28.marzo.2020

 

295. Libros y más Libros

 

Desde hace años he tomado la costumbre de leer tres o cinco libros a la vez. Tardo de seis a doce meses en leerlos todos. Método sano que mantiene la mente tranquila y alivia el latoso compromiso de terminar un libro en una semana. Más que decidirlo, el estilo cayó suavemente del cielo y suplió el tormento chino de párrafos borrachos y móviles que producían dolor de cabeza y culpa. Los libros terminaban a medio leer y en la basura.

 

Leo por la mañana, alagartado en la tina de baño, con café negro y una galleta. De acuerdo con el estado de ánimo con que amanezco leo el libro adecuado. Si tuve insomnio Kafka es perfecto, de buen humor Lorca es refrescante, en caso de depresión nada como San Juan de la Cruz, si ando murrio El Principito me endereza. Como jugar ruleta rusa con autores. ¡Bang! Y así, a paso de tortuga, lento pero seguro, entre pompas de jabón y música clásica leo mis autores favoritos. ¿Alguna queja? Ande yo caliente ríase la gente.

 

Nunca he confesado a mis amigos ésta peculiaridad de mi persona. La mayoría de ellos devoran libros como glotones intelectuales insaciables. Algunos han tomado cursos de lectura rápida. Absurdo. Contra natura, digo yo ¿Cuál es la prisa? El ritmo de tortuga me va, me va bien, satisface.

 

Algunos me desprecian porque los leo en el Ipad. Son fanáticos del papel, casi o más que los coronavirureros del papel sanitario. ¿Cómo diablos vas a leer a Hemmingway en una computadora, Gato? Los libros han de ser de papel, para quererlos, olerlos, palparlos. No voy a discutir su posición. Allá ellos y acá yo.  Ibooks guarda mi biblioteca de 300 ejemplares que van conmigo en mis viajes de trabajo a Toronto y puntos intermedios. Llevo mi lectura a todos lados. Puedo ajustar la luz de la pantalla (sufro de fotofobia), pulsa la palabra que desconoces y el diccionario viene en tu ayuda, puedes ajustar el tamaño de las letras y el color del fondo de la pantalla. Si encuentro un nombre propio le pico y me lleva a wikipedia y salgo de dudas.

 

Que sigan talando árboles para hacer libros y mis amigos abrazándolos y besándolos, que cada quien a su cada cual y ande yo caliente ríase la gente. Yo regreso a mi tina de baño a leer, a paso gallo-gallina mis cinco libros.

 

p.s. Una amiga de México nos visitó hace unos meses y criticó mis baños de tina. Desperdicias agua. El deshielo de primaver y los icebergs derritiéndose han llenado las reservas de la provincia al punto que casi nos ahogamos. Por supuesto que no me creyó.

 


 

 

 

21.Mar.2020

 

294. El Escritor

 

 

Amo al arriero del principio de Pedro Páramo. Muerto Valenzuela, aprendo de Rulfo: Todo está en que digas lo que quieres con las menos palabras posibles. Como granos de maíz caen las palabras. El que escribe ha de acomodarlas. Y lo que natura no da Salamanca no presta y aunque la mona se vista de seda mona se queda.

 

Escribí una novela en mis juventudes. Con un entusiasmo y dedicación enormes. Un personaje ridículo, pintor famoso que pasaba por diferentes aventuras sin concretar nada para él, ni para mi, ni para mis lectores imaginarios. Un churro.

 

Una amiga escritora tuvo la gentileza de leerlo y darme su opinión. Después de dos semanas de espera nos encontramos en el Sanborns de Álvaro Obregón. Vaya golpiza moral que me propinó. Gerunditis aguda, fue el primer diagnóstico. Después, como mi abuela descabezaba gallinas en el corral, sin compasión y en desplume total, atacó mi falta de estilo, lógica y objetivo. Mi personaje carecía de vida, era de cartón, ni siquiera caricatura. Terminó diciendo, mientras sorbía tranquilamente su expreso y me miraba con una compasión infinita, que me recomendaba seguir escribiendo canciones, que la música era lo mío y que escribir: un verdadero lío.

 

Y vaya que tenía razón. Sólo un loco presumido se atreve a tomar la pluma y vomitar su abecedario personal sobre el papel. Una frase es un reto enorme. Un párrafo una montaña. A decir verdad, escribo ésta bio, por necesidad, no por vocación. Necesidad de analizar el pasado, sopesar desiciones, cambios de rumbo, rupturas y enlaces amorosos, errores crasos, aciertos, aceleres y extravíos.

 

—Pero ¿por qué diablos publicarlo en el internet?

 

—Lo hago por la familia los amigos.

 

—¡No manches! A nadie le interesan tus aventuras. Menos ahora cuando todos andan en al terror del coronavirus. Toma la guitarra y deja la pluma para las gallinas y poetas.

 

—Tienes razón. De hecho, cada vez que releo mis marihuanadas prometo no volver a hacerlo, pero como niño travieso y bruto al siguiente día me robo de nuevo la caja de galletas de la cocina y me las zampo.

 

—¿Qué no tienes nada mejor qué hacer?

 

—Buen punto.

 

 


 

 

 

14.Mar.2020

 

293. El Caballo de Troya

 

Karthoom, Karthoom, le dijo Woltz al caballo mientras daba palmaditas al cuello. Y así lo sentenció a muerte. Develar tus sentimientos, mostrar tu corazón tiene sus riesgos, sobre todo cuando lo abres al mensajero de la mafia neoyorquina.

 

Durante la cena explicó que ser director de cine no era cuestión solamente de dimes and nickels, que había preparado a su actriz preferida con clases de canto, baile y actuación durante años. ¿Para qué? Para que viniera el estúpido ahijado de Corleone a engatusarla con su oily voice y robársela. Ella había sido el mejor culo que había tenido en su carrera cinematográfica y no iba a complacer a Corleone dándole al idiota de Johnny Lafontane el papel en la película, y que si Hagen ya había cenado se podía ir a la mierda.

 

Sin duda fue Clemenza quien ideó la decapitación de Karthoom y Toni, el caballerango. Poner la cabeza del equino bajo las cobijas de Woltz fue una obra maestra de matones profesionales, una lección que el cinero no olvidaría jamás: Tony tendría la chica y el papel en la película. Punto.

 

Ojo: los mafiosos no degollaron a su protegida, no le quemaron los estudios de filmación, no lo difamaron en la prensa ni le dieron una madriza de perro bailarín en un callejón del Bronx. Le dieron donde dolía, en el caballo de medio millón de dólares que ni un zar hubiera podido pagar. Pobre Karthoom, su carrera de valentino semental se arruinó por culpa de un cantante italiano de quinta.

 

Mi primo Carlos y yo vimos la película  en Vancouver, la última escala antes de iniciar la odisea del Alaska Highway rumbo a Anchorage. Desciframos el lenguaje cinematográfico pero no las palabras dado que ninguno de los dos hablábamos inglés. Como todo eran matanzas y golpizas entendimos básicamente la trama del filme.

 

Y si Woltz suena a nombre exótico, que te parece Segundo. No Primero: Segundo, de apellido Llorente, quien había escrito varios libros de aventuras misioneras en Alaska. Lo leí en el noviciado y me había contagiado de inmediato su entusiasmo de pastor en busca de ovejas perdidas, entre tormentas de nieve, trineos, lobos, osos polares, indios y esquimales.

 

 


 

feb.07.20

 

292. Trenecito

 

Se escuchó a lo lejos el sonido del metro sobre las vías, los amantes se pusieron de pie, las escamas de mis ojos desaparecieron y al fin pude ver la montaña de Montserrat. Nadie bajó en la estación. Subieron los besadores, sonó el silbato y nos quedamos solos el póster y yo. Uno de esos extraños  momentos cuando la realidad se transforma en silencio y el mundo se detiene, se coagula. Mil años caben en un instante y el cielo en la punta de un alfiler. Algo parecido a los atardeceres bochornosos de agosto en los ranchos de mi tierra, cuando gallinas, caporales y cuadrúpedos se adormecen bajo tejabanes y pinabetes, inmóviles, atarantados como personajes de Rulfo.

 

La barca cambiaba de rumbo. Un viento extraño hinchaba la vela y me llevaba a un nuevo puerto, desconocido y conocido a un tiempo. El nombre Montserrat me era familiar. Ignacio de Loyola, en el siglo XVI, durante su peregrinación a Tierra Santa en búsqueda de la voluntad de Dios, había hecho escala en el convento benedictino donde pasó la noche en vela, en la capilla, frente a la Virgen Moreneta, velando armas en su nueva misión de caballero de Dios.

 

Los trenes europeos parecían de juguete, me hacía gracia el tartamudeo constante de ruedas y durmientes y los balanceos suaves de un lado a otro, como el vals Sobre las Olas. Lo que no sabía era si el monasterio estaría en pie en ruinas. Cuatro siglos era mucho tiempo. Al menos haría un picnic con vino tinto y jamón debajo de un árbol en caso extremo. Después decidiría el que nuevo camino tomar.

 


 

 

29.marzo.2020

 

Capítulo 291. Estación del metro

 

Solamente la mitad de las luces del túnel estaban encendidas. En la penumbra distinguía, del otro lado de las vías, a la pareja de enamorados que se besaban desesperadamente sin importarles un comino el tipo de enfrente.

 

La providencia me observaba también desde la pared en el lado opuesto pero el cieguito de yo no la veía. Ojos que ni ven, corazón que no siente. La mitad del café en el vaso de cartón se enfrió en mi mano. Quería otro, pero la máquina alemana era mañosa y no le permitiría otra burrada más.

 

Suerte la mía de encontrar una salida en la confusión de serpientes y escaleras que en esos tiempos era mi existencia. Un grupo Techno, cuasi Kraftwerk sería mi salvación. Una Fauna europea. Cosas de la vida: la India se había cebado por un menisco y ahora Dios mandaba roqueros al rescate. Eso pensaba yo.

 

Alguien escribía derecho en mis renglones chuecos. Ignoro si esto era un atentado contra la libertad, el libre albedrío y el quítate tu pa poneme yo.

 

Me dejé llevar por la corriente del río de la latida y chanza que es por aquí.