AUTOBIOGRAFIA

Rafael Fuentes©2020

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01.18.20

 

286. El Sepelio

 

 

Se infartó Don Cuco Rodríguez. Una chicharronada lo puso fuera de serie. Doctor y cura intentaron salvarle cuerpo y alma respectivamente. En vano.

 

Fue noticia porque era el tipo más rico de San Pedro. Propietario de ganado, tierras, esposas, hijos, hijas y una manada salvaje de nietos que lo visitaban todos los domingos en su rancho El Azar. Millonario frugal con traza de limosnero:  enjuto de cara, gesto amargo, ojos de gavilán, orejas de mono, nariz picuda y boca de raya que abría solamente para dar órdenes.

 

Los tres funerarios: Serna, Rodríguez y Cepeda, mi tío, aguardaban el anuncio de la lotería funeraria. Era difícil explicar que un pueblo tan pequeño hubiera tres agencias de enterradores. Bueno, Rodríguez no llenaba el requisito, dado que el changarro era más bien carpintería con capilla ardiente diminuta al lado que parecía carpa de títeres. Pero el tipo era suertudo. El año anterior había enterrado a Herculano Cabrera, director del Banco Ejidal, otro millonario excéntrico de extracción campesina. Durante el año, los tres negocios compartían los muertos humildes del fin de semana, frutos de los bailes en las rancherías de los alrededores. El sotol y la cerveza alteraban los ánimos y las balaceras causaban bajas considerables a las rancherías del rumbo. Parecía increíble que las humildes cajas de pino, lisas y sin acojinar, salvaran de la quiebra a los tres mosqueteros de la muerte.

 

La noticia se expandió por la región rápidamente y comenzó la peregrinación de grupos ejidatarios a dar el pésame a la familia de El Azar.

 

Don Cuco tenía muchos parientes en Texas y Arizona, por lo cual los hoteles, fondas, taquerías, cantinas y restaurantes de San Pedro harían su agosto durante la semana de luto. La muerte de los adinerados era buena noticia para la economía del pueblo.

 

—Preparen la metálica morada, por si las diule.

 

—Sí Don Jesús ¿Lavamos la carroza Mercedes Benz?

 

—Lavada y encerada.

 

La Mercedes Benz, bello espécimen de los treintas la había rescatado de un deshuesadero en El Paso. Solamente el cascarón. Una vez en San Pedro la restauró por completo con nuevo motor, aire acondicionado y copas cromadas. Era la niña de dar a besar de los entierros caros. Carroza elegante que mataría de envidia al mismo Drácula, con altorelieves barroco-surrealistas  que  simulaban cortinas de seda celestiales flanqueando el cadáver.

 

—Don Jesús, hay un joven en la oficina preguntando por usted.

 

—¿Tiene nombre?

 

—Eusebio Rodríguez.

 

—¡Uta!

 

La caja metálica made in Texas tenía finalmente destinatario. Inmediatamente todos los Cepeda -tres varones, tres niñas entre seis y trece años, y yo- nos lanzamos a la tarea familiar de los entierros: barrer y trapear la sala principal, desencerar y hervir candelabros, descalcificar las cafeteras, limpiar ventanas, regar plantas y pulir el letrero Funerales Cepeda de la fachada.

 

 Los tapiceros armaron la capilla ardiente, la elegante, de sedas y brocados con Cristo dorado tipo Bernini; se compraron gladiolas, crisantemos, rosas y claveles blancos. El aroma invadió el barrio. Los Cepeda tienen muertito.

 

Salió un propio a la plaza a contratar treinta taxis para el día del entierro. Que a lo mejor cuarenta. ¿Y de dónde quería don Jesús que los sacara? Que le fuera a decir que le tendría diez automóviles y el autobús del colegio listos.

 

Eusebio y mi tío hablaron largo rato sobre los detalles de velorio y entierro. La Mercedes Benz traería del rancho a Don Cuco, ya bien acomodado en la caja metálica. Carlos, mi primo el mayor, lo embalsamaría para que sobreviviera los tres días de velorio y esoera de las tropas de Texas y Tucson que ya venían en camino.

 

Muertero y doliente firmaron el contrato: Todo incluido: acta de defunción, embalsamamiento, flores, transporte, iglesia, misa de cuerpo presente con el padre Rizo porque el otro cura era tartamudo, coñac, vino y bocadillos para el velorio, tanques con refrescos y en hielo picado, en el patio y descenso a la fosa con el nuevo aparato eléctrico que era la novedad mortuoria.

 

La abuela de la familia, doña Soco, madre del occiso, dirigió los cantos y rosarios durante la noche, repartiendo coscorrones a los nietos inquietos y bromistas. Los caporales hicieron guardia durante el día.

 

El cortejo fúnebre salió de la funeraria las ocho de la mañana, hizo escala en la iglesia –misa de cuerpo presente- y continuó hacia el panteón municipal a las diez. En la carroza íbamos el chofer, Carlos y yo, con aire acondicionado y escuchando la difusora La Norteñita, que en ése momento tocaba el corrido de Benjamín Argumedo. Atrás, Don Cuco, listo para volar al cielo... y más atrás y en fila las camionetas de la familia, los taxis, los autobuses y, a pie, alrededor de doscientos, los campesinos de las rancherías de la región.

 

 


 

01.11.20

 

285. Regateando

 

Malo para regatear, compré siempre las cosas a su precio. Nunca tuve las agallas de argüir al vendedor. ¿Cobarde o justo? Posiblemente una combinación de las dos. No regateas en una tienda Calvin Klein, ¿cierto? Tampoco en la de Adidas. ¿Entonces por qué chingadas madres lo haces con un pobre vendedor de tomates en el mercado? Le chingas unos centavos y te sientes orgullos@ de tu proeza. Tuve una tía que se jactaba de ser regateadora profesional. Era capaz de bajar los precios de frutas y verduras a menos de la mitad. Un asco de mujer.

 

La maña de regatear a vendedores pobres viene de la tacañería, del ahorro mal entendido, del soy más listo que tú, y del eterno quítate tú pa panome yo. Es un ejercicio de superioridad, de vanidad, de gandallismo. Aprovecharte del vendedor de elotes o garampiñados no tiene nombre.

 

Y luego el muy pedante hablando con amigos en el bar muestra el suéter que se acaba de comprar, lo modela, se hace el payaso, cerveza en mano, y dice con el hocico todavía espumoso: costaba cuatrocientos y se lo bajé a ciento cincuenta al pendejo.

 

Cierto que los mercados han sido siempre templos de regateo. El trueque y la permuta en los tianguis aztecas fueron el primer modelo de comercio. Oro, plata, piedras preciosas, cacao, plumas de quetzal, artesanías. El regateo era la base de pérdidas y ganancias; había inspectores, sin embargo, que negociaban soluciones en caso de conflicto y castigo en caso de chanchullo.

 

El regateo entre iguales no me hace problema. Dos economías parejas jugando a las vencidas, salvando el pellejo y los frijoles en la mesa, es aceptable.

 

Chucho de los Palotes quiere vender su coche a su primo Pepe de los Palotes. Después de revisar el motor éste último avanza la oferta; el otro rebuzna y pasan una hora discutiendo pros y contras, alegando lazos familiares, viejos favores, préstamos, subiendo y bajando el precio de la carcacha hasta que finalmente intercambian el fajo de billetes. Pepe, feliz por el trato del tira y afloja, maneja el Chevrolet destartalado, solo cuatro cuadras porque después de toser el motor dijo hasta aquí fue cuartilla y se puso en huelga total. Hervía el radiador y humeaba el cofre mientras el chofer caminaba a zancadas las cuatro cuadras de regreso hecho una furia, a recuperar su dinero o propinar una paliza.

 

En el DF regateábamos sobornos a los policías:

 

—No jodas cabrón, si no te estoy pidiendo limosna, suelta más marmaja.

 

—Es todo lo que traigo, jefe, me cai.

 

—Iba a exceso de velocidad compañero. En la jefatura te van a sacar hasta la caca.

 

—El multón que te van clavar, matador—añadió el otro—, de modo que suelta prenda y no la hagas de pedo.

 

—¡Miren!—les mostré los bolsillos vacíos—ni un quinto.

 

Entonces ambos sacaron de la patrulla la manguera y me vaciaron medio tanque de gasolina.

 

—¿Qué pasó jefazo, ya es mucho, no? ¡Párele plis!

 

—Calmor, la gasolina está muy cara y Durazo no se apoquina, aguanta vara, chavo.

 

Y mientras mi tía la regateadora aumenta su cuenta de banco a expensas de los demás, la mía disminuye por mi estúpido buen corazón.

 

Tomo nota para mi próxima reencarnación y anoto algunos oficios que parecen interesantes y que me harán menos menso y más realista:

 

agente de bolsa de valores,

gerente de una agencia de automóviles,

vendedor de bienes raíces,

traficante de fayuca,

cobrador de notas,

aduanero,

policía de caminos,

político.

 

 

01.04.2020

 

284. El Negocio.

 

Soy malo para los negocios. Los números fueron para mí una pesadilla: un laberinto de coscorrones, gritos de maestras, caras largas en casa y reprobadas en la hoja de calificaciones. Mi madre decidió tomar cartas en el asunto y todas las noches me torturaba con la repetición de la tabla del nueve, tanto que hasta la fecha es la única que me sé de memoria. De las demás ni idea. Puedo Sumar, restar y dividir solamente si son dos o tres numeritos. Raíz cuadrada... uf, no torturen.

 

Al dejar la prepa me fui de jesuita, al negocio de salvar almas, tan diferente al de pesos y centavos. Los cuatro primeros años fueron difíciles, años de disciplina y estudio. Pero me sentí como pez en el agua envuelto en la visión ignaciana de llegar a ser contemplativo en la acción. La educación humanista, tan lejos de las horribles ciencias exactas, del kilo de manteca, los tres cuartos de longaniza y la presión familiar de tienes que ser alguien en la vida. No mamen.

 

Cuando vino a Torreón mi tío Emilio que era hombre de negocios, le pregunté a la abuela qué significaba hombre de negocios:

 

—Pues eso: que se dedica a los negocios.

 

Mi madre respondió que trabajaba para varias empresas, lo cual me dejó más confuso... empresas. El tío Luis aclaró más el asunto: Mira, es como mi amigo Eligio, quien remienda zapatos , tiene un puesto de verduras en el mercado y los domingos vende globos en la alameda. ¿Entiendes? Tiene varios negocios. El tío Emilio, de traje y Bostonianos no encajaba con la imagen de zapatero remendón. Lo único que me quedaba claro es que negocio y dinero eran parte de la ecuación.

 

O nunca maduré y sigo jugando a las canicas en el corral de la casa, sordo y ciego al mundo real, o seguramente soy autista y vivo en mi mundo de cancioncitas y audiovisuales. Ambas posibilidades me cuadran.