
 
      -Repito, a los 17 se puede uno equivocar. Pero también insisto que no fue error, sino acierto completo. La luz que me dio San Ignacio, no se ha apagado ni si apagará nunca.
 
      -Ah qué mamón eres, ja ja ja ja. La luz, el foco, la lámpara, el cerillo, ja ja ja ja...
 
      - Hampón, tú siempre eres negativo. No puedes ver las cosas por el lado bueno.
 
      -¡Cierto! Ya nos tienes harto -gritó Piolín-


      -cierra el pico, pinche pájaro patón. Me cai que te descabezo como gallina si no te callas.

Y hasta el día hoy, sigo lidiando con éstos avatares:
 
El Hampón es sabio pero ciego. Objetivo y rencoroso. Ni la psicóloga lo tranquilizó. Hace años que duerme la mona, por lo que camino de puntitas para no despertarlo, no vaya a ser el diablo.
 
Fito se quedó atorado en la niñez. Se negó a crecer y sigue vagando por la casa de la Díaz Mirón, con boca abierta y ojos pelones, preguntando tímidamente a la abuela: "¿Puedo salir a jugar?" Sueña siempre en el sábado, aguardando, eternamente, al abuelo.
 
Piolín sigue tropezándose con los Convers y sueña con sacarse la lotería; compra boleto cada semana y lo pone bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe
El Gato compone canciones. Yo, Rafael, las canto.

 



12. BARCELONA 1
 

Después de Alaska Viajé a Madrid con la vaga idea de ir a la India. En Barcelona tenía contactos que arreglaban expediciones de hippies al lejano oriente. Pensaba, además, que viajar era una forma de asentar la información, de asimilar el shock de la salida de la orden jesuita. El proceso era más complicado.
 
Octubre era frío. Pasé la noche en un hotel cercano al aeropuerto. Solucioné el insomnio con un Johnnie Walker. Por la mañana, después de un buen desayuno de huevos y salchichas, me lancé a la carretera. Me iría de rait a Barcelona.
 
Caminé dos horas por la autopista. La mochila iba a reventar: ropa, libros, grabadora, agua, vinos, tequila, un ukulele en estuche de madera y amarrada en lo alto: la guitarra.
 
El primer samaritano fue un alemán, entrado en años y callado que me llevó hasta Alcalá de Henares. Hablaba perfecto español, con acento marcado y sin zetas. Apuesto que es criminal nazi, pensé. No veía bien el dibujo grabado en su anillo de oro pero fantaseé que era una suástica. Vivía en Madrid y tenía un negocio. Yo era hippie mexicano y quería llegar a la India. Fue toda la conversación. A las afueras de Alcalá, en la carretera, nos despedimos con apretón de manos.
 
Me dejó frente a la Tasca El Palomo, donde comí a cuerpo de rey. Paella y Vino tinto. La mesera era bella e intercambiamos sonrisas durante la comida. El breve noviazgo terminó cuando llegó el esposo: un Sancho Panza, chaparro, de barba y mente cerrradas.
 
Dormí en el albergue para jóvenes. La mitad eran hippies como yo, la otra, borrachos y drogadictos.
 
Siguieron dos días de rutina típica de vagabundo: caminar por la carretera, levantar el pulgar, nada, seguir caminando. Tiempo para pensar y poner ideas en orden. Finalmente un citröen me llevó a Calatayud: un joven universitario de conversación interesante. Ateo y anti franquista que hablaba con las manos, lo que me ponía nervioso pues desatendía el volante con frecuencia.
 
Al tercer día tuve suerte y llegué  a Zaragoza. Un camión de carga y un BMW: un andaluz folklórico y simpático en el camión y una señora elegante en el automóvil.
Pasé la noche en hotel de quinta en Zaragoza. Pulgas en el colchón, ojeras de Drácula por la mañana.
 
Ya en la carretera, al levantar la mochila algo tronó en la rodilla derecha, hueso o cartílago. Dolor endemoniado. Sentado en el acotamiento sobé la pierna por un rato. No la podía doblar. Un español de buen corazón me llevó en coche a la terminal de autobuses. Después de cuatro horas de viaje, llegué a Barcelona, a medianoche. La pierna estaba muy hinchada. Busqué en el directorio telefónico algún hotel para pasar la noche. Encontré la  Pensión Rosales que anunciaba precios razonables. Tomé un taxi y cruzamos la ciudad. Barcelona de noche me pareció más europea que Madrid, más seria. Pasaba por la ventanilla como una película de misterio. Nos rebasó un jeep de la guardia civil y recordé las últimas noticias de represiones de la Guardia Civil.
 
Me recibió Doña Rosa, patrona y dueña de la pensión, en pijamas floreadas y alpargatas azules. Mostré pasaporte, dinero y me asignó un cuarto. ¿Lo quiere por un día, una semana o un mes?. Un mes me pareció bien.
 
      -Me paga ahora pues cobro por adelantado.  Su pierna necesita opinión de doctor. Mañana temprano le llamo al mío, el doctor Verdaguer. Es muy bueno.
 
La señora mezclaba catalán y español al hablar. Era alta, delgada, de pelo canoso y chongo a la nuca que le temblaba al caminar. Vestía de negro y tenía aire elegante. Había sido guapa en sus juventudes. "Qué barbaridad", era su muletilla favorita.
Por la mañana vino el galeno: afeminado, chaparro, delgado, de voz aguda y bigote a la Dalí. Tocaba la rodilla con sus dedos blancos y diminutos preguntando a intervalos, ¿duele? Al final dio el diagnóstico:
 
      -El problema es el menisco. Usted es joven y por el momento no le causará mayor problema, pero con la edad quizás necesite intervención quirúrgica. Guarde reposo unos días, que le saquen una radiografía y aquí le dejo una receta para el dolor. En la esquina hay una farmacia. Lo veo en un mes.
 
Guardé reposo una semana, misma que aproveché para conocer a los cuatro inquilinos. Todos jóvenes, como yo, excepto el madrileño, Roberto, de treinta y cinco, había sido seminarista y era el líder del grupo. Paco era andaluz, bien parecido, de melena larga bien cuidada, terco y amante de las discusiones. Jordi y Manuel, catalanes, trabajaban en una fábrica de chocolates; apestaban eternamente a cocoa.
 
A la semana pude caminar. Verdaguer tenía razón: treinta años más tarde volvió el achaque y tuve cirugía.
 
Tomé la costumbre de ir a las Ramblas por las tardes, con el andaluz, a ver los pericos, las flores y las chicas. Yo llevaba siempre el periódico La Vanguardia, buscando trabajo en  la sección de clasificados. Después de días de búsqueda, finalmente di con algo interesante: "Se solicita baterista para grupo de rock. Traer instrumento".
 
Renté una batería y me presenté a la cita con los "Escorpiones", al norte de la ciudad, en el sótano de un edificio de departamentos. Eran viejos, comparados conmigo, entre treinta y cuarenta años. Eran rockeros frustrados que en el pasado habían tenido fama en la ciudad y ahora tenían que tocar para vivir. Tenían muchos contactos y un grupo numeroso de fans de su edad.
 
      -¿Argentino?
 
      -No, mexicano.
 
      -¡Joder! Pareces argentino. 
 
Armé la batería, conectaron guitarras y me preguntó Sebas, el líder del grupo:
 
      -¿Te sabes American Woman?
 
No sólo me la sabía, era una de mis preferidas. En los ensayos de La Fauna me había memorizado los cambios.
 
      -Sí, más o menos-mentí.
 
      -¿Listo?- dijo Sebas, micrófono en mano- ¡Uan, tu tri!
 
Toqué bien, a pesar de estar fuera de condición y me aceptaron. La paga no me hizo gracia pero no tenía opción. Me convertí oficialmente en Escorpión. Tocamos en bares, fiestas, plazas, y hasta en oficinas de gobierno. Beatles, Rollings, Henrix. Éramos buenos músicos. El problema era el líder, Sebas: Buen cantante, pero de genio endemoniado.
 
Yo no intervenía en las discusiones que siempre terminaban con el portazo del tipo que se clabava en bar de la esquina a tragar "carajillos" hasta embriagarse.
Finalmente, meses después, el grupo se desintegró.
 
Al mismo tiempo, Roberto, Paco y yo dejamos la Pensión Rosales y tomamos un departamento diminuto cerca de la Plaza España. Roberto era mesero en un restaurante elegante, en Las Ramblas, Paco trabajaba en construcción, y yo, gracias a La Vanguardia, encontré trabajo ideal cantando La Bamba y México Lindo en una tasca del barrio gótico.
 
Absynth era un grupo híbrido, de música electrónica y acústica. Un alemán al sintetizador, una chica jamaiquina al bajo y la cantante, británica. Como yo, tocaban en un centro nocturno por las noches y caminaban por las ramblas durante el día. Venían a la tasca a escuchar mis canciones y en los intermedios conversábamos. Nos hicimos amigos. Eran fanáticos del museo Picasso:
 
      -Picasso ha hecho del mundo un rompecabezas y nos dio la tarea de reconstruirlo -bromeaban.
 
Estaban listos para irse de gira por toda Europa, pero les faltaba baterista.
 
      -¿Conoces uno, Gato?
 
      -Si: yo.
 

 

 

03. El Abad Rojo

 

Temprano en la mañana el monje hospedero llamó a la puerta: "Mexicano, tienes cita con el abad en cinco minutos". Me tomó por sorpresa. ¡Uuuuufffff!

Rápidamente escarbé en la mochila y encontré una camisa no tan hippie entre la ropa, me hice cola de caballo para no parecer salvaje y en lugar de botas cordobesas fui de tenis.

Tomamos un pasillo que no conocía, largo y amplio. Olía a piedra y yerbabuena. La luz era tenue y había que abrir bien los ojos para caminar.  El piso, reluciente, repetía el eco de los pasos. De vez en cuando el monje me sonreía, como diciendo, "¿querías ver al Abad? Pues ahora mismo será. ¡Suerte!

Vuelta a la izquierda y otro pasillo nos condujo al elevador, pequeño, lento y ruidoso. Nos detuvimos en el tercer piso, donde había ventanas enormes que mostraban ángulos diferentes de la montaña, pináculos rocosos que recordaban paisajes de Dalí, y al fondo, bajo el  cielo azul, la línea blanca del mediterráneo.

No estaba nervioso, lo cual me parecía extraño.  Al contrario, mi alma estaba tranquila desde hace días. Las visitas a la basílica me habían dado paz y sentía que poco a poco regresaba a mi centro. Solo en Puente Grande, Jalisco, en el noviciado jesuita, había experimentado esta sensación de completa paz. El alma es un ave extraña que cuenta con uno o dos nidos en el transcurso de toda una vida.

El hospedero me introdujo como "Rafael el mexicano" y se esfumó por los corredores con su tintineo de llaves y rosarios. 

  • "Siéntate Rafael", dijo el abad.

Estrechamos manos e intercambiamos miradas. Era un monje enorme -el hábito aumentaba su tamaño-, de sonrisa franca y ojos dulces. Su voz era grave pero amable. De barba tan cerrada que sus mejillas eran azules.  Un catalán de pura cepa, piedra en el zapato del franquismo, demócrata, defensor de los pobres, los gays y los perseguidos políticos. Famoso por sus fieras  homilías contra el status quo, por lo que el mismo status lo bautizó con el nombre de El Abad Rojo.

Nos caímos bien. Entramos en materia de inmediato y me explicó que jóvenes como yo, que se quedaban más tiempo en la abadía, al final de su estancia querían ser benedictinos, vocaciones al vapor, fruto del ambiente conventual y la paz de la montaña. Me explicó ampliamente el proceso de las vocaciones repentinas. Me tenía en jaque. El Espíritu Santo, en ése preciso momento me inspiró:

  • No creo que sea mi caso, padre. Resulta que fui jesuita por siete años.

Sin dejar de sonreír, pero intrigado, guardó silencio. Después añadió:

  • ¿Cómo así?

 

Entonces relaté mi historia pausadamente al principio y una vez que agarré confianza me solté como tarabilla. Nunca había hablado así con nadie en el exilio. Había compartido trozos de vida con amigos en Barcelona, pasajes selectivos y eventos de por aquí y por allá, pero confesar todo y de sopetón, jamás.

 

Cuando terminé hubo un silencio largo. La sonrisa estaba ahí todavía, la mirada en el escritorio- Parecía que estaba preparando su respuesta. Yo me encomendaba al Jesús del huerto, desde el fondo mi corazón. Todo lo que quería era un paréntesis en el camino. El éxodo de Madrid a Barcelona había sido cruento. La crisis y desolación espiritual habían llegado a su clímax.

 

Al aterrizar en Madrid me había dado cuenta que llenar el vacío de siete años de vida intensa no sería fácil. Tampoco tenía la menor idea por dónde empezar.

El monje abrió los brazos, suspiró a fondo y dijo que mi historia era interesante, que yo buscaba a Dios y que el me ayudaría a encontrarlo.

  • Te invito a quedarte tres meses, que es lo que las reglas estipulan en estos casos. Trabajarás con el hermano Alfredo en el jardín Zen, llevarás la comida a los ermitaños, y sugiero que tomes clases de música con los chicos de la escolanía. El hermano Delón será tu instructor. ¿Alguna preferencia de instrumento?

Me había tomado completamente por sorpresa. Sentí un hormigueo de alivio por todo el cuerpo y en lugar de soltar un "gracias", contesté:

-Flauta?

-Me parece muy bien. Serás el Rampal mexicano.

.....

Esa noche, el viento helado y furioso del norte traía, cortado en ráfagas, trozos de gregoriano. El último canto de la noche. La plaza vacía. La campana de la torre reverberaba el último toque del día. Cerré los ojos y agradecí a Dios todo. Sin tener nada, solo una mochila con garras y una alcancía agotada, me sentí inmensamente dichoso.

La información descendía, a trozos, como lentos paracaídas, en mi corazón. La mente, ardilla inquieta, rumiaba las nueces de la duda. ¿A dónde iba? ¿qué quería y, como decía la canción de los cuatro caminos, ¿cuál de los cuatro será el mejor?

La alcancía se agotaba...Barcelona... la Plaza España... el Museo Picasso... mi madre llamándome por ni nombre...  Me dormí. Soñé que varios novicios en Puente Grande, Memo Cervantes, Miguel Reyes, Carlos Espinoza y yo podábamos el laurel del jardín principal, árbol preferido del Padre Maestro. 

 

  • En Torreón no hay laureles.
  • Puras lagartijas, ja, ja -bromeaba Memo.
  • Algodón es nuestro fuerte -me defendí.
  • ¿Algodón de azúcar?
  • Ja ja ja ja ja

 

Algodón. Algodón. Algodonales, hectáreas y más hectáreas. Mi abuelo a caballo cruzando los campos, acariciando los capullos recién nacidos. "Será la mejor cosecha de siempre".

Yo en ancas, abrazado a su cintura, rodeado del mar blanco de los campos de algodón. Mi abuelo era todo para mi. Un toro con alma de paloma que me amó tanto, que hasta hoy lo entiendo. Era un amor profundo que un niño no podía entender. Los años esclarecen todo.

Él, como siempre, tarareaba canciones. Volví la vista arriba y el sombrero del abuelo recortaba un cielo azul, casi púrpura. Además de estrellas, flotaba un cometa.

  • Los cometas son de buena suerte, dijo Memo.

Y desperté


02. La Montaña Sagrada.

Pensé que el tren me dejaría a las puertas de la Abadía de Montserrat.

Pero no, sólo llega al pie de la montaña. Después hay que enjaularse en funicular y ascender casi verticalmente 1300 metros de altura. Mi acrofobia no me dejaba gozar el panorama, aunque de vez en cuando echaba un ojito temeroso: el paisaje era espectacular.

Los ángeles hicieron buen trabajo serruchando la montaña. El acabado era de lujo, perfecto para encaramar ahí todo un monasterio benedictino como nido de águilas, basílica incluida.

Era aquí donde Ignacio de Loyola había velado armas, caballero de Dios, en la capilla de la Virgen. Yo le seguía los pasos una vez más al vasco, pero por diferente vereda.

No era ya jesuita, pero lo ignaciano lo llevaba hasta el tuétano. Siete años: dos de noviciado, dos de junior y tres de filosofía, fueron suficientes para abrirme las entendederas y ver el mundo como es, no como aparece, al dorar mi corazón en el asador espiritual de los ejercicios espirituales.

Me instalé en el camping de la montaña, separado del monasterio por un despeñadero desde donde se contemplaba el perfil impresionante de las rocas y la abadía.  En otoño la temporada de turismo llegaba a su fin. Acampábamos sólo unos cuantos: una pareja de alemanes, un holandés, un violinista Israelita y yo. Todos jipis.

La noche trajo tantas estrellas como en mis tiempos de boy-scout en el desierto. El viento murmuraba canto gregoriano, perfume espiritual que me condujo por una vereda hasta la basílica. Envuelto en una niebla misteriosa que pasaba lentamente, jugando con la montaña a las escondidas, caminé hasta la plaza que conduce al templo. Llegué a la puerta principal y crucé el umbral que conduce de la realidad a lo divino. La basílica olía a incienso y  flores. Las bóvedas repetían el canto monacal, como rocío cuadrafónico que se esparcía por toda la iglesia. Los monjes ocupaban las bancas delanteras frente al magnífico altar, esmaltado en azules por los monjes orfebres. Arriba, en un nicho románico y dorado, la Moreneta, la virgen negra con el niño en el regazo, que nos veía con mirada románica y tierna. 

Era el primer momento de paz que tenía después de un año de haber abandonado la Compañía de Jesús. Como Moisés, pensaba, tuve qué cruzar el mar para encontrar en este espacio intimidad e incienso.

….

Los alemanes cocinaron salchichas en la fogata y el violinista y yo compartimos pierna de jamón y Rioja. El holandés se durmió temprano.  Pasamos todos noche de perros. El frío era glacial y el viento azotaba sin piedad las tiendas de campaña.

Todos amanecimos de humor negro y con ojeras de sapo. Los Alemanes cargaron su Jeep al mediodía y se fueron a Barcelona.

El holandés roncó en su tienda todo el día.

El israelita –Ruby sellamaba- me hizo saber que podíamos hospedarnos en el convento, en la hospedería, por una semana, según la costumbre benedictina que daba cobijo a peregrinos. Y así lo hicimos. La siguiente noche dormimos en la abadía, calientitos y bien cenados. No éramos los únicos.  La hospedería albergaba esa semana 10 jipis en total. Algunos de ellos expertos en cruzar Europa de monasterio en monasterio, sopa y cama, aprovechando la regla de San Benito.

A las diez de la noche era toque de queda, y a las cinco y media la campana cimbraba la hospedería. Desayunamos con la comunidad. Éramos bienvenidos y había intercambio de sonrisas entre greñudos y monjes. Después el hospedero nos llevó a trabajar al jardín interior, donde el hermano Alfredo diseñaba un proyecto Zen con rocas enormes que nosotros teníamos que arrastrar, según sus diseños. Sudamos la gota gorda.

A la semana siguiente se fue Ruby con todo y violín a Madrid. Iba de tour por toda España, de monasterio en monasterio. Había terminado la carrera de violinista clásico, en Israel, pero desilusionado de las salas de conciertos y la vida burguesa, prefirió correr mundo y tocar en plazas y mercados.

Yo me quedé un día más. Mi alma había aterrizado en el campanario de Montserrat y rehusaba levantar el vuelo. Un mes, pensaba, sería suficiente para descifrar la dirección de la renovada rosa de los vientos.

Un mes.

Esa noche le dije al hospedero que me gustaría quedarme unos días más, como necesidad espiritual, deseo de meditación. El hermano me sonrió y dijo: ‘tendrás qué hablar con el Abad’.

 

 

01.Barcelona

Estación de trenes

Otoño 1972

Cambiaba de piel una vez más. En esos tiempos venía siempre acompañada de cambios de domicilio. El espejo mostraba el mismo rostro pero el paisaje espiritual era diferente, sufría metamorfosis. La resultante era siempre yo, pero no en la misma circunstancia. Junto pero no revuelto. La identidad es un compuesto de tiempo y espacio. En esas épocas ambos caminaban a diferente paso. La mente era más rápida que las piernas; los trenes más lentos que el deseo.

A las seis de la mañana la estación estaba casi vacía. Yo traía la casa a la espalda, mochila siempre a punto de reventar. Compré boleto a la estación Plaza España y me dirigí a los andenes. Una pareja se besuqueaba apasionadamente del otro lado de las vías sin importarles en absoluto mi presencia. Dada la hora y las caras de desvelados, sabía que eran amantes y que regresaban a sus respectivas parejas antes de las nueve. El tren se los llevó en una ráfaga.

Iba a la firma de un contrato, oferta ideal: gira por todo el mundo tocando la batería con un grupo inglés de rock-electrónico, amigos que había conocido en las tocadas de los bares del barrio viejo. Tabla salvadora que venía a rescatarme como alfombra mágica de un año terrible que había comenzado con la salida de la Compañía de Jesús, decisión correcta, pero difícil. De pronto me encontraba a la intemperie, sin la estructura y rutina de siete años de vida de seminario. No era cosa fácil vivir, repentinamente, sin campanas ni horarios

Aguardaba el tren subterráneo fumando un Gitanes, francés, más fuerte que los Faros, no tan bueno como los Delicados. Estaba nervioso, cansado. El primer año en Barcelona había sido difícil: la lesión de la rodilla, el pleito en la pensión, el departamento deprimente frente a la fábrica de chocolates que arruinó de por vida mi gusto por los Hersheys...  Lo único bueno habían sido las Ramblas, el ágora del mundo, la celebración, los bares, la cantada y las chicas y los contactos musicales.

Arriba del banco donde los amantes previamente se besaban había un póster enorme que no había visto y mostraba una montaña misteriosa entre la niebla, con un edificio antiguo enclavado los peñascos. Más que la veía, más me parecía familiar. Por supuesto, bestia!, me dije: es Montserrat! La montaña benedictina donde San Ignacio, fundador de los jesuitas había velado armas antes de comenzar su peregrinación hacia tierra santa. Montserrat y Manresa habían sido sitios importantes en el éxodo espiritual de Ignacio; en ellos había sembrado la semilla de los Ejercicios Espirituales y trazado el plan maestro de su futura orden religiosa.

Todas las montañas y cerros de mi vida desfilaron repentinamente, uno por uno y en fila india, en una visión extraña que no podía detener y parecía llevarme a un estado hipnótico: el cerro del Cristo de Torreón,  el Popocatepetl, el McKinley de Alaska, el Tepozteco, el Nevado de Colima,  La Montaña Mágica de Thomas Mann, el Sinaí, el Monte de los Olivos... Al final sólo quedaba la montaña de Montserrat, atónita e imponente, flotando en la niebla, llamándome.

No había tiempo de sopesar pros y contras como la prudencia lo dicta. Era situación de emergencia: como estar en un edificio en llamas y tener sólo dos opciones: saltar por la ventana o tomar la escalera.

Opté por la montaña.

—Boleto a Montserrat, por favor.

—Ida y vuelta?

—Solo ida.

El traca traca del ferrocarril, éstos trenes europeos me parecieron siempre de juguete, mecía suavemente el alma, tranquilizaba la imaginación y apaciguaba temores. 
 

00. INTRODUCCIóN
 

Mi vida comenzó hace muchos años, allá por los tiempos de Joaquín Cordero, Sara García, Resortes y el Piporro. Había docenas de luchadores en los rings del país, blue demons y santos, médicos asesinos, cavernarios, quebradoras fulminantes y patadas voladoras.
 
            El Teatro Cine Martínez, el de los viernes al dos por uno, estaba siempre lleno de pachucos, boleros y chavos -como yo- de pinta, viendo películas de la Bardot y la Victoria, desnudas hasta la médula. Sin aire acondicionado y en plena canícula, el aire era tan espeso que solo los gritos de "cácaro" y "cógetela güei", lo destazaban en carcajadas y lluvias de pipí desde la galería.
 
            Eran tiempos cuando Torreón era emporio algodonero y abundaba el asma, las alergias, la tos de perro, y el cáncer, gracias a ventoleras, terregales que traían polen, mierda de vaca y químicas -zinc y cianuro- de la planta metalúrgica gringa.
 
            Ideal tiempo para venir a este mundo: la segunda guerra había terminado, Elvis y Little Richard andaban sueltos, Tongolele hacía temblar el misterio y Doña Sara Montiel nos empalagaba de cuplés con su do de pecho tan tibio y generoso.


Y así fue, que llegué a este mundo, sin trabajo ni fórceps, pateando y chillando, como chivo al matadero.
 
            Contaré mi vida en trizas y trazos en desorden total. Tiempos y lugares serán narrados conforme lleguen a la memoria, que aunque el alzhéimer no me ataca grueso todavía, ciertamente ha borrado, convenientemente, algunos hechos de mi existencia heroica.
 
Agradezco a mi amigo Joaquín Peón de animarme a publicar éstas mariguanadas y corregir los diez primeros capítulos.
 
Que quede claro que soy cantautor, no escritor. Más que novela, esto es un cuaderno de anotaciones de vida. 
 
In Vino Veritas.
 
Gato Fuentes. Lago Ontario,  2016

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